• Carlo Biondi
Belial
You may say I'm a drummer
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  • País: Chile
 
Antes, al despertar, apresuradamente escribía todo lo que pudiese recordar del sueño recién terminado. A veces, con suerte, lograba no solo escribir el último, sino varios. Los recuerdos llovían y ahí donde hubiese un vacío, mi mente rellenaba con la memoria de una aventura o de una canción; todo era parte de un sueño para mi mente que añoraba las horas de inconsciencia. Con un poco de timidez al comienzo, también relataba mis sueños a quien prestara sus a veces no tan atentos oídos, con el afán de hacerles partícipes de mi subconsciente. Inocentemente, creía que para ellos mis aventuras en las dunas de mis sueños serían tan fascinantes como para mí. Pero nadie se fascina tanto con uno mismo, como uno mismo… Duramente vi, con el tiempo, aquella realidad tan difícil de aceptar. Cuando, de a poco, ya no habían más personas en mis sueños y éstos mismos perdieron el brillo que me inspiraba a relatarlos como si tuvieran un peso bíblico. Cuando comencé a verme como a otro, cuando ya no se trató de mí, cuando el peso del recuerdo en la mañana me impedía correr a tomar nota, se fue desgastando el gusto por el sueño… mas no por el dormir.  Mientras más soñaba, más deseaba despertar. Mientras más despierto, más deseaba dormir…Lentamente logré hacer estériles a mis sueños. Inofensivos, casi. Casi imposibles de recordar… casi. Sin embargo un día, o una noche, aquel hilo que conectaba mi consciencia con mi alma se cortó, y ya nunca más volví a soñar. Escribí muchos cuentos intentando inventarme sueños. Inventarme ímpetus, esperanzas; inventando algo que decirme. Pero fue en vano. Mis sueños desaparecieron junto a la temeridad curiosa por la vida. El tiempo se volvió sistema, las emociones tabú, el pensar tortura, y los sueños, en mito. Algo que nadie, en su sano juicio, tomaría por verdadero. Dejé de inventar y escribir plagios de sueños, y ya tampoco me fue posible la experiencia de ellos en la vigila. Imaginar vidas, que antes fue buen sucedáneo, perdió su brillo en el papel y en mis ojos que, desprovistos de relato, tan solo descansaban físicamente, de vez en cuando. Y apagados mis sueños, amargadas mis historias, anticuadas mis formas, me deshice de mi. Me dejé ir un día a donde sería realmente feliz, donde alguna vez fui un fascinado cuenta cuentos, expectante explorador, ávido de relatar con detalles los recién descubiertos secretos de todo aquello que la realidad no abarca; que yo mismo ya no soportaba.De mis sueños sólo quedaron las notas que alguna vez hice, las que me recordaban el peso del espíritu, la desolación del ser.  Habiendo decidido que mi propio ser fuese fuera de mi, mis notas ardieron, y mis sueños… desaparecieron.
Logré alguna vez desdoblar la máscara. Lijar aquel rostro hasta obtener sus personalidades.Las ví existir entre el vacío de la máscara y el espíritu que le daba brillo a sus ojos.Vi amor, pena, dolor y odio entre ellas. Las vi reconciliar el pasado y sobrevivir al futuro.Vi cómo se mezclaban y renovaban, se quemaban y renacían.Con un objetivo común, luchaban por y entre sí, abandonadas a una voluntad mayor.Una voluntad que habita en lo profundo junto al pudor del deseo, junto al temor de vivir.Junto al ímpetu vitalista del alma y del cuerpo. Justo en la escisión del espíritu y su persona. Vi personalidades difusas desplazarse por caminos sinuosos y contradictorios.Caminos que enfrentaban a cada parte del ser entre sí; enemigo de sí mismo.Con pudor vi las patéticas conclusiones derivadas de tan complejas discusiones.Conclusiones constructoras de realidades fantásticas, y fantasías decadentes.De realidades efímeras y sueños ideados entre las salvajadas del discurso bélico.Una realidad que fue paraíso e infierno; cielo y tierra; mar y fuego; valle y montaña. Entre sus discursos se hacía notar el alcance de sus ideas; su límite.Las personalidades, en su permanente hambre, lo consumían todo.Ni el amor ni el odio externos escapaban la foraz fuerza del deseo de cambiarse a sí mismo.Ni la tragedia más grande parecía conmover los métodos; mentalidad volutiva bélica.Una tragedia que exige la calma en la tormenta. La soledad no se hizo esperar, a lo largo de los cansados discursos de las partes cansadas.Las mismas palabras sólo fueron escuchadas un par de veces; se aparentaba cambio.Los sinónimos, sin embargo, no lograron disfrazar los sentires; falló la sintaxis.Una forma de sentir más pura que cualquier discurso. Al acabarse las palabras, en la soledad del silencio, me encontré con decepción y esperanza.La decepción de quien se ve al espejo por primera vez.Una esperanza más sabia de lo evidente a ojos y oídos, que ha compartido más de una esencia. En la soledad del desdoble, y de la guerra por la propia conquista, lo encontré finalmente;Una convergencia de espíritus que conforman uno, y su contraparte. Una máscara que portaré consciente del espíritu que sus ojos reflejan.
Máscara
Autor: Carlo Biondi  67 Lecturas
Una oleada de furia alienada golpea ferozmente las costas, alienantes gritos se desprenden de sus ondas y penetran las lejanas montañas, creyéndose testigos de su propio cuento. Indolente e incomprensiva, la playa amortigua el odio que ignora y lo deja a merced de argumentos invisibles. Las gentes se dejan mecer siguiendo corrientes pretéritas, inoculadas desde los cielos por influencia de astros de gran masa y atemporales; perpetuas corrientes de motores inmóviles; inocentes culpables de la marea furiosa. La misericordia se pierde en el atardecer mientras la Tierra, en su eterno tránsito, le exige al Sol envolverle en su calor. La inevitable negativa enciende en llamas el mar y los campos, y los más fértiles bosques quedan atrapados entre el frío de las sombras y el calor que sólo entrega el auto desprecio. Sus habitantes se esconden despavoridos en las rendijas que el espíritu permite aparecer al abandonar la superficie. ¿Y dónde fue el espíritu? Oculto, temeroso, puro, científico, espectador, satélite, agujero negro. El fuego de las ondas marinas sepulta la fecundidad de las brisas, una fecundidad que, si alguna vez dio vida, hoy tan sólo entrega recuerdos, recuerdos que toman forma en la densa materia de las llamas que azotan las costas. Aquella oleada enajenada, aquel odio imparcial que se consume a sí mismo, define la superficie; le entrega sus maneras. Le entrega el derrotero que le lleva de la mano por senderos espinosos, pedregosos, sanguinolentos pasos que se pisan a sí mismos una y otra vez. Aquel camino envuelto en llamas, aquel callejón sin salida, mas no desprovisto de esperanza. Es que ni el odio es muerte; muy por el contrario. Y en ese fulgor de la profecía auto cumplida, de ese desastre del fin del mundo, comienza con y para y por el fuego la vida misma en sí pretérita, indiferente e indolente a la maldición de los astros. Ese fuego que es guerra y que, cansado de atacar bosques y montañas, destruye las estrellas mismas y todo aquello que le observó arder. Ardiendo entonces, ardiendo ahora, ardiendo bajo el mar y en la cima de las montañas, el poder del odio da a luz el amor a la ceniza. Ceniza húmeda como testimonio de vida. Vida que se piensa inútil y que del pensar se sirve para crear. ¿Y dónde está el espíritu? Ciego, inmóvil, certero, eterno, caótico, increado. Dando formas a las llamas, se crea primero una jaula, luego una cruz, luego un infierno, luego un valle, un desierto, una montaña, un bosque. Finalmente un útero itinerante que, inseminado por cenizas, da rondas por las costas devorando el fuego de sus mares. Acariciando el odio marino, moldea almas y las encausa; aprende de éstas y éstas de aquel. La superficie lentamente se calma y se entrega, se domestica a sí misma y se comprende y, al fin, se piensa. Se observa. Se acaricia. Se levanta y levanta sus propios derroteros, libres ya de la impureza, de la inmundicia. Desdeña antepasados que, por arqueológicos, de olvidarlos serán nuevamente su condena. Y comienza una nueva historia desde la nada y hacia el todo; de vuelta al espíritu. ¿Y qué es el espíritu? Aquello que queda luego de la purga. Aquello que sobrevive a la masacre. Ese inmortal pensamiento que se conoce a sí mismo. El motor inmóvil que parió a la voluntad. Aquel que incineró todo lo que, por tanto, le dio forma. Aquel que quemó su propia forma para darse a sí mismo. Aquellas ruinas que dejó el más recalcitrante odio. El templo que permaneció erguido mientras el pecado le devoraba las entrañas; mientras él mismo era pecado. El que nunca fue a ninguna parte. El que siempre estuvo en todos lados. Aquello mismo que, desprendiéndose de la complejidad de lo que no es, simplemente es.
Espíritu
Autor: Carlo Biondi  117 Lecturas
Sólo un símbolo; una flor que un día arranqué; o que arrancó conmigo indiferente de la lluvia que le dio cabida; o un viaje que se comenzó a sí mismo, que no reparó, que no construyó; una lápida que anunció una futura muerte prematura; o un suspiro que se enfrió demasiado rápido, cual cuerpo celeste. Una extrañeza del espacio-tiempo; o el noúmeno que es comienzo y fin, cual serpiente devorando su cola; una época in-determinada, fenomenal espanto del espíritu corroído por la lluvia. Una superficie lisa sobre la cual escribir limpiamente; ¿limpiamente?; el terror de lo que no alcanza a comprenderse humano; una sabiduría palpitante, itinerante, relativa, volátil, derivada insípida. Sólo un símbolo; una flor arrancada; el comienzo del fin de una vida; o la infinita misericordia que, por infinita, inhumana; aquello que desprende el espíritu; aquello que es cuerpo, aquello que es por eso alma, arma, refugio, suspiro, bao agitado ante el peso de la luz de la Luna; debilidad encarnada. Aquel verdugo que, como lenguas de fuego, nos posee; aquellas criaturas benditas; ese remanso marchito; las primeras notas del preludio del vacío; una historia que no termina de terminar. Sólo un símbolo; flor que entrega vida, por comprender su significado; entregar vida en la muerte; entregar fuerzas para la vida; entregar el profundo sentido que el mismo caos necesita; sentido del cual depende, mas no conoce; condición humana más profunda; condición humana... sólo un símbolo.
