El intento humano de poseer lo que no tiene
Querido tú,
No sé si alguna vez lo pensaste, pero los humanos vivimos con esta obsesión absurda de querer retenerlo todo. De aferrarnos. De quedarnos. De quedarnos incluso cuando algo duele, incluso cuando ya no hay nada. Lo hacemos porque creemos que si todo se mantiene en su lugar, nada malo va a pasar. Porque el cambio nos aterra. Porque lo desconocido se siente como caída libre. Porque el silencio de lo nuevo hace ruido.
Queremos que las cosas duren para siempre. Queremos que alguien prometa que nunca se irá. Que la vida diga que se quedará quieta. Y por eso seguimos con la misma rutina, la misma historia, la misma idea que una vez tuvimos de nosotros mismos, incluso cuando ya no nos queda. Incluso cuando ya no somos los mismos.
Pero la vida se nos escapa, igual. Se nos escapa incluso cuando cerramos las manos.
Y yo también soy humana. También me dan miedo muchas cosas. También intento detener el tiempo con pensamientos, o con cartas como esta. También he querido que alguien, al menos alguien, me diga que no va a cambiar, que no va a doler, que va a seguir aquí. Pero nadie puede prometer algo así. Porque al final, nada está bajo nuestro control.
Y me duele. Me duele profundamente esa verdad. No saber. No poder detener. No poder entender.
No saber si lo que pasa es solo parte del ciclo de crecer o si en realidad estamos cayendo sin darnos cuenta. No saber si estamos a tiempo de detenernos o si ya estamos demasiado rotos. No saber si estamos ignorando cosas que deberían importarnos o si simplemente no podemos más. Si ya no nos cabe más dolor.
A veces me pesa todo. Me pesa este mundo tan rápido, donde nada es suficiente. Donde la gente quiere que siempre seas más, más productiva, más madura, más fuerte, más funcional, más cuerda, más feliz, más estable, más todo. Pero, ¿qué pasa cuando ya no puedes ser más nada? ¿Cuando ya no puedes correr más? ¿Cuando solo quieres parar y que alguien te abrace y te diga que no tienes que demostrarle nada a nadie?
Yo sé lo que es el miedo. Yo sé lo que es temblar por dentro mientras por fuera actúas como si todo está bien. Y sé también lo que es ver a alguien que amas ahogarse en sus propias sombras y no poder salvarle. Saber que algo lo está apagando y que tú no puedes encenderle desde afuera. Saber que la mente a veces puede ser más cruel que cualquier castigo externo.
Y sin embargo seguimos. Seguimos porque eso es lo que hacen los humanos: intentar. Intentamos controlar lo incontrolable. Intentamos predecir. Intentamos aferrarnos al amor, al pasado, a lo seguro, a lo que ya conocemos. Pero el cambio viene igual. El dolor viene igual. Y entonces solo nos queda soltar. Soltar aunque nos cueste. Aunque no queramos.
Solo nos queda escribir.
Y eso hago. Esto es eso. Mi intento humano de poseer lo que no tengo. De entender. De tocar lo intangible. De decir lo que duele y no puede cambiarse. De hablar contigo, aunque no estés. De recordarme que todavía siento.
De no olvidarme de mí misma.
Con todo lo que soy, está carta es para ti, querido tu.
No sé si alguna vez lo pensaste, pero los humanos vivimos con esta obsesión absurda de querer retenerlo todo. De aferrarnos. De quedarnos. De quedarnos incluso cuando algo duele, incluso cuando ya no hay nada. Lo hacemos porque creemos que si todo se mantiene en su lugar, nada malo va a pasar. Porque el cambio nos aterra. Porque lo desconocido se siente como caída libre. Porque el silencio de lo nuevo hace ruido.
Queremos que las cosas duren para siempre. Queremos que alguien prometa que nunca se irá. Que la vida diga que se quedará quieta. Y por eso seguimos con la misma rutina, la misma historia, la misma idea que una vez tuvimos de nosotros mismos, incluso cuando ya no nos queda. Incluso cuando ya no somos los mismos.
Pero la vida se nos escapa, igual. Se nos escapa incluso cuando cerramos las manos.
Y yo también soy humana. También me dan miedo muchas cosas. También intento detener el tiempo con pensamientos, o con cartas como esta. También he querido que alguien, al menos alguien, me diga que no va a cambiar, que no va a doler, que va a seguir aquí. Pero nadie puede prometer algo así. Porque al final, nada está bajo nuestro control.
Y me duele. Me duele profundamente esa verdad. No saber. No poder detener. No poder entender.
No saber si lo que pasa es solo parte del ciclo de crecer o si en realidad estamos cayendo sin darnos cuenta. No saber si estamos a tiempo de detenernos o si ya estamos demasiado rotos. No saber si estamos ignorando cosas que deberían importarnos o si simplemente no podemos más. Si ya no nos cabe más dolor.
A veces me pesa todo. Me pesa este mundo tan rápido, donde nada es suficiente. Donde la gente quiere que siempre seas más, más productiva, más madura, más fuerte, más funcional, más cuerda, más feliz, más estable, más todo. Pero, ¿qué pasa cuando ya no puedes ser más nada? ¿Cuando ya no puedes correr más? ¿Cuando solo quieres parar y que alguien te abrace y te diga que no tienes que demostrarle nada a nadie?
Yo sé lo que es el miedo. Yo sé lo que es temblar por dentro mientras por fuera actúas como si todo está bien. Y sé también lo que es ver a alguien que amas ahogarse en sus propias sombras y no poder salvarle. Saber que algo lo está apagando y que tú no puedes encenderle desde afuera. Saber que la mente a veces puede ser más cruel que cualquier castigo externo.
Y sin embargo seguimos. Seguimos porque eso es lo que hacen los humanos: intentar. Intentamos controlar lo incontrolable. Intentamos predecir. Intentamos aferrarnos al amor, al pasado, a lo seguro, a lo que ya conocemos. Pero el cambio viene igual. El dolor viene igual. Y entonces solo nos queda soltar. Soltar aunque nos cueste. Aunque no queramos.
Solo nos queda escribir.
Y eso hago. Esto es eso. Mi intento humano de poseer lo que no tengo. De entender. De tocar lo intangible. De decir lo que duele y no puede cambiarse. De hablar contigo, aunque no estés. De recordarme que todavía siento.
De no olvidarme de mí misma.
Con todo lo que soy, está carta es para ti, querido tu.
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