Estela conducía hacia su nuevo hogar con una sonrisa que no lograba contener. Había momentos en la vida en los que todo parecía alinearse de golpe: un mejor empleo, una ciudad distinta, un departamento amplio con balcón, un salario que por fin le permitía comprar aquello que durante años solo había visto en páginas de internet y escaparates. Sentía que, por primera vez, el mundo empezaba a parecerse a la vida que siempre había creído merecer. Pisó el acelerador.

La autopista se desplegaba limpia frente a ella y el motor de su camioneta respondía con una suavidad que todavía la maravillaba. Se permitía mirar de vez en cuando el emblema del volante, apenas para recordar que por fin era suyo. Durante años había fantaseado con un vehículo como ese, una Toyota Pilot, cuando acompañaba a su mejor amiga de la universidad y fingía admiración mientras una punzada amarga le recorría el estómago. No era odio, solo esa clase de envidia que uno aprende a esconder tan bien que termina llamándola inspiración.

Un pequeño golpe seco interrumpió sus pensamientos. Después otro. Y otro más. Pequeñas manchas comenzaron a aparecer sobre el parabrisas como gotas oscuras de lluvia.

Estela hizo un gesto de fastidio. Activó los limpiadores y el cristal se convirtió en una pasta borrosa de alas trituradas y diminutos cuerpos deshechos.

—Malditos insectos... —refunfuñó Estela.

Apenas podía distinguir la carretera. Frenó sobre el acotamiento con una brusquedad que levantó una nube de polvo y tomó la botella de agua que llevaba en el asiento del copiloto. Bajó del vehículo resoplando, vertió el líquido sobre el parabrisas y comenzó a frotar con la palma de la mano mientras mascullaba insultos que se perdían entre el viento caliente de la tarde.

Cuando terminó, retrocedió unos pasos para contemplar la camioneta. Negra, impecable. Su orgullo más reciente. Fue entonces cuando la vio. En el borde inferior de la defensa delantera había quedado atrapada una frágil mariposa que pudo distinguir con total claridad: una mariposa monarca.

No estaba aplastada como los demás insectos. Parecía simplemente detenida. Sus alas anaranjadas seguían abiertas con una perfección casi absurda, delineadas por nervaduras negras que semejaban vitrales diminutos. Solo al acercarse descubrió una grieta delicada que atravesaba una de ellas y el cuerpo inmóvil suspendido sobre el metal.

No supo por qué sintió culpa. Era ridículo. Seguramente había atropellado decenas de insectos durante el camino y ninguno había despertado en ella otra cosa que molestia. Pero aquella mariposa parecía distinta.

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La sostuvo con una delicadeza inesperada entre las yemas de los dedos. Pesaba menos que un recuerdo. La observó largo rato antes de colocarla cuidadosamente sobre una servilleta limpia dentro de la guantera.

Durante el resto del trayecto procuró no abrirla. Le habría avergonzado admitirlo incluso ante sí misma, pero tenía la extraña sensación de estar transportando algo que merecía respeto.

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El departamento resultó incluso más agradable de lo que recordaba.

Las ventanas daban hacia una calle tranquila llena de jacarandas y el pequeño balcón estaba adornado con jardineras rebosantes de bugambilias, lavanda y romero que los antiguos propietarios habían dejado atrás.

Mientras desempaquetaba, encontró otra caja mucho más pequeña; era de cristal biselado con bordes de latón envejecido. Su madre se la había regalado una Navidad cuando apenas tenía diez años.

—Las cosas bonitas también necesitan un hogar —le había dicho entonces.

Durante décadas había guardado dentro anillos baratos, collares de catálogo, una piedra lisa recogida en la playa y algún recuerdo absurdo de algún amor del pasado. Ahora estaba vacía.

Sin pensar demasiado, Estela extendió la servilleta y depositó la mariposa en el interior. Cerró la tapa y la colocó sobre un estante junto a una fotografía de su madre. Por primera vez desde que había salido de la autopista, tuvo la incómoda impresión de que la casa estaba completamente en silencio.