Sólo un símbolo
Autor: Carlo Biondi  76 Lecturas
Hubo una vez una niña, que a través de su ventana observaba al mundo. Lo veía ir y venir, correr, nacer y morir, todos los días, sin variación y sin detenerse. Observaba a las personas pasar, siempre solas, apresuradas, agitadas, ensimismadas, sin mirar al resto jamás. Y esto le abrumaba y entristecía. No podía comprender cómo existía tanta gente, tan individual, tan separada e independiente. A menudo recordaba la expresión "mar de gente", comparándola con lo que veía. "Esto no es un mar", pensaba. "El mar es mar. Es uno. Son millones de gotas que, juntas, hacen un todo llamado 'mar'. Aquí sólo veo gotas". "Esto no es un 'mar de gente'", concluyó; "Esto es una tormenta..." Cierto día, mientras observaba la tormenta pasar, un mirlo se posó sobre su ventana. Por lo general no se veían aves desde donde se encontraba, y ésta en particular le sorprendió mucho, pues no había visto una semejante. De pronto, el mirlo comenzó a cantar, y a ella le pareció el canto más hermoso que había escuchado en su vida. Su canto le envolvía, le bañaba con su belleza todas las emociones, y no pudo más que dejarse atrapar por este arte tan hermoso. Llegada la tarde, el Mirlo cantó por última vez, casi como una despedida, calló, y se echó a volar. Aunque la niña sentía que podría estar escuchando su melodía toda una vida, esto no le entristeció; haberlo escuchado fue lo mejor que le pudo haber pasado, y se sentía muy afortunada. Además, sentía dentro de ella que no sería la única vez que lo escucharía y, conforme y en paz, se alejó de la ventana. Al día siguiente, temprano en la mañana, estaba la niña en la ventana. Y casi como por acuerdo, el Mirlo volvió a posarse y cantar. La niña había estado ansiosa. Si bien sentía que lo volvería a ver, temía que así no fuese y, por ende, no se hizo expectativas. Se debatía entre creer ciegamente en el arte del Mirlo, o pensar que había sido sólo un sueño. Que todo se lo había imaginado y que incluso, su melodía le pertenecía a ella, y había sido su creación... Mas después recordó que jamás había visto un ave tal, y que no podían ser coincidencia sus emociones al escucharlo. Llegó a pensar que sus emociones habían sido creadas para el Mirlo, y éste, para sus emociones... El canto del Mirlo volvió a envolverla, a estremecerla... Y nuevamente, llegada la tarde, cantó una última vez, como despedida, y se marchó. Así transcurrieron muchos días. Tantos que a la niña le comenzó a parecer costumbre la existencia del Mirlo. Era una parte más de su vida, y ya casi no la recordaba sin él. Acostumbrada ya al cantar y sin ya sentir lo mismo que antaño, se le ocurrió un día que, sólo quizá, podría hablar con él. Quizá si le preguntaba algo, éste le respondería. Quizá él, al ser ave, sabía tanto más que ella de los mares y las tormentas. Tanto más de la vida.  Aprovechando un silencio, preguntó; "¿Cuál es tu nombre?". Y el Mirlo cantó. Luego preguntó; "¿De dónde eres?". Y éste cantó nuevamente. Y aprovechando la ocasión, quiso hacer una pregunta más. "¿Por qué cantas?", le dijo. Y sólo recibió de respuesta un canto. Un canto, sintió ella, similar a los anteriores. Un canto, si bien honesto, inconcluso. Y esto la desalentó profundamente. Llegó a sentir incluso que el Mirlo la ignoraba, que no le interesaba lo que ella preguntaba, que no quería resolver sus dudas. Hasta pensó que el Mirlo podría no ser diferente a las personas que veía a través de su ventana. Que sólo estaba ahí porque quería cantar, que no era especial eso para él. Ella, para él. Todo esto le frustró tanto, que no esperó a que el Mirlo se fuera. Lo dejó sólo en su ventana, y se fue. Y él cantó hasta que se hizo tarde, se despidió, y se echó a volar. Llegó el Mirlo a la hora de siempre, al otro día. Se posó sobre la ventana, y cantó. Pero esta vez no había quién lo escuchara. La niña, que lo había acompañado tanto tiempo, que había escuchado y gozado su canto, ya no lo esperaba. Y sin embargo no dejó de cantar en ningún momento. Lo hizo hasta entrada la tarde. Cantó por última vez, como despidiéndose, y se marchó. Así transcurrieron muchos días. La niña, si bien escuchaba al Mirlo cantar en su ventana, no se acercaba y prefería incluso ignorarlo. Se sentía decepcionada y traicionada por este cantor, que en algún momento la había salvado de la monotonía de la tormenta, y ahora la había arrojado directamente a ella. Sentía que había sido sólo un juego, una más. Llegó a sentir miedo de su ventana. De acercarse a ella, y verse allá afuera, en medio de la tormenta. Mientras, el Mirlo cantaba. Un día, cansada ya de sus miedos, de sus pesadillas y su soledad, decidió escuchar una vez más al Mirlo que, como siempre, cantaba en su ventana. Decidió escucharlo a la distancia. Sentía miedo de acercarse, y revivir lo que ya una vez le hizo alejarse de él. Cerró los ojos, y escuchó... Y volvió a sentir. No tuvo claro qué fue lo que sintió, pero su corazón dio un salto, y sintió un pequeño calor en su estómago. Al sentir todo esto, se dio cuenta que el Mirlo jamás modificó su canto. Que sus emociones, si bien se habían ocultado a través de la costumbre, tampoco habían cambiado, y comprendió más que nunca que ese maravilloso canto que escuchó alguna vez hace tanto, seguía siendo el mismo, y que sus emociones seguían llenándose de el. Comprendió que no tenía sentido preguntarle con palabras a quien canta, y que las respuestas existían desde antes que las preguntas. Y en ese momento, escuchó, vio, leyó, sintió con su corazón. Encontró las respuestas a todas sus preguntas, incluso las que no había hecho. Incluso en las que no había pensado. Llegada la tarde, el Mirlo cantó una última vez, como si se despidiera, y se fue. Y resultó que, al día siguiente, la niña estuvo desde la mañana en la ventana, esperando al Mirlo. A su Mirlo. A su cantor. Mas éste no llegó. No llegó en la mañana, ni a medio día, ni entrada la tarde. Llegado ya el momento en que por costumbre se despedía, comprendió que, efectivamente, no llegaría. Sus esperanzas no fueron recompensadas.Se extrañó y preocupó mucho. Y cada mañana, por los días venideros, estuvo en la ventana esperando la llegada de su Mirlo. Y cada tarde la abandonaba comprendiendo que, al menos ese día, él ya no había venido. Cada día que pasaba, se sentía más vacía. Se arrepentía de no haber estado con su Mirlo todos aquellos días en que prefirió ignorarlo, creyendo cosas que sólo estaban en su cabeza. Creyendo cosas que él jamás le había transmitido. Se arrepintió de no haber puesto atención antes a tantos cantos. De no valorar la paciencia del Mirlo para cantarle aún ante su desprecio, aún ante su aparente indiferencia. Comprendió que habían cosas más allá, más grandes e importantes, que los ojos y los oídos de la mente. Que lo que le hizo sentir el Mirlo fue, desde un principio, real en ella. Y que durante todo ese tiempo de ignorarlo, también fue real, aún si su mente nublaba lo que su corazón veía tan claramente. Y se decidió a no cometer semejante locura nuevamente. Su momento más oscuro, entonces, se transformó en el de mayor iluminación. A la mañana siguiente, decidida a no dejar ir aquel canto, salió en busca de su Mirlo. Sin importar cuánto le costara, no descansaría hasta encontrarlo, aún si llegaba la tarde y el anochecer. Pero no alcanzó a llegar muy lejos pues, a la vuelta de la esquina, encontró a su Mirlo. Éste había permanecido mudo, hasta que la niña giró en la esquina, y se encontraron. Cuando lo hicieron, comenzó a cantar como siempre lo hacía, y la niña volvió a sentir ese abrazo, ese estremecimiento y esa caricia que era el canto del Mirlo. Permanecieron ahí todo el día y, al llegar la tarde y como de costumbre, él cantó por última vez, abrió sus alas y se echó a volar. La niña lo observó mientras se alejaba en el horizonte, con profunda nostalgia de su vuelo. Así fueron sus encuentros, desde entonces. Cada vez en lugares más lejanos. Ya no era la esquina, sino la plaza. Luego la avenida, el parque, la estación, la cancha, la escuela, la carretera. Todos los días era un lugar diferente, cada vez más alejado de su ventana. Llegó el día en que la niña logró encontrar a su Mirloya cuando caía la tarde, justo cuando él, por costumbre, se despedía. Esto le afligió mucho, pues sabía que no podría ya volver a su ventana. No quería hacerlo, y aquello le provocaba cierta incertidumbre. Si se iba, no podría escuchar a su Mirlo. Si se quedaba, su Mirlo cantaría por última vez, como si se despidiera, y se iría. En ese debate estaba, cuando ocurrió algo nuevo; llegada la hora, nada cambió. Su Mirlo seguía ahí, cantando, mientras el Sol se escondía lentamente, y la Luna ya podía verse en el cielo. Fue ahí cuando se dio cuenta que ya no habría retorno. Que su viaje sólo avanzaba, y que de su ventana se había al fin despojado. Se quedó entonces sintiendo al Mirlo cantar por lo que ella percibió como una eternidad. Se sentía abrazada, estremecida y acariciada por aquel maravilloso canto que era cada vez más fuerte, más alto, llenando más cada una de sus emociones. Llegando la noche, a la luz de la Luna y las estrellas, el Mirlo de pronto extendió sus alas y, sin dejar de cantar, comenzó a volar. La niña lo observó maravillada por la belleza que era aquel cantor. Ya no sentía incertidumbre, y de hecho, nunca se había sentido tan segura.  Su Mirlo comenzó a avanzar hacia el horizonte, y ella no dudó un instante en seguirlo a donde quiera que fuese. Recorrieron valles, montañas, tupidos bosques, potentes ríos, campos llenos de animales silvestres, y praderas que parecían mares de flores. Su Mirlo siempre cantando. Su niña siempre sonriendo. Aquel día, cayendo la tarde, llegaron a una pradera muy extensa, cubierta de flores. Sólo una roca sobresalía entre ellas. Y en ese momento, el Mirlo calló, y silenciosamente se posó sobre esta. La niña, preocupada, le siguió con la mirada, y luego se acercó hacia donde estaba. A medida que se escondía el sol, comenzaba a comprender lo que estaba ocurriendo. Una profunda paz le invadió el corazón. Un descanso, una armonía. Una melodía...  De pronto, el Mirlo comenzó a cantar nuevamente, y con un gran aleteo, se echó a volar hacia el horizonte, mas esta vez la niña no le siguió. Sentada, se quedó observándolo mientras se alejaba hacia el horizonte, cantando de la forma más maravillosa que ella le había escuchado. Sentía su canto en cada parte de su ser. Sentía el canto como si el Mirlo jamás se hubiese ido de su lado. Lo escuchaba dentro de ella, mientras cerraba los ojos. Luego, sintió de a poco una brisa en su cara. Sentía su cabello moverse al son del viento; ya no estaba sentada. Escuchaba la brisa pasar por sus oídos, la sentía en todo su cuerpo. Escuchaba el aleteo de las alas cada vez más cerca, como si ella misma estuviera moviéndolas. Sentía el canto dentro de ella, como si ella misma estuviera cantando... El canto se mezclaba con el aleteo y el viento. Y en esa mezcla, que llenaba cada alcance de su existencia, ya no hubo Mirlo, y ya no hubo niña.
Mirlo
Autor: Carlo Biondi  146 Lecturas
Hice llover para poder dormir. Para poder soñar cambié el aire por mar, e inundé desde mi cama lo último que podía ver. Hice apagar el Sol y su potencia, irresistible, me cansó un tiempo. Ni cuenta me di cuando al fín su gloria dejó de alcanzarme y darme vida. Hice llover en la Luna para nublar su lado oscuro, que me fue siempre más claro. Hice que las gotas ardieran lentamente en mis oidos como una sinfonía, carcomiendo si podían los recuerdos de esos días soleados, de ese ensueño que impide dormir. Hice llover para poder descansar. En el caos sólo la destrucción puede traer paz. Pensé en entregarme tranquilo a las aguas, dejarlas limpiar mi cuerpo y espíritu. Pensé en abrirles las puertas de mi interior, y pedirles ayuda para sacar la basura. Qué es peor; el fuego o el agua, el amor o el odio, la paz, el caos, la paz durante el caos, no lo sé. Sé que quise des-ahogarme, por un intento casi muy bien logrado de entrega total al destino, y no fue sino el último empuje. El fondo sólo era eso y, como era de esperarse, nada más hayé ahí. Nada más busqué; no quise irme de manos llenas. Como por experiencia supe que ese fondo no era el fin, y que la destrucción no es más que el comienzo. Hice llover para poder volver. De donde siempre quise arrancar una vez me vi muy lejos. El pánico de la luz penetrando mis pieles, del aire invadiendo mis sentidos hizo que pensara muchas veces cada paso que di. Y antes de cansarme de caminar, me cansé de pensar. Cansancio es quizá forma liviana de exponerlo; hice llover para poder descansar. Después de poder volver a pensar, un momento pasó eterno y en blanco, y como desde ese blanco, un sentir, un pensar invadió y no pude dar cuartel; la lluvia comenzaba a sonar. Hice llover para poder morir. Cuando las primeras gotas comenzaron a caer, una como un beso de la vida cayó en mi mejilla y yo, sonrojado, ni la mirada le pude devolver. Extasiado por tal avalancha de amor, me presté enteramente a caer en los juegos nuevos que se veían en camino. Y uno a uno los fui superando, desgarrándome éstos lenta y pacientemente. Aún la lluvia no terminaba de comenzar cuando yo ya, herido de muerte, me disponía peligrosamente a jugar por última vez. La victoria en estos juegos evidentemente era aparente, y cada premio me arrancó un sueño. Como con esencia pero sin sustancia quedé al fin, moribundo. La agonía parecía eterna y ningún ímpetu pude percibir. ¿Será posible caminar bajo la lluvia? ¿Será posible superar ese frío insufrible? ¿Será posible brotar una y otra vez, como ensayando la vida y el tiempo, de lluvia en lluvia, hasta que ésta cese? Creí haber provado una vida sin lluvia, pero de ella huí también moribundo y desganado. Mas lo que cansa es pensar, no caminar. Seco, parado como estaba; medio muerto, medio ahogado, medio despedazado, hice llover para poder morir y, si mis recuerdos me eran fieles, renacer. No recuerdo cuántas veces habré dado las mismas vueltas. No recuerdo qué de todo aquello fue real, qué me inventé y qué me creí. No recuerdo inmensamente el sentir de esos días de lluvias voluntarias. No recuerdo la razón de mi vacío, y sin duda me es un misterio cuánto y cómo he dejado atrás. Por alguna razón siento su peso mas no su dolor, y esa fortaleza es un regalo tan divino como aquello a lo que me impulsa enfrentar. Las lluvias, desde ese primer sol, han ido y venido. Algunas más crueles, otras más piadosas, arrancan pedazos del cadaver que fui dejando, y por ello les agradezco. De muy sutil forma ellas me dicen "de nada". Ahora el Sol me es ineludible. Aún si no lo quiero, su calor me hace caminar y rara vez determe a pensar; ¿en qué podría pensar de todas formas? No es como que tenga algo que recordar... Y cuando la lluvia ocasionalmente cae, es claro por mi disfrute que es de alguien más. Y con ese alguien, al final de su ciclo, comparto su destino.
Hice llover
Autor: Carlo Biondi  218 Lecturas
En el seno del desprecio Son tus ojos los que secan Tus manos las que cierran Es tu boca la que, muerta En susurros se perdona Ominoso, el silencio Parte en dos aquella puerta Y mil y una vez Regurgita en la despensa Del amor y de la vida Lo que es y lo que fue Lo bendito y regalado Al pasar de los momentos Los misterios hacen eco Del vacío de un alma, que Perdida Lejana Familiar e incomprendida Bate alas, hace palmas Dibuja el coro del silencio Y se pierde en el tiempo Al cerrarme, ella Los párpados, al alba
Ominoso, el silencio
Autor: Carlo Biondi  234 Lecturas
En mis sueños mi futuro se aparece clara y constantemente. El presente me es lejano, casi silencioso, como si enmudeciera frente al peso del hombre que vendrá. Es una humildad sutil, pero grandiosa al contraste del altisonante pasado invasor, ese que frena la vida. Ese que le dice a la vida que es preferible la muerte. Ese maldito embustero que es el pasado, que por su falta de vigencia declara la guerra total a la dicha. Ese que si no destruye, impide al menos construir.En mis sueños a veces es éste cargante sujeto de admiración el que aparece, para mentirme como siempre lo ha hecho. Y si gana, celebra su victoria sin mirar a quién, y se aleja fanfarroneando como si lo hubiese conseguido todo. ¡Vaya cómo dan ganas de odiarlo!Pero cuando la rabia que antecede al odio sale a su encuentro, la reprimo y, en vez, lo quemo. Le hago arder con la mayor de las llamas, para que ilumine realmente su rededor, para poder realmente admirar aquello que se esconde tras su conformidad.Y es que el futuro aparace, pero no se ve. Sólo veo guías, señales, atisbos de señales, ápices de recuerdos quebrados y corruptos. No veo realmente nada claro, ni constante. Las olas del fuego a veces iluminan un sentir o parecer (rara vez un pensar) que son a veces residuos, inventos, intenciones, palabras a medias conducidas, mas jamás se aparece ante mis ojos. Sabe seducirlos y por eso se les oculta.¿Qué queda tras el consumo del pasado? Unas notas aleatoreas a priori parecen señalar el comienzo de un infinito camino, que perdió su comienzo, o sus primeros pasos, hace largo tiempo. Y esas notas le hablan a mi alma, que se entrega por entera a la idea que éstas dan, aún a veces erróneamente. Es necesario dejar en claro que no es, por supuesto, el intérprete quien se equivoca; las decisiones son únicas mas iguales en su génesis.Es así pues que me enseño a ser yo, y comprendo mis caminos y mi futuro, y éste aparece lenta y claramente. Mis pasos concientes se acercan a la voluntad que viene, se alimentan de las cenizas que fui dejando con mis piras, mis "yo" pasados que no fueron más que experimentos que debían fallar, que debían dejar paso (y por supuesto morir) a ese ser ulterior.Ese ser que es sueño puro y futuro, por el cual tributo mi pasado y para quien trabaja mi presente. Ese vaticinio antiguo: "por el hombre que vendrá".
