LA COLONIA
Publicado en Sep 19, 2022
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Índice
 
 
 
 
 
 
 
CAPITULO l
 
                        LA AMENAZA
1
CAPÍTULO II:
 
BETTY
14
CAPÍTULO lll:
 
LA ENTREVISTA
42
CAPÍTULO lV:
 
BERTA
59
CAPÍTULO V:
 
LA SESIÓN
71
CAPÍTULO Vl:
 
LA SOCIEDAD
77
CAPÍTULO Vll:
 
GRETA
97
CAPITULO Vlll:
 
EL RESCATE
105
CAPITULO lX:
 
EVOCACIÓN.
120

 
 
CAPITULO X:
El DELEGADO                                                                 136
CAPÍTULO Xl:
LA EVACUACIÓN                                                             148
CAPITULO Xll:
ERNESTO COMANDANTE                                              163
CAPÍTULO Xlll:
LA RUPTURA                                                                  179
CAPÍTULO XlV:
REENCUENTRO CON GRETA                                         189
CAPITULO XV:
EL DESCENSO                                                                 210
CAPÍTULO XVl:
LA ÚLTIMA SESIÓN                                                        223
CAPITULO XVll:
EL INDULTO                                                                   233

XXX Titular
El hombre no supo qué hacer. Había ingresado momentos antes por la puerta del dormitorio, con la intención colocarse cerca de la anciana, y ni bien consumó su propósito, rozó con su mano su cabello blanco, como propiciando el único mohín aceptable para él, tan infatigablemente ligado a esos legados atávicos. Hubo un instante en que se preguntó qué sería de su vida sin ella; interrogante que, en esas circunstancias, lo desbordó, pues lo desvió a la nebulosa silueta de aquella otra mujer, a quien descubrió en una estación ferroviaria, sumergida en sus cavilaciones, y a quien tornó a hallar después, en una actitud más discreta, envuelta, acaso, al misterio que envolvía su origen, y su destino. ¿Sería hora de que ella acuda a dar cuenta de su historia, y con ese desplante de dama mundana, pueda arrebatarle su intimidad, y encender su pasión?, ¿qué podía pretender él, sino eso para acorazar su alma? Su madre moría, quizá era cuestión de días, o meses, su ansia por reencontrarla, en cambio, crecía; no existía nada más imperativo para él, que establecer la luminosa referencia de su figura, solo con ella, razonaba, sabría cómo abordar cualquier infortunio.
 
 

 

 
CAPÍTULO I:
LA AMENAZA
 
 
 
Dentro de aquel cuarto, postrada en su lecho, la anciana leía una revista, y de a ratos, ojeaba a su primogénito, un sujeto de aspecto serio, y perfil reservado. El hijo, a su vez,  escudriñaba el horizonte, acodado en la ventana, y nada se ofrecía favorable para él ese día, cuando, de repente, el ocaso le suscitó una epifanía. Aquello le condujo a modificar su postura, por lo que retornó al aposento, reteniendo su estampa, viéndose atravesar la puerta, dominado por la agitación. El soporte de tal imagen eran los matices típicos del suburbio, luego, plantas y árboles, asistían al reparto de lo que en el interior vivificaba; la virgen, situada en una tarima, al costado de la cama, junto a un florero con nardos, y una vela encendida. Todo rescataba una paz, sumida en su sortilegio, y a la vez, apoyaba una sensación de desenlace inminente- El otoño se malogra rápido- Caviló el hombre, y corroborando como su progenitora se reubicaba, él, se impuso intervenir-¿Estás cómoda?, ¿Precisas que acomode el almohadón? –Dijo.
 
 
-No, estoy cómoda así- Contestó  la mujer.
 
 
Ernesto, tornó a desviar su vista al exterior, y posó sus ojos en el firmamento, su realidad exhibía un mar de formas alternativas, una fragua de signos, como una paráfrasis. Fascinado, hilvanó un suspiro, y en esa pausa, retomó al menudeo del vínculo - Quería discutir un asunto contigo, mamá- Musitó, con voz grave –Es sobre del médico –Agregó.
 
 
 
La anciana, lo escuchó y amarró con fuerza el rosario que balanceaba, y con el ceño fruncido replicó -Ah, ¿ese muchacho?-
 
 
-Si - Declaró Ernesto – Hablé con él estos días, de tu enfermedad, y de cómo evolucionas, pero no quiero detenerme en eso; en verdad, no sé cómo definirlo, lo noté apesadumbrado. Me comentó que tiene muchos pacientes, y que, probablemente altere la frecuencia de las visitas. Quise convencerlo de prolongar este  régimen, pero culminó  desechándolo-
 
 
-Qué raro…-
 
 
-Si… raro-
 
 
-No te preocupes, si no quiere venir, pues, que no venga, llamaremos a otro. Te juro que me sentía  a gusto con él… pero…efectivamente, se lo nota cambiado. Capaz se tomó muy a pecho algún reparo mío, pero con los honorarios que cobra, no sé si debiera. Los médicos son todos iguales, tienen de menos a los pacientes; somos para ellos meros clientes, y si uno es viejo como yo, peor. Este, es joven e inexperto, aunque no son muy distintos los otros, eh,… en fin; te repito, no te preocupes, de ser necesario, veremos por otro- Profirió la madre-
 
