SENSACIONES DE LA INFANCIA
Publicado en Feb 10, 2012
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En ocasiones, entre las rectas que recorro en el día a día, con mis sarrias o tapa ojos, cual equino preparado para correr el Derby de Kentucky; que me he fabricado con el paso de los años animado por el galardón denominado responsabilidad y que últimamente tienden a crecer con desbordante aceleración, suscitando enfocar únicamente los blancos frente a mí, como lo hacen los leopardos famélicos en asecho de su presa en las vastas llanuras del Serengueti; en esas insuficientes ocasiones cuya recurrencia apenas y llega al número más alto conocido por un infante carente de las aptitudes de un Ramanujan; cruzan ante mí, eventos; que antes de proseguir, ofrezco mis más sinceras disculpas a quienes no gustan de esta palabra (eventos), pero no encuentro otra palabra que me ajuste; por tanto, la usaré e intentaré describir, asegurándoles el mayor de mis esfuerzos.  Prosigo; estos eventos son causantes de una extraordinaria sensación de perfecta sincronía con orígenes en los polos norte y sur de mi cuerpo, del norte, desde el extremo del más alto cabello de mi cabeza, seguida por una detonación de energía transferida hacia abajo y de semejante magnitud, como los chorros de agua que caen por segundo en las maravillosas cascadas del Niágara; del sur, desde el extremo del último grano de polvo que vive en la uña del mas largo de los dedos de mis pies, seguida propiamente por un estallido de energía impulsada hacia arriba de similar magnitud al del requerido para elevar los transbordadores que llevan a aquellos privilegiados pero merecedores astronautas fuera de nuestro planeta; afectando en su recorrido a cada uno de los átomos caprichosos que decidieron sin antes consultarme, la forma en la me iban a dibujar en ésta nuestra realidad; culminando con la fusión de estas dos energías exactamente en la parte donde se comienza a hundir la piel debajo del tórax, que por lo regular es notable a simple vista en infantes; creando una nueva explosión que como resorte, libera una energía distinta en forma de ondas como las que genera una piedra arrojada a un lago sereno, de magnitudes variables dependiendo de la piedra, el lago y la fuerza con la que se arroja. Esta ultima energía propagada en forma de ondas, es la que creo que causa la extraordinaria sensación a la que me refiero. Supongo que la próxima cuestión por responder y valiéndome la redundancia, es: ¿Qué se siente sentir esa sensación? Pues lamento decirles que no tengo una respuesta precisa… Pero, les puedo decir que… 
Se siente como aquella tarde media nublada a finales de primavera,  que después de varios intentos fallidos de entretenerte con los remanentes de los que un día fueron tus juguetes y que llamo remanentes porque a pesar de que soportaste por tanto tiempo el clásico cliché con el que se escudan todos los padres para disimular que no tienen dinero, pero que todo niño escucha como: “Si sacas buenas calificaciones y te portas bien, ¡te lo compro!”; te duraron 15 minutos íntegros culpando a tu pobre perro porque se cruzó en tu carrera e hizo que golpearas tu juguete con el piso haciéndose pedacitos; pero que en realidad, te diste cuenta que el juguete que tanto anhelabas, te resulto aburridísimo al paso de 5 minutos transcurridos decidiendo dejarlo en el piso y jugar mejor con el recipiente de agua con jabón y un popote que te encontraste tirado antes de llegar de la escuela y que en conjunción hacen las mas fantásticas pompas de jabón capaces de volar hasta mitad de la calle para que terminen en una explosión que hace que tu cuerpo se eche un paso atrás por la onda expansiva generada y real culpable de hacerte pisar y destruir el juguete olvidado en el piso. En aquella edad suficiente para no tomarte como un pequeño al que le prohíben la aventura de jugar en la calle, tocó a la puerta de tu casa, Juanito, el hijo del vecino, de tu misma edad, con un balón que se ganó en un concurso de trompos en la tiendita de Don Mario el domingo anterior; salieron a toda velocidad como perro correteado por su amo después de haber mordido su sillón favorito, en busca de dos pares de piedras de buen tamaño para usarlas como postes de porterías, suscitando un escándalo  por la típica discusión de que a tu vecino le parecen muy grandes las piedras que seleccionaste y que a ti te parecen muy pequeñas e irregulares las que él encontró, advirtieron de su presencia a los gemelos Rony y Dony que