No sonrío cuando te recuerdoNi me sonrojo, ni me exitoNo siento un salto en mi alma, ese latir aristocráticoQue por alguien y en algún momentoEn algún lugar de mi memoriaLo sentí como el despertar de una flor que se abre al mundoNo son memorias las que vienen a mi menteDe ser posible, diría que queda en blancoQue cualquier recuerdo por bueno o por maloPor recuerdo se pierde y se olvidaY mi memoria, delicada, impertérrita se queda frente al rugido de tu vozMi cuerpo ya no ansíaNo tiembla ni se contrae, sino que se pierdeEntre la multitud de rostros que son el tuyoY resentido y cansadoSe olvida de lo que vivió, recuerda lo que viviráEse impulso, el despertar de la vistaSólo mis ojos, en un vano reflejoY capturados como por la melancolía de la amnesiaLloran al verte otra vez por mis memoriasLloran al volver a saberLloran al volver a sentirLloran al volver a verEso que jamás, por repeticiónDebió haber iniciadoSólo mis ojos te recuerdan, y lo hacen como debenCon todo el profundo dolor, y la pazDel olvido
Un
Autor: Carlo Biondi  294 Lecturas
“El dolor te hace sentir la vida entera en un instante” Con esas palabras me encontré al caer en el camino. Las llamas lo cubrían todo, y pronto olvidé aquellas palabras, que sin embargo atesoré como al mismo amor. Sin querer partir, me fue imposible soportar ese calor y ese desierto, que tanto esperé para encontrar. Creí ilusamente poder alcanzar el cielo desde donde estaba, pero era muy claro que, en ese estado, jamás llegaría a volar. El viento dorado del atardecer me explica cómo, lo sé, pero no puedo hacerle entender que no le comprendo. Las últimas veces son siempre difíciles, y ésta me despojó de todos mis sentidos. La lluvia férreamente se ata a mi corazón, que despavorido se esconde donde muere la mente. Intentando levantar el vuelo, aún consciente de mi incapacidad, fracaso una y otra vez. Es imposible aprender a volar si no lo haces antes a caminar. Me parece insólito e inverosímil estar atado a estas llamas. Me parece inaudito el existir de este desierto maldito. Maldito y eterno. Eterno y perfecto. Pero no por eso menos maldito.  Y es que recibí la ayuda de tantos. Cada uno decía cómo ha de hacerse, seguros y resueltos me mostraban la forma y, frente a mis narices, emprendían el vuelo. No lo hacían parecer difícil. Sin embargo, jamás me fue realmente así. Sino que simplemente me fue imposible. Vagos recuerdos de un cielo claro como el oro me llegaban, jamás supe de dónde. Remolinos de palabras cruzadas, de gritos de aliento y llamadas perdidas. Nunca quise ignorarlas, mas no me fue posible atenderles. No me fue posible escuchar ni a mi propio corazón saltándose, progresivamente, sus latidos. Sin vida me quedé de pronto, y de pronto ya no recuerdo. La vida siempre es sabia. Siempre encuentra un camino por dónde abrirse paso y cumplir su voluntad aún muerte mediante. La vida tiene extrañas formas de hacer las cosas, ciertamente. Y por sobre todo, de enseñarlas para que sean hechas. Perdiéndome camino adentro, no logré divisar bien aquello que venía con toda fuerza hacia mi rostro, y que prontamente lo desnudó. Advertí un sutil cambio, pero lo ignoré por ser mínimo. Uno siempre cree aquello, de lo que ocurre frente a sus narices. Grande fue mi error. Y fue pequeño el salto que di. Ese último salto antes del martirio de enfrentar la soledad ominosa de la voluntad de estar sólo. Sin palabras, sin camino. Ni llamas, ni lluvia. Ni guías ni maestros enseñando el arte de volar sobre la vida. Sólo él sólo y la mente y su recuerdo de sí misma siendo mente. Viviendo la vida entera, en todo su espectro de tiempo, en un instante. Ese en el que caí de cansado de caminar por el desierto quemándome los pies y las entrañas de un dolor que sólo puede hacer justicia a una vida de soledad e injusticia. Cobardía. Miserable cobardía que atrapa a quien gusta de volar sin esfuerzo. Esa de la que caí escuchando unas palabras que hacen eco en esta mente dentro de la mente. En esa esperanza antojadiza y artificial que fue el sentir de ese viendo dorado. Esa maldición de los sentidos, que sin embargo ya me habían sido privados. Y las escucho. Veo sus seres sumergirse en el veneno de volar tan lejos. Tan lejos. Sin estar aquí, donde me hayo yo, quemando y sufriendo y soñando con lo fácil de un atardecer que sólo podría ser prestado. Porque el mío fue otro, sin duda. Porque, el mío, fue. Y en este mísero cuarto del cual no poseo más que una ventana, me aflojo y me desvelo, y siento en mí el ardor de mil desiertos, que junto a mi desprenden esas llamas que ahora lo queman todo. Sin esperar, ni despertar, me agencio a lo que vi y viví, que no fue en la vida entera sino sólo en un instante, al doler del atardecer dorado en el que respiraba el cálido eco de unas llamas tenues. Veo claramente aquello que mis sentidos, por naturales, me lo prohibían. Siento aquel ardor del vivir en libertad y plena consciencia de que todo ha pasado y pasará, y que no hay finales sino sólo comienzos. Esperando la vida entera por ese instante en que se manifieste, comprendo su mensaje y me arrojo a ella. No sería correcto darle rencores y penurias, sino sólo el más profundo agradecimiento. Y, qué duda cabe, no a la vida, sino al dolor. Ese que me hizo, después de todas las vueltas, huir de esta muerte y alzar mis alas a la vida.
Subliminal
Autor: Carlo Biondi  209 Lecturas
Olas de fuego, desde las montañas, vienen a buscarme. Lentamente consumen la ciudad, que valientemente les hizo frente en mi defensa. A través de las ventanas, se introducen con el aire a los pulmones de los inocentes. De los inocentes… Abordan a los ebrios en las calles, los insultan y apalean, les queman sus ropas y estos, desnudos, corren ingenuos hacia un mar que les contaron. Los feriantes, despertando junto al alba de este fuego intenso, rezan a sus dioses mejores vidas, conscientes del terrible fin que les espera. Las vírgenes que aquello escuchan dan las gracias por su buena vida, y los castos las maldicen por la vida de la que se salvaron. Suponiendo que todo es un invento, las monedas pasan indiferentes de mano en mano, de los inocentes. El asfalto sale despavorido, gritando por su vida y la salvación y vida eterna, y sólo el fuego le escucha instantes antes de devorarlo con placer, con vigor. Las casas saltan por los aires de la sola impresión que le provoca, a cualquier inocente, esas olas de fuego otoñales, carmesí. Las paredes se preguntan unas a otras qué ocurre, qué es toda esa locura. Mas ellas no tienen oído para respuestas, y se pierden en la ignorancia y calor intensos, sin entender nada, como siempre. Echando abajo las puertas con el poder del poder, el fuego entra en las habitaciones de amantes tan fríos que hacen dudar a éste si realmente lo merecen. Y las sábanas, infinitamente más inteligentes (por inertes) que ellos, se entregan a la vida que, entre seres, jamás conocieron. Los gatos, tan sabios como el fuego, partieron muy anteriormente. Les sugirieron a los perros hacer lo mismo, pero al escuchar su respuesta no los consideraron dignos de entrar en su reino. Y así, muchos perros partieron ese día. Esa noche. Ese último bastión del tiempo. En los ojos de los inocentes todo tenía mucho sentido. El pecho frío, golpeado por años, fue claro y frio al enfrentarse al fulgor de la vida que les gritaba en la cara. Y en su inocencia se creyeron incombustibles, y ardieron mil años en el peor de los infiernos. Las escaleras se me acercaron suplicando ayuda, como intuyendo algo. Disculpas les pedí. Les pedí razón, misericordia, y les hice caer el peso de la lógica del caos. Que, para mi sorpresa, no fue sobre ellas que cayó. Sino en los inocentes. Los pájaros me miraban con desprecio y, a punta de insultos, me sacaron y me enfrentaron. Nada podía hacer, o eso creía, y por ello me insultaron y condenaron a seguir de la misma forma. Y, no bastándoles con eso, me condenaron también a verlos volar hasta perderse en las entrañas de ese fuego que venía por mí. De la ciudad ya no quedaba nada, en la práctica. Uno que otro animal exótico se perdía entre las fisuras de lo que alguna vez jamás fue su hogar. Ya las ferias se habían acabado, las monedas, (a)pagado. Todos los destinos habían sido alcanzados. Ya los ebrios estaban sobrios y resacados, recién ahora podían ver arder sus vidas. Pero nunca es demasiado tarde, dijo Pedro al dejar de existir. Pude escuchar su voz claramente, inocente... ¡Oh, Dios! ¿Eres tú? ¿Qué deseas de todo esto? ¿Qué te impulsa a destruir y quemar y martirizar? ¿Qué esperas crear, de todo esto? ¿No comprendes tú que esto no es el final? Esto no es más que el principio… Al enfrentarlo, revela nuestro rostro y me demuestra, que de todo esto, soy el único culpable.  
