• Carlo Biondi
Belial
You may say I'm a drummer
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  • País: Chile
 
¿Cuando decir "te amo" comenzó a ser una costumbre?, y no es que no lo sienta, es solo que... Esto no puede seguir, no nos podemos seguir hiriendo, como un amigo dijo; "no debe sangrar más", y es cierto, tantos momentos lindos, preciosos, guardados en nuestros corazones, no se pueden quemar por simples cosas del momento.Nos amamos, lo sabemos, y nos damos cuenta que no es suficiente, y eso es lo que mas te duele, que no sea suficiente... Hay que dejarlo ir, por el bien de los dos, sé que es difícil, el corazón que me regalaste no se me olvidará nunca, y lo guardaré por siempre, tú y yo de la mano, algo tan hermoso no se olvida, princesa, créeme...Cuesta separarse, demasiado, y el principal motivo ¿sabes cual es?, que nos amamos, lógico, nos amamos más de que hemos amado nunca a alguien, y nos amamos mas que cualquiera que hemos conocido, y que podamos conocer... el segundo es el terrible. Sí, la costumbre. Todos los días juntos, misma calle, mismo metro, misma casa, misma cama...No quiero ser pesimista, disfrutamos de todo lo vivido, y muy bien, es sólo que, por no ser pesimistas en un futuro, tenemos que cuidar lo que tenemos ahora, y no arruinarlo, no más. Ha pasado agua debajo del puente, alguna muy sucia, cosas que no se olvidan, cosas que dan pena, algunas incluso rabia, y, si nada de eso es capaz de arruinarlo, no esperemos a que lo sea."El amor real, mi querida, es difícil de encontrar", y así también, es difícil de abandonar, pero por eso mismo, porque nos amamos, realmente, mas que nadie, debemos dejarlo ir... "Mira... Eres mas Preciosa para mi que cualquier otro. No importa cuantos años pasen, Quiero que sigas sonriendo. No me importa lo que me ocurra, pero rezo para que tu siempre, siempre, Seas Feliz..."
Dejémoslo ir...
Autor: Carlo Biondi  1659 Lecturas
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Quiero amarte...
Autor: Carlo Biondi  1624 Lecturas
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-No te sientas mal, es solo que ya no te ama.-Ojala fuera solo eso...Realmente no sabía qué hacer para conseguir que no le siguiera mirando de esa forma, no era odio, no era enfado, era... asco, y eso era lo que más le afectaba.Pero sabía que eso tenía que terminar, por su bien debía hacerlo, así que decidió acabarlo en ese momento; bajó, le siguió, y le detuvo en medio del pasillo:-Tenemos que hablar...-Sinceramente, no me interesa lo que tengas que decirme.- dijo cortante.-Es que necesito que entiendas---Lo único que necesito entender es que no te necesito, no me necesitas---¡Es que si lo hago!-No se notó la otra noche.-Lo sé, y te pido disculpas---¿Tu realmente crees que eso sirve ahora?-Em... Supongo---¡No! No sirve, lo que está hecho, hecho está, y nada lo cambiará, ni tu sentimiento de "culpa", ni mi sentimiento de... arrepentimiento...-No estaba bien, tienes que entenderlo...-Eso no le importa ni a mi cuerpo ni a mi salud mental.- diciendo esto se volteó, pero de nuevo le detuvo la mano de él. Estaba comenzando a verse como aquella vez...-Eso lo sé, y por algo te pido disculpas---¡Eso no me sirve de nada! ¿Acaso no entiendes como me siento? -había comenzado a llorar.-¡Claro que si! Creeme---¡No! Y pensar que yo... ¡Arg! - jaló su brazo y fué corriendo al baño, en esos momentos deseó más que nunca ser una mujer, pero tuvo que ir directo al baño de los hombres, graso error.Le vió alejarse, dejandolo solo, cosa que le molestaba sobremanera, y a pesar de que sabía que debia controlarse y no cometer el mismo error dos veces, no pudo, esa actitud le causaba dos sentimientos muy fuertes...Los alumnos ya estaban en sus aulas, los inspectores ya habían revisado los baños, y pronto los cerrarían... con ambos dentro. A pesar de que no quería pensar todo esto, no podía evitarlo, le asqueaba, pero a la vez le gustaba...Media hora despues, había cometido el mismo error.
Error...
Autor: Carlo Biondi  1458 Lecturas
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En unas pocas horas te veré... no te veo desde el viernes, lo cual para nosotros es demasiado tiempo... Me gustó bastante el día, si bien (para variar) peleamos, luego me encanto, el compartir contigo esas instancias, no sé, la cosa es que me dejó conforme el día, y con ánimo de verte un día después, y poder probar otra vez el pavo que tu haces, el pavo más exquisito que puedo llegar a comer (y no solo por el sabor...).Recuerdo el martes, cuando te dije que no podíamos seguir juntos... en realidad era fácil decirtelo, sabía que eso jamás pasaría, que no terminaríamos, no así, no por eso... pero yo sabía que era necesario, que debía hacerlo, hacer lo que, a pesar de todo, nunca hice, por cobarde... tú muchas veces has tomado eso a mal, el que no pueda hacerlo sólo por cobarde, pero no debieras... te amo, te amo como a nadie (si, "cómo" a nadie, tu lo sabes), te amo como dificilmente amaré a alguien, no puedo vivir sin tí, y eso no es solo un cliché, ambos lo sabemos, lo aprendimos a golpes (golpes emocionales por supuesto...), eres mi todo, sin ti realmente no existe nada, te lo especifiqué en las notas que te escribí, y supongo lo entiendes... Ese martes realmente quería saber qué se siente dejar ir a la persona amada, saber si sería capaz de aguantar tal tormento (que ya lo tuve que aguantar una vez), obviamente no podría, ni siquiera soy capaz de dar el paso... ¿cobardía o amor?, supongo te preguntas eso... una lleva a la otra, y tu te has dado cuenta...No... sería imposible estar sin tí... ya me es imposible estar sin ti en el día... tantas iluciones nos hicimos, y mira... quizá ese impacto me llevo a decirte todo lo que te dije ese día, y no me arrepiento... te vez tan hermosa cuando lloras... y me inspiras tal amor, que no importa si estamos discutiendo, ni porqué, te abrazo inmediatamente y calmo tu llanto... aunque algunas veces te calmas tan rápido que me molesta un poco no poder seguir viendote llorar, ademas a ti es fácil calmarte el llanto, te ofresco un helado y se ilumina tu cara... que es aún mas hermosa de esa forma...Te he visto de tantas formas... emocionada, entretenida, cariñoja, traviesa, juguetona, avergonzada... enamorada... y en cada una te vez hermosa... no te imaginas lo hermosa que eres, nadie lo hace, excepto yo, que soy el único que te ha visto de toda forma posible... el único que ha visto tu belleza, tu maravillosa y envolvente belleza... Te amo... como jamás pensé hacerlo (y ya me había enamorado antes), te amo con todo mi ser, literalmente... Siempre he pensado que si dos personas realmente se aman, no existe razón para no estar juntos, así que dejémonos de tonterias, y tan solo, estemos juntos...
