Nadie se vuelve adicto al placer.
El comportamiento compulsivo no era más que una alarma: suena, incomoda, pero no es enemiga.
Es un aviso. A veces también una brújula.
Una guía que apunta directo hacia la sombra.
Es un ritual maldito que anestesia para no sentir.
Porque al final, nadie se vuelve adicto al placer.
Se vuelven adictos a silenciar lo que duele.
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