son un año menor y que son hijos del vecino que jamás se preocupó por recoger los escombros de la reconstrucción de la fachada de su casa dañada por un conductor ebrio que le sacó un susto una madrugada del mes de octubre pasado. Y qué cuyo escándalo posterior, cual explosión en cadena, provoca que el ruido toque las puertas de los vecinos de la cuadra, haciendo despertar la curiosidad sobre lo que pasa allá afuera y no les quede otra opción más que salir a averiguarlo. Culminada la tarde, con las piernas temblorosas de tanto correr, la camiseta húmeda después de haber pasado cinco veces por el ciclo de empapada de sudor a secada por los agradables vientos aprovechados mientras te tocó el turno de quedarte de portero, el rostro lleno de salitre, sediento como camello y hambriento como león, estando sentado con la mitad de los que hicieron el barullo vespertino, divisas en la esquina más lejana de la calle a tus padres dando la vuelta, haciéndose notar cada vez más, con el gesto en sus rostros resultante de la combinación de preocupación más alegría; como salto de chapulín consigues levantarte apenas con el roce de tus manos con la pared y corres a pesar de lo tembloroso de tus piernas hacia tu madre quien es la primera de los dos en acelerar el paso y por cada que da, como un mecanismo de engranes, abre sus brazos cada vez más y su sonrisa se extiende al infinito, y cuando al fin llegas a sus brazos, el mecanismo colapsa como trampa para osos provocando que te hundas en su uniforme de oficina impregnado con la mezcla de los más frescos, espectaculares e inconfundibles aromas del papel para escribir, lápices, muebles de madera, sillas de piel, el café de la cocineta, la frescura del aire acondicionado mesclado con el liquido que la señora de la limpieza echa al piso todos los días. Después sigue tu padre, que entiende la considerable disminución de euforia cuando lo abrazas y hasta cierto punto creo que así lo quiere, como haciéndote ver que si tienes cariño que dar a tus padres, descárgalo siempre primero en tu madre, lo que te reste, basta para él, pero que al igual que en tu madre, cuando te hundes en su desgastada chamarra, aunque muy diferentes son los aromas, siguen siendo una mezcla espectacular de cartón, madera, tierra húmeda, piel y humo de tabaco quemado. Y que cuando retoman juntos el camino que resta para llegar a la casa, tú adelante, y tus padres detrás de ti, con sus brazos en cada uno de tus hombros mientras te preguntan lo que quieres para cenar… la conjunción de todo lo vivido aquel día, en ese momento, es una de estas sensaciones.
O como la angustia favorable porque forjo tú estomago de un material más duro que el diamante en dos principales ocasiones; la primera, el día en que te abandonaron en aquel castillo gigante llamado preprimaria atascado con niños de diferentes tamaños, colores y formas y con las provisiones necesarias empaquetadas en una caja con dibujos de tu caricatura favorita de 30 por 15 por 10 centímetros para subsistir 5 horas por ti mismo.  Y segunda, el día que te hicieron ir a un castillo inmensamente mayor que el anterior, llamado primaria, y que aunque ya no fue abandono, puesto que vino después de una advertencia, comenzaste a sentir los mismos síntomas de aquel día en que te abandonaron, agudizando tus 5 sentidos de manera sublime porque fuiste capaz de ver más lejos que un halcón, olfatear con mas agudeza que un sabueso, retener el sabor del gusto del desayuno que hizo tu madre ese mañana, escuchar mejor que un murciélago y hasta sentir el más leve roce de un grano de polvo que pasó por tu brazo; y todo mientras tus tripas encontraban la forma de desenredarse para acomodarse en su sitio original, sin importarles los estruendos amplificados por tu caja torácica que llamaban la atención a todo niño que se encontraba a menos de dos metros de ti.
O como cuando el globo que vive dentro de ti a la altura de tu pecho comenzó a llenarse de aire cuando viste por primera vez a aquella muchacha de ojos de color miel, de cabello liso de tono castaño claro, con pecas profusas a lo largo de su rostro pero que apenas y se notaban mediante un exhaustivo reconocimiento de área ayudado con una lupa, y que cuando se movía casi casi podías ver el polvo de hada que dejaba por donde pasaba y que cuando tocaste su mano por primera vez lo comprobaste, porque sentiste que estaban como enharinadas y tus ojos no podían creerlo aun y después de tallártelos, pues no encontraban ni un solo indicio de tierra.