Es curioso el volver a amar. Es fascinante, emocionante y muy regocijante, pero sin duda, curioso. El aprender a vivir con la otra persona, vivir con sus defectos y sus virtudes, pros y contras, es difícil, más aún, a medida que avanza la vida, se tiene más camino recorrido, más cosas que aceptar, menos en las que seder...Sé que te ha costado el pasar por todo esto, el aceptar muchas cosas, cosas particularmente inaceptables, en muchos casos, pero cosas, al fin y al cabo, que me hacen ser quien soy.Es por esto, entre otras cosas, que valoro tanto lo nuestro, lo que hemos construido hasta ahora, que no ha sido nada fácil. Es más, cada dificultad por la que hemos pasado, cada converzación, cada choque de ideas, nos ha fortalecido, y acercado, mas.A veces pienso en ti... En tus tantas virdudes, y tantos defectos. En tu capacidad para entregar cariño, protección, y seguridad. En tu pureza e inocencia, que no hace más que iluminar más aún mi vida, cual estrella de Belén...Es más, a veces hasta agradezco tus defectos, que me hacen valorar aún más tus virtudes, y te hacen ser la persona íntegra que eres. Y esto me hace más feliz aún, el estar conciente de tus defectos, y quererte más aún sabiendolos, y viviendolos... Inclusive, llego al punto de amarlos, porque sin ellos, no serías tu, serías cualquier otra, pero no tu... mi flor, la cual veo cada vez que observo el cielo, preguntándome en qué estrella estarás esta noche... Inclusive dentro de tu imperfección, querida, eres perfecta.  Cada día me sorprende algo nuevo, alguna sonrisa, algún gesto, alguna frase, algún pensamiento... Cada día, sin darte cuenta, has construido algo, y lo sigues haciendo, en mi... Es por esto, entre muchas cosas, que sólo puedo darte las gracias... Por ser tu, tan hermosa, en cada sentido de la palabra, como eres... Eres capaz de aceptar y seder en muchas cosas, capaz de hacer sentir tan bién como pocas veces me sentí, hacerme el ser más afortunado y feliz, de tener a tal persona a mi lado, dándome no te imaginas cuánto... Reálmente le haces justicia a tu nombre... eres capaz, más que nadie, de entregar... Paz...
Paz...
Autor: Carlo Biondi  627 Lecturas
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Leyendo, pensando, recordando... Me doy cuenta de el valor que tienen muchas personas... del valor de las relaciones con esas ellas, de cómo ayudan a seguir adelante, a despertar cada día, a acostarse al final de este... Gente que, la mayoría de las veces, siquiera se da cuenta de lo que reálmente es para las demas personas, gente que se alimenta espiritualmente entre ellos, y hace a la larga, que surjan cosas maravillosas... Personas que han sido, son, y serán claves, en el desarrollo nuestro, creatividad, fortaleza, y a veces en cosas tan simples, como hacer que un día sea mejor que el anterior... Básicamente, me he dado real cuenta de el valor que ha tenido la amistad a lo largo de mis años... de que, de alguna u otra forma, el destino se las ha arreglado para jamás dejarme solo, incluso si no me he dado cuenta de ello, o hasta si los demas no lo han hecho... El "domesticar" a la gente es algo muy meritorio y que, sin embargo, la gran mayoría de la gente lo logra, y, por consecuencia supongo, no se le dá el valor que merece... el ser humano es así, ingrato, se dá cuenta del valor de las cosas cuando ya no las tienes, pero, queridos mios, para qué esperar ese momento, ¿no? Y que no se crea que pienso esto por el "día de el amor y la amistad", francamente, me importa un carajo, uno tiene toda la vida para valorar y agradecer las amistades y los amores, este es simplemente un día de hipócritas, que necesitan que un calendario les recuerde que aman a otros seres humanos... no, si yo estoy aquí, leyendo, pensando y recordando, es gracias a que a mi DS se le acabó la batería, y me dediqué a leer y recordar y valorar y querer, mientras se recarga...
Amistad
Autor: Carlo Biondi  596 Lecturas
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La suave brisa del verano ayuda a estirar el mantel. La comida está lista y a punto de servirse. Siempre se sirve a punto y, por ende, hay que ser raudo en la tarea. Es preciso que todo esté listo pronto, o se corre el riesgo de que se enfríe, y como ella siempre dice; “No se puede comer frio”. En otro lugar, no tan lejano, se inicia la cuenta regresiva. Trabajos exhaustivos se hacen para tener todo en orden, en línea, antes de la puesta en marcha. Todos esperaban este día con ansias, y apresurados corren por pasillos y puentes de servicio, para que la activación ocurra cuando debe ser. “No podemos permitir el menor retraso”, él siempre decía. Los niños, conscientes del banquete que les espera, colaboran con todo lo que pueden. Alistan los platos, llevan el servicio a la mesa, estiran las puntas del mantel. Lenta y rigurosamente, ella va sirviendo la comida. Una a una va entregando las preparaciones más exquisitas y detalladas que jamás había elaborado. No había detalle dejado al azar. El amor y dedicación eran evidentes en cada plato puesto en la mesa. Y, antes de sentarse, observaron por un momento el espectáculo, casi de ensueño, que estaban a punto de degustar. Mientras, desde la más alta torre de control, él seguía gritando órdenes mientras corría de un lado a otro. Sus subordinados, herramienta en mano, afinaban los últimos detalles, las últimas conexiones, tomaban los últimos puestos. La cuenta regresiva seguía su curso, cada vez más cerca de su inmisericorde final. De a poco, la acción en las plantas y bóvedas se detenía. Todos habían ya hecho su trabajo. Uno a uno, se iban librando los sellos, y la incertidumbre crecía. Cada segundo parecía eterno, y la tensión crecía mientras todos observaban la escena surreal que se les presentaba ante sus ojos. Nunca habían probado bocado tan delicioso. El asombro y el placer les hacía creer que soñaban despiertos. Viajaban a través de los sabores con suavidad y gracia. El cálido aire de verano soplaba en su piel como la comida en su paladar, como la sangre por sus cuerpos. Y habiendo terminado, satisfechos ya en todos sus sentidos, no quedó más que descansar, que recostarse y observar el cielo claro de tan glorioso día, de tan hermosa vida. Y así, en paz, durmieron. Al finalizar la cuenta regresiva, y liberado el último sello, la bestia se levantó y rugió. La fuerza de aquel grito sacudió el alma de todos los presentes. No era lo que esperaban, pero estaba dentro de lo presupuestado. Los indicadores tampoco excedían lo normal, mas en él se reflejaba la sospecha. La incertidumbre y el temor invadían su cuerpo. Estaba todo en sus manos y, si alguien podía manejar la situación, era él. Para eso estaba ahí. Corrió por escaleras y pasillos, puentes de servicio, hasta llegar a una gran consola. Con cada peldaño los gráficos se alejaban un poco más de lo normal. Con cada paso, se alejaba un poco más de su control, y si no hacía algo pronto, todo estaría perdido.  