Son tan terrenales, lo sé.
De su boca emergen
las mismas flores
marchitas en la ráfaga
delirante del sol meridiano.
Torrentes luminosos, actínicos,
abrasan la soledad
de este páramo frugal
y aletargado:
duendes sonoros que se hicieron
sombra veleidosa contra
una columna ignota.
Ya sé, ya sé,
todo borrón es una tachadura
con forma de otro cisne
próximo a batir sus alas
y abrir su canto
ya sin memoria que recuerde
el silencio primordial que fue trizado.
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