Llueve:
De las fortalezas de la cúpula divina
lentamente las tristes lágrimas resbalaban
surcando el etéreo, efímeras se deslizaban
a perecer sobre el espejo de Catalina.
Creándose en la frígida materia cristalina
fulgores concéntricos que al crecer se besaban
y al morirse, las mañas de Poseidón frenaban
y Lorenzo retornaba a ser el que ilumina.
Si sus rayos cruzan la lágrima vanidosa,
los siete colores de su espectro nos presentan,
en curva celestial que en los extremos se posa.
Donde dulces duendes deambulan y oros ostentan;
y muy alto, sobre ese arco, los sueños se hacen cosa,
realidad, o verdades. Que a las gentes contentan.
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