Sin pensar, oprimió el botón. Una gran explosión sacudió a todos y la bestia gritó de forma salvaje. Al darse vuelta, sus ojos se encontraron y, por un segundo, vio la salida. Un temblor sacudió la casa y, asustada, salió a observar qué ocurría. El rojo cielo del atardecer la recibió con una brisa helada y salvaje. El aroma le anunciaba el acontecer de algo. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y la incertidumbre se transformó en certeza. Todo pareció ocurrir lentamente. Él sabía que todo dependía de cómo manejara la situación. Los gritos parecieron alertar, conmover incluso, a la bestia. Las emociones le invadían y, con cada alarido, una nueva se manifestaba. Sintió que la tenía en sus manos, que pronto se calmaría y volvería a su control. Pero algo, un destello en la vista sincera y salvaje de aquel monstruo, de aquella inocente víctima, le hizo dudar. Le hizo pensar en esa familia que, no muy lejos, cenaba al alero de un grato día, común, de verano. El amor y el temor quebraron su confianza, su fortaleza, su orgullo, y le invadió el miedo. Miedo que no pasó desapercibido. Aquella debilidad fue el detonante. Sin mediar un momento, todo lo presente fue destruido, consumido, por aquel demonio creado por los hombres. La bestia, manifestación alada de todo lo espantoso, absorbió toda existencia a su alrededor, y rápidamente su impacto se expandió. Él mismo se sorprendió cuando, enfrentado a su extinción, su corazón fue invadido por la esperanza. Y con un esbozo de sonrisa, su presencia fue asimilada. La fuerte brisa de aquel día de verano, le anunció que aquel rojo atardecer era el último. Acongojada, mas no sorprendida, abrazó a los niños con ternura y paz, consciente. En el horizonte, alas se desplegaron. El atardecer fue aclarado. Las nubes, despejadas. El cielo desaparecido. La tierra, evaporada. Y su existencia, en un destello de pasión, unificada.
La última cena
Autor: Carlo Biondi  581 Lecturas
Mundo de mierda, egoistas ególatras, todos iguales, sacas uno, salen 200, haciendo fila, para llenar el puesto de maricón que dejó este. Te cagan para no ser cagados, y los que son diferentes?, son descartados, desechados por una sociedad autodestructiva y manejada (ya ni si quiera "manejable") por personas que jamás conoceran, a los cuales les siguen besando los pies y entregándose en cuerpo y alma... sociedad de mierda, llena de elementos sobrantes, reemplazables, inútiles... Yo?, no, yo ahora me voy, es nuestro destino el estar separados. Llegará el momento en el que nos juntemos, y algo grande, espero, pasará, pero creo que, hasta ese entonces, y mientras espero que el momento llegue, podré mandarte a la mierda cuantas veces quiera... y ese momento, "querida" sociedad, es ahora. Lo que es yo, me desligo, "desenchufo", un buen libro, música, amor, y sueños... es todo lo que necesito ahora, a tí, sociedad, por un buen tiempo, no te necesito.. "No es que nosotros seamos raros, sino que los demás son diferentes..." remember?
Sociedad.
Autor: Carlo Biondi  577 Lecturas
¿Porqué lloro al verme sonreír? ¿Tan rara es la imagen de mi felicidad? ¿Tan ajena me es? Aquellos tiempos me son tan dolorosamente cercanos, que deseo con mi alma no lo fueran. Deseo que sean una fe antigua, desaparecida, extinta como por un meteorito. Tan cierta pero tan lejana, que ya no duele la certeza de su ausencia, como un hecho tan solo contado… Aquellos tiempos me son tan dolorosamente lejanos, que imploro una nueva ronda en su eternidad. Un repaso de la energía por el mismo punto que me otorgó una esperanza, un motivo, una vida eterna. Una luz por sobre mi oscuro ser… ¿Porqué sonrío en mis días? ¿Porqué si ya no hay fe? ¿Porqué me lo permito…? Siento mundana fascinación por cosas muy simples. Un gato, una frase, un sonido, un aprecio… Y me permito sonreír. Me regalo islas desiertas todos los días. Islas vacías, sin sentido. Islas vírgenes, ya abandonadas… ¿Porqué lucho cada día? ¿Porqué me levanto a pesar de no encontrar nada? ¿Porqué aún lo busco…? Esta búsqueda es cada vez más ardua. Cada isla hace más difícil llegar a la siguiente. Cada paso pesa más. “Mi camino de tres años… Me parece que son treinta.” ¿Y qué más puede un hombre hacer? La nostalgia no vence al ansia. El miedo jamás vencerá las ganas. Llegarán las próximas islas, con su profunda carga de un vacío abismal, y sin embargo seguiré a la siguiente. El temor jamás vencerá al deseo de verdad. Al deseo de encontrar, al final del camino, una isla llena. Explorada, habitada. Desposada. Porque sólo se muere una vez. Y yo ya he muerto un par. No siento que el final de este arduo camino esté cerca. No siento, a veces, que este camino tenga un final en lo absoluto. A veces siento que este camino, con cada sonrisa, con cada paso, comienza nuevamente, y a la vez termina. Un puerto despide al anterior y recibe al siguiente. La búsqueda de aquella foto, de aquel gral, es ardua y no terminará jamás. Quizá sea mejor que jamás termine. ¿Qué buscaría, entonces?, ¿o me conformaría con la sonrisa? Por desgracia, por fortuna, mi fe en el final de este viaje se quedó en mi observación de esa foto. Porque ese momento ya no me pertenece. No soy yo quien se encuentra ahí plasmado. No puedo ser yo. Qué ingenuo habría sido, de ser yo. Qué ajeno…  La pérdida de la fe es también la del miedo. Ya no queda nada que perder. Si alguna vez fue mía, ya no tengo esa sonrisa. Aún si la recupero, jamás será mía nuevamente, pues cualquier sentir que la haya provocado, ya no está. Ya sólo queda el ansia… El deseo por esa tierra jamás prometida. Ya no tengo miedo. No se puede vivir con miedo. Y yo ya he muerto un par de veces.