No un silencio normal, sino uno expectante. Como el que llena una iglesia unos segundos antes de que alguien empiece a hablar.

Se quedó inmóvil esperando escuchar algo. Nada. Sacudió la cabeza, rio para sí misma y continuó desempacando.

Al amanecer siguiente, después de prepararse un café en una prensa francesa y dirigirse al balcón, se encontró dos mariposas monarca sobre las flores.

No se movían. Parecían estar contemplando la ventana. Cuando Estela abrió la puerta de cristal, ambas levantaron el vuelo al mismo tiempo y desaparecieron en dirección al este.

Aquella noche soñó con un bosque entero cubierto de alas anaranjadas. En el sueño no había viento. Sin embargo, todas se agitaban al unísono, como si respiraran.

Para la mañana siguiente, en el mismo lugar volvió a encontrar mariposas, pero ahora no eran dos. Cuatro.

Estela lo notó mientras preparaba su desayuno. Había dejado abierta la cortina para que entrara la luz y, por un instante, creyó que las flores del balcón habían florecido durante la noche con un tono distinto de naranja.

Al acercarse, comprendió que eran mariposas.

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Permanecían inmóviles sobre las ramas de lavanda, con las alas apenas abiertas, como pequeñas manos descansando sobre una mesa. Golpeó el cristal con los nudillos. Ninguna se movió. Volvió a golpear con más fuerza. Entonces, todas emprendieron el vuelo exactamente al mismo tiempo, sin que una sola pareciera retrasarse respecto a las demás. Se elevaron unos metros y desaparecieron sobre los tejados.

Aquella sincronía le produjo una incomodidad difícil de explicar. No volvió a pensar en ello durante el resto del día. O al menos eso intentó.

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En la oficina, mientras acomodaba algunos documentos en su nuevo escritorio, encontró una mariposa sobre el monitor de su computadora.

Su primer impulso fue mirar a su alrededor para comprobar si alguien más la veía. Un compañero pasó junto a ella, pero ni siquiera levantó la vista. La mariposa abrió lentamente las alas y salió volando hacia una ventana. Nada más.

Aquello bastó para distraerla el resto de la mañana.

Al volver a casa encontró ocho en el balcón. A la noche siguiente había quince. Después, treinta.

Al cabo de una semana ya no podía distinguir las flores bajo aquella capa vibrante de negro y naranja. Parecía que las plantas hubieran dado frutos imposibles, pétalos que respiraban muy despacio.

Intentó espantarlas con las manos. Se apartaban apenas unos centímetros, esperaban y volvían a posarse exactamente en el mismo lugar.

Compró un atomizador con agua. Después uno con jabón. Después un repelente para insectos. Roció a los pobres animales, que parecían batallar con la bruma y el olor a citronela, pero no surtió ningún efecto.

Una mañana salió con una escoba y comenzó a azotarlas con violencia. Algunas cayeron al suelo. Otras simplemente se elevaron unos metros y regresaron en cuanto ella dio media vuelta.

Aquella tarde descubrió varias posadas sobre el barandal, completamente quietas, con las alas cerradas.

Por primera vez sintió una punzada de miedo. No hacían nada. Absolutamente nada. Y eso era precisamente lo insoportable.

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Los vecinos empezaron a hablar. Una señora del piso inferior levantó la cabeza mientras Estela regaba las plantas.

—Qué bonitas están —dijo la vecina con una alegría muy curiosa.

—Sí —respondió Estela, forzando una sonrisa.

—Nunca había visto tantas.

—Yo tampoco —replicó Estela.

La mujer permaneció observándolas unos segundos más. Después, frunció ligeramente el ceño.

—Qué raro...

—¿Qué cosa?

La vecina pareció arrepentirse de haber hablado.

—Nada.

—No, dígame.

La mujer bajó un poco la voz.

—Anoche salí al balcón porque no podía dormir. Estaban todas quietas. Miles, quizá. Y tuve la impresión...

