Siempre te recordare, no importa cuánto tiempo pase ni cuantas personas conozca, tampoco importan mis decisiones ni mis malas suposiciones. Sin importar los segundos, los minutos, las horas, los días, ni los años. Tu nombre, tu cuerpo, tus pensamientos, tus raras manías, tus malos chistes, tu voz, absolutamente todo tu ser dejara una marca. Porque tú eres ese “algo”. Ese que todo el mundo desea al momento de nacer. Esa cosa sobre la que todos escriben, cantan, bailan y profesan. Esa cosa indescriptible que todos anhelan ver. Eso que todos creen que arreglara su vida con tan solo  aparecer.
Tú no viniste de una forma tan extravagante como todos esperaban. Llegaste sutilmente. Eras como una canción de cuna, frágil y poderosa, encantadora y duradera, sencilla e inexplicable. Tus acciones eran tan sencillas, incluso a veces, no encontraba una razón para que las frecuentaras. En ese entonces, recuerdo que llorabas por todo. Llorabas tanto como reías. Recuerdo haberte preguntado el por qué, a lo que tú respondiste: “Lloro porque todo es efímero, y nada es para siempre. Porque no importa cuánto me esfuerce, siempre se perderá. Por eso sólo me queda llorar, porque al hacerlo estoy demostrando que me importa, y si me importa lo recordaré. Esa es la única pócima de inmortalidad que existe: el recuerdo. Seguramente seré olvidada, después de todo las personas no querrán recordar a una persona que siempre llora”. Por aquellos días no entendí a qué te referías. Entonces exclamé: -Jpmp, ¿Por qué te importan tanto los recuerdos? De todos modos vas a morir-.  Es gracioso que ahora pueda entenderlo. Tal vez era demasiado joven para hacerlo.
 “Si no vives el momento intensamente, jamás lo entenderás” solía ser una frase tuya. Y cuánta razón tenías. No lo entendía hasta ahora.
 
Siempre solías decirme que era una persona muy testaruda, que a pesar de que era bueno ser firme en cuanto a las decisiones y los pensamientos, yo exageraba. Tal vez por eso no lo entendí hasta ahora. Muchas personas me lo dijeron, hasta tú lo hiciste. Pero yo hice caso omiso de eso. Y ahora que no estás lo veo todo.
Eras “eso” que yo necesitaba. “Eso” por lo que seguía vivo. Eras mi vida entera.
Quizás esa sea la razón por la cual ahora lloro. Para recordarte. Para recordar por qué vivo. Para que mi amor no muera. Para que tú no mueras. Para que el mundo sepa que ese “algo” de verdad existe.
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 Por eso escribo ahora. Porque, aparte de los recuerdos, el papel es otra forma de recordar, de ser inmortal. Y yo quiero inmortalizarte para que el mundo sepa que una vez, hace tal vez mucho tiempo ese “algo” existió, y ese “algo” era hermoso.
Supongo que es hora de terminar, pero antes me gustaría llevarte la contraría una vez más.
Nadie te olvidará, incluso si por un pequeño momento lo deseaste, jamás sucederá. Porque eres de esas personas que marcan, de esas que tatúan su ser en los demás. Y aunque la marca pueda borrarse, el recuerdo permanecerá. Así que tengo el gusto de decirte que eres inolvidable y siempre serás parte de todo lo que tocaste.
No llores, porque de lo más seguro lo estás. Sé que no quieres olvidar, pero hay mejores maneras. Así, sonríe, porque yo también sonreiré a tu lado. Porque estés donde estés, yo siempre estaré allí, esperando por ti. Porque eres mi “algo”. Porque te amo. Y siempre lo haré. 
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