La Pérdida
Autor: Carlo Biondi  568 Lecturas
Éste es mi calvario Hago testimonio Todo ha de pasar Para recordar un día Las estaciones en las que caí Las tormentas que pasé Y las muertes que sobreviví   Aún me arrastro por este Camino sin salida No hay túnel ni luz Sólo la oscuridad más absoluta Hay destellos en la niebla De negro carmesí Mas se esfuman  como El aire que exhalan Mis suspiros   No hay túnel No hay paredes No hay cómo apoyar El peso de esta alma De este Corazón en Tinieblas Sólo una bóveda Una cárcel, un abismo Un vacio que lo abarca todo   Las estaciones siguen creándose Por más que intento Mantenerme en pie Mis piernas y mi alma y mi corazón Me traicionan Mi mente posee mis pasos Y destruye mis músculos con sus ondas Con su flujo Con su existir Con existir…   Mi voz ya casi desaparece Los gritos se ahogan En susurros abismales En puñaladas de quebranto En el desapego más ominoso No importará No hay quien escuche No tiene por qué haber No hubo…   Miedo Horror Oscuridad Vacía Abismo Ceguera Luz Suspiro Abandono Caída Fuerza Ahogo Desesperanza Miedo Miedo   Miedo   Lucha Lucha… Lucha.   Hay un suelo bajo mis pies. Todo comienza en algún lugar Aún la nada Aún si ese lugar Es Ninguno Aún Si soy nadie Aún si nada pasa Aún sin esperanza Aún sin camino Aún en la oscuridad Del sueño más profundo   Destellos Suspiros Miradas Anhelo Abandono Miedo   Lucha. Lucha. Lucha. Lucha. Camina… Destellos… Suspiros… Ansia… Paz.
Calvario
Autor: Carlo Biondi  565 Lecturas
He perdido muchas melodías en los sueños Despierto y se esfuman Se desdoblan y me abandonan   Las llamo, y no vienen Las busco, mas no aparecen Las deseo, pero me ignoran   Duermo para poder vivirlas de nuevo Para cruzármelas en los sueños Para que esta vez no se me arranquen   Y si logro pintar alguna melodía No cometeré el error de olvidarla La tatuaré en mis ojos, vistiéndome   La haré realidad La viviré hasta la muerte Saborearé su fresco dulzor   Y si es necesario No despertaré más Porque prefiero cazar melodías en sueños Que realidades ensordecidas
Melodías
Autor: Carlo Biondi  513 Lecturas
Hoy, mientras caminaba distraídamente, te vi. En un instante mágico, nuestras miradas se cruzaron, y sin lugar a dudas, me enamoré. Me enamoré de un amor único, exclusivo y excluyente. Un amor que solo tu mirada podía provocar. Un amor desafiante, provocador, violento y desatado. Nos pude ver abrazados, esperando el amanecer en la cama de un motel. En mi propia cama, agotados después de una tarde poseída por la pasión y libido acumulados por años de preparación para nuestro encuentro. En tu cama, reviviendo con gusto el viento de una tarde de verano. Nuestros cuerpos agotados después de la entrega, de la batalla por el placer, por el amor y la posesión. Nos pude ver cómo el deseo mismo nos transmutaba, nos quemaba y diluía. Nos pude ver, Elella. Nos vi paseando por el parque, riéndonos de estupideces que a veces ni nosotros mismos entendíamos. Te tomaba de la mano con amor y protección, con la más absoluta entrega. Te abrazaba y podía sentir tu olor, tu maravilloso aroma que me recordaba el mismo vientre de mi madre, los brazos de mi padre. Que me recordaba la eternidad.  Me vi, acomodándome en tu pecho, tocándolo con suavidad y pasión desenfrenados. Con ternura y una locura inmensa. Me vi drogado por tu existir tan próximo a mí. Me vi afortunado y bendecido por aquel momento, por la maravilla de sentirte tan mía como yo mismo. Vi a tus padres conocerme, encantados por la fortuna que era el habernos encontrado en esta ronda. Los vi orgullosos, felices y pretenciosos. Me vi pretencioso y orgulloso y feliz. Me vi a tu lado, con la frente en alto, develando aquel misterio por fin, aquella tan ardua búsqueda. Aquella pasión que, sin duda alguna y al fin, tenía nombre. Nos vi sentados en la mesa. Escuché las preguntas de rutina, y las que de seguro no lo eran en absoluto. Me reí a carcajadas con las bromas de tu padre, disfrute la cocina de tu madre como si fuese de la mía propia. Les conté cosas que, planeaba jamás contarles, y tranquilo vi que su reacción no era la esperada. Vi cómo, lentamente, me acogían en su familia, y se hacían parte de nosotros. Te vi conversando con mi madre, como si fueran las mejores amigas. Las vi abrazarse y despedirse para, sin duda, volver a verse nuevamente otro día, otra semana. Vi a mi padre, lejano y cálido como siempre, mirarte de pies a cabeza, escudriñarte, cerciorarse de que eras la indicada. Te vi aceptar tal juicio con una bondad única, conociendo el historial por el cual él reaccionaba. Los vi abrazarse al fin, y a mi emocionado ante la escena. A esa altura ya sabías lo importante de aquel gesto, de aquel momento. No pude evitar vernos burlándonos de los gustos del otro. Te escuché burlarte de mis gustos musicales. Me vi burlarme de tus películas favoritas. Nos vi fascinados observando las bibliotecas propias y ajenas. Pude verte, claramente emocionada con mis escritos. Mientras te contaba uno de mis cuentos, te dormías tranquilamente una noche de primavera, muy entrada la madrugada. Preocupada por mi ánimo, te vi. Buscando la forma de hacerme sentir mejor. Me vi enojado contigo por no entenderme. Me vi entenderte, y agradecerte por todo, absolutamente todo lo que hacías por mí. En ese preciso momento, me vi arrodillado pidiéndote matrimonio, tan sólo con mi mano y mi amor. Mi entrega absoluta. Me besaste y abrazaste, y no necesitamos nada más que miradas. Luego pude ver a nuestros hijos jugar en el patio, como si la vida se fuera en ese juego, como si no hubiese mañana. Te vi tranquila, observándolos. Me vi feliz, observándote. Nos vi en los eventos más importantes de nuestros hijos. Nos vi en sus nacimientos, vidas, muertes y renacimientos. Nos vi siempre presentes, para todo, para todos. Nos vi intentar desfallecer, y levantarnos nuevamente gracias al otro, a través de toda una vida. A través de todas las vidas que nos rodeaban. Finalmente nos vi viejos, ancianos, desgastados pero conformes. Tranquilos con la vida que tuvimos. Tranquilos con las vidas que cambiamos, creamos y dejamos. Te vi irte, en paz y con una sonrisa, agradecida de mí. Me vi agradecerte por la vida que me entregaste. Me vi completo. Me vi conforme, satisfecho, tranquilo. Me vi feliz. Me escuché, muy claramente, decirte "hasta pronto".   En un instante fui capaz de ver todo esto, tan claramente como vi tu mirada cruzándose con la mía. Un eterno instante. Uno como cualquier otro. Un encuentro fugaz. Hoy me enamoré. Mas, como siempre ocurre, di un paso más, nuestras miradas se desconectaron, y volvimos a nuestra vida usual. Y nunca más te volví a ver.