Inocente
Autor: Carlo Biondi  252 Lecturas
Una ventana flota en el firmamento, y puedo ver claramente tus ojos a través de ella. Me llaman, me esperan. Me enseñan un camino… Espejos con imágenes volátiles de mi rostro incompleto me distraen y ensordecen, y pronto comprenderé que hay algo más allá… Más allá del ambiente caótico que me fue creado, que dejé existir, está el comienzo que siempre fue el fin de algo que nació eterno… Una catedral vacía llama desde mi interior, grita por auxilio y demanda mi consciencia. Y ningún ornamento es capaz de saciar su sed… ¿Qué hace de tu espera mi agonía? ¿Qué debía sentir? ¿Cómo haber podido continuar…? Esa sonrisa incompleta fue todo cuanto tuve, en éste lado, al final. Fue todo lo que fui y creí ser hasta escuchar, entre todo este ruido, tu llamado… Debes confiar, tranquilo y en paz, en el tiempo. Ese que te llevó antes, me llevará pronto. Soy consciente, por supuesto, de que ninguno existe… Perdimos la fe entre cortinas y un frío, triste verano. Pero tus ojos, ellos la recuperaron. ¿La traes de vuelta? No es posible, ¿no? En esos ojos veo lo necesario de tu partida y lo innecesario de tu regreso. Es por eso que me esperas… ¿no? Por lo vivido y lo muerto, renacer se hace una constante después de dar el paso… ¿Acaso tú lo diste? Mi fe en tus ojos, que veo claramente asomados en una oculta ventana en lo alto de una catedral, aguantó cuanto le arrojé y se volvió inmortal aún si antes ya lo era… Espérame, si esto es digno de ser vivido. Que muertes hay muchas, pero vida una sola. Y en el lugar que estés, mi voz brilla en tu pecho. Y si todo fue mentira, muertos estuvimos todos. O nos creaste para fantasías y nos destruiste cuando maduraste. O mentira fuiste tú, fantasía mía, desesperada. O eso siempre creí… Pero los ojos no mienten. Los tuyos jamás lo hicieron. Y si los escuché fue porque tú los escuchaste. Y si les creí fue por crearte. Ciertamente fuiste un tonto…
Ventana
Autor: Carlo Biondi  242 Lecturas
Por mil años el mundo ardió Y sólo aquello bendito perduró Dignificó Creó Por haber visto el fuego llover Como lágrimas de una madre al ver partir al hijo Como una avalancha provocada por un grito desde el firmamento Por haber visto Cómo el cosmos, bello por definición Se planteaba el desafío de volver a nacer Y lejos, a resguardo Supo de su historia y su destino Y supo, por sobre todas las cosas Que aquello enviado por Dios, hecho fuego Ardía tanto dentro como fuera de sus ojos Ardía en su pecho y en su frente y en su alma Ardía como la tierra, furiosa Como el mar hunde su fondo Como el valor se impone al deseo Como la vida se opone a la muerte. Al abrirse el nuevo día Al crearse el nuevo mundo Al comprender lo hecho y por hacer La tierra recobró su brillo Y la vida expuso, libremente Su sentido
Sentido
Autor: Carlo Biondi  294 Lecturas
Una extraña misión se me encomendó. Sin comprender los alcances de ella, mas decidido a llevarla a cabo, partí. Cuando perdí de vista el punto de partida fue cuando pude, al fin, decir que mi viaje comenzaba. El viaje fue extenso y complejo, las dificultades mayores con el tiempo y la distancia. Varias veces me pareció imposible llegar a destino, y vi mi vida pasar como si jamás hubiese nacido. Al acercarme al punto de encuentro, las tormentas me botaron varias veces, y las olas me poseían y me negaban el avance. Tarde me di cuenta que ya había llegado.Y aquello fue evidente cuando, por fin, llegué. El océano se extendía por todo lo visto, y mis pertenencias se perdían en el horizonte sin dejarme la mínima esperanza. De pronto, una calma me sorprendió regalándome de golpe la luz del sol. Fue difícil asimilarla, pues no la recordaba. No así…Se me dijo que el momento llegaría con las primeras gotas, pero que no esperase el fin luego. Se me dijo que aquella sería la más espantosa ytemible, valiosa, de mis misiones. No supe qué esperar, hasta que escuché unos gemidos muy a lo lejos. En ese instante, ese familiar gemido me paralizó y vulneró. Sabiendo que debía moverme, que debía bajar, desesperado intenté moverme, y otro gemido, aún más fuerte, me lo impidió nuevamente.Ese gemido era espantosamente familiar… Era el grito del alma cuando se desprende del cuerpo. Cuando la sangre cae de golpe al suelo, huyendo de todo cuanto le enfría. El grito de los ojos al romperse el corazón, al quebrarse el sostén que lo mantiene vivo. El grito de lo imperecedero al volverse mortal…Al cabo de varios gemidos, logré por fin acostumbrarme a ellos y su abrumante peso, como ojos que se acostumbran a las sombras. No pasó inadvertida su cercanía, y no pasé yo inadvertido para aquel monstruo capaz de sacar el alma y quemar los sentidos con tan sólo un gemido. Y a ese monstruo, esa criatura víctima y victimario de todo este océano que nos rodea, es a quien tenía por misión cazar.Un sentimiento de pesar, de amargura, de dolor y rencor cargaba el ambiente de una bruma invisible pero notable, como el calor en el asfalto. Los gemidos eran cada vez más cercanos, y más terroríficos. Lentamente comencé a sentir lástima por ese desdichado monstruo, lo que eventualmente me llevó a la empatía.Al sentir el más cercano de los gemidos hasta ese momento, comencé a sumergirme. Desde un principio sentí la presión de ese mar oscuro y doloroso. Y mientras más me hundía, más conectado a esos temibles, terribles sentimientos estaba. Mis recuerdos se volvieron líquidos igualmente, e inundaron mi conciencia de aquello que fuertemente había oprimido, clavado a las paredes de un cuarto que jamás volví a abrir…En ese océano inmenso y pesado, las lágrimas apenas se notaban. Apenas bastaban… Sin darme cuenta, un gemido se escapó de mi boca consumida por el dolor, y con horror me pareció escuchar en él a ese monstruo, que era mi presa…Desesperado, intenté volver a la superficie, pero cada intento me hundía más. Y cada vez que me hundía, era más profundo el dolor y el quebranto, el recuerdo de tantos dolores ahogados en un mar de indiferencia, de victimización y complacencia. Cada imagen dolía como nueva, cada palabra encontraba un abrumador eco en éste solitario mar de lágrimas.Creí comprender que ese, y no otro, era mi destino, y lo fue todo el tiempo. Y en esa comprensión, me entregué. Ya sin luchar, lentamente me hundí en el espanto, en la oscuridad de un mar sin fin, sin esperanza, fracasando mi misión…Un gemido me hizo salir del letargo. Uno que, comprendí en el acto, no era mío, sino ajeno, extraño. Extraño incluso a aquel monstruo al cual debía cazar. Era un gemido, de todas formas, cercano. Abrí los ojos y, acongojado, vi a ese monstruo enfrentándome.Era un dolor poco visto antes, en sus ojos. Una pena que aparenta ser eterna. Un espanto que paraliza con la sola idea, una frialdad propia de unos ojos una vez cálidos… Y un rostro. Un rostro, que era el mío.Acerqué mi mano a su mejilla, y mientras la acariciaba, ambos lloramos. En silencio, nos conectamos, nos comprendimos, nos acompañamos. Me contó de sus propias aventuras, de cómo llegó allí o, más bien, de cómo creó aquel lugar. Me contó que, de pronto y sin darse cuenta, comenzó a hundirse en un mar que aparentaba no tener origen. Que sólo buscaba una salida, pero cada vez que lo hacía, el mar crecía. Tarde, dijo, se percató del tamaño del mar que había crecido, creado, a su alrededor. Me contó sobre cómo, progresivamente, fue sumergiendo en éste a quienes tenía cerca y que, por miedo a ser devorados, se alejaron. Honesto, me dijo que en realidad no los juzgaba, y que aquel rencor que terminó por consumirlo, no era hacia ellos, sino hacia él.Intenté consolarlo, y él a mí. En un arranque de sinceridad, le conté mi misión. Sorprendido con mi sinceridad, me la agradeció, y me pidió por favor que le dejara quedarse ahí. Confundido yo, pregunté por qué. Y la respuesta fue tan noble como satisfactoria. Una voluntad digna de ser respetada.Los últimos momentos que compartí con aquel monstruo no fueron menos íntimos, mas sólo nuestros ojos conversaron. Y lentamente pude sentir cómo el mar se transformaba a nuestro rededor, aún sin cambiar totalmente. Ello era tarea de él. Y la mía, otra no muy distinta. Al despedirnos, su promesa fue la mía, y emprendimos el mismo viaje, en direcciones muy distintas.Fue difícil, al llegar, poder explicar el desarrollo y los alcances de mi misión. Se me hizo difícil explicar que, en realidad, no había sido un fracaso y que, por el contrario, había sido el mayor de mis éxitos. Y no gracias a mí, sino al monstruo, y esas palabras que nos perdonaron a ambos la vida. Esas palabras que me dieron la más importante, la única real, de las misiones que tendría jamás.“Déjame arreglarlo…”
Mar
Autor: Carlo Biondi  355 Lecturas
Una gota en el marUn ciclo en lo inexistenteUn suspiro en el aireUna silueta en las sombras Al perecer el último de los sistemasLas órbitas, colapsadasExplotan en el todoY su recuerdo da vida Casualidad del tiempoDel espacio y de la menteVoluntad desesperanteCreación integral Agua estancada fluyendo a la muerteUn universo dentro de otroLeyes oníricas, divinasSagrada verdad del aire que respiro Leitmotiv
Leitmotiv
Autor: Carlo Biondi  255 Lecturas
                                                                                                                                                                                                                                   
Despecho
Autor: Carlo Biondi  304 Lecturas
Silenciosamente, lloré por ti. Jamás me escuchaste, jamás lograste verme. Fue una ardua tarea, pero logré esconderme. Y una vez más, una maldita última vez, lo haré. Sin esperar algo a cambio, sin esperar tu recuerdo, ni mi esfuerzo, ni las palabras sordas por el ruido del viento. Una maldita última vez, lloraré por ti. Qué se me permita sufrir, por lo que Dios más quiere, por lo que yo más quise, una última noche de desvelo. Qué se me permita dudar, y odiar, todo lo sentido y creído. Todo lo mostrado, todo lo oculto. Qué se me permita morir, una vez más. Cada día es uno nuevo, pero en estas últimas horas de un melancólico verano, la noche muere conmigo, y las nubes que cubren las estrellas me enseñan por fin… Me desgarran los sentires y decires y pasados modernos enfriados en paños de enfermo. Sí, mañana será otro día. Pero éste… éste es el último. Y con él, yo me pierdo. ¡Qué se me permita caer, por Dios!, una vez más, sólo una vez… Que todo aquello con lo que no cargué, me cayó encima y desprevenidamente, perdido en los rincones de un corazón roto y enfermo. Lujurioso. Infantil. Mentiroso… La mañana me espera con tanto que no puedo evitar retrasarla. El deber del no-sentir, el riesgo de mirar atrás. La trágica enseñanza con la que, nuevamente, me golpea sin piedad. Y aún sé, y siempre supe, que nunca ha de tenerla. No la entrego, no la espero. Lamento creer, aún, que la necesito… Qué se me permita odiar, por una vez… Qué se me permita quemar todo cuanto hice para evitar aquel incendio. Todo aquello que, lenta y rigurosamente fue rompiendo mis entrañas, qué se me permita hoy permitirles hacerlo. Qué se lleven consigo todo lo que puedan. Todo. Qué no quede nada que no se pueda robar, quitar, romper, destruir, aplastar… Qué quede sólo todo lo que soy, que siempre fui, y que jamás debí dejar de ser. La vida siempre es justa en su injusticia, he de saber. He de aprehender. He de dejar la misericordia ante mis flagelos, que son sólo el cincel que moldea la piedra. Que la escultura aún descansa en lo profundo. Pero… ¿qué tan profundo? Qué se me permita gritarle en la cara a Dios que es una puta del tiempo y el olvido. Qué no haya oído al que no llegue el gemido furioso de una bestia marchita. Qué con mi sangre derramada se derrita también cada parte de tu tacto. Qué no vuelva a crecer en mi tan asqueroso y prostituto sentimiento. El dolor se esconde cuando le conviene, es por ello imperativo perseguirlo. Y crucificarse con él al encontrarlo, y descender a todos los infiernos que el recuerdo pueda crear. Morir, para nacer. Nacer, para matar. Matar, para no morir… Qué el corazón que palpita en mi boca se exprima hasta desaparecer, tragando mi garganta y dejando mis gritos mudos de tanta palabra que alguna vez hubo allí. Qué mi cabeza se expanda hasta llegar al último de los gemidos. Y que toda historia envuelta en mis oídos, caiga putrefacta, como el aborto que siempre fue. Qué nunca sepas cuánto se hizo para salvar esa vida que tan poco quisiste. Y que al enterarte de todas formas, lo que pase frente a tus ojos no destruya tu pantalla, que tanto esfuerzo nos costó fabricar. Y que, al ser destruida, logres por fin encontrarte en ese miserable océano que, alguna vez, llamaste “amor”. La muerte de la noche se llevará tu recuerdo. Se llevará mi vida también, como si la quisiera. La mañana es nueva y aquel sol iluminará mi frente sin vacilar. Mi frente, y la estrella en ella. Esa que buscaste infructuosamente entre mis sábanas. Esa que ahora buscas en otras… Qué sea así, aquí, nuestra última noche. Pues yo y todos los que vinieron y los que vendrán, te juramos que jamás mereciste algo más que una melancólica noche de verano.
Última noche
Autor: Carlo Biondi  283 Lecturas
As God hides the sun from my view A shine makes all the noise I'll ever hear A light fires up in the depths of a shadow And a dark plate brings the remains of all that's known A heavenly field burns with desire After all the years buried and forgotten All is found, for the glory to come All is lost, for the misery above And all will fall when it comes the time As the sun hides from the eyes that see A torch lights up the darkest of skies And with it, the end And beginning Are one in the same The birth to another world
birth
Autor: Carlo Biondi  273 Lecturas
Serena te ves, al exhalar. Tu rostro me entrega una paz extraña en nosotros. Tus lágrimas provocan un ligero arrepentimiento, que se diluye en esa belleza tan característica de tu tristeza. Tu sangre se calma, y tu cuerpo comienza a terminar. ¿Era éste el destino? Sin duda es lo que siempre quisiste. No podrías negar que lo pedías con cada gemido, con cada agarre, con cada mirada. Con cada grito de auxilio. No puedo evitar sentir un poco de melancolía. Te extrañaré, ¿sabes? Nunca fue tu paz lo que amé. Amé tu pasión para odiarme con toda tu alma, amé esa mirada la primera vez que te penetré. Amé ese deseo con el que intentabas liberarte de mi amor, de mis brazos y deseo. Amé incluso tus despojos y destierros, pero terminaron por agotar aquella paciencia que nunca tuve.  Esa que creé a partir del desprecio recalcitrante de una imagen que nunca quise mía. Esa que te encargarías de cambiar y desaparecer… Al recorrer con mis dedos los contornos de tu cuerpo, no podrías creer el amor que por fin siento. No me excitas, como antes. Tranquilas, las curvas de tu cuerpo me dicen que es seguro acercarse a ellas. Y sólo deseo abrazar lo que queda de tu existencia, mientras aún compartimos éste mundo. De seguro te ríes de mí. Me lo dice lo poco que queda de tus ojos. Incluso ahora, te ríes de mi… Podrías decir que estoy loco, pero, ¿no lo estás tú también, amor? Me lo confesaste la última vez que tu boca pronunció palabra… No, amor, no estoy loco. Ahora mismo, estoy más cuerdo que nunca. Después de todo, estoy al fin dándote en el gusto. ¿No era esto lo que querías? ¿No era esto lo que esperabas…? La vida es un infierno, cuando no se vive bien. Y tú, mi amor, fuiste un infierno. De ello, te libero. ¿Valía la pena seguir? Ahora serás sólo una fotografía olvidada. Ahora no podrás destruir nada de lo que vivimos. Ahora, amor, seremos eternos en tu viaje… No quiero ser aguafiestas. No quiero arruinar tu partida, pero… ¿Por qué lo hiciste?  Tu sabes que no fui yo quien lo hizo… ¿Lo sabes, no…? Da igual ya, amor. Vete tranquila mientras yo cuido tu sueño. Nuestros sueños, que ahora sí, se harán realidad. Tú me obligaste. Yo no quería. Yo sólo quería tu atención un momento. Fuiste tú quien escogió estar lejos de mi alcance. Fuiste tú quien dijo que el problema era yo. Pero tú y yo sabemos que nunca fue así. Tú sabes que era yo tu final. Tú siempre supiste que esto pasaría. Tú lo buscaste… ¿Porqué, amor…? Da igual, ya. Tu memoria está a salvo en mis manos. Tu sangre también. Pero… No nos queda mucho tiempo. Ambos debemos partir a lugares diferentes, y sólo los misterios de la vida podrán volver a juntarnos un día. Espérame, por favor. Descansa, ten paciencia, y espérame. Seamos lo que siempre tuvimos que ser, si no en ésta, en la vida que sea. Te aseguro que, donde sea que me encuentre, te buscaré. Y ten por seguro que te encontraré. Espero que no intentes escapar de tu destino la próxima vez. Nada bueno pasa cuando haces eso, ¿no te das cuenta? Tierna te ves, recostada en el piso. Puedo ver tu cuello palpitar al son de las sirenas. Lenta, muy lentamente… Y esas mejillas carmesí hacen juego con tu cabello y tus gemidos. No te imaginas lo hermoso de la escena. Algún día lo haré yo para ti… ¿Aún estás ahí? Quisiera confesarte algo… Siempre supe que así sería. No pienses, por el amor de Dios, que lo tenía planeado. Y es que, ¿se planea lo que se sabe? Y tú sabías que yo sabía… Y yo sabía que tú sabías que sabía… ¿Cómo no saberlo? Fuimos siempre tan evidentes. Fuimos siempre tan… predecibles. Limpiar la sangre de tus labios, me da el placer del deber cumplido. Ya está hecho, después de todo. Y a pesar que lo evité tanto, tanto como tú a mí, la justicia tarda, pero llega. Y yo nunca pretendí para nosotros lo bueno o lo malo, sino simple y humildemente, lo justo. Y después de tanto amor y tanto daño, de tanto dolor y tanta muerte, era hora de acabar con todo. Si aún ahora no lo crees así, es que sufriste mucho, o muy poco… Pero yo, amor, yo si sufrí. Con cada caricia, con cada súplica, con cada gemido. Con cada golpe, con cada grito de auxilio, con cada mirada horrorizada hacia el futuro, con cada azote negador de sentimientos. Con cada gota de tu sangre, mi amor, sufrí por los dos y por todas nuestras vidas. Con cada gota de esa dulce y suave sangre que ya no cargas. Pero tranquila, amor. Al fin serán mis manos las que carguen con tu recuerdo, con tu esencia, y con tu muerte. Exótica te ves, al despedirme. Como una pintura cubista. Como un desastre natural. Como una pasión tergiversada y enfermiza. Como un caso clínico de un amor más allá de la vida y la muerte. Como un sueño terrible de alguien hermoso. Como un recuerdo que me acompañará toda la vida, te ves. Como siempre fui. Como siempre seremos. Y éste amor, ésta locura que me dará vida, fue lo que te dio muerte, amor. Este amor desenfrenado y cósmico, supremo. Este amor que siempre estuvo más allá de cualquier entendimiento, que fue loco para algunos, pero real para quien sabe. Y yo sé, mi amor, yo sé… Superemos ésta prueba. Trasciende a la vida y búscame. En algún confín de éste mundo de locos, te estaré esperando. Y cuando toques mi puerta, sabré que eres tú. Porque sólo tú sabes tocar ésta fibra de mi alma. Buen viaje, amor. Gracias. Y de nada.
