PESADILLA
Reconozco que es un atavismo de mi niñez, pero igual se lo le pedí. Cualquier mal sueño discutido después de las horas del mediodía, podría hacerse realidad, le dije. Esperé hasta que el ritmo de su respiración decreciera en una suave onda, debajo de la sábana. Preso de mi abrazo y de las caricias que lo invitaron a la confidencia, me contó su pesadilla.
El sueño comenzó con él en nuestro bar de costumbre, esperándome para irnos juntos a la casa. En la mesa de al lado, se sentó una mujer muy bella; de esas que van con la época y transpiran modernismo y libertinaje consentido. Sus miradas se encontraron y él (mi marido), buscó salvarse en las noticias del telediario que gritaba un televisor esquinero, pero fue inútil. Se volvieron a encontrar y ella tiró el anzuelo en una leve sonrisa que fue contestada, para terminar a los minutos él con ella, tomando café.
Fiel conocedor de la consistencia de sus valores, pensó en que la seducción por parte de ella sería aparte de imposible, ridícula, pero en el terreno de lo onírico, todo puede pasar. Un leve roce de ella en su entrepierna, una caricia distraída del hombro, una mirada invitadora y dos tragos hicieron el trabajo sucio. Él le dijo que no era libre pero no importó. Cuando los cuerpos interactúan tienen una vida sensorial que minimiza lo todo demás. No hay moralidades, porque el deseo suprime lo que le estorba a la carne para ser degustada, y ellos eran los platillos que pese a todo, serían engullidos entre besos, lamidas, y eyaculaciones victoriosas del placer satisfecho.
Fueron a su casa. Me contó que antes de llegar a su apartamento ya la culpa había asomado, pero igual siguió el despojo de las ropas. Le arrancó la falda y pantaletas, con su boca subió y bajó toda la geografía para penetrarla en la mesa del comedor, sin haberse ni siquiera terminado de quitar los pantalones. El segundo round fue en el cuarto. No hubo rincón que se escapara de sus lenguas, y justo cuando alcanzaron el segundo éxtasis de la noche, al dejarse caer entre sus grandes senos se dio cuenta. La culpa se le cruzó como un gato negro fantasmal tiñéndolo todo de vergüenza. Sintió la verdadera esencia del asco y su cuerpo se llenó de pústulas. Ella quiso atraerlo nuevamente pero él gritó tan fuerte que me despertó y pude salvarlo de la pesadilla.
Me abrazó y yo me reí. Cuando me preguntó porque mi burla le contesté que no era necesario que contara la pesadilla antes mediodía; nunca se materializaría. Aparte de tener 10 años juntos, no conozco al primer homosexual redimido a hetero y él no es excepción.
Alejandro bozo
abozo20@hotmail.com
El anecdotario del escribano - Cuento 2oksoy muy consentidaReconozco que es un atavismo de mi niñez, pero igual se lo le pedí. Cualquier mal sueño discutido después de las horas del mediodía, podría hacerse realidad, le dije. Esperé hasta que el ritmo de su respiración decreciera en una suave onda, debajo de la sábana. Preso de mi abrazo y de las caricias que lo invitaron a la confidencia, me contó su pesadilla.
El sueño comenzó con él en nuestro bar de costumbre, esperándome para irnos juntos a la casa. En la mesa de al lado, se sentó una mujer muy bella; de esas que van con la época y transpiran modernismo y libertinaje consentido. Sus miradas se encontraron y él (mi marido), buscó salvarse en las noticias del telediario que gritaba un televisor esquinero, pero fue inútil. Se volvieron a encontrar y ella tiró el anzuelo en una leve sonrisa que fue contestada, para terminar a los minutos él con ella, tomando café.
Fiel conocedor de la consistencia de sus valores, pensó en que la seducción por parte de ella sería aparte de imposible, ridícula, pero en el terreno de lo onírico, todo puede pasar. Un leve roce de ella en su entrepierna, una caricia distraída del hombro, una mirada invitadora y dos tragos hicieron el trabajo sucio. Él le dijo que no era libre pero no importó. Cuando los cuerpos interactúan tienen una vida sensorial que minimiza lo todo demás. No hay moralidades, porque el deseo suprime lo que le estorba a la carne para ser degustada, y ellos eran los platillos que pese a todo, serían engullidos entre besos, lamidas, y eyaculaciones victoriosas del placer satisfecho.
Fueron a su casa. Me contó que antes de llegar a su apartamento ya la culpa había asomado, pero igual siguió el despojo de las ropas. Le arrancó la falda y pantaletas, con su boca subió y bajó toda la geografía para penetrarla en la mesa del comedor, sin haberse ni siquiera terminado de quitar los pantalones. El segundo round fue en el cuarto. No hubo rincón que se escapara de sus lenguas, y justo cuando alcanzaron el segundo éxtasis de la noche, al dejarse caer entre sus grandes senos se dio cuenta. La culpa se le cruzó como un gato negro fantasmal tiñéndolo todo de vergüenza. Sintió la verdadera esencia del asco y su cuerpo se llenó de pústulas. Ella quiso atraerlo nuevamente pero él gritó tan fuerte que me despertó y pude salvarlo de la pesadilla.
Me abrazó y yo me reí. Cuando me preguntó porque mi burla le contesté que no era necesario que contara la pesadilla antes mediodía; nunca se materializaría. Aparte de tener 10 años juntos, no conozco al primer homosexual redimido a hetero y él no es excepción.
Alejandro bozo
abozo20@hotmail.com
LA PESADILLA
27 de diciembre de 2008·3 min de lectura
Una pesadilla sexual discutida en la pareja
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