Usual life
Autor: Carlo Biondi  513 Lecturas
Quiérete, estás mal. Despierta, vístete. Ordénate, quiérete. Arréglate para el trabajo, adelgaza, píntate, depílate. Ten éxito, quiérete. Acéptalo, agradece, bendice. Detente, apártate, estás  mal, quiérete. No vales nada, no eres nadie. Te equivocas, quiérete.Te odian. Te odias. Estás gorda. Estás bien. Mentirosa, egoísta, egocéntrica, hermosa, irritante. Córtate el pelo, olvídalo, siéntete bien. Trabaja, ordena tu pieza, fea, horrible. Sonríe. Quédate tranquila, relájate, no fracases. No te rindas, no eres buena.No vales la pena, no te quiero, me odias, odias a todos. Quiérete. No estorbes, deja eso ahí, déjalo todo por mi. Ríndete, entrega todo, sécate, quiérete siempre.Eres fea, eres floja, eres tonta, eres gorda, eres flaca, eres alta, eres negra. Eres chica, pálida. Eres mentirosa, demasiado honesta. Demasiado sensible, demasiado loca. Eres irresistible, irresponsable.Eres desgraciada, desdichada, depresiva, infeliz. Eres negativa. Eres tonta. Eres tonta. Eres tonta. Eres cobarde, inútil. Eres hermosa, preciosa, inigualable, quiérete, eres mala.Y lo peor de todo, es que no te quieres.
Quiérete
Autor: Carlo Biondi  512 Lecturas
Vienen clamando por mi cabeza, por mis huesos y entrañas. Cánticos se escuchan a lo lejos. Déspotas y falsos, claman por mi vida y mi derecho. Me niegan la salud y la felicidad. Me extirpan, cual cáncer, del flujo transitorio y normal del existir mundano. Los escucho respirar en mi nuca, mis oídos, mis poros, mis pensamientos. En mi corazón se abren paso a punta de machetes y horarios. A punta de trueques y oraciones. En mi cabeza explotan bombas de ruido, y serpientes entran por mis ojos, llegando a lo más profundo de mi boca, saliendo como alaridos despavoridos, como aullidos sin sentido, sin comienzo y sin fin, para ellos. Intento arrancar, pero me cierran el paso. No hay salida aparente. Por más que piense y observe, todo indica que de esto no hay escapatoria. Que su caza ha sido exitosa y mi vida, una pérdida. Por mis dedos corren las letras que, al fin, encontraron la voluntad para salir de mis manos. Por mis mejillas corre el silencio, que se había extraviado hace tanto en un pasillo de mi mente, buscando una boca que jamás encontró. Sin perder tiempo, alcanzan la punta de mis dedos y, poco a poco, arrancan átomo por átomo la materia de mi cuerpo. Mientras mis manos y mis pies son devorados por el eco de una idea, siento temor, arrepentimiento y, al final, paz. Luego todo habrá terminado, y el descanso que yo mismo buscaba me habrá encontrado huyendo de el. Las horas se comen mis manos. Las distancias mis pies. Mi torso es devorado por la indiferencia y la codicia engulle mi cabeza de un solo trago. La lucha está perdida, mas intento liberarme y sangro, grito y desespero. Lloro y maldigo, y quiebro el espacio en la búsqueda de una salida. Me quiebro a mi mismo en la búsqueda de un escape, pero al final comprendo que es imposible. Que no debe ser posible. Que esta muerte es mi vida. Que esta tortura es mi testimonio, que este fin es el principio. Mi corazón, acelerado, late al terminar la masacre. Es todo cuanto queda. Es todo cuanto dejaron. Mi corazón y mi lucha. Y mi espíritu inquebrantable, lleno de ansia y de verdad. La más absoluta belleza que siempre busqué. El final del camino son sólo las sobras de la cacería. El nacimiento integral de otro ser, de otro mundo, de otro tiempo y otro espacio. La victoria suprema sobre la materia. Perdí mis manos, mis pies. Mi torso es solo un sabor, mi mente sólo un aroma. Despojado de todo, mi corazón se come a si mismo para no dejar rastro. Para desaparecer de este mundo, y comenzar su camino. El fin de la lucha y el principio de la victoria. Empapados en mi memoria, mis cazadores testifican mi derrota. Vociferan mi lucha y me dan vida en sus relatos. Exhalan mi corazón con cada anécdota. Me entregan al resto cual discípulos, y escriben morbosos evangelios sobre mi caída. Con cada desprecio construyen mi leyenda, con cada mirada me dan a luz. Y con cada suspiro, me dan vida eterna.
La caza (Victoria)
Autor: Carlo Biondi  489 Lecturas
Le grité a la murallaPero la muralla era sordaLloré y gritéSalté y supliquéMe arrastré hacia la murallaPero la muralla estaba ciega Amenacé a la murallaCon el mazo más grande que jamás encontré Con espinas en los bordesY una bomba en su puntaCon una cara de furiaY hambre de odioPero la muralla no sentía miedo  Le hablé de mis sentimientosMis esperanzas y miedosEl corazón fue exprimido por mis palabrasMi pecho fue destrozadoPor mis lágrimasPero la muralla no tenía corazón  Con el cuchillo más afiladoCorté mis venasLa sangre fue derramadaSobre toda la murallaPero la muralla no podía sentir  Acaricié la murallaCon todo el amor dentro míoLe dije cuánto la amaba Cómo yo daría todoSólo por obtener una miradaPero todo el amor del mundoNo pudo cambiar el corazón de piedra de la muralla  Consumido por la desesperaciónLa pena y el dolorDestruido por la apatíaLa frialdad más profunda que jamás enfrentéLe dí mi espalda a la murallaMe fui sin un adiósSin palabras, sin vozSin remordimiento, sin arrepentimiento Con el primer paso hacia mí mismoLa muralla se rompióY cayó
La muralla
Autor: Carlo Biondi  461 Lecturas
Te miro a través de un muro invisible. Muro que separa mi sueño, de tu realidad. Que separa tu sueño, del mío. Que construyó el tiempo y el espacio. Muro que no consigo derribar.   El miedo de la gente son ladrillos irrompibles. Los golpeo y acaricio, mas no ceden en su fortaleza. Son más fuertes que el dolor. Más fuertes que la pasión. Más fuertes que el amor.     La vida pasa entre nosotros. La puedo ver levantarse, y caer. Puedo ver mis sueños proyectados en este muro. Puedo ver tu mirada, que no me cruza. Puedo ver tu dolor, impotente.   El odio y el rencor hicieron este muro. El temor de lo improbable.  De lo incierto, de lo hermoso. De lo que la vida pudo ser. De lo que no te atreviste a apostar.     Mi sueño no te encontrará. No mientras se alimente este muro. De pena, dolor, temor. De rabia, rencor, indolencia. Ni todo el amor que te tengo y tuve, ni las promesas rotas ni los deseos más internos podrán sanar el destino roto que es éste muro. Muro que alimento al soñar despierto con tu realidad al otro lado. Muro que nos impusieron las circunstancias y el desprecio por la vida, y por la muerte. Muro que se cae a pedazos, de vez en cuando. Pero que cada vez que ocurre, llegan guardianes con tu cara a reponer esos ladrillos que la memoria y el anhelo derribaron. Muro que, al fin, deseo para nos. Deseo para mí. Deseo para que, de alguna vez por todas, la vida nos deje tranquilos y podamos tener sueños sobre sueños, vida y muerte humana. Que es lo que nos queda, pues la vida toda, en su materia y esencia pura, nos es nada más que el propio muro.