 
Ernesto aguardó, como procesando la explicación, y al cabo de eso, manifestó–Lastimosamente, me es imposible venir para sus consultas, digo, para ver el trato que te concede. Aun así, una vez te lo insinué, sería útil para ti, algún tipo de apoyo, como un terapeuta, o psicólogo; ¿te acuerdas?, lo supuse porque, además, a cualquiera excedería un padecimiento como el tuyo…-
 
-    ¿Cómo?... ¡Ernesto!… ¡pero si es de no creer!… y yo también te dije que no tolero esas recomendaciones. No entiendo cómo gente como tú, piensas que un terapeuta, o lo que sea, pueda reemplazar a Dios. No quiero a oír más eso… y ya que te veo tan intrigado, te daré pistas de lo que pasó…es que no tuve la mejor respuesta a uno de los remedios. No les dije nada, ni  a ti, ni a tu hermana para no molestarlos, pero al decírselo a él, lo tomó como que era algo trivial, o peor, ¡que era antojo mío!… ¿te das cuenta?...tuve que contenerme mucho, para no increparlo, te soy franca…-
 
-Bueno, calma, no te exaltes, debiste avisarme. Conversaré con él apenas tenga oportunidad, pero, respecto a esas desavenencias, que no se te olvide, los gestos de amabilidad, nunca están de más. Hay que ser cautelosos con los términos que se usan, especialmente, con aquellos que no son de nuestra confianza – Aconsejó el hijo, y a continuación, le cupo la certeza de que aquella incidencia amarga no cesaría jamás- … ¿No sientes ningún progreso? –Inquirió.
 
 
En lo absoluto- Alegó la anciana- De mí… de mis males, nadie se compadece, Y para colmo, ese doctorcito viene a avivar altercados. Es un inconsciente, ojalá se llevase mis dolores en su maletín…-
 
 
-Debatiremos eso en otro momento; ¿Si?-
 
-Claro, qué sencillo es para ti ahora pedirme que haga como que nada pasó…-
 
-Sí, es verdad, debí haberlo pensado dos veces; ya me percaté, empleé por descuido la palabra discutir, tenía que haberlo previsto, sabiendo que todo lo tergiversas y te cuesta admitirlo, en fin…mira...no lo culpes, lo que he llegado a intuir de él y su fastidio fue por su humor, ya platicaré con él, te lo dije -
 
 
-Ajá, pero sé precavido la próxima…y sí, más vale acabar aquí, esta novela tiene un final que ya vi;  Ah ¡fíjate si lo hubiese atendido a tu padre ese doctor!, con lo provocador que solía ser, coméntame cualquier cosa, o rétame, pero, ya vas a llegar a viejo y vas a darme la razón; nosotros no tenemos derecho a pedir conmiseración, es como te digo…ojalá  Dios me lleve lo antes posible…–
 
 
- ¿Puedes parar un poco? No me gusta cómo hablas, ni tampoco llevarme este mal sabor de boca…. Odio recriminar; no soy un hombre superado ni mucho menos. Tu hija me lo echa en cara a menudo, pero no escatimo venir, pero cada vez, me es más infructuoso mantener una sana distancia con esas minucias que ofenden el decoro, y la buena educación. Hubiese sido fácil para mí evadirme, o internarte en un nosocomio, como hacen muchos, pero no me lo perdonaría; por eso probemos con tocar otro tema, ¿quieres? –Formuló Ernesto, retirándose de la ventana, para desplazarse por la habitación.
 
 
-     La mujer entonces suspiró y se ladeó con rictus adusto-Bien… ¿qué tal si los papeles de la casa. Hablando de tu hermana se comunicó conmigo; y está tan ansiosa como yo para que le des trámite -
 
 
-¿Los papeles?- Expresó el hombre- Ya veré si los despacho. Estoy atento a una nota que consume mis energías, de obtenerla, significaría un salto en mi carrera profesional, ya está casi resuelta esa cuestión. Aparte… charlé con ella no hace mucho, pero no abordamos otra cosa que no sea lo concerniente a tu salud, y de otros aspectos, los propios de cada uno…-
 
 
-   Pero a mí no me contó eso-Interpuso la dama, lanzándole una mirada acusatoria detrás de sus gruesos anteojos – Ha…, esto no tiene arreglo, y ya no quiero regañar a nadie tampoco. Tal como me encuentro, nada más me aferro al deseo de ver ese asunto resuelto. Tu padre, él seguramente tendría por certificada su trascendencia. Tu padre...- Reitero la mujer con modulación evocativa– Sé que esto está lejos de interesarte, pero anhelo alivianarme este peso; Ernesto… siento, él trae todavía una misión para nosotros; él nos habría sacado del apremio, no era un negado, y hacía lo que correspondía en cada ocasión…-
 
 
-    ¿En serio?, lo que recuerdo sí, es que desatendía y descuidaba  todo; fechas, horarios, compromisos-
 
 
-    Si… puede ser, pero ya en su etapa de decrepitud. Él estaba esperanzado en ti, y más allá de que hayan acentuado sus discrepancias con los años, te quería…- Rubricó la madre, y Ernesto oyó aquello como indolente, reencauzó sus pasos a la ventana, y procedió a clausurarla, corriendo las cortinas, y habilitando un resquicio para que filtre la luz-¿Estás enojado?... ¿Fuiste a ver su tumba?; podemos ir los tres a verlo, como acostumbrábamos…- Propuso a la mujer.
 