Buen viaje
Autor: Carlo Biondi  304 Lecturas
Una casa en ruinas, mas no abandonada. Desolación. Perdido entre los escombros, entre las paredes mudas y ciegas, en lo profundo de la sombra del árbol más alto, se encuentra. El aire frío se cuela por las ventanas, que jamás habían estado tan cerradas. El espíritu, acalambrado, grita. Y el despertar es agrio y solitario. Involuntario. Sarcástico el pasado, observa de la escena. Lentamente, miles de músculos comienzan su partida. Inverosímiles, aún no comprenden nada. No comprenden el alcance de lo ahí ocurrido. No comprenden, por sobre todo, lo que hicieron. El viento cuenta historias que jamás ocurrieron. Que no tienen sentido, pero se explican a sí mismas. Una a una van cayendo, como moscas. Y la última agoniza, a la sombra de aquel bello árbol. Aquel árbol que fue la vida, que fue la historia, cuyo destino fue decidido en una noche. Una cálida y hambrienta noche de verano. Testigo cómplice de toda creación y destrucción, la luna iluminó aquel hermoso rostro destrozado. Y esa horrible expresión de muerte, se tornó en un placer casi culpable. Y ese rostro, consciente, pudo al fin llorar. Sutilmente se alejó el fuego, cansado de quemar un árbol caído. Dándole las gracias, un manojo de huesos pudo al fin respirar. Gracias por la compañía. Por ayudar a limpiar, a punta de dolor y de tragedia, toda la inmundicia que alguna vez los contuvo. A medida que la luz se hace tenue, el cuerpo toma forma en el tiempo y el espacio. A lo lejos se puede escuchar, claramente, cómo caen las paredes de lo que alguna vez fue una casa. Cada vez más cerca. Cada vez más lejos. Esos estilizados ojos, maravilla alguna vez, caen a pedazos sobre los escombros. Esos que vieron esa casa crecer, ese árbol refrescar, esas manos amar, esa luna llorar, ahora abren la tierra hasta el abismo más profundo.  Construyen una realidad que destruyen al segundo, temerosos de que alguien, por misericordia, los descubra. Caricias arrasan con la piel, que nunca había estado tan desnuda. Y con la mano en puño, ruegan importancia. Pero ya ni la piel, ni las manos, ni los ojos, ni los huesos ni los músculos, existen. Todo es un recuerdo de otra tierra, como el mismo árbol al fin lo confiesa. En una tarde de otoño, todo acaba. La sombra ya no está, la casa nunca estuvo. Las hojas lo cubren todo, y en pañales, increado, se levanta nuevamente. Ésta vez, para nunca más volver a caer. Para nunca más volver.
Renacer
Autor: Carlo Biondi  339 Lecturas
Half the moon I saw tonightHalf the time that came, went byHalf the stars were out in the skyHalf the man I was, was right The missing parts are far behindFar beyond the reaching sightTo me, I told them to hold tightWhile I was busy, lookingFor some place to hide I never thought that half the eyesHalf the mind will be left aliveI never wanted to become the iceThat would freeze you and changeYour life... The moon's reflection on the seaMade the sky feel warm in spiteThe deeply hollow, greatest placeMy moon, thats halfWith you inside The empty space you took and keptThe part I gave, now I regretThe moon I saw, with half my eyesHalf was mineHalf was naught
Untitled
Autor: Carlo Biondi  275 Lecturas
Un salvaje trueno hace crujir la habitación, que frágilmente amenaza con desmoronarse.  El estruendo simula ser eterno, y el temor de una catástrofe inunda el ambiente. Testigo inútil soy, de todo esto, y mis oídos reclaman un coraje que parecía olvidado. Me parece oír gritos de auxilio, en un lugar tan cercano como inalcanzable, y sólo atino a comprender lo que dicen. El temblor mueve los cimientos mismos de la casa, y no parece terminar pronto. Recuerdo con espanto aquellos temores de los cuales me protejo, en esta frágil habitación, debajo de cuales cimientos está todo sumergido. Pretendo, como siempre, estar tranquilo. Mas no lo hago un interés egoista; tengo muy claro que la estadía misma de todo cuanto vivo depende de ello. La fragilidad de esta habitación no es casual, ni producto del infame paso del tiempo destructor. Toco las paredes no para sostenerlas, sino para comprenderlas. Nada ocurre que no haya sido antes. Ellas mismas me tocan y me invaden, ellas mismas son las que gritan.Y logro al fin comprender su dolor, su miseria, su queja, su llanto. Su pesar no está en el techo que me cobija, no está en el tiempo, ni en la compleja distribución de su estructura. Si algo ha hecho aquello, es darles la vida que aún ahora las mantiene, aunque crujientes y débiles, en pie. Dolido por aquellos quejidos llenos de amargura y resentimiento, las intento calmar diciéndoles que todo pasará, que han resistido tormentas y temblores peores que éste, que su tesoro es gigante y no le pueden fallar. No me pueden fallar... Una suave brisa entra por la puerta, abierta a la fuerza de par en par. Sin despegarme de las pobres paredes, escucho atento lo que el viento dice, y caigo de rodillas. El viento, que lo ha visto, lo ha dicho, lo ha hecho todo, me revela aquél largo misterio que, encerrado en esta escuálida habitación, creí esperar o buscar por tanto tiempo. Vaciado de ansias y suspicacias, dejo ir los muros que me rodean y que tiemblan con la idea de un final inesperado, pues este misterio es sólo uno y más grande que cualquiera. Comprendo también que no hay estructura que logre aguantar su peso, y que su verdad es más poderosa que cualquier fuerza que pueda hacer por sostener lo que se sabe ya perdido... Todo aquello ocurrió en un instante, eterno pero efímero, de un tiempo y un espacio que, por más que me esfuerce, no logro ni lograré comprender. El trueno y su temblor se detienen, atiendo al silencio y escucho. Me cuesta salir del trance al cual el miedo me llevó, pero no tengo otra opción. Pues nunca fue el cielo o la tierra lo que me atacaba, sino sólo un par de gatos que corrían por mi techo.
Estampida
Autor: Carlo Biondi  270 Lecturas
Aún recuerdo la primera vez que estuve aquí. Se siente lejana, mas incierto es el tiempo. Un hogar de cristal, con habitaciones intrincadamente interconectadas, con mucho que ver y un apuro oprimente. Aquella vez sabíamos perfectamente que, en cualquier momento, la familia que habitaba tan fascinante hogar llegaría, sin saber de nuestra presencia, y no sería, por así decirlo, cómodo.Esta vez era mi propia familia la que me acompañaba, en la difícil tarea de usurpar este hogar nuevamente. No es que buscase algo, no pretendía adueñarme de nada. No pretendía, tampoco, enseñarle a mi familia algo que no conocieran ya. Era solo que aquel lugar me parecía tan profundamente natural e interesante, que no podía perder la oportunidad de revisitarlo.Pasillos curvos daban a habitaciones llenas de recuerdos, de caricias, de vida. Aparentaba habitar ahí un músico con una colección de guitarras de lo más estéticamente armoniosas, de pureza delicada, como aquellos objetos que, al simple contacto con la vista, inspiran amor y respeto. Me pareció incluso sentir la presencia de un maravilloso piano de cola, pero es sabido que en un contexto tal la memoria es frágil, y los sueños se olvidan pronto, de no contarse. Y nunca tuve a quién contárselo.Una habitación femenina y ordenada revelaba una existencia contrapuesta, una que lentamente se apagaba por los rigores de sueños sofocados por una realidad paralela. Una de números y letras ajenas a la humanidad natural de una tierra ocultada. Una lejana al resto de la familia y que la desentonaba y entristecía. El tiempo apremió y no me fue posible ver el destino de tan pobre, pero hermoso ser.Sin duda aquella era una familia grande. Grandes niños, grandes padres. Pude sentir en mis pulmones la esencia verdadera y hermosa de una pareja llena de esfuerzo, de amor por su sangre. Llegué incluso a preguntarme por qué no podía verlos, estando tan seguro de que ellos estaban aún allí.No tuve oportunidad de pronunciar palabra. El espectáculo era tan sobrecogedor, que ellas sólo estorbarían una situación de tal magnitud. Aún así, tranquilo estaba, pues guié a mi familia y sé que ellos vieron, con mis ojos, lo mismo que yo. Apresurado, dejé aquel hogar de cristal, consciente de que jamás volvería y que tantas preguntas quedaban sin respuesta, al menos de momento.Mirando hacia atrás, me parece correcto asumir que abandoné a mi familia allí. Nunca les extrañé, pero aquel sentimiento de soledad no me abandonó ni me engañó más. Sé también que fue su voluntad, y les comprendo y agradezco. Sin embargo…En mi camino por la ciudad, perdido me encontré en un comercio del más variado tipo. Cosas que jamás pensé que tendrían precio, las vi en cantidad y al por mayor. Lentamente fui comprendiendo cuál realidad me esperaba, sin saber de ella aún lo más mínimo. Fue el inicio del fin del ciclo.En la inercia de mi caminar, me vi avanzando por una escalera mecánica. Me es difícil especificar si subía o bajaba, en ese lugar ambas direcciones eran prácticamente lo mismo. Al llegar al otro extremo, alguien me abrazó delicada pero interesadamente. Lo pude sentir tan claramente, que dudo incluso que aquel sujeto intentase ocultarlo, y el contexto sólo lo evidenciaba aún más.Arropándome con una manta, mas sin aparentar frio, el extraño me guió, mientras me aconsejaba sobre cosas que jamás comprendí y que nunca quise comprender. La consciencia de mi posición fue lo único que me hizo guardar un humilde silencio. El saber que no sabría ni tendría cómo saber qué ocurría, dónde estaba y hacía dónde iba. Hacia dónde íbamos.Pacientemente se ganó mi atención, y le permití mostrarme el lugar. Siempre desconfiando, creyendo más en lo que no me decía, fue que pude hacerme una idea de qué era todo ello. Aún así, tengo la convicción de que jamás llegué a comprender qué ocurría, ni la magnitud de lo que escuchaba y veía. Todo pasaba tan rápido que, para cuando estaba dispuesto a decidir, ya todo estaba resuelto. Y así, le permití acompañarme un tiempo.Asumo que se cansó de mi evidente lejanía con él y distancia con sus palabras, pues de un momento a otro desapareció tanto él, como su manta y su voz. Nunca le extrañé. Pero sólo estuve nuevamente.Admirando el extraño paisaje, logré divisar una colina muy pronunciada, que se alzaba desde la calle y por encima de la ciudad. Pequeña, no permitía más de dos personas sobre su llamativa cima. Sobre ella, me extrañó divisar a una vieja amiga, que al tiempo se percató de mi presencia. Sonriendo al verme, me señaló una escalera de madera que caía desde donde estaba. En silencio y con la mente en blanco, subí por ella hasta llegar a la cima, y después de darnos un abrazo y una palabra de buena crianza, nos sentamos a admirar el paisaje conversando.Como siempre, no tuve mucho que decir, pero le permití entretenerse contándome su vida. A veces realmente interesado, a veces con un bostezo en los ojos, le escuché con atención y le contesté desde lo que sentía, lo único real que alguna vez tuve. No siempre pareció complacida con ellos, mas era el único lenguaje que conocía en aquel entonces.Cada vez se me fue haciendo más evidente la diferencia de caminos, al punto en que ninguno se dio cuenta en qué momento ya no estuvimos más. No recuerdo despedidas ni buenos deseos, sólo un ominoso y oscuro silencio, luego de un ruido tan profundo.Al encontrarme sólo en la colina, tonto me sentí al observar la ciudad a mis pies. Tontos, sordos los sentí a ellos, a quienes no podía siquiera ver. Las sombras se alargaban y mezclaban entre sí, en una danza obscena que, en el tiempo, se volvió una masa irreconocible. Y sin embargo, en ella encontré un espejo. Atemorizado, volví la mirada hacia el sol del crepúsculo, y aquella abrazadora soledad se escondió dentro de mi.Llamado por el Sol, descendí por la escalera hasta llegar a la calle. Al poner un pie en el asfalto, una canción lo envolvió todo. Era un canto invasor y deprimente, y aún cerrando mis oídos, podía escuchar la tortuosa melodía. Pronto comprendí que era el Sol quien me hablaba, y le rogué un momento de silencio para aprender su lengua, y poder responder a su llamado.De pronto, el canto del Sol fue reemplazado por voces. Las más altas voces que jamás escuché. Las menos interesantes, también. Absentas de contenido, sólo eran interferencia para mi. Sentí la necesidad de acallarlas, pero me vi sobrepasado por su peso. Definitivamente no era tan fuerte aún como creía serlo. Entonces fue que decidí continuar mi camino de otra forma.Y así fue que, cada vez más claramente, escuché aquel llamado en lo profundo del firmamento. Nunca he vuelto a ver el Sol, pero su presencia me es más cierta que nunca. La soledad, que alguna vez fue todo mi concepto de realidad, lentamente se vuelve un sueño dentro de un sueño. Y partículas y espíritu se mezclan como sombras al atardecer, buscando lo perdido y hallado tantas veces, lo que nunca sobra pues lo es todo.Aún recuerdo cómo comenzó todo. Aún le voy encontrando nuevos sentidos, y por cada respuesta hay una pregunta. Una aventura fascinante de la cual, al menos por ahora, no quiero despertar. Sé que aquellas voces que escuché tan huecas un día, tendrán la razón por convicción u omisión. Que cada estrella que sigue a la mía, es un guía entregando direcciones. Y sin importar a dónde me lleven, el camino es uno y nada podrá cambiarlo. Y al ver la Luna, me dejo llevar de vez en cuando por sus mareas, pues sé que ellas ocultan una tierra interior sin calles, ni colinas, ni escaleras. Una tierra hueca en la cual persiste toda la vida. Un hogar de cristal al cual poder, al fin, habitar.
