Vi en sueños imágenes de mi madre en situaciones que no eran las nuestras. Vi sus huesos y carne en un papel desconcertante: víctima de la bestia invisible y hambrienta, espíritu de la ciudad.

Atormentada me platicaba que una mañana en la que comenzaba su jornada, alguien — o algo — la amenazó de muerte si volvía a aparecer.

Lo más doloroso era que, aunque agitada, no le extrañaba. Pretendía caminar el mismo sendero. Pues es más importante llenar la boca de su descendencia que su propio bien.

Me ofrecía bebida y calidez. Olvidé por un momento la lucidez. En ese humilde rincón, escondido entre el hierro y el concreto.

El día anunciado llegó, entre nubes corruptas y lluvia fangosa. La bestia atacó. A uno de sus hijos se lo llevó. Se perdió en esta selva. Con miles de ojos vigilantes pero indolentes, nadie vio. Nadie habló.

Nadie la compadeció...

Buscó respuestas. Sus pies, agrietados, sangraban, pero seguía sin descanso. La justicia era ciega, sorda y muda.

El ente que prometía paz se desentendió. Prefería la vanidad. En su palacio solo había espacio para la comedia, las bestias, los aduladores y las falsas veneraciones.

Hoy mi madre visitó mis sueños. Se presentó entre miseria y bondad, acurrucada con su prole en algún rincón olvidado de la ciudad. Me contaba sus dolores.

Me asfixiaba verte con aquellos ojos humedecidos. Atestiguar las llagas en tus pies. Impotente. Sin poder protegerte ante este ente indolente y esta bestia hambrienta.

Quizá... sean el mismo ser.

Quizá, entre sus fauces nos haga desaparecer...

Perdóname, madre...

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