La ausencia nos recuerda lo que nos queda por decir,
esa putrefacción del cuerpo bajo la tierra nos recuerda
lo atiborrados que estamos de palabras,
como indigestados de miedo, intoxicados de orgullo.
La pérdida nos recuerda lo que nos queda por decir,
esa lejanía inalcanzable que con el tiempo sufre mutaciones y
el rastro se borra y los recuerdos se atesoran como último recurso.
La muerte nos golpea fuerte, nos asesina de cierta manera,
pero seguimos respirando, atados por el cordón umbilical
de la vida, ese hilo de plata que tantas veces
parece una cadena.
La despedida nos recuerda lo que nos queda por decir
y nos volvemos mudos, necios, arrogantes,
intentando ganar un juego de antemano perdido
y luego nos persigue el arrepentimiento inútil y vacío,
cual castigo de la mente adolorida.
La soledad nos recuerda lo que nos queda por decir,
palabras que fastidian al viento, a las sombras, a los huesos
y nos asquea el sinsabor del sepulcro silencioso
aquí en el pecho.
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