Crystal home
Autor: Carlo Biondi  291 Lecturas
Que alguien, por favor Me regale un libro de Julio Cortázar Lo pediría prestado, pero No soy bueno devolviendo Cosas que no son mías   Que alguien, por favor Vea en mis ojos, en mis manos Los esfuerzos fútiles que hago Para contarme historias ajenas   Que alguien, por favor Escuche mis lamentos Y mi pena Mi falta de un cuento nocturno   Que alguien, por favor Me regale un libro de Julio Cortázar Necesito a alguien que pueda hablar por mí Conmigo mismo
Cortázar
Autor: Carlo Biondi  341 Lecturas
Las alarmas eran como gritos de pájaros infernales. El fuego ardía en las profundidades de la piel. Del aire se alimentaba éste, como mi alma de tu recuerdo. El escenario era espantoso, de la más compleja lejanía. Potentes parásitos se arriman a todo cuanto puede ser, y sus gritos de guerra alcanzaban todos mis sentidos. El aire mismo gritaba, intentando arrancarse de mis pulmones. Mugidos de impotencia y dolor salían de mis párpados al abrirse, una cuchillada de horror. Una melancólica canción llegaba a mis oídos. Un melodioso cántico de invierno. Unos gritos desesperados acompañaban la gloriosa sinfonía. Ladridos se comían el silencio, y mi sangre corría despavorida por mis escuálidas venas. Los huesos eran polvo,  y cada paso me comprimía más. La espera era maldita. Ese fuego alquímico que derretía el sentir. Que parasitaba el existir y rebalsaba de memorias. Que hacía caer a lo profundo de la noche. Noche que quemaba con su negro fuego. Con su sol ardiente, alimentado por rencores y temores. Un arrepentimiento que comía pieles y vestiduras. Una soledad seductora. Los pájaros infernales gritaban verdades conocidas por todos. El demonio mismo se arrancaba, paranoico. Buena intención en su mirada, mala intención en sus manos. Ciegos, vigilaban, atentos, perdidos. Sordos atendían auxilios que no entendían. Mudo, testigo, víctima, victimario. Rencor y recelo pintaban el cielo. Obscuro como estaba, la evidencia temía. El rojo marchito de mi sangre se coaguló, y no corrió nunca más por mis venas. Y éstas, inútiles, perdieron. La garganta del tiempo se cerró, partiéndolo en dos. Y lo que calló, cayó. Y lo que siguió, el espanto de un recuerdo, se ahogó a manotazos, a patadas, a caricias. El fuego negro, tóxico, devoró lo que el espacio perdonó.  El sentir sopló mi polvoriento existir. Una estrellada noche en lo profundo del infierno. La canción se detuvo, perdida. Mis oídos, añoranza. Mi piel se rindió, y desaparecí. La luz fue siempre un Mito.
Untergang
Autor: Carlo Biondi  314 Lecturas
Con una extensión de unas decenas de kilómetros,  Borea era la ciudadela más grande de la flota, con una capacidad militar acorde a su tamaño. Desde su centro surgía la torreta de control, una compleja red de pasillos, salones, escaleras y ascensores, de gran importancia estratégica. Solía viajar, además, con varios cruceros a su alrededor, y ocasionalmente algunas naves menores. Muchos de esos cruceros eran naves más bien antiguas, pero insignes e históricas, siendo más valiosas moral que militarmente.En una de esas pocas, frágiles, visibles naves menores, se encontraba la familia de Laurean, quien por supuesto no confiaba en esos anticuados cruceros para defenderla, pero si tenía una fe ciega en la ciudadela y su capacidad defensiva. Hasta ahora.En el refugio aún reinaba el caos. Órdenes a viva voz iban y venían, contradiciéndose entre sí. Para Laurean era todo lo mismo, una sucesión de explosiones mecánicas, químicas, vocales.Lenta y dolorosamente procesó la idea de que todo estaba perdido. Todo por lo que había trabajado toda su vida, todo lo conversado el día anterior, el futuro ya pactado, su nueva vida…A lo primero que atinó, luego de lo que pareció una eternidad en el infierno, fue a pensar en su familia. Si la torreta de control había sido destruida,  no podía ni imaginarse qué pasaría con una tan pequeña como la de ellos. Sin pensarlo –ya había perdido mucho tiempo en ello-, salió del refugio y se dirigió a la ventana más cercana, una difícil tarea por la ubicación estratégicamente rebuscada en la que se encontraba. Muchos ascensores se encontraban incapacitados, y mientras subía por intrincadas escaleras y se acercaba a las plantas superiores, se hacían más frecuentes los heridos y muertos.La escena era salvaje, y en cada cuerpo veía los rostros de su familia y la forma en que sus vidas podrían haber terminado. Mientras más subía, su espanto crecía, y la situación se volvía cada vez más horrorosa; incendios casi en cada puerta, gritos de dolor que llegaban desde cerca, llamados estériles del altavoz, y estructuras derritiéndose lentamente. Cuando al fin encontró una ventana, se percató de que estaba a sólo un par de niveles de donde estuvo alguna vez la torre, y volvió a recordar al capitán, y su promesa.Aquel capitán era perfecto: Ojos grises como su cabello, masculinamente felinos. Pómulos pronunciados. Rigurosamente afeitado, acorde a su cargo. Y unos labios finos pero precisos. Preciosos… Una gran contextura, de hombros anchos y sólidos, un torso esculpido por años de servicio militar estricto e ininterrumpido. Unas piernas de acero a prueba de sables y balas. Y una entrepierna… muy bien equipada. Sin duda, era el más importante de toda la flota. Un capitán digno de su nave.Un dolor agudo, ardiente, en su pierna, la sacó de sus fantasías; una pequeña llamarada estaba quemando pacientemente su uniforme de descanso. Con rabia y vergüenza, sofocó a golpes el fuego, sin entender cómo su mente se perdía en esos pensamientos, en aquel caótico momento. Quizá el dolor era tanto, que su mente encontró en sus recuerdos una forma de evadirlo.Miró hacia la ventana y recordó su objetivo. Olvidó lo anterior y se concentró en buscar con su mirada, la pequeña nave familiar. El caos al interior de la ciudadela no se comparaba con el exterior. Explosiones por doquier y fuego cruzado le dificultaban la tarea. Luego de lo que sintió como horas, y mientras lágrimas de desesperación caían por sus mejillas, logró ver un pequeño destello plateado, y por instinto supo que encontró lo que buscaba.Al tiempo limpió sus lágrimas, vio su reflejo en la ventana, y se indignó consigo misma. No era momento de llorar, o pensar en capitanes. Algo más podía hacer. Algo más debía hacer. Sin importar cómo, tenía que componerse; no todo estaba perdido.
1.1
Autor: Carlo Biondi  304 Lecturas
 En una de las ventanas exteriores, en el nivel más bajo de la nave, Laurean observaba el firmamento. Cuando era niña le parecía tan vasto, tan brillante, tan lejano. Tan eterno, inalcanzable. Hoy, habiendo llegado más lejos de lo que jamás soñó, le parecía tan aburrido, tenue, de un brillo pálido y desganado. Lejos quedó aquel recuerdo de un cielo estrellado. Ahora que ya lo había alcanzado, no se veían más que un par de solitarias estrellas.Un grito la distrajo de sus pensamientos. Eso, y el ruido anterior a este que, si bien percibió, no fue suficiente para arrancarla de lo profundo de su mente. Un estruendo, un grito y un empujón si lo fueron.Entre el caos,  logró concentrarse en las palabras del soldado; debía dirigirse al refugio militar primario, designado para personal de alto cargo. Éste se encontraba en las profundidades de la nave, muy dejos de aquel extremo punto en el que ella se encontraba. Sería un largo camino.Poco a poco comenzó a percatar la magnitud de lo que ocurría. Fuertes temblores le hacían tambalear mientras caminaba, y más de una vez se pudo sentir flotar por un momento, en ese espacio tan inhóspito, tan ajeno. Agradeció no usar esos tacos acordes a un cargo como el suyo. Incluso rangos menores, los usaban cotidianamente. Afortunadamente, pensó, ésta no era su nave, y no debía vestir su uniforme sino para asuntos oficiales. Como el día anterior.Mientras más se acercaba al refugio, más evidente se hacía todo. El ruido de las explosiones se sucedía de calor y, en ocasiones, cañerías explotaban liberando vapor a altas temperaturas. A pesar de lo grave que parecía la situación, Laurean estaba tranquila. Conocía bien a la tripulación. Y conocía muy bien a su capitán. Sabía cuán competentes eran,  y su largo historial de victorias. Ella misma era una de ellas, pensó…  Además, esta no era cualquier nave, sino una de las más importantes ciudadelas de la flota. La vida de miles, civiles y militares, estaban en manos de esa pequeña pero experimentada tripulación, ubicada en lo más alto de la nave, en la torreta de control mejor equipada que había visto en su vida. Pensó en el capitán, en cómo él también estaba muy bien equipado…Un nuevo temblor la distrajo, y esta vez la encontró en un ascensor, que se detuvo con el impacto. Por un momento pensó lo peor, pero al instante se puso nuevamente en marcha, dándole seguridad y sintiéndose tonta de tan solo haber dudado. “Cómo estarán los otros”, llegó a pensar sonriendo sarcásticamente.El refugio era un amplio salón de uso excepcional. Contaba con literas, comedores y baños, y también con una enfermería a la que periódicamente iban llegando heridos por la batalla. Camino al refugio, Laurean fue sobrepasada por unos heridos y pudo ver, claramente, que no eran de gravedad, cosa que la relajó aún más. Al llegar, sólo quiso sentarse y descansar.  Estuvo largo rato contemplado su situación, y su existencia. Se encontraba en una nave, una ciudad, un país, en la práctica, ajeno. Extrañaba los pasillos, salones, parques, estrellas de la suya propia. Se sentía desconectada de un caos que no era suyo. Sin duda algo de impotencia sentía, acostumbrada a estar al mando en cualquier eventualidad en su nave, en su vida.Los sucesivos temblores, y el ocasional herido, le hacían pensar en su propia fragilidad, y en ocasiones en que tuvo que superarla, o ignorarla, por defender a los suyos en situaciones similares. Hasta sintió cierto alivio de poder, por una vez, abrazar su propia fragilidad, y dejarse proteger. No cualquiera la protegía, además. Su vida estaba en manos de un muy bien equipado capitán.Una explosión que cualquiera anterior –y que cualquiera que había escuchado en su vida, en realidad- sacudió toda la nave, sacándola nuevamente de sus pensamientos. Llegó a pensar que pensar le traía mala suerte.Lentamente pudo armar en su mente la frase que acababa de escuchar. La escuchó muy claramente, a pesar del caos, pero había algo que no entendía. Que no creía. Que jamás se imaginó que escucharía. No comprendía cómo esas palabras podían estar en la misma frase. No, no podían encajar, no tenía sentido, no era real. Sin embargo, algo dentro suyo sabía que era cierto. Cayó a sus rodillas, y repasó una vez más aquella frase, con la mirada perdida en el vacío;“La torreta de control ha sido destruida”.