 
 
-   ¿Tú?, pero si sufres nada más de moverte. Lo adecuado sería ir al jardín. Vamos a dar una de esas salidas que el médico convino contigo, para que te relajes-
 
 
-     ¿Ya vas a cerrar todo? –
 
 
-Sospecho que la pieza ya se aireó- Dictaminó el hijo, extrayendo su pañuelo para limpiarse el polvo que recogió al manipular la aldaba. Al rato, encomendó a la mujer–Bueno, no hace falta que te lo diga, tienes que tener cuidado con el calefactor eléctrico, de noche no quiero te levantes por ninguna causa; y mantén apagada esa vela, por favor. Cualquier urgencia que surja, solicita la ayuda de la señora que te cuida- Remarcó, agitando el pañuelo para hundirlo después en su bolsillo- Y esto es lo último que te diré mamá, eres una mujer adulta, hay que tener temple, y aceptar lo providencial. Eso simplificará las cosas a los que velamos por ti, en lo que atañe a ese título, ya me ocuparé de él-
 
 
La anciana no dejó pasar por alto tal mención, y tensó de nuevo los músculos de su cara- Tu reticencia habla por sí misma… ¡ah!, tendríamos que comprar una placa para tu padre, la que tiene ya está muy deteriorada–Decretó, abotonándose la camisola.
 
 
Ernesto enmudeció, y solo atinó a afectar sobriedad, luego, al constatar en ella una súbita demora, le comunicó, pero en tono conciliador-– Nos queda media hora de luz, o menos, nos convendría salir ya...-
 
 
La madre, restituyó, el rosario y la revista a su cómoda, y confirmó- Bien, pero esta vez la salida será corta; quiero terminar de leer este recorte, y presiento que estás muy apurado; ¿o me equivoco?...alcánzame algo para ponerme… -
 
 
El hombre, inmutable, se trasladó en dirección al armario; allí, tan pronto como recogió un abrigo grueso, se dedicó a ver cómo la mujer se erguía, y al instante, la asistió, jalándole de los brazos con suavidad, para enderezarla; posteriormente, le colocó el abrigo, y se aprestó a cubrir con ella, la distancia que mediaba, desde la puerta, al pasillo embaldosado.
 
Más adelante, amarrado a la mano de la dama, Ernesto maduró un acertijo; transitando entre las plantas, el cielo gris quebró la monotonía, y lo irremediable comenzó a diferirse, al compás de la brisa. El lugar era encantador, y él, previó, sería decepcionante no abrazarse esa colección de detalles, que rastrean y dan continuidad a la vida misma- Pero- Conjeturó- Era también ineludible la disposición que madura como un señuelo; es la reminiscencia, la que lo revelan, a su modo-
 
 Tras aquella reflexión, la madre enseñó en sus labios una ligera sonrisa. El hombre, intentó sonsacar el mensaje de esa mueca, y desnudó una devolución gratificada, para, a la postre, extender el paseo.
 
 
- Ernesto, ojalá te des cuenta de lo que, para tu hermana y yo significa esa escritura–Le rogó la mujer.
 
 El hijo, no dudó en mostrar aprobación, sin embargo, dentro de él, ya se le imponía otra empresa. En esos días, como derivación de una obsesiva búsqueda, fue citado para exponer ante la policía. Con tal escrúpulo, al volver en sí, y para arrancarse de su obcecación, sentenció- Admiro tu tenacidad… pero no es algo que desprecie, tengo en mente cuestiones que me demandan, y son prioritarias para mí, eso ya es bastante…-
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Al encender la máquina, en su estudio, lo primero que observó del monitor, fue un resplandor fugaz. Esa densificación fue, de a poco, amortiguándose, para resolverse, lentamente, en caracteres azules. Ernesto, realizó un ajuste para evitar la irritación en sus ojos, y tornó a escribir, como instruyéndose–“Pienso, en qué consiste este reclamo, El espíritu, en su afán de nutrirse de razones, se favorece de estos hallazgos. Son relaciones, ataduras, afectos, que, por mucho que me esfuerce en sortearlas, trabajan en paralelo a los hechos que la fortuna depara. Hoy, al fin, creí adivinar. Al venir de mi trabajo, tropecé en el trayecto un hombre y una mujer, derrochando su amor en la calzada; él le acariciaba el cabello con ternura, y ella lo contemplaba cándidamente. Sorprendido, evité arrobarme, pues entendí el escenario, y sus implicancias, pero de inmediato, y por algún motivo, el sujeto me juzgó impertinente, e inclinó su cuerpo para llevar a la mujer lejos de ahí”
 
“No se trató de un mero incidente, ya que creí entrever, con ese episodio, algo de mí. Alcancé a oír risas agitadas, que partían de ángulos distintos, y otros escarceos se dieron en la noche. Eran parejas que, agolpadas, redujeron mi marcha, a un territorio, o región, donde la incertidumbre, proyectaba un despropósito. Los hombres vestían con propiedad, portaban sombreros refinados, y chaquetas grises; las mujeres, por su parte, lucían un blanco de mármol en sus semblantes. El verlos, condensó en mí, su real señalamiento. En principio, operó como esas alegorías vagas, pero, conforme los dejaba atrás, lo amarré como un laudo patético, lo que decanta la voluntad, o para ser concreto, a eso que no me adapto. Me pregunté: ¿existe algo que no pueda evidenciarse, de animamos a desentrañar su contenido?, estimo que sí, al menos pretendí corroborarlo, en esa experiencia, como indicio”.
 
