Sentencia de Muerte
Lo habían condenado a muerte. Sin embargo su única culpa había sido ser extranjero en un país lejano. Repetía habitualmente "ningún hombre encuentra refugio más sagrado que su patria". A pesar de ello, el espíritu de aventura lo había movilizado y se abandonó a un viaje sin rumbo. Y allí estaba ahora, a punto de morir, solo, sin paradero, sin identidad.
La plaza pública estaba colmada. En el pueblo nadie quería perderse espectáculo de tal magnitud. Sonó la campana. El verdugo se acercó con la cara cubierta. Qué gran paradoja, ni siquiera conocería el rostro de quien se encargaría de despojarle la vida.
Secundaba al verdugo un sacerdote, el cual, con mirada compasiva y aliento fraternal le profirió: -  Lo invito a decir sus últimas palabras, si es que así lo desea.
El prisionero miró en torno a la plaza, se incorporó toscamente y exclamó: - Ojalá muera pronto, y así volveré a renacer en mí mismo (o en cualquier otro), y tendré la posibilidad de ser un niño otra vez.
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