1.0
Autor: Carlo Biondi  356 Lecturas
Eliana comenzaba a preparar la cena. Dejó todo listo para armar esos sándwich de vacuno que tanto le gustaban, y tanta fama le traían, pero volvió a su habitación para ir a buscar el queso, que siempre se le quedaba ahí después de alguna resaca. Al llegar a ella, inmediatamente se percató de algo extraño. Había un cierto olor, una cierta esencia de que algo no andaba bien en el ambiente. Lentamente, aquel olor cambiaba de gris, a un negro profundo y tenebroso. Como cuando algo recién ha comenzado a podrirse, pero aún no está muerto. Aún no es el fin. Con extrañeza también, observó en sus paredes cosas inusuales. Ciertas manchas, muy sutiles en su coloración, pero extensas en tamaño, aparecían en ellas, y se alargaban hasta cielo y suelo. De pronto creyó oír, como desde la profundidad de su mente, un atisbo de algo similar a un grito. Un grito ahogado, de espanto, de dolor y terror. Le costaba concentrarse en lo que ocurría a su alrededor, si su mente no la dejaba tranquila. Pronto descubrió que no sólo era su mente. Al hacerse más intensos los gritos, las manchas y la sensación de horror, se dio cuenta que todo aquello provenía de la cocina. Al principio dudó mucho, tenía un profundo temor de lo que vendría. De alguna forma comprendía qué estaba pasando, aún si el impacto repentino de aquella situación le impedía reaccionar de acuerdo a su pensar. Mientras se acercaba, más crecían sus ganas de salir corriendo. Ya sus ojos comenzaban a desorbitarse. Pero ya no podía detenerse , caminaba como empujada por otro cuerpo, hacia aquel destino que parecía fatal. Los gritos ya eran ensordecedores, le invadían la mente y las entrañas. Desesperada, miraba a su alrededor y veía cómo su casa ya no era su casa, si no un galpón oscuro y pestilente, donde extrañas personas con vestiduras plásticas, parecían emanar de sus manos  esos gritos. Les cubría un manto de muerte y perversión, y se veían cada vez más cerca. Al fin, atinó a gritar. Al principio le costó controlar su garganta,  pero después de unos intentos pudo al fin gritar. O eso pensó, en un principio. Lo que comenzó como grito, lentamente fue transformándose en un mugir lastimoso y horrible. Sin entender qué había pasado, pero con profunda sospecha de lo que vendría, se encontró al fin con aquel salvaje extraño, ese verdugo creador de muerte, y sintió con un dolor que jamás conoció, cómo su vida lentamente se apagaba. Una vorágine de pánico, dolor y muerte fue su última imagen de aquel tan horrible mundo. Cuando llegó a la cocina, queso en mano,  y después de cortar un apetitoso filete, mientras armaba su sándwich, un sentimiento de empatía le invadió por un pequeño instante. Al morderlo, todo sentimiento había desaparecido.
Sintonía
Autor: Carlo Biondi  373 Lecturas
Volví  a verte en mis sueños Volví a verte, a tocarte A admirarte, a sonreírte A besarte... Mientras lo hacía, me preguntaba Si mis labios eran los únicos Que los tuyos besaban Quizá la culpa me hacía preguntármelo Quiza la consciencia de la probable respuesta Y el dolor insoportable El miedo Por el que nunca la hice...   Mientras me pedías que amarrara tu bikini Miraba tus ojos Los vi llenos de tantas cosas Y completamente vacíos de amor.   Un pánico que no sentí Ni cuando este sueño era realidad Me invadió y me desesperó Te abracé con toda la fuerza Y el amor posible Pero era tarde... Solo abrazaba una muñeca de trapo. Y a tí solo te abrazaba mi sueño...   Nuestran realidades Se alejan cada vez más. Quizá tu me ves Igualmente en tus sueños. De ser así, por lo más sagrado Espero Que veas la realidad de mis sueños Y que tus ojos en los mios cambien Que mi sueño te haga realidad Que mi realidad no sea más que un sueño...   Mientras te abrazaba Pensaba en esos otros labios Esas otras piernas Entre las que yo habia estado Hace no más de una noche. Mientras te abrazaba Guardaba la pregunta en el fondo de mi alma Por su injusta naturaleza Por no tener derecho a existir. Por saber que la respuesta Era la misma que yo daría.   "Siempre te veo en mis sueños" Y lo seguiré haciendo Mis sueños seguirán siendo Clandestinos Seguirán alejándose De esta realidad. O quizá es esta realidad La clandestina...   ¿Qué es la realidad? Quizá no más que otro sueño Quizá en otro de los múltiples Universos Tu y yo seguimos sonriéndonos Mientras yo te amarro el bikini.
ひみつ
Autor: Carlo Biondi  330 Lecturas
The world is deadThe eyes are shutThe angels are goneThe life is lostThe skin is coldThe love is hiddenThe word Is death.The smell of dying flesh is everywhere I look. Ghosts are watching the body rot 'till it's gone. I hear the whisper of a soulless world falling to my thoughts. The guild is proud. The job is done. Or so they thought..What's eternal only transformsWhat's been alive will never goWhat's gone will come again"What's dead may never die"And what has diedWill forever live.But the ghostsThe ghosts are blindThe ghosts are deafThe ghosts know not to beThe ghosts are realIf notThey would not be ghosts.
Ghosts
Autor: Carlo Biondi  302 Lecturas
Si gusta, pase Le tenimos de todo Cunas de paja y de oro Algunas cómodas, otras No tanto Tenés tres vías de acceso Le recomiendo la entremedia Las otras dan saltos Se pasan para allá y para acá Suben y bajan A Dios y al pulento Dependiendo el momento.   Si gusta, juegue A ser Poeta Político, Proeza Padre, Proactivo Prostituto, Puto Lo que quiera, le tinimos.   Si gusta, entre Unos conchasumadre Le adornarán el camino Le ayudarán a caminar A avanzar por el pedrerío Uno que otro, eso si Le tirará de esas mismas piedras Y lo botará al precipicio Pero no se preocupe Esos mismos después Le salvarán de su caer Para cagarle después Otra vez, y tantas más.   Pase, pase Están haciendo el llamado Saque número y continúe Necesitan un nuevo despabilado Un nuevo amigo que Secar en su legado Búsquese un trabajo Haga algo, hombre No ponga cara de pájaro.   Pase, por favor pase Cuidado dónde pisa Cuidado con quién habla Cuidado por qué lucha Cuidado cómo avanza Será donde le toque nomás Si tiene suerte Dará poco y recibirá más Tiene que ser fuerte Aguantar de todo Si aguanta poco Puede ser exiliado Si aguanta mucho Puede morir en la rueda O llegar a La Moneda Si es tonto Le pueden dar una embajada Si no, si anda con antojo Puede ser viejo y morir rojo O subir y bajar, pudrirse por dentro Mirar a Dios y al pulento A los ojos, bien atento Bien profundo, bien sincero Bien hipócrita y usurero Puede dárselas de marinero Calmar aguas o inundar campos enteros Pero una sola cosa le aseguro Sea lo que quiera Lo que se le cante y plazca Pero ahí, mueren los primeros   Pase, si quiere, pase Ahora, le diré algo Si prefiere Mejor pase…
Free pass
Autor: Carlo Biondi  391 Lecturas
En la noche más larga no hay perros que ladren. Ni un foco prendido. Lo que fue calor, ahora es frío. Los pensamientos que, largamente, naufragaban dentro mío, me abandonaron mucho antes del hundimiento, previsto hace ya mucho tiempo. Aquella nave que llamé “vida” y que llegué a comprender, con mucho esfuerzo, que su nombre era otro, se quemó a fuego lento en la tormenta perfecta. Aún flotan, orgullosos, los restos que no se sumergieron, que no se hundieron, que son demasiado livianos para aquel fondo profundo, honesto. Que son demasiado fuertes como para morir por una simple tormenta. No, aquellos restos serán los cimientos del nuevo navío, ese que, llegado el momento, también naufragará… ¿Cuántas vidas tiene un navegante? Quizá tantas como tormentas el mar. Sólo me encuentro, después del desastre. Sólo, como siempre. ¿Y quién ha de culpar al tripulante por salvar su vida? Sólo el capitán debe morir con su barco. Y yo me percaté tardíamente que, de este barco, el capitán era yo. El camino se estira, entonces, cada vez más. Todos los mares que navegué no lograron enseñarme a caminar por estos terrenos. Estos irregulares, sinuosos, tenebrosos, avaros, egoístas terrenos. La verdad, de este camino no logro ver su principio ni su final. Tiendo a pensar, infantil e ingenuamente, que estoy en la mitad. Sé, dentro mío, que no lo es. Que falta tanto, tanto. Cuando me lancé al mar jamás pensé ser capaz de dominarlo. Jamás lo hice realmente, pero al menos logré acostumbrarme… Me pregunto si lograré acostumbrarme aquí… Todo es tan extraño, tan lejano, tan ajeno. A veces escucho voces, pero jamás logro ver caras. Sé muy bien que muchas de ellas vienen de mi mente, pero hay algunas que se escuchan tan reales...   En la noche más oscura no hay a quién tocar, a quién ver, a quién escuchar. He sentido algunas veces un calor que no puede ser sino humano. Es muy reconfortante. Es casi esperanzador. No sé si las caricias que he sentido, de vez en cuando, son reales. Quiero pensar que no. Este camino está tan lleno de ilusiones que me cuesta mucho distinguir. No veo nada pero escucho todo. Ha habido fogatas que desaparecen en un parpadeo, voces que se transforman en gritos, calor que quema, destellos repentinos, encandilantes. De todo esto huyo, por temor a ser engañado. A engañarme yo mismo. Son como bocanas de aire cuando me estoy ahogando. Si he de morir de todas formas, no quiero alargar mi agonía. No quiero mentirle a mi alma y condenarla a más instantes de prisión. Quiero su libertad. Quiero mi libertad. Y las voces y calores y destellos no hacen más que aumentar mi condena. Porque es imposible que aquello sea cierto.     En la noche más fría, el calor se ha olvidado. Me arranqué tantas veces de él que ya es sólo un cuento más en mi mente. Uno que intento contarme siempre, antes de dormir. Uno que, por lo mismo, no recuerdo. Destruí toda fuente de calor en mi camino hacía aquí. Nunca creí que fueran ciertas. Un par de veces, aquel calor llegó incluso a mi corazón, pero siempre impedí que lo calmaran, pues no podía darme el lujo de creer sin ver. No se puede culpar a los tripulantes por querer salvar sus vidas. ¿Se me puede culpar por no querer salvar la mía? Se podría decir que sería una pérdida. Después de todo, ésta experiencia y sabiduría debiesen servir para algo. A alguien. Pero en esta fría, oscura y larga noche, no puedo ver ni sentir a nadie. Quizá son los fantasmas de mi tripulación a quienes escucho cuando más frio tengo. Desde lejos me llegan esas voces en lenguas que no manejo. Hablan de cosas que no conozco. Dan consejos inauditos, balbucean palabras manoseadas, ideas absurdas de una tierra de luz, de paz, de sanidad, de calor.     En ésta noche fría, oscura y larga, no hay compañía. Esta noche, que es profundamente mía, está abandonada a su suerte. Ya las voces desaparecieron. Ya las fogatas se apagaron. Ya mi alma, cansada, se ha rendido. En mi caminar, aprendí que no es la noche más larga: he tenido noches llenas de una eterna tormenta, tan largas como el horizonte. No es la noche más oscura: he tenido noches donde hasta las estrellas se tragan la luz de mis ojos. No es la noche más fría: he tenido noches en que hasta mis sueños se congelan…   Es la noche más sola.
La noche más larga
Autor: Carlo Biondi  297 Lecturas
Si el hombre más hombre  No es el que tiene muchas mujeres Si no el que tiene bien a una Y no se le escapa por nadie Entonces he sido el hombre más hombre Para todas mis mujeres
Hombre
Autor: Carlo Biondi  385 Lecturas
Mira hacia atrás. El Sol se esconde. Derritiéndose, por dentro. La Luna se apodera de sus ojos, su mente, su alma. El viento acaricia su cuerpo, su cabello, sus recuerdos... Todo está hecho.Sin duda, pero melancolía. Sin arrepentimientos, pero ansiedad. En un parpadear, el Sol se ha ido y la noche comienza. Repentinamente. Imparable. Hermosa.La libertad contenida por un cuerpo mundano. El alma gritando en su interior. La próxima brisa será la última. El próximo paso, el primero Todo está perdido. Entregado. Cedido. No hay necesidad de volver. No hay dónde volver. Ni la vista, ni el corazón, ni el cuerpo. Ni el espíritu. Impecable, aún. Invariable. Verdadero. A la sombra del Sol, a la luz de la Luna. Con paso firme, seguro. Confiando en la sangre. En el sentir. En el fuego interior de ese alma que clama. Que aulla, que desea. Que obliga.  Abandonando una lucha largamente perdida. Dejando un cuerpo profundamente gastado. Miradas que nada verán. Mentes que nada podrán reconocer. Escencias diferentes, ajenas, salvajes. Sin arrepentimientos, pero melancolía. Destino. Presa. Guía.  Arribo.  Ansiedad. Dejar atrás es algo tan grande. Una carga tan pesada como dejar de cargarla. Una idea, un instante. Un final. Un comienzo.  Sin arrepentimiento, pero curiosidad. Aleteos en la Noche. Una mirada más. Y empieza el viaje.