Muro
Autor: Carlo Biondi  452 Lecturas
Sirena, hoy te vi nuevamente. Siempre en el mismo lugar, mientras corría tras de ti. Soberbia, como siempre, me iluminabas el camino mas jamás te me acercabas. Yo, con mi mirada, te deseaba... Mis pasos te eran indiferentes, tu siempre al frente con tus mareas. Más de una vez me cansé. Intenté desistir, pero has de saber que tus encantos no son cosa de este mundo. Son, realmente, extraterrestres. Y es por eso que seguí corriendo. Por tu misterio, por tu anhelo, por tu recuerdo, por mi lujuria. Quisiera ser capaz de ver qué hay en ti, qué pasa contigo. Pero tu luz, si bien no es más que el reflejo de una mayor, me encandila y sólo puedo ver lo que hay en mi, dentro de mi, lo que busco y jamás encuentro, lo que perdí hace ya largo tiempo... Las olas se mecen como ondas de luz, como alta marea que me traga sin esperanza. Intento zafarme sólo para poder volver a caer en ella... Ah, las olas... Te reflejan tan injustamente. Te engrandecen, te hacen pequeña, te hacen miles y la vez nada, eres en ellas, sólo un espejismo. Un espejismo tan seductor que me pierdo en el, y no sé dónde comienzas ni dónde termino. Tu luz y tus recuerdos me llenan de esperanza y ganas abrumadoras. Intentar olvidarte es inútil, me tienes hipnotizado. Por más que lo intente, tu luz omnipresente de alguna forma me encuentra. ¿Es necesario, sirena, ser tan cruel? ¿No te bastan mis recuerdos y mi juventud? ¿No te basta ser la luz de mis noches? Luciérnagas, curiosas, ven que eres mi consuelo esta noche. Aquella noche. Aquella tan oscura, ingrata y sorprendente noche. Embriagado de amor y deseo, esa noche sentí por fin tocarte. Esta noche curiosa, de luciérnagas en las olas. De pequeños espejos de tu luz. De aquella luz tan tuya como tu de mi... ¿Te habré imaginado? ¿Lo estaré haciendo ahora? Puedo ver el camino, por tu luz. Puedo encandilar mi corazón con ella, pero... ¿Dónde estás? Hace tiempo no te veo. Me pregunto si te he visto alguna vez...  Quizá sólo te soñé. Quizá sólo estoy soñando ahora, mirando tu reflejo en el mar, tu luz en mi. Tu imagen en el cielo. Quizá todos te imaginamos... Todos necesitamos algo de qué aferrarnos. Tu, mi Luna, eres eso. Eres recuerdo y eres luz. Eres ese bello espejismo que veo cada noche tuya, en el mar. Eres luciérnagas inundando las olas. Eres la marea que recorre mi sangre cada vez que te pienso, sirena. Espero, Luna, algún día nuevamente verte, sentirte, empaparme de tu escencia, tan fantasmal y cósmica, como gloriosa es tu luz y tus recuerdos... Por ahora no eres más que eso. Un recuerdo de un amor fugaz que ahora sólo puedo sentir cuando te miro... Tu, pequeña sirena, mi Luna, eres mi secreto. Uno tan íntimo como nuestra historia, como las olas de esta marea que recorre mi cuerpo y te reflejan, luciérnaga por luciérnaga, mientras moja mis recuerdos tu perfecta imagen, como un sueño del que ya desperté hace tanto, tanto tiempo... En esta playa de mi vida, te recuerdo, Luna mía...
Tsuki
Autor: Carlo Biondi  450 Lecturas
Sin nombreSin personalidadEl tiempo, relativoInvención del demiurgoAbrazado por golemsTortura existenciasAplasta verdadesUna verdad mayor que estaQue cualquieraQue no tiene nombreNi personalidadQue no existe Una existencia efímeraUna rosa marchitaUna tierra en llamasUn paraisoLa puerta, la escaleraLa tiranía del tiempoEspacio corrompidoExistencia mundanaInmundaInútilPerdida Pasajeros del tiempo Sin destino aparenteNada se encuentra al final de ese tunelEl camino es otroMe han dichoO mostrado O susurrado en el oídoO poseído en el ser¿Qué es cierto?¿Dónde estás?¿Porqué...? Los sueños muestranUn tiempo inmisericordeUn tiempo exactoPrecisoNecesarioUn tiempo robado de otro tiempoUn existir ya vividoVívidoUna pared de realidad  Al final del sueño estáLa realidad que (no) he vivido¿He vivido?Al principio del sueñoSe encuentra el tiempoY la muerte lo abraza y se lo llevaY solo el ser quedaY este, en su (no) existirSe hace eterno
Eterno
Autor: Carlo Biondi  429 Lecturas
Recuerdo cuando, entre sollozos, una noche te llamé. Había despertado de una pesadilla terrible. Soñé que morías, pero ya desearía que ahí hubiese terminado. No, verás… Lo terrible de aquella pesadilla no era tu muerte, sino mi vida. Mi vida, que continuaba.  En esos momentos, mientras te llamaba, me era imposible concebir mi existir sin ti. No recuerdo haber sufrido de esa forma antes, en sueños o no. Dios sabe cuánto sufrí después, pero antes jamás. Te llamaba y, entre lágrimas y palabrerío ebrio de dolor, sólo deseaba escuchar tu voz. Tu dulce, suave, tranquila, sanadora voz. Porque en ese atroz sueño, tu voz había desaparecido de mi vida. Pero mi vida continuaba…  Fui consciente de tu ausencia, viví el vacío más asombroso que jamás conocí. La mirada era vacía, las palabras, el tacto, el pensar era vacío, y por mi corazón ya no corría sangre, sólo el vacío lo llenaba. Mientras te llamaba, rogaba a todo lo existente y lo vivido, que sólo haya sido un sueño. Porque verás, querida, que la vida entera pasa frente a los ojos no sólo cuando se enfrenta a la propia muerte.  