Dos poemas sobre la memoria y el paso del tiempo
Hay recuerdos que vuelven sin avisar.
A veces llegan de la mano de una estación donde ya no esperamos ningún tren. O de una luz encendida al otro lado de una ventana cuando cae la tarde.
Comparto hoy dos poemas, La estación que ya no existe y La luz de la ventana, dos textos nacidos de esa mirada que busca encontrar significado en lo cotidiano y en aquello que el tiempo transforma en memoria.
LA ESTACIÓN QUE YA NO EXISTE
Hay estaciones que desaparecen
sin que nadie las derribe.
Siguen en pie,
con sus bancos,
sus relojes
y sus andenes vacíos,
pero ya no son las mismas.
A veces paso por una de ellas.
No busco ningún tren.
Busco a quien fui.
El muchacho que miraba los destinos
como si la vida estuviera siempre
en el siguiente billete.
El que creía
que hacerse mayor consistía
en llegar pronto.
Ahora lo sé.
La vida no estaba en los viajes.
Estaba en las despedidas,
en los regresos,
en aquellas conversaciones breves
que parecían no significar nada
y que todavía recuerdo.
Hay estaciones que desaparecen.
Y, sin embargo,
cuando cierro los ojos,
siguen llegando trenes.
LA LUZ DE LA VENTANA
Cada noche,
antes de acostarme,
miro durante unos segundos
la ventana del salón.
No ocurre nada extraordinario.
Nadie espera al otro lado.
No hay revelaciones,
ni milagros,
ni respuestas.
Solo una luz encendida
sobre los libros,
sobre las fotografías antiguas,
sobre esas cosas pequeñas
que casi nunca aparecen en las noticias
pero sostienen una vida entera.
Pienso entonces
que quizá la felicidad
se parece menos a conquistar algo
y más a reconocerlo.
A saber que este instante,
tan corriente,
tan fácil de ignorar,
algún día será recuerdo.
Y que la luz que hoy parece cotidiana
terminará brillando
en la memoria
como brillan siempre
las cosas que no supimos perder a tiempo.
Espero que encontréis en ellos algo que también os acompañe.
Un abrazo.
Juan Carlos Rodríguez Soriano |Bitácora del Alma
"Un refugio para las palabras"




Cargando comentarios...