QUINCUAGESIMOSEGUNDO YO
Cuando la guerra entre Liliput y Blefuscu,
por aquel incidente donde el heredero
de la minúscula corona
sufrió la amputación de un dedo
al querer partir un huevo por el extremo más ancho,
yo era un próspero mercader en territorio australiano.
La guerra fue dura y larga, pese a los sabios consejos
del gran profeta Lustrog, que afirmó con su sentencia:
"Cada uno de los creyentes debe partir los huevos
como mejor le plazca".
Mis ganancias decrecieron de tal manera
que ahora ya no me alcanzan para cubrir los impuestos,
y en medio de la pobreza, sin esperanza ninguna,
transporto a los refugiados en mi pequeño navío
desde la diminuta Liliput hasta el triunfal Blefuscu.
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