O como cuando tu padre te llevo en hombros a ver los fuegos artificiales en la feria;  que explotaban en el cielo y cuyo juego de sonidos te confundían porque sonaban mas tarde de lo que explotaban; innumerables luces de colores que se confundían con las del domo que esta aun mas alto y que en conjunción tenían un efecto hipnótico; tu boca se seco, tus pupilas se dilataron al máximo y comenzaste a sentir un respeto por la inmensidad de las cosas e hizo que te doblegaras pidiéndole a tu padre desesperadamente que te bajara de inmediato quedándote cabizbajo si saber que habías aprendido el valor de la humildad.
O como cuando… Antes de proseguir, sin el afán de molestar o continuar el debate milenario sobre el concepto de la religión, pues para nada es mi intención, rectifico que solamente me refiero a la sensación que provoca… prosigo… como cuando te preparabas para tu primera comunión, después de ir en numerosas ocasiones al grupo que te fue designado porque el total de niños para la celebración final era muchísimo mayor que lo que inclusive una maestra de primero de primaria puede soportar, se decidió segmentarnos por grupos inexorablemente menores, asignando una catequista a cada cual. Y el hecho no fue, que te dijeran que si no haces esto, o, que si haces lo otro, terminarás sin salvación posible en el infierno; sino que fue la incesante para sentirte limpio y en paz contigo mismo y en base a esto comenzaste a intuir la pureza de toda cosa que te rodea, a tal grado!, de que cuando se consumaba la comunión, sentiste la necesidad de rodear para no pisar cualquiera de los chicles pegados en el piso de la iglesia que dejaban los niños inquietos y uno que otro maduro inmaduro. En el caso en particular de este servidor… ¡disculpen ustedes el capricho! Pero en estos momentos en que estoy dibujando estas palabras, vienen como centellas los recuerdos a mi mente de aquel momento en que hice la primera comunión, y se me acaba de pintar una media sonrisa, de aquellas como cuando te das cuenta de algo que jamás habías pensado y te cae en cuenta de sopetón provocando que funcione en solo una mitad del rostro y la otra mitad se quede en su lugar y que tu cabeza apenas y se eche hacia atrás un centímetro. Bueno, pues resulta que esa sensación de pureza que les mencioné, no me cayó en la consumación de la comunión, sino que me cayó minutos más tarde, cuando terminó la misa con las mismas palabras que terminan todas las misas: “¡Nos podemos ir en paz, la misa ha terminado!”... y la multitud responde… “¡Demos gracias a Dios!”… el sacerdote agregó: “Por favor, los que acaban de celebrar su primera comunión, hagan una fila en el centro.” Me da risa ahora, pero en ese momento estaba muy preocupado y a punto de echar a perder el día porque mi mente comenzaba a levantar falsos contra la catequista que jamás nos habló de una post-comunión. Me tranquilicé y me dejé llevar por la corriente, que al cabo de unos segundos, estaba mal formada pero lista. El sacerdote dice que avancemos hacia una puerta que está a la derecha del estrado donde predica, cabiendo mencionar que para llegar ahí, tienes que subir unos escalones que te conducen al mencionado estrado y que por cada escalón que subes se hace mas inmensa e imponente, la bellísima cúpula pintada a mano de representaciones celestiales por todos lados, que por más que le buscas la firma del artista, no la logras encontrar, y de hecho tal vez y ni le haya alcanzado el lienzo para plasmarla. Bueno, llegamos pues a la bendita puerta, que a mis inocentes ojos de aquella edad, no era digna de atravesarla más que los sacerdotes, uno que otro monaguillo, y por supuesto el velador, debido a que se interponía en su trabajo; pasamos por un pasillo cortísimo que conducía a un pequeño cuarto que ahora suena muy lógico porque la iglesia es muy pequeña, pero que en el transcurso del recorrido por el pasillo de aquella vez, me parecía que me conduciría a un lugar gigantesco de majestuosidad mayor a la de la cúpula que acababa de pasar (ya saben que los niños ven las dimensiones muy grandes aunque sean muy pequeñas y muy pequeñas