Viaje
Autor: Carlo Biondi  422 Lecturas
Nuevamente el cielo en llamas, me recuerda el destino que añoro. Una Tierra ya hecha, ya fija, construida por sí misma, las leyendas de su historia, y el Mito. El Mito siempre presente. En mi corazón, en mis ojos, en mi boca, en mi búsqueda. Mi añoranza, mi melancolía. No existe a mi alrededor guía. O eso dicen. La verdad es que la guía nació conmigo. Y también morirá conmigo. La he visto desde que abrí los ojos, me ha visto desde que se enredó en mi columna y me dio forma. Lenta y poderosamente creciendo en mi sin percatarme. Aquel Mito que nos hace uno, sin querer. Aquel Mito que hace arder la sangre, que la justifica, que la liga con el pasado y el futuro. Mas no con el presente. En esta realidad sin guía, en esta “casa miserable”, todo es relativo y ni el tiempo es ya tiempo, y el espacio nunca fue espacio. Dicen las buenas lenguas que el Mito murió con su gente, que cielo y tierra pasarán, que la verdad está en todos y que uno no es ninguno, y todos también. En ésta, mi realidad, mi espacio y tiempo, he tenido que buscar sin descanso aquella luz que nos guía, aquel portador del saber y una verdad tan cierta como el Mito. Como el alma. Pues siento en mi ser un pequeño sabio intentando conversar en las escaleras del templo, con sabios mucho más sabios, y niños mucho más niños. Despierta en mi aquella vieja alma que deambula buscando su otra alma. Y a veces se duerme, o se cansa, o se transforma, y llega aquel niño que sólo juega y disfruta, que sólo busca el placer y la satisfacción. Pero en esta tierra sin guía, nada es momentáneo. Ni los templos ni las caras, ni los seres ni los placeres. Todo siempre parece venir desde otro mundo. Uno real. Uno sin esa maldita cubierta que me tapó los ojos por tantos caminos. Explosiones cósmicas me invaden de vez en cuando. Siento que el estómago saldrá por su boca y engullirá mi corazón para devolverlo a donde pertenece. ¿A dónde pertenece? El Mito, tan femeninamente, me susurra desde su Tierra una respuesta que poco logro oír. Hay demasiado ruido en este mundo de ocupaciones. Banales, mundanas, torpes, incompletas e inverosímiles ocupaciones. A veces logro escuchar, como entre medio de sus cascos, el viento polar que zumba por los valles. Lágrimas se desprenden de mí, me agotan y me queman con su viaje, con su canto de añoranza por aquella voz que hace tanto, tanto no escucho. Y luego se pierde, fuerte y clara, como esperando que la busque, que no me rinda. Que haga de esa llama que tengo dentro, un incendio que queme toda mi alma, que sea mi alma, y me lleve a donde pertenezco.  A la tierra del mito y la verdad. A lo más profundo de mi ser. La pertenencia nunca ha sido un sentido en mi. Siempre buscando lo que no me pertenece. Lo que no tengo, pero que tuve. Lo que tendré al final del viaje, cuando la leyenda muera y el mito, al fin, comience. La leyenda tan exigua que ya todos parecieron olvidar. El mito que los une a todos, sin saberlo. Y mi viaje, la más pura verdad.
Andes
Autor: Carlo Biondi  362 Lecturas
Los atardeceres eran cada vez más profundos, más intensos, más rojos... Eran cada vez más constantes, también. Y en cada uno de ellos, tu recuerdo se perdía un poco. Escapaba, quizá, de la oscuridad de la noche, una tanto más intensa que los mismos atardeceres. Una noche profundamente mía.A veces, al amanecer, tu imagen jugueteaba con mi cuerpo, con mis manos, mi pecho, mi mente, mis lágrimas... Nunca supe bien qué sentir, no sabía qué era ésto que ocurría. El no tener algo más que tu recuerdo era algo nuevo para mi. Y doloroso. Muy doloroso. El tiempo, sin embargo, me enseñó a llevarlo a cuestas. De vez en cuando, me crucificaba en él y me hundía en mi propio infierno, del cual no siempre resucitaba. La vida, y la muerte, me llevaron por muchos caminos. Estoy seguro, de alguna extraña pero natural y conciente forma, que lo sabes. Fuiste testigo de ello como hoy de estas líneas. Testigo de las caidas y la pena autocomplaciente, de cada una de las notas que mis manos dictaban en ésta, que seguía siendo nuestra historia. Y sabes bien que no estuve solo, aún si así lo creí. A toda esa gente le agradezco por cargar mi cruz, una que era sólo mía, y por la cual pasó mucha gente. Algunos incluso se quedaron...¿Dónde estamos ahora, preciosa? En éste momento, tu sabes... Se acerca el atardecer. Lo he esperado por mucho tiempo. Éste en particular, lo esperé con ansias, más que cualquier otro. He pensado en tí, verás. Te he estado viendo en mis memorias, y fuera de ellas. Y creo que fue lo correcto, ¿sabes? No para mi, sin duda, no así, al menos... Pero hiciste lo que tenías que hacer, y te respeto por ello. Ya no te odio. Ya no... Te admiro, aún si nunca lo dije. Aún si no lo puedes creer. Y sé, y sé también que sabes, que aquello que nacío en uno de esos atardeceres, no morirá jamás.Veo muchos colores en el cielo. Al comienzo eran grises, sombríos, helados. Pero pronto fueron cambiando, en ambos lados del horizonte. Ha sido un atardecer lento, como nunca lo fue antes. Es un atardecer nuevo, con aire de amanecer. Con aire cálido, reconfortante. Un aire tranquilo, apasible. Delicado, como nosotros. Como tú. Y como yo. No temas, nada malo viene. No es la calma antes de la tormenta. La tormenta ya pasó...Curioso, me parece, cómo el tiempo jugó conmigo, de forma tan particular como cruel. Y no fue capaz de enseñarme hasta hoy. Tu sabes, nunca fui un gran alumno, tampoco. He visto todo, y está bien. Estás bien. Estoy bien. Recuerdo tus ojos, y no te imaginas lo que deseo arrancarlos de mi mente y ponerlos enfrente mío. Tener por una última vez aquel lujo, aquella tan hermosa vista, aquella aventura, que son tus ojos. Pero ellos se fueron en un lejano atardecer de verano. Un rojo y profundo e intenso atardecer, como el de hoy.Quiero que sepas que estuviste siempre en mi. Que aquel poema, que escribí tantos años antes de nacer, mi corazón aún lo recita. Que sí, es eterno. Y sé, sin importar lo que ocurra, que es igual en ti. Pero este atardecer, que tiene tu rostro impregnado en su brisa, me pide a gritos dejarte ir. Dejarme vivir... Ya no quiero éste cáliz. Su amargura me consumió mucho tiempo, y cada amanecer era un azote en mi alma. Quiero al fin, dejar vacía esa cruz que me persigue a donde vaya, donde mire, a quien mire. Y sé que es lo correcto. El aire, con tu voz, me lo dice. Me lo susurra gentilmente mientras repaso tu historia, tus vidas, tus memorias. Los colores en el cielo, en mi alma, me abrazan mientras lo hago. Sólo deseo que encuentres tu destino. Y yo el mío. Fue un gusto saber de tí en esta vida... Alguna vez me salvó tu llegada. Hoy sólo me salvará tu partida. Tu recuerdo se pierde en el atardecer y en la noche. Este cielo ya no es nuestro, aunque siempre lo será. Espero te encuentres. Espero hacer lo mismo. La lucha es ardua, sabes, y no termina nunca...Ya casi no queda tiempo. Sólo encárgate de ser feliz, ¿está bien? Yo haré lo mismo. Sabes que me cuesta, pero nada es imposible. Soy prueba de ello. Lo que viene será difícil, pero estaré bien. No mires hacia atrás, nada bueno viene de ello. Sólo vete. Gracias por todo. Cuídate.Adiós.
さようなら
Autor: Carlo Biondi  412 Lecturas
Un dragón de fuego salió por mi ventana. Al perderse en el atardecer, incendió el cielo y sus nubes, y su brisa, y su recuerdo. En su huida, el sol pronto le acompañó, y juntos abandonaron esta tierra marchita, desecha, abandonada. Nos dejaron atrás, a nuestra suerte, para nunca más volver. Y ya no hubo noche ni tarde, ni amanecer ni crepúsculo. En ese mar de oscuridad y soledad, sin espacio ni tiempo, apareció de pronto una estrella. Una solitaria, tímida y lejana estrella. Compañía más absoluta para aquel abismo del ser. Con su pálido brillo iluminaba exiguamente nuestros rostros, mas era todo lo que necesitábamos para, al menos, poder reconocernos. Aparentemente, la soledad era solo nuestra, pues al poco tiempo una nueva estrella se unió a la anterior, y ya pudimos distinguir cielo de tierra. El espacio volvió, y nuestros pasos fueron cada vez más largos. Con el tenue brillo de esta segunda estrella pudimos, nuevamente, tocarnos. En nuestras nuevas aventuras, recorrimos muchos lugares. Logramos, al fin, encontrar otra estrella en el largo camino. El sutil brillo de ella nos guió de vuelta, y y en el afán de conectar al resto con nuestra búsqueda, recreamos el habla, y descubrimos la imaginación. Mi ventana, alguna vez tan llena, alguna vez tan vacía, hoy era al fin de nuevo adornada por la deliciosa luz de la compañía. Al despertar, una nueva estrella tenía a todos preocupados. El tiempo y su codicia se hacían evidentes. Inquietos, se miraban, tocaban y hablaban también de formas nuevas. Reflejos en los ojos que jamás imaginé, o que nunva ví, me traín recuerdos de días más claros. De días frios. De días encerrados. Algo nació en sus ojos aquel día. Algo murió en los míos. Saturado se encontró un día el propio cielo, que nos hizo ver, vernos, un día. Y ellos, así mismo, saturaban al resto con sus palabras, con sus hechos, con sus tactos, y sus ideas. Las estrellas perdieron su brillo tímido, sagaz, enigmático. Pálido, pero bondadoso. El brillo era ahora enceguecedor, y no daba espacio para conocer, pero reconocer, nada y a nadie.  Sólo siluetas pasaban por mi ventana, ya sin ojos ni mentes brillantes. La conciencia fue día, y un nuevo sol abrazó todo. Con el tiempo, ¡ah, maldito tiempo!, el espacio fue muerto, y muertos nos vimos todos. Y aquel fuego que perdí, o que arrojé al atardecer, me fue devuelto. Me fue nacido. Despertaba entre destellos, de vez en cuando, y podía apreciar lo oscuro que era en realidad todo. Todos. Quizá yo mismo no era más que una sombra, producto de una luz encandilante. La sombra de un espacio reflejada en el tiempo, en estos tiempos. En su tiempo. Que nunca fue mío. Llegado el momento, cuando al fin volvió el crepúsculo a estas desechas, marchitas, abandonadas tierras, logré encontrar, entre humo y cenizas, el espacio para salir yo mismo por aquella ventana. Sin dudar me arrojé al atardecer y, con el recuerdo vívido, prendí fuego al horizonte. E imaginé que aquel espacio, dentro de aquel sol que tímidamente se esconde, me devolvía al fin, a mi tiempo.
Crepúsculo
Autor: Carlo Biondi  406 Lecturas
Sin nombreSin personalidadEl tiempo, relativoInvención del demiurgoAbrazado por golemsTortura existenciasAplasta verdadesUna verdad mayor que estaQue cualquieraQue no tiene nombreNi personalidadQue no existe Una existencia efímeraUna rosa marchitaUna tierra en llamasUn paraisoLa puerta, la escaleraLa tiranía del tiempoEspacio corrompidoExistencia mundanaInmundaInútilPerdida Pasajeros del tiempo Sin destino aparenteNada se encuentra al final de ese tunelEl camino es otroMe han dichoO mostrado O susurrado en el oídoO poseído en el ser¿Qué es cierto?¿Dónde estás?¿Porqué...? Los sueños muestranUn tiempo inmisericordeUn tiempo exactoPrecisoNecesarioUn tiempo robado de otro tiempoUn existir ya vividoVívidoUna pared de realidad  Al final del sueño estáLa realidad que (no) he vivido¿He vivido?Al principio del sueñoSe encuentra el tiempoY la muerte lo abraza y se lo llevaY solo el ser quedaY este, en su (no) existirSe hace eterno
Eterno
Autor: Carlo Biondi  429 Lecturas
Mirror MirrorWhat are you looking at?What are you looking for?What are you waiting for...What have you becomeYou have changed so muchYou are not what you used to beYou are breaking me apart...Mirror MirrorWhat's wrong with youI see no lightNo willNo soulYou are bleeding from your cracksMade by the time and the livingPieces of you fall to the groundFall from the skyFall from my heartFall to my feetBreaking my mindMirro MirrorYou are raining over meI can't understandThe image you give meThat reflexion seems so strangeSo foreingYou have to be lyingThat... can't be meMirror MirrorWhy do you do this to me?What did I do to you?What did I do...To meMirror MirrorTime has come and goWith the flow I did that tooAnd nothing remains the sameMy voice, my thoughts, my feelingsMy eyes are not the sameMy face full of scarsMy body broken and scaredMy soul lost long agoMy mind hidden for so longAll of this trembling beingTries so hard to reach your heartMirro MirrorGive me a signTell me a secretSay my nameFor I can't recall...Mirror MirrorIf you do soI will give you everythingI'm doneI give upI'm yours if you're mineI am mine...I amMeMirror MirrorPlease hang onDon't break just yetAnd please don't let me downYou can do betterI can live for youI will live for meAnd I swear to godWith all my heart that you can't seeWith all my tremblingScared beingWith all the love I've never had With my naked bodyAnd my rainy eyesI will put your pieces togetherI will clean your woundsI will look at youAnd I will love you
Mirror, Mirror
Autor: Carlo Biondi  381 Lecturas
The Rays are highI can clearly seeThe doomed soulThat they have leftThe Sun is dyingThe moon took overMy broken bodyMy sinner mindA shapeless pastIs all I hadNo right to beNo life is freeThey are coming this wayThey're taking overThey're eating my fleshThey won't spare me this one'Cause I can't be meStory must be gonePeople must be killedMemories must be stolenAnd a sinless sparkMust be extintThe RaysHigh as they areThe SunDead as it isThe flood of light comes running lowWiping it all outMy tears were dried by the SunLong before it's lifeLong after the endAnd way before You killed meA prisioner of my lifeAnd all its surroundingsAnd the truth isI'm already dead
Not You
Autor: Carlo Biondi  381 Lecturas
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