Bastaba que cayera la tarde para que la ciudad se inundara de tu olor. Esa luz que fue naranja, que fue magenta (y que si duele será roja), iba llenándolo todo, trayéndote más cerca de mí. Y así me ibas invadiendo, y yo me dejaba deslizar sin resistencia, como un buen jazz, como el humo del cigarro. Y entonces la piel erizada, y los zapatos mojados, y las palabras al rededor. Sobre todo las palabras.
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