Ernesto releyó el texto; en breve, se tomó la sien, revisó el reloj del estudio, y apagó el monitor, para ver la refulgencia reducirse a un punto. Acto seguido, se irguió, y fue para él, premonitorio, oír por primera vez una sirena aullar desde algún recóndito rincón de la urbe. La incomodidad, lo persiguió unos segundos, y al regresar a la calma, sintió cerca suyo un golpe seco y sorpresivo; una sombra, se abalanzó, para forzar un ámbito más sutil, era su mascota, un gato de pelaje abundante.
 
El animal supo pertenecer a su padre, y actualmente, estaba bajo su cobijo. El gato le rozó su pierna, y él, embelesado por su docilidad, lo levantó, para arrebatarle su tibieza- Que raro te hayas acordado de mí – Le insinuó manteniéndose en silencio para oír su ronroneo- Esto me cuesta digerirlo, pero huelo a maduro, ¿no es así?; Estas criaturas… todo lo vaticinan-Afirmó, sonriente, mientras lo acurrucaba, y lo conducía a la ventana que daba a las construcciones vecinas. De improviso, los destellos se apagaron, y en tal estado, situó las siluetas ajenas, mitigando esa escasez, ese desamparo. Otro día de ver las demandas lejanas- Precisó- En cada una de esas madrigueras no hay cabida para lo que uno destila, marginalidad, todos creen tener lo que alguna vez ambicionaron, solo que… no sé por qué me empeño tanto en deducirlo, me parece incluso dantesco el solo pensarlo; ¿qué ocurriría si les importunase a todos, esta insatisfacción?; ¿el planeta que conozco sería un sitio más habitable?, lo dudo. Lo irrebatible, es que la maldición de tener que burlar esas sombras se perpetúa, junto a los vislumbres cotidianos, el deseo, la angustia… los sueños; esas ilusiones que nos atan a lo furtivo. Pero no puedo evitar contentarme al refrescarlo, los filones luminosos bañan con su cólera, la emboscada. Esa prebenda desanda los estrechos circuitos donde reverdece su régimen. Va de elemento en elemento, uniendo indicios, arraigándose en personas y animales. Penetra como malestar, por el tiempo que hizo falta, uno lo ve contenerse solo en su sentido direccional. El turno de las sombras cede, en línea recta, sobresale un fárrago innombrable, las voces van penetrando de a poco en esa trama monocorde que explora el fondo de un espíritu primordial, ¿porque se recurre a él?; es como si procurara uno instruirse, nada más - Selló el hombre, permitiendo irse al gato, como si al cabo, todo lo incidental le reportara poco, y lo gratuito de sus impresiones, le forzara un peso inadmisible.
 
Con prisa, gestó una abertura, para facilitar el escape de su mascota. Llaveó la puerta de su despacho, y se escurrió por un corredor, franqueando un berenjenal de matas mojadas. Absorbido por otra problemática, penetró en el comedor, donde, tras encerrarse, se quitó su sobretodo, y espió sus pertenencias. Por último, se sentó en su silla, y permaneció ausente, concentrado ahora en la ventana que daba a la calle. La interpelación retornó, para hacerse carne en él, e incitándolo a refrescar su piel- ¿Me tendrá aún en su memoria?... sé que sí… –Urdió.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Esa noche, congruente a organizar su rutina del día, y de súbito, aconteció un estrépito en la entrada de su hogar. Ernesto, probó substraerse a aquel llamado, y prolongó su estatismo, al punto que, ya sugestionado por ese registro, y persuadido de haber sido víctima de su imaginación, enfiló sus pasos a la puerta. Entonces, descubrió en su umbral un menesteroso senil, apenas abrigado, retorciéndose de frío.
 
Perplejo, Ernesto revisó a los alrededores, e introdujo al individuo en su casa, con la idea de socorrerlo, y acaso, desembarazarse de él, tan rápido como fuera posible. Así fue que, con algo de vergüenza pero sin contratiempo, lo llevó hasta el comedor, donde consiguió, a duras penas, se recupere. Más tarde, y con la poca aptitud que solía concertar para esos casos, le calentó una cena.
 
Sin mediar presentación, el hombre, con una exasperante dificultad, masticó lo que Ernesto le sirvió en un plato, en tanto, su sombra, quizá lo más elocuente de una humanidad sobrante, se proyectaba en la pared, como un cuño espectral. Ocurrida la primera impresión, y con la inmanencia de su oficio, Ernesto se dedicó a estudiarlo. La figura del mendigo componía la de un heraldo; era marcada su delgadez, y sus ojos, unidos a su chambergo desprendido, de color negro, le brindaban una semblanza ladina. El mendigo deglutió la cena sin proferir palabra, y al concluir, armonizó los utensilios y retribuyó tanta gentileza, lacónicamente.
 
Ernesto, no apartó de él su atención, e imbuido un poco por su hermetismo, se animó a indagarlo. Averiguó que se llamaba Doménico, que su estado lo atribuía a las secuelas de otro golpe, como asimismo, al estigma del abandono, y de la edad.
 
