Cualquier persona que la hubiese conocido, la definiría como alguien feliz. Cualquiera.
Así de sencillo. Ella, con sus carcajadas bien fuertes y chistes, con su vitalidad, hubiese convencido a quien se le cruce por su camino, de que no necesitaba nada más para llegar al límite de la alegría. Supongo que no es muy sencillo diferenciar cuando alguien ríe demasiado fuerte, demasiado exagerado. Pero ella… ella era capaz de convencer al mismísimo diablo de que su risa era sincera. Aunque no lo era. Y ahora lo saben.
Tuvieron que transcurrir 6 meses y un cuarto, desde el 27 de noviembre más oscuro de la historia de muchos, para que yo pueda sentarme a escribirla. A escribirla a ella, tan necesaria para tantos, tan monstruosa para ella misma.
Ella no era feliz. Ella era mucho menos que feliz.
En su corta vida, pocos, y me atrevo a decir nadie, llegó a conocer la oscuridad que prevalecía en una densa nube debajo de esos ojos hermosos. Yo lo hice. Esas pupilas rodeadas con un pedacito de cielo, no eran más que una máscara para ocultar las grietas de un alma que se caía a pedazos.
Quizás, si alguien la notaba mal, hubiese sido diferente. Quizás, si alguien pudiese haber salido de la burbuja de conformidad de creerle cuando ella decía “estoy bien”, ella no hubiese estado tan sola. O al menos, si alguien le devolvía alguno de los tantos acompañamientos que ella brindaba, quizás, este relato terminaría diferente. Quizás. Pero ya es muy tarde.
Debo resaltar, que en mis infinitos años, es la primera vez que hago esto. Jamás sentí necesidad alguna de expresar el pesar de mi trabajo, nunca se me hizo complicado. Pero es que ella era alguien realmente admirable. Ni siquiera yo, que poseo el infinito conocimiento de todo el universo, puedo comprender por qué lo hizo. Pero no me molesta la duda, porque sé que ahora, los demonios ya no se alimentan de su mente, ni la acorralan por las noches, ahogándola en llantos desaforados, en gritos silenciosos que pedían socorro a cualquiera que la escuchase.
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Es por eso que, la mañana cálida del 27 de noviembre, mientras la temperatura daba indicios de que se acercaba el verano, no me sorprendí. Lo supe desde las primeras horas de la madrugada, cuando unos suaves destellos de luz matutina se colaron por la ventana de su cuarto e iluminaron su cabello dorado. Se veía bonita, incluso despeinada y con profundas ojeras. Con marcas en el rostro, se veía bonita para mí, a pesar de sus ojos hinchados y colorados, que daban muestra de no poder derramar ni una lágrima más de las que durante toda la noche arrojaron. Se veía hermosa con los pensamientos así de desordenados. Preciosa.
Y ella salió. Y caminó. Y así de temprano, llegó a donde quería, a donde necesitaba estar.
Desde abajo, la observé muy detenidamente. No dudó ni una vez, pero sí se tomó varios segundos para saludar mentalmente a lo que sabía que no iba a ver más. Se despidió de todo. Y pidió perdón, mientras nuevamente, pequeños destellos recorrían sus mejillas, pidió perdón de corazón.
La pequeña sabía, con certeza, el dolor que le estaba provocando a los demás, y aunque no lo quería así y le resultaba muy pesado, más dolor era el que corría por sus venas, fundido con su sangre, y le quemaba cada célula de su existencia.
Era temprano, demasiado. No hubo nadie que la viese, que la detuviese. A esas horas, muy pocas personas transcurren en el puente.
Desde abajo, miré. Intenté entender, pero no lo hice, ese no era mi trabajo. Me limité a extender los brazos. Los estiré lo más que pude, y la esperé así. Estaba dispuesta a darle el abrazo que nadie más le dio. Estaba dispuesta, completamente entregada a acabar con su sufrimiento. Por eso, cuando ella avanzó en las alturas, permití que me viese. Fue la única vez que hice semejante cosa, pero esa chica era especial, ella lo merecía. Permití que me observase cada segundo de los que duró su caída. Ella me miró muy fijamente, ni siquiera se asustó. Sentí acercarse, junto con ella, su deseo de que todo llegase al final.  En el último tramo de su recorrido, me inundó una sensación inmensa de satisfacción por un trabajo bien hecho, porque ahí, en el suspenso del finito recorrido, la vi. Mientras sus ojos se fundían con la oscuridad de los míos, ella estaba sonriendo. Supe que todo iba a estar bien. Y cuando llegó, al final, la abracé. Yo, La Muerte, que nunca antes lo había hecho, la abracé.  
 
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