Cuando contestaste, volvió el alma a mi cuerpo, mi corazón, que se congeló por unos minutos, que se paralizó de dolor y, vaciado, se rindió, volvió a acompañarme. Mi voz quebrada, te buscaba, te deseaba de una forma que jamás podré explicar. Te rogaba la vida y te agradecía el suspiro. Las lágrimas no se detenían, mezcla de dolor y vacío, amor y plenitud. Gratitud ante todo. Nunca había sido capaz de agradecer te. Esa vez lo hice de una forma que me desgarró el alma y me cortó por dentro los huesos. Y tu voz… La paz de tu voz, el amor, la tranquilidad, la dulzura de tu voz. La pasión y el consuelo de esa voz. Dios mío, tu sabes que eso es arte.  “Una palabra tuya bastará para sanarle”.  Años más tarde, me encuentro nuevamente sin ti. Sólo que esta vez no son los sueños el contexto, o eso creo... Años más tarde ya no es tu voz la que me sana. Años más tarde, mi corazón ya me ha abandonado, aburrido y cansado de mi, de tu ausencia, de la vida que le hice sentir. Años más tarde, al igual que en ese sueño, la vida continuó sin ti. Cada cierto tiempo te recuerdo. Con una copa de vino entre mis dedos, la vista se nubla y las memorias se aclaran. A veces hasta puedo escucharte… A veces he creído verte. He soñado besarte y he alcanzado a tocarte. Mas siempre te desvaneces. Siempre te esfumas y, por más que te persigo, no soy capaz de alcanzarte. Perdí la voz tras buscarte y desearte de formas inexplicables. Perdí mi corazón y hasta mis ojos me traicionan, de vez en cuando. Te perdí. Perdí.  Intento recordar tu rostro, mas el tiempo es el enemigo, y me arrebata tu figura de forma desalmada, cruel e indiferente. Tu voz quizá ya no es la tuya. Tus manos, que fueron reemplazadas tantas veces, ya no tienen aquella forma. El tiempo cambia el color de tu cabello, de tus ojos, la forma de tus labios, de tus pechos, tu forma de hacer el amor. Lo único que el tiempo jamás cambiará, será mi sentir. Porque haz de comprender algo; quien murió no fuiste tu, fui yo. Y con mi muerte mi amor se hizo eterno.  Sí, porque tu escogiste la vida y yo, que no sé qué hacer con ella, sólo supe morir.  Años más tarde aún te busco en cada esquina, en cada rincón, en cada centímetro de los cuerpos, en cada segundo de la existencia. Y sé muy bien que volveré a perder. Sin corazón y sin voz, el amor es mi única compañía. Créeme que intenté alejarlo, pero no fue posible ni lo será jamás. Cuando elegí morir ésta fue mi condena.  Herido y desgastado, camino por las orillas del mundo buscando tierra, luz, cielo, algo a lo que aferrarme. Pues tu voz ya no es la de ese día, ya no calma mi dolor y mi vacío, ya no entrega sus brazos a mi corazón, no descansa en mi su pronunciación. Y pensar que en algún momento aquella voz fue suficiente para dar vida. Y pensar que en un momento fue la misma quien me la quitó…  “Una palabra tuya bastará para sanarle”.  Recuerdo cuando, entre sollozos, una noche te llamé. Buscaba tu dulce, suave, sanadora voz. Consciente de tu ausencia, rogaba que sólo haya sido un sueño. Cuando contestaste, te rogué la vida y agradecí el suspiro. Una palabra tuya bastó para sanarme.  Años más tarde heme aquí, sin ti. Mi corazón, aburrido de tu ausencia, me ha abandonado. De vez en cuando te recuerdo entre vinos y memorias.  Perdí mi voz, y los ojos me traicionan. El tiempo, enemigo, te arrebata sin clemencia. Y contigo se va mi vida, más no mi amor. El amor es eterno, para quien muere por él. Y yo no sé más que morir… Años más tarde, consciente de la derrota, me aferro a la condena, mi única compañía. Cansado, deambulo. Tu voz no me toca. ‘Y tú, que fuiste vida, eres ahora también la muerte.’  Por siempre vagaré, llamándote. Porque tanto aquel, como todos mis días, una palabra tuya bastará para sanarme.
Una palabra tuya
Autor: Carlo Biondi  423 Lecturas
Mira hacia atrás. El Sol se esconde. Derritiéndose, por dentro. La Luna se apodera de sus ojos, su mente, su alma. El viento acaricia su cuerpo, su cabello, sus recuerdos... Todo está hecho.Sin duda, pero melancolía. Sin arrepentimientos, pero ansiedad. En un parpadear, el Sol se ha ido y la noche comienza. Repentinamente. Imparable. Hermosa.La libertad contenida por un cuerpo mundano. El alma gritando en su interior. La próxima brisa será la última. El próximo paso, el primero Todo está perdido. Entregado. Cedido. No hay necesidad de volver. No hay dónde volver. Ni la vista, ni el corazón, ni el cuerpo. Ni el espíritu. Impecable, aún. Invariable. Verdadero. A la sombra del Sol, a la luz de la Luna. Con paso firme, seguro. Confiando en la sangre. En el sentir. En el fuego interior de ese alma que clama. Que aulla, que desea. Que obliga.  Abandonando una lucha largamente perdida. Dejando un cuerpo profundamente gastado. Miradas que nada verán. Mentes que nada podrán reconocer. Escencias diferentes, ajenas, salvajes. Sin arrepentimientos, pero melancolía. Destino. Presa. Guía.  Arribo.  Ansiedad. Dejar atrás es algo tan grande. Una carga tan pesada como dejar de cargarla. Una idea, un instante. Un final. Un comienzo.  Sin arrepentimiento, pero curiosidad. Aleteos en la Noche. Una mirada más. Y empieza el viaje.