De tal modo, reputó agotada su curiosidad, que receló estar ante el mayor de los enigmas, y en razón de tantas incógnitas generadas, decidió alargarle la estadía, delegándole tareas menores, menesteres de cuya inspección, optó, en cambio, por desligarse. No hubo quien diera cuenta de la estancia del menesteroso en domicilio de Ernesto, salvo su compañera del diario, una mujer que solía visitarlo con asiduidad.
 
En vista de las circunstancias, en los días venideros, el vínculo fue consolidándose. No obstante, esa alquimia de parquedad e indolencia, que obraba como buen antecedente, fue, gradualmente, mellando la tolerancia de Ernesto. El discurso del anciano, mudó, como culto de un iconoclasta, abundando en referencias religiosas, y sin sentido; finalmente, el escaso apego a los horarios del hombrecito, su falta de higiene, y el rechazo de la ropa que se le facilitó, consumó una rispidez insalvable entre los dos.
 
Ocurrió que una noche de lluvia, al llamar a su puerta, Ernesto encontró vacía la pieza que refaccionó para él en la parte trasera de su vivienda. No se alarmó, y no dudó, a la sazón, en lo que debía hacer. Valiéndose de su experiencia, se entregó a la constancia de los hábitos, y la inviolabilidad de sus criterios; pero, luego de un tiempo, repasó la cronología del viejo, y por una vicisitud en especial; él, veía en su gato, un objeto diabólico- Debió suceder lo indefectible, buscó lo que cualquiera de estos tipos, parasitar- Selló, adecuando su desaparición, a ese estallido en el mundo, en lo cual lo ominoso, y la crispación primaba.
 
 
La metrópoli, en esa época, se escindía en una pugna vehemente entre dos partes antagónicas, el régimen gobernante, y un grupo disidente. Respecto a esta situación, los informes oficiales tendían a confundir; nadie era lo suficientemente capaz de conciliar el origen del conflicto, con sus razones. Para algunos, este se derivó del atentado a una perfumería, en una época remota, para otros, simbolizaba la reiteración de una discrepancia primigenia en la carnadura social. Pero había quien la consideraba como la sinrazón de lo diferente, un fenómeno equiparable a los ciclones o pestes, a esa fatalidad que propone lo causal, y que tiende a dividir y purificar.
 
Por si fuera poco, a tal disputa, que engendraba ya un misticismo en los beligerantes, se añadió otro hecho como foco de tensión. Un fenómeno se adueñó de la escena, en concomitancia con la súplica unánime de paz. Fue un paradigma, un signo que enervó los temperamentos, y disuadió con su magnificencia. Ernesto, al correrse la voz, especuló se estaba frente a una maquinación, típica de los que respaldaban el caos; pero, al confirmarlo, a partir de los reportes del diario en el que trabajaba, comprendió la magnitud del peligro. En las postrimerías de esa estación otoñal, lo acogió una sensación de  recogimiento al patentizarse en el cielo, un astro, un bólido, un cuerpo que parecía compendiar en su inédita dimensión, el epígrafe de la divinidad; ¿constituía un llamado?, ¿era efecto del propio conflicto irresuelto?; nadie lo sabía. Orbitó un día, y ulteriormente, perpetuó su paso, con su impronta de ángel vigía, convirtiéndose en un ente que rumiaba su ascendencia, casi en secreto.
 
No se escatimaron recursos por parte de las autoridades por convocar a la ciudadanía a la cordura, pero, tales tentativas fracasaron. Se dictó el confinamiento y el estado de excepción. De forma radical, la devoción, se exacerbó, se inauguraron refugios, locales de expiación, donde los extraviados, comulgaban en su fantasía con la más abyecta de las tendencias. Lo ecuménico, apuntado por el objeto, se tejió como el inicio de un periplo, y si bien, trascendió que la intervención de teólogos y cientificistas, evacuaría su misterio, solo se alcanzó a rumorear que promovía una enseñanza, como una lección a la humanidad toda.
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO II:
 
BETTY
 
 
 
Aquel resguardo, y todo en él, prodigaba una sensación de ambigüedad. La reciprocidad de Ernesto con su compañera presentaba también su matiz; con ella, él buscaba, al tiempo, una amante, y una confidente. Betty; tal era su nombre; poseía una silueta estilizada, seductora, cabello largo, negro; sus ojos vivaces, infundían un aire de lealtad, y de indulgencia. Él, por su parte, era un hombre de porte austero y rasgos nobles, un solitario, cuya exclusiva compañía, era el gato gris de su padre.
 
 
Recostado en la cama, él, revisaba en su reproductor, y con avidez, el video que Betty había retirado de los archivos del diario. La muchacha, lucía compenetrada en un croquis que colgaba de la pared, y que destacaba la figura hecha en lápiz, de una joven de pronunciadas curvas. De naturaleza reservada y receptiva, solía leer óptimamente, la disyuntiva de tantear el cariz de ese hombre, tan sumido en sus cometidos.
 