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Guardó silencio. Estela sintió un ligero escalofrío.

—¿Qué impresión?

La señora sonrió con vergüenza.

—Va a pensar que estoy loca.

—Dígamelo.

La mujer miró otra vez hacia las mariposas.

—Parecía que estaban susurrando.

Estela soltó una risa breve e incómoda.

—Son alas.

—Supongo.

La vecina se marchó. Pero esa noche, mientras permanecía acostada en la oscuridad absoluta de su habitación, Estela apagó el aire acondicionado. Esperó.

Durante varios minutos no escuchó nada. Luego empezó. No era un zumbido. No era el roce de alas. Era algo mucho más difícil de describir. Un rumor bajísimo, como cuando varias personas hablan detrás de una puerta cerrada y ninguna palabra logra distinguirse por completo.

Pegó el oído al cristal. El sonido cesó. Retrocedió un paso. Volvió. Era imposible saber si provenía del balcón o de algún lugar dentro del departamento. Durmió con las luces encendidas.

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Algo dentro de ella la hizo recordar a la mariposa guardada en la caja de cristal. No quería saber nada respecto a ese insecto que ahora le parecía nauseabundo e insoportable. Dos días después decidió deshacerse de él.

Abrió con cuidado la cajita de cristal que había pertenecido a su madre. Seguía exactamente igual que el primer día. Ni más seca, ni más frágil, ni cubierta de polvo. Parecía detenida fuera del tiempo.

La tomó entre los dedos y salió al balcón. Pensó en dejarla sobre una maceta. Luego cambió de opinión y decidió arrojarla al viento. No tuvo oportunidad de hacer ninguna de las dos cosas: las mariposas que cubrían las flores levantaron el vuelo de golpe.

Miles de alas. No se lanzaron sobre ella. Simplemente llenaron el aire, tantas que el sol desapareció detrás de aquel movimiento naranja.

Estela sintió el viento que producían. Sintió el roce de algunas sobre su rostro. Retrocedió instintivamente hasta quedar otra vez dentro del departamento.

En el mismo instante en que cruzó el marco de la puerta, todas descendieron de nuevo sobre las flores. El silencio fue inmediato.

Con las manos temblando, volvió a guardar la mariposa dentro de la caja. Cerró la tapa. Solo entonces las que permanecían afuera parecieron relajarse.

Aquella noche llamó a una empresa de fumigación. Pidió el servicio más agresivo que ofrecieran. No preguntó por el precio. No le importaba, solo quería que desaparecieran.

Sin embargo, cuando el técnico llegó a la mañana siguiente y observó el balcón durante un largo rato, hizo una pregunta que la dejó completamente desconcertada.

—Disculpe...

—¿Sí?

—¿Desde cuándo la siguen?

Estela sintió que el estómago se le vaciaba.

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—¿Cómo dice?

El hombre no respondió enseguida. Solo levantó una mano. Sobre el dorso de su guante había una única mariposa monarca, completamente inmóvil. La miró unos segundos antes de dejarla ir con un suave movimiento. Luego volvió a verla directamente a los ojos.

—No dije que estuvieran en su balcón —aclaró con voz grave—. Dije que la siguen.

El fumigador se llamaba Ramiro.

Llevaba un overol gris sin logotipos, botas de hule gastadas y una gorra que el sol había decolorado hasta volverla casi blanca. Tendría unos sesenta años, quizá más. Su rostro era el de un hombre que había pasado demasiado tiempo trabajando al aire libre: la piel curtida, las manos ásperas y los ojos tan claros que parecían desteñidos.

Permaneció observando el balcón durante un largo rato. No tomó fotografías. No revisó las macetas. Ni siquiera abrió el maletín que había traído consigo. Simplemente miró.

—¿Puede hacer algo o no? —preguntó Estela, perdiendo la paciencia.

Ramiro negó lentamente con la cabeza.

—No.

—¿Entonces para qué vino? —cuestionó Estela con un tono agresivo y desesperado.

El hombre guardó silencio unos segundos.

