Soy una mujer de modales refinados y aspecto frágil, consecuencia posiblemente de una sensibilidad quebrantada, que viste bien y aparenta mediana edad.
  Escribo versos y los demás dicen que soy poeta; pero quizá lo que más me hubiera gustado ser es músico callejero; interpretar rodeada de desconocidos, y vivir de las monedas que éstos arrojasen a mi platillo”.
En el viejo café donde solía sentarme a escribir garabatos hay un solar que, según me han contado, pasa de mano en mano sin que nadie se decida a construir sobre él.
Es un bello horizonte urbano, un lugar desnudo en donde una poetisa anónima podía ir a soñar en mundos abiertos con los ojos cerrados.
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