Te conocí añoso,
despreocupado de perdidos versos
que habían educado
a enamorar los días,

entre tu franca sonrisa
y aquella respiración complicada
te narraste humilde
ante mis precipitados interrogantes...

Es que tu sur también existe,
pero necesitaba corroborarlo,
y en tu sillón de mimbre
lo descubrí solo al mirarte,

y me lleve aquellos libros
regalados de tus manos
y aquella tierna mirada
cansada de tantos exilios...

No lo supiste por aquel entonces,
y no sé si lo sabrás ahora,
pero desde aquel soñado encuentro
le diste alas a mis dedos,

mal discípulo en intentos,
pésimo imitador involuntario
ahora huérfano de tu sombra
cuando lo asumía plenamente...

Se me escapo este, tu adiós
previéndolo a lo lejos,
pero tengo todas tus obras
y aquella compartida imagen,

pero mas nada, tus palabras
que todavía guardo conmigo
y es por eso mi estimado,
que lo sigo en el camino.


Dedicado a Don Mario, a quien la vida me dio la bella posibilidad de compartir alguna vez su mesa, su casa, sus charlas, y algún que otro noble secreto. Hasta siempre Estimado.
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