—Porque pensé que eran polillas.

Estela soltó una risa seca.

—Pues ya vio que no.

Él volvió a mirar el balcón.

—Sí.

Hubo otro silencio.

—No las mate —dijo él, por fin.

—¿Perdón? —le preguntó ella, observándolo con incredulidad.

—No las mate.

—Son insectos.

Ramiro volvió a negar con la cabeza.

—No las mate.

Aquella insistencia terminó por irritarla.

—Le estoy pagando para que se deshaga de ellas.

El hombre cerró el maletín sin haber sacado una sola herramienta.

—No puedo ayudarla.

Le devolvió el dinero íntegro.

Antes de marcharse, ya con una mano sobre la puerta, dijo sin volver el rostro:

—Si todavía conserva lo que encontró en la carretera... no permita que escape de donde está.

Y se fue.

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Aquella frase la acompañó durante todo el día: “Lo que encontró en la carretera”, “No permita que escape de donde está”.

Por primera vez desde que llegó al departamento sintió el impulso de tirar la pequeña caja a la basura. Pero cuando la tomó entre las manos volvió a experimentar aquella absurda sensación de culpa.

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La dejó en su sitio. Intentó convencerse de que todo aquello era producto del estrés de la mudanza. No funcionó. Porque las mariposas ya no solo aparecían en el balcón, empezaron a aparecer donde estaba ella: en el estacionamiento, en la recepción del edificio, en el respaldo de una banca mientras esperaba un taxi, en el cristal de una cafetería, sobre el carrito del supermercado. Siempre una o dos. Siempre inmóviles. Siempre mirando hacia ella, nunca hacia otra persona.

Un viernes por la tarde salió del trabajo decidida a ignorarlas. Se obligó a caminar sin mirar atrás, sin detenerse, sin acelerar el paso. Al llegar a una esquina escuchó a un niño decir:

—Mamá, la señora de las mariposas.

Estela sintió que el pecho se le cerraba.

La mujer levantó la vista y, apenas un instante después, hizo un gesto involuntario de sorpresa. Había al menos treinta revoloteando sobre su cabeza. No parecían atacar. Solo seguían su misma velocidad, como si fueran una sombra.

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El sábado decidió acabar con todo. Compró insecticida industrial, guantes, mascarilla y una bomba manual para fumigar jardines.

Esperó al atardecer. Las encontró cubriendo las bugambilias con tanta densidad que apenas podían distinguirse las ramas. Respiró hondo y comenzó a rociarlas.

Miles levantaron el vuelo. El aire se llenó de alas, pero huyeron. Giraban alrededor del balcón formando una espiral silenciosa.

Estela siguió fumigando hasta vaciar por completo el depósito.

Cuando terminó, jadeando y con los ojos irritados por los químicos, observó el suelo y vio cientos de cuerpos. Sintió alivio por primera vez en semanas.

Entró al departamento dejando atrás la cruel escena, tomó una ducha, se preparó un café e intentó leer. Una hora después volvió al balcón. No había un solo cadáver. Ni uno solo. Como si jamás hubieran existido. Sin embargo, algo la aterró hasta los huesos al notar que miles de mariposas descansaban sobre los pétalos y las ramas de las macetas de su balcón, tantas que las plantas comenzaban a doblarse bajo su peso.

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Aquella noche tuvo el sueño más extraño de su vida. Caminaba por un bosque cuyos troncos estaban completamente cubiertos por mariposas monarca.

No había hojas, solo alas. Millones de alas. El silencio era absoluto.

Entonces, todas comenzaron a abrirse y cerrarse al mismo tiempo. No producían sonido alguno, pero Estela comprendía perfectamente lo que decían, no porque escuchara palabras, sino porque las sentía dentro de la cabeza.

—DEVUÉLVELA.

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Abrió los ojos de golpe. Estaba sudando. El reloj marcaba las 3:17 de la madrugada. Todavía con el corazón acelerado, giró lentamente hacia la sala. La caja de cristal seguía sobre el estante, pero estaba abierta.

