Como las branquias de los peces, latente, demasiado visible, muy obvio es mi amor por ellos. El tiempo se detiene para perderme en sus ojos llenos de saber.

Una alegría me invade, eso que dejo atrás cuando los veo es lo único verdadero, lo único que hace que mi corazón bombee suficiente oxigeno.

Sus rostros como el durazno que aún no se ha mordido.

Sus manos llenas de cachorros alegres.

Sus bocas cargadas de preguntas que difícilmente puedo saciar y que no quiero saciar, para que la duda sea su fiel amiga.

El supuesto tiempo ya sé ha llevado a aquellos más pequeños, pero aun en estos veo el reflejo de los que me robo aquel intruso, mientras tanto aprovecho antes que venga el asalto de los calendarios. Es por esto que los respiro, y como ese globo de cumpleaños me desinflo en cada una de sus partidas, para seguir amando a los nuevos, a el que el tiempo y el entorno le robará el saber de sus ojos, el mismo que morderá el durazno y transformará los cachorros en lobos y sus bocas se saciaran de preguntas y respuestas acompañadas siempre de dudas. Pero siempre que me refleje en sus ojos llenos de saber, esa alegría seguirá invadiendo ese yo que todos creen, para que brote lo único y verdadero, mi amor por ellos.
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