Había un hombre despierto que se servía a las once un apetitoso almuerzo de versos frescos del huerto un vaso lleno de poemas de Lorca o de Nervo o de Borges, y luego fumaba un cigarro de letras de Meléndez mientras veía hacia el huerto de los poetas vivos y muertos.
Era un sujeto que vestía cantos escritos en el campo con sombrero de Cien Sonetos de Amor de un tal Neruda, con huaraches de Hojas de Hierba asimilados en su llanto. Una funda de Horal cubierta de amorosa arcilla desnuda guardaba arma de elegías de Miguel como de Octavio.
Cabalgaba a diario un caballo de poesías en prosa unidas a la hora del ocaso, lo corría ¡ah! por las alegrías melancolías del Manco de Lepanto, en la cima de Versos de Amor Profanos La Decima Musa se metía a sus labios y suspiraba un beso a Castellanos.
Cerca de su cabaña de coplas las moscas y el caminante de Machado se oían a viento de Serrat desde sus tierras españolas, luna de Gabriela y Alfonsina relucía el tinto descorchado de tantos poetas vivos como Yanina o Guedea. Estrellas sobre el tejado.
Narrativas de Mario para su corazón comprometido tomaba en grageas de justicia, Cantares de Netzahualcóyotl le imaginaban a si mismo ser la flor y el canto que acaricia leyendas de Henestrosa enalteciendo el indigenismo, cuento de Rulfo en un cerro de Luvina.
Hubo un hombre que no ha muerto qué al menos catorce de las diecisiete los dientes en rimas de Bécquer lo inspiraron al puerto de diarios de Tagore para así por fin descuadernar el grillete de su mente y llevar en su ser los bellos ideales en poema a recónditos universos.
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