La tapa permanecía levantada apenas unos centímetros. Estela estaba segura, absolutamente segura de haberla cerrado.

Se acercó con pasos lentos. La mariposa seguía dentro, solo que había una diferencia: la pequeña grieta que atravesaba una de sus alas ya no estaba.

Ella la había visto. La recordaba con absoluta claridad. Sin embargo, ahora las alas parecían intactas y perfectas, como si jamás hubieran sufrido el menor daño.

Con dedos temblorosos volvió a cerrar la tapa. Entonces escuchó un ruido suave detrás de ella. Un golpecito contra el cristal de la puerta del balcón. Luego otro. Y otro más. No quiso darse la vuelta, porque ya sabía lo que iba a encontrar. Aun así lo hizo.

Miles de diminutos cuerpos cubrían por completo el ventanal. No dejaban pasar una sola hebra de luz de la calle. Desde dentro parecía que alguien hubiera pintado de negro las ventanas.

Solo permanecían visibles, aquí y allá, pequeños fragmentos anaranjados que se abrían y cerraban lentamente. Como cientos de ojos parpadeando al mismo tiempo.

Entonces empezaron los golpes. No eran fuertes, ni desesperados; más bien eran suaves, pacientes e incansablemente rítmicos, como si miles de manos diminutas llamaran a la puerta pidiendo entrar.

Los golpes continuaron hasta que amaneció. Nunca fueron más fuertes, ni más rápidos. Jamás desesperados. Un golpecito, luego otro. Después tres al mismo tiempo. Una pausa y continuaba otra vez, como una lluvia obstinada cayendo sobre una lámina muy lejana.

Estela no durmió. Permaneció sentada en un rincón de la sala abrazándose las rodillas mientras observaba la puerta del balcón. Varias veces creyó escuchar su nombre entre aquel rumor diminuto.

Estela. Un susurro apenas. Estela.

Sacudía la cabeza, se obligaba a respirar y el sonido desaparecía. Pero siempre regresaba.

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Con las primeras luces del alba los golpes cesaron. No de manera gradual. Simplemente cesaron. Abrió las cortinas con lentitud. No había una sola mariposa, el balcón estaba completamente vacío. Ni siquiera quedaban sobre las macetas las pequeñas escamas anaranjadas que suelen desprender sus alas. Nada.

Sintió un alivio tan intenso que estuvo a punto de llorar. Fue al baño, se lavó la cara y pasó a prepararse un café.

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Por primera vez en días consiguió convencerse de que todo estaba terminando. Entonces levantó la taza y en el fondo, flotando sobre el café negro, había una mariposa monarca. No estaba ahogada, movía lentamente las alas.

Estela dejó caer la taza y la porcelana se hizo añicos contra el suelo. Cuando volvió a mirar, no había nada, solo café derramado.

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Las siguientes semanas comenzaron a borrar la frontera entre la realidad y el agotamiento. Encontraba mariposas reflejadas en escaparates que desaparecían al darse la vuelta. Creía verlas sobre los hombros de la gente en el metro. Descubría sombras con forma de alas en las paredes de su oficina.

Una noche creyó encontrar una dentro del refrigerador; otra, inmóvil sobre su almohada. Cuando se acercaba, ya no estaba. Dejó de dormir, de invitar personas a su departamento, incluso dejó de responder llamadas.

Sus compañeros empezaron a comentar que tenía un aspecto terrible: se le notaban ojeras profundas, la piel cada vez más pálida y una mirada permanentemente distraída, como la de alguien que espera una catástrofe.

Y quizá era exactamente eso. Porque la catástrofe llegó un martes, poco antes del amanecer.

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La despertó un sonido seco. No un golpe, era como algo rompiéndose.

Abrió los ojos en la oscuridad absoluta y durante unos segundos permaneció inmóvil. Después escuchó otro golpe y otro más. Era el sonido de cristal cayendo sobre el piso.