 
Así las cosas, todo aparentaba fluir con normalidad, hasta que, de repente, la armonía se quebró. Fue en el instante en que Betty quiso conciliar sus propósitos, de manera fallida, con los de ese hombre huidizo. Tornó a verlo, y ante eso, él le devolvió la mirada, como no acertando a entender su desgano - ¿Te sucede algo amor? -Le  interrogó
 
 -No, nada –Contestó la mujer. Y Ernesto, con una mueca cómplice, volteó su vista al documental. El monitor secuenciaba un desfile de cientos de soldados cruzando un antiguo puente. El hombre, lo escrutaba como un relato épico, y por decirlo, lo saboreaba.  Es que todo cuanto revelara un atisbo de transcripción le sabía intrigante, pero conforme los oía, crecía también su desconfiaba en los intérpretes, sostenía que su voz prístina era un tesoro que, de poseerlo, obnubilaría al más sagaz. Preso de esas implicancias, al restituirse a ese escenario, ella, se encargó de realzar esa disonancia; ¿En qué habrá quedado el proyecto de casarnos? –
 
El hombre, juzgó, imprevistamente, útil bajar el volumen del monitor– Betty,  no lo estimo procedente – Le Objetó.
 
 
-  ¿Te da miedo la idea? -
 
 
-Para nada-
 
 
-      ¿Seguro? - Insinuó Betty- Escucha, sé que la situación tiende a hacerse intolerable para todos… no sé qué tramas, pero a mí  me desvela huir de aquí; ¿no piensas que estaríamos más cómodos en otro lado?, ¿tal vez otra ciudad?, ¿otra casa?. Hablo de aspirar a vivir juntos, de comenzar otra vida. No sé...intuyo que existe algo… algo que no te permite afrontar tus objetivos, o diagramar tu agenda. Yo soy consciente de mis vacilaciones, por eso, no descarto tampoco sea algo mío el que lo provoca tu recelo; si es así, te ruego me lo confieses… - Expuso ella.
 
- ¿Cómo?... Betty… no es como lo pintas, te lo garantizo. Lo que pasa tiene gran influjo en cómo nos organizamos, es una cuestión de prioridades-
 
 
-Si lo sé, y a mí me pasa lo mismo; no te estoy proponiendo una locura, solo que no quiero naturalizar los encuentros contigo aquí, en estas condiciones. Ernesto, me consta que no eres tonto, pero no concibo tu renuencia y desplantes, tú me tomas por tonta... en tu vida, no todo se ajusta a lo que declaras…de tu trabajo, tu familia, sin ir más lejos, jamás tuve noticias,  y ya me resigné a que nunca tendré la posibilidad de conocer ni tu madre, ni a tu hermana… como alguna vez prometiste…-
 
-Detente… Betty, mira, no es el mejor de los panoramas el vivimos, como para afrontar una aventura del tipo que tienes en mente. La voluntad de unirme a ti, lo mantengo, solo que no tengo ganas de hablar de mi familia ahora…–
 
 
-     ¿No quieres hablar?...-
 
 
-Ho dios…- Comentó el hombre suspirando  como contrariado- No entiendo por qué traes a colación a mi familia, pero si te deja contenta, pues veo que te urge me expida sobre ella… sobre mi madre y mi hermana… te diré; ¿Mi madre?, bueno, ella vive sus últimos años; es alguien que, básicamente, responde a sus caprichos. Por citar, se ha empecinado en la titularidad de una casa que mi padre tenía bajo dominio, no le reditúa gran cosa, pero ella lo asume como apremiante. Más allá de eso, está a siglos de exhibir inquietudes, o un interés común a los míos. ¿Mi hermana?... ella suele ser bastante fastidiosa; era la favorita de mi padre, y en gran medida heredó su carácter. Fue y sigue siendo estructurada, no manifiesta duda, y nos impone ser obsecuentes ante sus opiniones y proyectos…-
 
 
-Ernesto…-Interrumpió Betty, invirtiéndose hacia su abrigo, para hurgar en él, un atado de cigarrillos, tal como estilaba, cuando la tirantez recrudecía entre ambos- Perdona si te molesta, pero, a pesar que presiento es para ti un tema urticante, me intriga aún más la figura de tu padre...él sí se me antoja un absoluto misterio…-
 
La respuesta de Ernesto esta vez se hizo esperar, y ni bien volteó para verla, suspiró, como no dando crédito a esa demanda- Te mencioné que murió; su aniversario se cumplirá dentro de poco, son cinco años ya…-Pronunció.
 
 
– Si… ya sé, pero dime; ¿solo te legó lo cambiante?, ¿aparte de ese gato?-Señaló la mujer prendiendo un cigarrillo.
 
 
-Él fue un excelente padre…no me obligues a ser reiterativo Betty… intento dar consistencia a nuestra relación, no maquillarla, y tanto es así, que no me perdonaría actuar con ligereza. Me place ver cómo te desvives por mí, tu fidelidad, pero vivo acorralado por otras exigencias, en ellas comulgan las del periódico, y las personales. A priori, podría juzgarse esto como una excusa, pero no…definitivamente no he desistido de lo que te propuse, pero debemos ser prudentes-
 
 
 
La mujer lo examinó intranquila, y exhalando el humo, decretó- Está bien, pero quiero sepas que no me apetece estar con otro hombre, te considero especial, tenlo en cuenta. Salvo en estas mínimas desavenencias, tú me llevas a evadirme, tu compañía es algo que disfruto, aunque ahora le des más importancia a esas cosas… Ernesto, hay algo que me desconcierta, y me aflige… Me preocupa que el editor se percate, si es que ya no lo hizo; hablo de recoger esos videos de su gabinete, ¿Por qué no te animas y se lo pides tú?-Le solicitó Betty, recogiéndose y acariciando el cabello de su amante.
 
