De puntillas y muy lentamente
el otoño deshoja mi abrigo.
Un suspiro desesperado rueda hasta llegar a la esquina.
y tu espacio vacío grita espantado
la inmensa ausencia que dejaste
a mi costado.
 
Mientras tu perfume
rodea mi memoria 
e insiste en quedarse.
El viento a diario me dice:
¡No te has marchado, solo te fuiste!
 
Aquí el corazón aún reboza 
Con tus manías.
Y el ruido de tus carcajadas idas
siempre ensordecen mi alma.
 
Mi camino después de todo 
jamás volvió a estar oscuro,
porque las lamparillas eternas 
de tus marrones ojos 
Nunca apagan su fulgor.
 
¡No te has marchado, solo te fuiste!
 
El cuadro de París aun cuelga debajo
de las tres negras estrellas;
Y el vacío hondo 
llena y rodea la habitación.
 
Entonces el jardín me abraza con su quietud y
los jilguerillos con su canto familiar
Me dicen una y otra vez:
                                    ¡No te has marchado, solo te fuiste!
 
                                     ¡Y no, no estoy triste...
 
                                                             Solo estoy en pausa!
1900

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