Se incorporó lentamente. La ventana de su habitación estaba al fondo. No alcanzaba a distinguirla, pero podía oír algo. Un roce, miles de roces. El sonido de incontables hojas pasando al mismo tiempo.

Buscó a tientas el interruptor y la luz inundó la habitación.

Estela dejó escapar un grito. La ventana había desaparecido. El marco seguía allí, pero el cristal estaba hecho pedazos sobre el suelo. Y por la abertura seguían entrando mariposas. No volaban con violencia. Entraban con una lentitud insoportable. Como copos de nieve suspendidos en el aire: una, cinco, veinte, cien, mil.

Se posaban sobre las paredes, sobre el techo, el clóset, la lámpara de mesa y de la esquina de su habitación, en el espejo, en los cuadros, en la puerta. Estaban en todos lados.

En cuestión de segundos ya no era posible distinguir el color de la habitación; todo era naranja y negro. Todo respiraba.

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En un momento de desesperación, Estela tomó una almohada y comenzó a golpearlas. Las alas llenaron el aire. Tomó un zapato e intentó acabar con ellas con la más letal violencia. Después corrió por una escoba y también por una silla. Cada espacio que conseguía despejar volvía a llenarse de inmediato.

Retrocedió hasta quedar contra la pared. Fue entonces cuando sintió la primera. Una mariposa se posó sobre el dorso de su mano que no se movió, solo extendió lentamente la espiritrompa. Sintió una punzada. Una gota roja apareció sobre la piel. Después otra. Y otra más.

Miró hacia arriba. Miles estaban descendiendo sobre ella. No con rabia, ni con violencia. Era una precisión imposible, como si cada una supiera exactamente el lugar que le correspondía.

En menos de un minuto ya no podía verse su cabello. Luego desaparecieron sus brazos y el contorno de su rostro. Solo quedó una figura humana completamente cubierta por alas que se abrían y cerraban al unísono.

Y desde el interior comenzó a escucharse un sonido húmedo. Un murmullo espeso. Como si una multitud estuviera bebiendo en absoluto silencio. Nadie en el edificio escuchó un grito, solo el incesante batir de alas.

Y, justo antes de que despuntara el sol, una inmensa columna de mariposas salió flotando por la ventana rota.

En el centro parecía viajar algo mucho más pesado que el aire. Algo que apenas conservaba forma humana. La nube ascendió sobre los tejados. Sobre las jacarandas y los cables de luz de alta tensión. Cada vez más alto, hasta que el primer rayo del amanecer atravesó las alas transparentes.

Entonces, al mismo tiempo, las mariposas se separaron, el cielo se abrió y el cuerpo de Estela cayó.

Los vecinos dirían después que nunca olvidaron el sonido, pues no fue un golpe, fue un estruendo metálico seguido de un silencio tan profundo que nadie se atrevió a hablar.

Había caído exactamente sobre el cofre negro de su propia camioneta. El parabrisas se hundió bajo el impacto. El metal quedó deformado.

Y sobre la pintura comenzaron a posarse, una tras otra, cientos de mariposas. No tocaron el cuerpo, ni parecían interesadas en él. Permanecieron apenas unos segundos y después levantaron el vuelo todas juntas, pero no hacia el cielo, sino de regreso al departamento.

Los primeros policías llegarían pocos minutos después. Encontrarían la ventana hecha pedazos, pero la habitación intacta. Y, sobre el estante de la sala, una pequeña caja de cristal con la tapa abierta. Vacía.

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Sin embargo, una anciana que vivía en el edificio de enfrente insistiría hasta el día de su muerte en que alcanzó a verlo todo desde su balcón.

Juraba que, antes de desaparecer hacia el horizonte, el enorme enjambre se abrió por un instante. Y en el centro, protegida por miles de alas, viajaba una única mariposa monarca.

No tenía una sola imperfección. Parecía recién nacida. Como si jamás hubiera conocido la muerte. Como si, en realidad, solo hubiera estado esperando a que alguien tuviera la arrogancia de creer que podía encerrarla en una caja de cristal.

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