La incomprensibilidad de la vida
Decía Paulo Coelho que en toda historia de amor siempre hay algo que nos acerca a la eternidad y a la esencia de la vida.
Mi historia no la pretendo contar para obtener aprobación, notoriedad o algún acto de cortesía, por el contrario, lo hago por el desahogo que necesito poder darle a la inmundicia depresiva que se ha arraigado dentro de mí, que ha corroído mi confianza y mi auto seguridad, mi escudo protector ante la invariabilidad de lo pasajero de la vida.
Todo comenzó un 6 de enero de 2019 cuando en mi afán de poder encontrar una jeringa que pudiese llenar un vacío interior, un lugar escabroso dispuesto en alguna parte de mi sistema límbico, acudí a un lugar donde prudentemente sabia no encontraría el alivio requerido, aun así, en la rebeldía que caracteriza la irracional y precipitada vida de un joven adolescente que cree ser sabio en su propio apreciar, decidí entrar en este rincón que me envolvió desmesuradamente desde un comienzo, rincón que, aunque no directamente, sigue apuñalándome reiteradamente hasta el linde que separa el pasado del futuro: el presente.
En aquel lugar pretendí YO haber encontrado la llave que desmoldaría el oscuro cerco que se cernía sobre mí, una piedra tan preciosa, colmada de semejante y esplendoroso brillo y dotada de imponente hermosura como nunca antes la había visto; me cegó fulminantemente. Aquello era algo que ni en mis más abismales codicias hubiese podido obtener, aquello era la idoneidad Divina echa carne y hueso; una mujer.
Aquél vacío interior se llenó como corriente de rio impetuoso, un giro de 180 grados que cambio mi recorrer de improviso e iluminó mi andar como el faro es a una barcaza en el crepúsculo. Mis más profusos terrores se hicieron agua y hasta el último vestigio de aquella sórdida sustancia invisible que sacudía de manera efusiva y constante mi mente, se despedía sin dejar rastro alguno.
Aquellos días, sentí yo, fueron unos de los mejores de mi existencia, me creía en un estado pletórico, lleno de euforia en la que el tiempo no se dejaba percibir, como cuando vez la felicidad transitar en cámara lenta, donde sentía que tenía el poder para hacer lo que quisiera, donde aquella exuberante gema, me devolvía mi vitalidad, aquella que me hacía sentirme realmente como la persona que quería ser, y es justo en ese momento, cuando estaba en mi punto más álgido, desde donde la superficie ya no era visible, que comencé, en un instante, a caer prontamente a velocidades sublimes. En principio no me era posible comprender tamaña conmoción hasta que, en el melifluo silbido producto del aire que chocaba contra mí utopía mental en la caída, en un punto donde me pude encontrar a mí mismo que fui capaz de comprender lo que sucedía.
En aquel momento, aquella piedra preciosa que había encontrado comenzó a perder su fulgor y fue allí donde observé lo inevitable, una imprudente acción que me llevo a la desolación. Mi gran y admirable amor, aquella persona a la que me entregué incondicionalmente, dejó que otro notara su lujuriante perfección, dejó entrar en nuestro espacio vital, aquel floreciente y soleado jardín donde solo coexistíamos ella y yo, aquel lugar para solo dos, a alguien. A partir de allí ya no existiría el idílico amor que nos profesábamos, aquellas torres que tardamos horas en imaginar en nuestro placentero porvenir se derrumbaron.
Aquel lugar que creí, sería capaz de aliviar todos mis sufrimientos, aquella piedra de inconmensurable hermosura, no fueron más que una imbecilidad de una realidad difusa, que al final se terminó esfumando.
SV MORALES
Mi historia no la pretendo contar para obtener aprobación, notoriedad o algún acto de cortesía, por el contrario, lo hago por el desahogo que necesito poder darle a la inmundicia depresiva que se ha arraigado dentro de mí, que ha corroído mi confianza y mi auto seguridad, mi escudo protector ante la invariabilidad de lo pasajero de la vida.
Todo comenzó un 6 de enero de 2019 cuando en mi afán de poder encontrar una jeringa que pudiese llenar un vacío interior, un lugar escabroso dispuesto en alguna parte de mi sistema límbico, acudí a un lugar donde prudentemente sabia no encontraría el alivio requerido, aun así, en la rebeldía que caracteriza la irracional y precipitada vida de un joven adolescente que cree ser sabio en su propio apreciar, decidí entrar en este rincón que me envolvió desmesuradamente desde un comienzo, rincón que, aunque no directamente, sigue apuñalándome reiteradamente hasta el linde que separa el pasado del futuro: el presente.
En aquel lugar pretendí YO haber encontrado la llave que desmoldaría el oscuro cerco que se cernía sobre mí, una piedra tan preciosa, colmada de semejante y esplendoroso brillo y dotada de imponente hermosura como nunca antes la había visto; me cegó fulminantemente. Aquello era algo que ni en mis más abismales codicias hubiese podido obtener, aquello era la idoneidad Divina echa carne y hueso; una mujer.
Aquél vacío interior se llenó como corriente de rio impetuoso, un giro de 180 grados que cambio mi recorrer de improviso e iluminó mi andar como el faro es a una barcaza en el crepúsculo. Mis más profusos terrores se hicieron agua y hasta el último vestigio de aquella sórdida sustancia invisible que sacudía de manera efusiva y constante mi mente, se despedía sin dejar rastro alguno.
Aquellos días, sentí yo, fueron unos de los mejores de mi existencia, me creía en un estado pletórico, lleno de euforia en la que el tiempo no se dejaba percibir, como cuando vez la felicidad transitar en cámara lenta, donde sentía que tenía el poder para hacer lo que quisiera, donde aquella exuberante gema, me devolvía mi vitalidad, aquella que me hacía sentirme realmente como la persona que quería ser, y es justo en ese momento, cuando estaba en mi punto más álgido, desde donde la superficie ya no era visible, que comencé, en un instante, a caer prontamente a velocidades sublimes. En principio no me era posible comprender tamaña conmoción hasta que, en el melifluo silbido producto del aire que chocaba contra mí utopía mental en la caída, en un punto donde me pude encontrar a mí mismo que fui capaz de comprender lo que sucedía.
En aquel momento, aquella piedra preciosa que había encontrado comenzó a perder su fulgor y fue allí donde observé lo inevitable, una imprudente acción que me llevo a la desolación. Mi gran y admirable amor, aquella persona a la que me entregué incondicionalmente, dejó que otro notara su lujuriante perfección, dejó entrar en nuestro espacio vital, aquel floreciente y soleado jardín donde solo coexistíamos ella y yo, aquel lugar para solo dos, a alguien. A partir de allí ya no existiría el idílico amor que nos profesábamos, aquellas torres que tardamos horas en imaginar en nuestro placentero porvenir se derrumbaron.
Aquel lugar que creí, sería capaz de aliviar todos mis sufrimientos, aquella piedra de inconmensurable hermosura, no fueron más que una imbecilidad de una realidad difusa, que al final se terminó esfumando.
SV MORALES
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