aunque sean enormes; todo de acuerdo a su conveniencia) y cuál fue mi sorpresa, que no había nada, nada más que las 4 paredes, un par de mesas altas (sin sillas), y con e x a c t i t u d   i n a u d i t a  para cada uno de los celebrados, sin contar al sacerdote, sobre las mesas rodeadas por nosotros mismos y frente a cada cual, había: un diminuto vaso desechable, ah pero eso sí, lleno al tope y con espuma que desbordaba de delicioso chocolate caliente que aun humeaba, un par de galletas no muy grandes pero tampoco muy pequeñas, y sin ningún tipo de recubrimiento dulzoso, y una servilleta higiénica. Evidentemente sabíamos que eran para nosotros tomando en cuenta que no había extras y que llevábamos desde la noche anterior sin probar bocado alguno, pero antes de comenzar, el sacerdote dice algo que honestamente no recuerdo palabra alguna, pero lo que sí recuerdo, es aquella sensación de la que tanto les hablo. Fue un episodio desde que el sacerdote comienza a hablar, hasta que termina con la última sentencia que hace que sea respondida con un Amén, y mientras avanzaban las palabras hasta nuestra contestación, en ese preciso lapso, después de vivir, lo inmenso, lo majestuoso, lo espiritual, lo sagrado, lo diminuto, y lo humilde, sentí como mi mente comenzaba a limpiarse hasta no dejar negros, y mis pulmones se ensanchaban a la misma velocidad con que se ensancha un globo de fiesta por medio aire comprimido, solo que en lugar de aire, se llenaban de paz.
En fin, son muchas las vivencias que han hecho posibles estas sensaciones maravillosas, y extrañamente la mayoría, por temor a decir que en su totalidad, han sido en la infancia. Pero regresando a los eventos que evocan estas sensaciones de la infancia, a pesar de que he detallado la percepción con las que las vivo, que pareciera que me causaran tanto placer y por prologado tiempo, me entristece decirles hoy en día, que aparte de que son efímeros, como ya lo había mencionado, son escasos y ocasionales, casi fortuitos y que principalmente, vienen a mí a distancia en formas aromáticas, como si de antemano me evitaran golpear de lleno pues su avaricia solo concede dejar los remanentes ya contaminados por el smog de la zona y cuyo placer es la burla infame. En otras ocasiones menos que las anteriores, llegan a mí por medio del tacto, principalmente por vientos cargados de partículas con la mezcla exacta que rebotan en mi cuerpo; pero repito, son menos y de menor frecuencia… los sentidos del gusto, vista y oído están apagados. Más vil aun, es el hecho de que conforme llegan estos eventos, la intensidad de las sensaciones son más bajas cada vez que se presentan. Aunque, debo serles honesto y decirles que una que otra sensación provocada por un evento de estos, me ha cautivado tanto que ha sido capaz de no solo volarme de golpe las sarrias o tapa ojos para apreciar la plenitud del presente; sino que la onda liberada es capaz de violar las física de nuestro universo y viajar por el tiempo algunos días hacia el pasado inmediato y algunos días hacia el futuro inmediato, como si en mi línea de tiempo, para beneplácito de Alguien que está por encima, vea no solo un diminuto punto, sino una mancha que se extiende por un tramo de ella. Sin embargo, como dije, la tendencia de estas, va a la baja, no dejándome otra opción más que la resignación, que siempre la he igualado a la pereza, y que a pesar de que siempre he cuidado el no depender de nadie, y menos de mis propios sentimientos cuyo poder es mayor aun, existen días en la que la esperanza se manifiesta en mi ruta, extiende uno de sus tétricos dedos y con pausas intrigantes toca dos veces mi hombro derecho haciéndome detener, voltear y suplicar por aquella sensación. Ansío el día en que espantaré su llamada como se espantan las moscas, darle las gracias y purificarla con energía renovada.
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Palabras Clave: infancia sentimientos sensaciones

Categoría: Ensayos

Subcategoría: Pensamientos


Creditos: Raul Martinez

Derechos de Autor: Raul Martinez


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