El pozo.          
Parecían formas apolilladas reptando desde un abismo inhumano. Mil y una formas hijas de la melancolía. Silenciosas y horriblemente vagas, sumisamente entrelazadas en movimientos lentos, que parecían no concluir nunca. Así avanzaban hacia la luz, como frágiles cadáveres que a través de un maleficio se han erguido de sus tumbas mustias, desconcertando al distraído observador.              
Cegados por el mediodía fueron atravesando la abertura rocosa camino hacia unas precarias edificaciones. Una lagartija escapo rauda entre las fisuras de una roca; mientras la procesión continuaba exhausta, perezosa. El sol llegaba en ese momento a su punto más alto, quemando el campo estéril y las espaldas vencidas. Todo era calma y monotonía en la comarca norteña, todo era tormenta y desazón en el alma             quebrada. Desde el horizonte y mas allá de él, el viento se perdía silbando una extraña sinfonía en el desierto brutal, tras los rastros de otra raza; y, como los suspiros de una triste mujer esos harapos humanos se hundían en si mismos ocultando su incomprensión.               
     Presintieron el final en las miradas furtivas que los acompañaban; sin embargo, ninguno hizo nada para evitarlo. Los otros, sabiéndose fuertes, se hicieron señales cuando el último de la escuálida fila irregular salió del umbral de la caverna; y al instante hirvió la sangre y entre los reflejos dolorosos del sol golpeando inútilmente las gruesas corazas, empuñaron las armas formando una fila.            
Retumbaron mil y un ecos en la distancia calcina. Y en aquella inmensidad en donde el desierto nuevamente reinaría, los españoles recargaron las armas y montaron sus bestias de guerra, cargados de reliquias ancestrales bajo el fuerte sol. Marchándose hacia el este; perdiéndose en la polvareda que generaba su estampida de terror...    
3510

Cargando comentarios...