Mis lágrimas
son una caricia delgada sobre tu piel,
una huella húmeda en tu camino,
fundiéndose
en las extensiones
de un jardín de obviedades,
como una frescura que se agota
en un susurro,
bañando el mapa
de tus emociones,
evaporándose
en universos volátiles,
adonde tu piel son fragmentos
de mi propia piel,
descorriendo velos tenues
de fragancias dulces
y compases mudos.
Expirando en una aurora tibia
al fulgor apacible del sol.
E.B.
 
1750

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