El amor...
esa fría cadena
que nos sube por la espalda
y que sin querer dejamos
que trepe nuestras esperanzas
hasta que se enrosca en el cuello
y poco a poco va apretando
hasta quitarnos el aliento.
Solo ahí,
cuando ya ni respirar podemos
es que nos damos cuenta
de lo pesado que es,
de lo incómodo,
de lo absorbente,
pero entonces
cuando queremos luchar,
cuando queremos deshacernos del yugo,
ya no tenemos fuerza,
ha consumido todo el oxígeno
y no podemos hacer otra cosa
que tratar de seguir,
agobiados bajo su helado peso
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