 
-     No lo veo como un obstáculo, solo que me lo haría pagar, humillándome. Tú trabajas con él, entras y sales de su oficina con frecuencia; pero si te insinuó algo, no dudes en contármelo Betty- Indicó él.
 
 
-No lo hará… tomo mis recaudos, pero me expongo inútilmente sustrayendo esos bienes de la empresa a hurtadillas, él los custodia como si fuesen de su propiedad-
 
 
- De acuerdo… no los recojas más, ¿sí?-
 
 
- ¿Te sirve de algo?, ¿ver eso?…-
 
 
-Por supuesto… No voy a abrumarte, pero, te invito a que lo medites Betty, observa bien el video- Estatuyó el hombre aferrándose al cuerpo de la muchacha- Si ves bien ese documento, él constituye en sí una dramatización, instruye un hecho irreversible, pero dista de ser eso. Hay una recreación, una versión de los sucesos que se atiene a lo ventajoso, y que prescinde de la virtud o la moral. Pero no culpo a nadie por ello, sería peor leer los libros de historia, o ver estos documentos como esos textos insípidos, que en el fondo, no saben apreciar el sentido de las cosas, o la evolución humana-
 
La mujer, acomodó entonces su cabeza en el pecho del hombre, y le sonrió con una mezcla de ironía y ternura- No resisto contradecirte, el escucharte hablar… cualquiera diría que te servís de un mero subterfugio… de un escape. Amén de eso, me esmero en ser condescendiente, lo que te sucede a ti, es lo que nos sucede, en parte, a todos, en nuestra profesión, y que se amplía al mundo… debe tratarse de hartazgo-Enunció.
 
 
-Un poco- Repuso él, mostrándose huidizo, y reubicándose en la cama, dándole la espalda
 
 
La joven, en ese intervalo, jugó con buscar alternativas, una arista amigable a la encrucijada a la que supo llevar la cita -Conseguí una entrevista para vos-Murmuró, apartando de sí el humo y apagando su cigarrillo; Ernesto ante eso, abrió los ojos de par en par-Hoy entró en la redacción una mujer. Insistió en querer hablar contigo. Aparentemente, es alguien que sigue tus columnas. No me agradó para nada, temo padece un de trastorno grave, o incipiente, por eso, creo que congeniarías con ella…digo, algo de afinidad tienen…-
 
 
- ¿Ha sí?, dame más pistas -
 
 
-Me habló de su marido. El episodio que hilvanó fue tortuoso, comenzó denunciando a unos vecinos por revoltosos, pero, en seguida, desvió el tenor de su relato. Me aseguró que su cónyuge estaba vinculado con la logia insurgente, e incluso, que era reputado entre la alta comandancia. De ser verdad eso, tendría un alto impacto editorial-
 
 
-El vínculo marital hoy por hoy, es algo común, ¿qué tiene de extraordinario?, ¿solo sirve porque está vinculado con el grupo de sediciosos?-
 
 
-Me dijo que desapareció, por eso la presumí interesante-
 
 
- ¿Y por eso tampoco está sana?-
 
 
- ¿Qué? -
 
 
-Mira - Manifestó Ernesto- Lo he notado mucho, en los que me rodean, y lo noto en ti. Para todos, ese asunto solo es accesorio a los avatares de la contienda. Entre el grupo de editores, es prácticamente un hábito, ignoro su razón de ser… pero si sé, involucra casi a todos-
 
-¿De que estas hablando?; no… no coincido, no subestimo lo que sucede, pero aún en este contexto sería un  error portarnos como héroes. Conoces nuestra labor, a lo que estamos abocados, y para lo que somos competentes. El medio que nos exige reportes, que aborden aspectos de la cotidianeidad, y resulten atractivas al lector. Si hacemos una gacetilla con ese insurrecto, se convendrá lanzar una edición que contemple su estatus. Las hipótesis que refieren al alzamiento, son reducidas, es menester darles un aditamento, no sé…místico… religioso, o extravagante- Estableció Betty.
 
 
-  Extravagante –Replicó él, gestando un dilatado silencio, donde el cruce de sus entrecejos exacerbó las pulsaciones. Ernesto tornó a acostarse y posó su cabeza en la almohada-
 
 
- ¿Por qué no me cuentas lo que hiciste hoy? – Dijo Betty.
 
 
-  ¿En serio? -
 
 
-Si –
 
 
-Lo de costumbre. Pensar en esa mujer-
 
 
-Aja, esa mujer… como no lo adiviné ¿Hubo algún progreso?; ¿Qué pudiste averiguar? -
 
 
-Nada; me llegó la cédula de citación de la seccional. No sé bien qué hacer, me faltan energías para ir, pero si no voy, todo se echará a perder; las explicaciones que me dieron las autoridades, y sus procedimientos, son tan deficientes. Tu ¿qué dices? -
 
