La máscara del amor.
Publicado en Aug 01, 2011
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          La primavera comenzaba a delatarse en aquellos días soleados. Las nuevas hojas proporcionaban un vistoso color verde claro en los árboles. Las aves desquitaban sus ganas de cantar con un alegre sonido apasionado. Flores amarillas decoraban las plantas y aromatizaban el paisaje. El novedoso panorama alegraba los corazones de los habitantes del monte y parecía dejar atrás al crudo invierno.
          El joven Ñandubay recorría el bosque con una inocente mente de niño. Parecía no importarle nada en su inmadurez. Ignoraba a las mujeres inconscientemente. Su vida consistía en paseos, caminatas, juegos y supuestas aventuras de infante. Transitaba aquella envidiable edad sin sufrimiento ni preocupaciones.
          Pero un día su personalidad cambió drásticamente. Sintió por primera vez que faltaba algo en su alma, en la cual había ingresado un extraño, un intruso, un virus que lo alejó potencialmente de su rutina.
          Todo lo había provocado una extraña mirada, sus ojos habían encontrado la belleza en una muchacha de su tribu. El principiante contempló ojos provocadores, un largo y lacio cabello, una silueta tentadora y unos labios alertantes. Su curiosidad e interés se transformó en locura y desesperación luego del rechazo de su primer amor.
          Sus divertidas azañas entre la naturaleza fueron reemplazadas por suspiros, deseos, temor, ansiedad y pasión que marchitaban su interior en cada momento. Sus planes románticos le hacían perder la cabeza. El sol salía, se escondía, volvía a salir y el novato inofortuno no lograba idear un nuevo intento para ser aceptado por su cruel ilusión.
          En las noches, sucesos extraños ocurrían en sus sueños. Comenzó a vivir verdaderas pesadillas, en las cuales una misteriosa y sombría niña aparecía entre las tinieblas y se disponía a agredir violentamente al aborigen. Y siempre antes de marcharse volteaba su mirada y acosaba al adolescente con unos demoniacos ojos rojos y una sonrisa tan atemorizante que lo invadía en lo más profundo de su ser.
          No temía ir a dormir, pues el monstruo lo atacaba aún despierto. Cuando Ñandubay se ilusionaba, la pequeña mujercita se transformaba en una adorable criatura que lo calmaba con sus tiernos ojos y su mirada angelical. Pero cuando recordaba los rechazos de su amada, la infante volvía a su estado bestial y lo azotaba sin piedad en la mas fría oscuridad del infierno.
          Los demás habitantes de la tribu notaron que algo atormentaba al joven. Había perdido mucho peso, no hablaba con nadie y la expresión de su rostro demostraba un terrible sufrimiento. El cacique del asentamiento consideró necesaria una conversación con el afectado.
         
          Luego de la charla decidió erróneamente obligar a la dama ser la pareja de Ñandubay. El mozo se ilusionó al pensar que si su amada se enteraba de su apasionado amor lo querría, ya que él nunca se había atrevido a decírselo. Nuevamente la niña gobernó sus sueños para llenarlos de dulzura y placer. ¿Quién era esa aparición que aturdía e iluminaba la mente del hombrecito? Fue la pregunta que había nacido en él tras su primer encuentro.
          Al atardecer se efectuó la esperada reunión. El día había sido hermoso para Ñandubay, por fin había vuelto a notar la belleza y el perfume de las flores, la brisa recorriendo su frente, el relajante canto de los pájaros.
          El viejo y sabio cacique convocó al joven y a Chilca, su delirante amor. Tras una corta ceremonia y un discurso exagerado, el majestuoso anciano comentó frente a toda su tribu la obligación de la muchacha. Una gota de sudor atravesaba la cara del enamorado, cuya impaciencia era fácilmente revelada por su nerviosismo y expresiones. Pero su inexperta predicción le había fallado otra vez. Chilca huyó corriendo de la vasta reunión y sus ojos no pudieron ocultar las lágrimas de odio que invadían su delicado rostro. Todos callaron, bajaron la cabeza y pensaron en la despiadada ordenanza del patriarca.
          El desilusionado transitaba nuevamente la horrible experiencia en sus pesadillas. Situaba parado, inmóvil. Todos sus miedos se habían hecho realidad, su cuerpo no reaccionaba ante la situación, pero su mente lo sabía todo y se estaba desvaneciendo como nunca antes.
          De repente, cambió su mirada y mostró  un terrible enfado mezclado con humillación. Y en un momento desesperante, comenzó a correr tras su fugitiva ilusión. En su alma una tormenta infernal lo castigaba. Su corazón estaba siendo destruído por un demonio invasor. Su estado físico enseñaba una envidiable salud, pero su alma experimentaba un doloroso camino hacia la muerte eterna. Su velocidad lo acercaba rápidamente a su amor, mas la sanguinaria paliza que le quitaba la vida no parecía permitirle alcanzar a Chilca.
          Al ver que no llegaría a su meta, el joven infiltró por un instante en su agonía. Allí se encontraba la terrible bestia con su fuerza brutal. Parecía decidida a eliminarlo. Él ya no podía resistir ni un solo golpe más. Cuando ya todo estaba perdido, en el momento en el que el chico se había rendido, la niña se detuvo, lo miró. Y en unos pocos segundos, su espantosa sonrisa se convirtió en una expresión dulce, en algo tierno. Luego se alejó y desapareció entre la espesa niebla. La vida de Ñandubay no había terminado.
          Siguió corriendo y alcanzó a la fugitiva para revelarle todos sus secretos. Y ésta vez, sus deseos se hicieron realidad. Aquella joven a la que había amado y por la que pudo perderlo todo, lo había aceptado.
          Conoció el lado positivo de enamorarse y fue feliz junto con su eterna pareja. En poco tiempo su mente se recuperó, pero en su corazón siempre existió una gran cicatriz provocada por la sanguinaria personificación del amor.
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Foto del autor Jaime Torrez
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Descripción

Una dura etapa en la vida de un enamorado aborigen.

Palabras Clave: Máscara amor personificación primavera infancia sueños pesadillas niña agonía infierno demonio pasión ilusión deseos.

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



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