Cuando la luz toque la oscuridad,
yaceré dormido sobre la hierba viva,
con los ojos fijos en nubes eternas,
y el cuerpo cubierto por el aliento del alba.

De mi cuerpo nacerán preciosas flores,
que velarán mi toda mi transición.
El ocaso beberá el último aliento de mis labios,
mientras la penumbra bendice mis restos suspendidos.

De mi pecho ascenderán nardos pálidos
para perfumar por completo mi aura.
Y de mi corazón surgirán anturios carmesí,
ardientes bajo la mirada de la noche.

En mis costillas, una enredadera.
Y en mi columna vertebral, un laurel oscuro.
De mis piernas brotará un ciprés hacia el cielo,
y de mis pies, raíces que tomarán camino hacia el infierno.

Que los animales celebren un festín con mi carne,
para que mi alma regrese dispersa al bosque.
Y que insectos de oro duerman sobre mis párpados,
como joyas caídas sobre un altar de tierra.

Los elementales beban en mi cráneo la sangre
donde ardió, silencioso, un amor infinito.
Y el viento disperse mis últimos nombres,
en una eternidad taciturna sin sufrimiento.

Y allá, donde el sol muere en el horizonte,
y donde la luna pare y resguarda las estrellas,
yo viviré disuelto en la respiración sagrada del universo,
entre jardines dormidos y cielos sin tiempo.

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