 
-Para ser honesta, no se me ocurre nada…no es que quiera desentenderme, tú eres muy inteligente, leo tus notas, tus columnas, tus críticas, y los comentarios que agregan los lectores, la mayoría te admira; sería más productivo consagrarnos a lo nuestro, y hacerlo valer, pues aminoran los agravios, y los tormentos- Sentenció la joven, y al término de aquello, se levantó sorpresivamente y se vistió apurada– Voy a calentar café, ¿quieres? –Profirió - De paso, veré por dónde anda tu gato-Agregó - Ojalá no tropiece con él en la cocina; te olvidas de sacarlo a la noche ¿Supiste algo más del indigente que alojaste en los fondos de tu casa una vez? -
 
 
¿De quién? -
 
 
-De ese me mendigo que anduvo por aquí…-
 
 
-No-
 
-Mira qué chuscada…  ¿se te dio por ser popular, dando cobijo a la chusma?... ¡Ha!, respecto a ese reportaje, voy a pasarte los datos, cuando pueda, del día y horario para llevarlo adelante; ojalá no haya problema que obligue a postergarlo. Lamento decir que, por seguridad, es recomendable se concrete en un lugar alejado…- Anunció Betty, desalojando el dormitorio.
 
 
-Como quieras… sé de un sitio propicio donde desarrollarlo…- Acreditó él,  mientras la dama se escabullía hacia la cocina.
 
 
Con el trascurso de los minutos, Ernesto alternó entre sus recuerdos, y probó reconstruir los rasgos de la mujer de la estación; culminó, perturbado por la imposibilidad de lograrlo. Al regresar Betty, se despojó un poco de ese decaimiento, y para sustraerse de ese mal humor, la invitó a subir al estudio. La muchacha, prestó inmediata anuencia, y tan pronto como alcanzaron a abrigarse, se retiraron del dormitorio, por un corredor apretado. Ascendieron luego, por una escalerilla oscilante, abrazados, riendo, y burlándose del viento frío. Accedieron, por último, a una construcción adyacente, una buhardilla, remodelada a manera de mirador. El hombre había proyectado, desde esa torre, captar con un telescopio de largo alcance, imágenes de la ciudad, y casualmente, algún que otro avatar itinerante, en el fondo de la bóveda celeste.
 
Atrapado por el brillo del artilugio, Ernesto esa noche se desabrocho el grueso abrigo y capturó para sí, la tibieza de Betty. Embelesado, él entonces le habló, manteniendo la tasa de café con pulso inestable- No te conté nunca lo excitante que es para mí subir a este altillo. Enciendo mi convicción en esta guarida, algo me empuja a confeccionar mis notas, aquí, corregirlas, releerlas; ella, fue testigo de ese enfoque virtual que enhebra la ciudad. De chico me distraía con unos binoculares que supo regalarme mi padre; parte de mi rutina era  espiar el trayecto de los transeúntes, y las esquinas de la urbe. Hoy, esa evocación, me remite a ver inaugurado el cielo como una feria, es como la música que se filtra en mi memoria, en cada circunstancia que juzgo especial, con su suavidad y perfección…-
 
 
Ernesto, no quiero echar a perder la dicha de este momento, me complace estar aquí contigo- Le susurro Betty al oído, estrechándose aún más contra él- Hay un trascendido que me alucina, y que circula en las redacciones, lo escuché estos días, a lo mejor no tiene ningún asidero… se trata de una amenaza para el mundo entero, se habla de un sino apocalíptico… ¿Cuánta veracidad le adjudicas a lo que se dice? –
 
-¿Qué? –Contestó él– Betty…sí, ya me informé, pero no lo menciones, no toquemos eso ahora, por favor–Agregó, depositando el pocillo en un costado para sujetarla con mayor firmeza de la cintura.
 
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Miembro desde: Sep 19, 2022
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Descripción

En una ciudad hipotética, y en pleno desarrollo de una contienda, entre un grupo insurgente y el gobierno, Ernesto, reportero de profesión, busca a una antigua amante, asumiendo que su desaparición, pudo detonarse como producto de aquel teatro de conflicto. Paralelamente, en la ciudad se presenta de modo súbito, otra amenaza, una de caracteres aún más dantescos, un imponente astro irrumpe en los cielos, describiendo una órbita constante, ejerciendo un inédito acecho a las personas que la habitan. La investigación de Ernesto, en cambio, no se detiene, se interna en los laberinticos escondites de la insurgencia, donde tomará conocimiento de hechos pavorosos para él; la mujer que busca, se trata de una rebelde colaboradora, y su desaparición se encuadra en una decisión personalísima, que lo involucra. En esos limbos, el jefe del alzamiento, le dará a entender que el objeto errante que marca con su paso el firmamento, es el auténtico instigador de su ausencia, y el que lo sentencia a esa encrucijada angustiante. Ernesto, sin embargo, prosigue, sin resignarse a encontrarla, posteriormente, renuncia a su oficio y en complicidad con al régimen gobernante, asciende en la estructura de mandos, para, de alguna manera, y pretendiendo valerse de su jerarquía, hallar a esa mujer, pero la ignominia del orden desata lo imprevisible, es encomendado para realizar un refugio para una nueva raza, una colonia que emergerá de las ruinas de la humanidad, tras el inminente desenlace que prevé el choque del bólido. La revelación restante es que sus pesadillas signan su determinación, esa mujer no representa más que una búsqueda, comprende a todas, es la síntesis perfecta e inacabada de aquella que no acaba jamás en los seres humanos.

Palabras Clave: DISTOPIA FANTASIA.

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Ficción



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Eduardo Luis Medina

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September 19, 2022
 

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