Viaje
Autor: Carlo Biondi  422 Lecturas
El cielo se está desmoronando. Y por más que intento sostenerlo, mis lagrimas no son suficientes. A cada paso que doy, su peso aumenta sobre mis hombros, y ya no sé cuánto más pueda aguantar... Intento distraerme, pensar en otras cosas, escuchar alguna melodía dentro de mi mente, inventar alguna realidad, soñar algún sueño... Pero cada vez que abro los ojos, te veo. El cielo lo envuelve todo. Cada rincón del espacio está invadido por él. Es innegable, indestructible. Y no deja de caer. La añoranza se apodera de mí, y me impide ver el camino. Me empapa la vista. Cada paso hace temblar aún más el cielo. Tengo miedo del siguiente, siento que equivocarse puede ser mortal. Y es que este peso no se aminora, y sigue creciendo. ¿Qué demonio habrá sido capaz de provocarle esto a este cielo? Un cielo tan maravilloso antes de la catástrofe. Un cielo tan placentero, tan cálido, tan tierno... En él tenía todo. Parecía tan perfecto. ¿Quién haría tal fechoría? ¿Habrán sido mis hombros los que no pudieron cargar más su peso? ¿Seré yo quien lo destruyó? Me hubiese gustado haber aprendido a engañarme. Conocí a gente con tanto talento en ello en el camino. Podría creerme los mundos que invento, los sueños que vivo, las melodías que canto. Sería tanto más fácil llevar el peso, tanto más fácil evitar que este cielo caiga. Quizá hasta podría repararlo, o podría incluso hacérmelo creer... El cansancio ya es grande. Quiero gritarle a este cielo que pare de caer, al menos en mis hombros. Pero no quiero rendirme. Quiero llevar este peso a cuestas así muera caminado. Es lo que merezco, y lo que merece. Si logro superarlo, podría hacer cualquier cosa. O quizá... Pero no. Hay que seguir. La masacre es extrema. No recuerdo ya cuánto cielo he pisado en mi camino. Los pedazos sobrecogen. Y la lluvia no deja de caer. Me pregunto cuánto más podré aguantar. Pero siempre que uno se ha herido, se puede herir un poco más... ¿Cómo sería un mundo sin cielo? ¿Qué sería de mi mundo? ¿Por dónde caminaría? ¿Con quién? ¿Hacia dónde? No, es muy loca la idea de desaparecer. De destruir todo. De dejarlo todo atrás, de abandonar. De... volver a empezar. Pero, ¿qué puede ser peor que este dolor?, ¿qué puede ser peor que la destrucción de todo lo conocido, de todo lo amado, frente a tus ojos?, ¿qué catástrofe puede compararse a la que estoy viendo ahora? El cielo cae. Mis hombros se rompen. El amor se rindió... Lo que sostenía este cielo ya no existe, y es por eso que se desmorona. Porque nunca fueron mis hombros... Lo dejaré caer. El siguiente paso será el último que dé con él a cuestas. Caerá y se destruirá completamente. Y cuando se disipe el polvo... Volveré a caminar.
Cae el cielo
Autor: Carlo Biondi  420 Lecturas
Todo el dolor desapareceA través de los ojos del gato. Lo miro, y a la vez me mira Y es como si dejase este mundo, Perdiéndome en él…   Un inconsciente me posee Y me libera de mi ser Soy él, y él, no sé No estoy en él, y él se va.   Su mirada me vacía Me limpia y me arranca Mientras los miro no soy nadie Y sus ojos son eternos…   Su pelaje es el fondo perfecto De la liberación absoluta Del Nirvana La oscuridad absoluta Pura, vaciada.   …Sus ojos me abandonan Ignorando mis súplicas. Soberbios, felinos.  Y vuelvo a los recuerdos, Los hechos, las palabras La inseguridad más absoluta El abandono, la humanidad.   Solo espero, ruego Que la próxima vez Que sus ojos me posean No dure tan solo un segundo…
Ojos del Gato.
Autor: Carlo Biondi  415 Lecturas
Los atardeceres eran cada vez más profundos, más intensos, más rojos... Eran cada vez más constantes, también. Y en cada uno de ellos, tu recuerdo se perdía un poco. Escapaba, quizá, de la oscuridad de la noche, una tanto más intensa que los mismos atardeceres. Una noche profundamente mía.A veces, al amanecer, tu imagen jugueteaba con mi cuerpo, con mis manos, mi pecho, mi mente, mis lágrimas... Nunca supe bien qué sentir, no sabía qué era ésto que ocurría. El no tener algo más que tu recuerdo era algo nuevo para mi. Y doloroso. Muy doloroso. El tiempo, sin embargo, me enseñó a llevarlo a cuestas. De vez en cuando, me crucificaba en él y me hundía en mi propio infierno, del cual no siempre resucitaba. La vida, y la muerte, me llevaron por muchos caminos. Estoy seguro, de alguna extraña pero natural y conciente forma, que lo sabes. Fuiste testigo de ello como hoy de estas líneas. Testigo de las caidas y la pena autocomplaciente, de cada una de las notas que mis manos dictaban en ésta, que seguía siendo nuestra historia. Y sabes bien que no estuve solo, aún si así lo creí. A toda esa gente le agradezco por cargar mi cruz, una que era sólo mía, y por la cual pasó mucha gente. Algunos incluso se quedaron...¿Dónde estamos ahora, preciosa? En éste momento, tu sabes... Se acerca el atardecer. Lo he esperado por mucho tiempo. Éste en particular, lo esperé con ansias, más que cualquier otro. He pensado en tí, verás. Te he estado viendo en mis memorias, y fuera de ellas. Y creo que fue lo correcto, ¿sabes? No para mi, sin duda, no así, al menos... Pero hiciste lo que tenías que hacer, y te respeto por ello. Ya no te odio. Ya no... Te admiro, aún si nunca lo dije. Aún si no lo puedes creer. Y sé, y sé también que sabes, que aquello que nacío en uno de esos atardeceres, no morirá jamás.Veo muchos colores en el cielo. Al comienzo eran grises, sombríos, helados. Pero pronto fueron cambiando, en ambos lados del horizonte. Ha sido un atardecer lento, como nunca lo fue antes. Es un atardecer nuevo, con aire de amanecer. Con aire cálido, reconfortante. Un aire tranquilo, apasible. Delicado, como nosotros. Como tú. Y como yo. No temas, nada malo viene. No es la calma antes de la tormenta. La tormenta ya pasó...Curioso, me parece, cómo el tiempo jugó conmigo, de forma tan particular como cruel. Y no fue capaz de enseñarme hasta hoy. Tu sabes, nunca fui un gran alumno, tampoco. He visto todo, y está bien. Estás bien. Estoy bien. Recuerdo tus ojos, y no te imaginas lo que deseo arrancarlos de mi mente y ponerlos enfrente mío. Tener por una última vez aquel lujo, aquella tan hermosa vista, aquella aventura, que son tus ojos. Pero ellos se fueron en un lejano atardecer de verano. Un rojo y profundo e intenso atardecer, como el de hoy.Quiero que sepas que estuviste siempre en mi. Que aquel poema, que escribí tantos años antes de nacer, mi corazón aún lo recita. Que sí, es eterno. Y sé, sin importar lo que ocurra, que es igual en ti. Pero este atardecer, que tiene tu rostro impregnado en su brisa, me pide a gritos dejarte ir. Dejarme vivir... Ya no quiero éste cáliz. Su amargura me consumió mucho tiempo, y cada amanecer era un azote en mi alma. Quiero al fin, dejar vacía esa cruz que me persigue a donde vaya, donde mire, a quien mire. Y sé que es lo correcto. El aire, con tu voz, me lo dice. Me lo susurra gentilmente mientras repaso tu historia, tus vidas, tus memorias. Los colores en el cielo, en mi alma, me abrazan mientras lo hago. Sólo deseo que encuentres tu destino. Y yo el mío. Fue un gusto saber de tí en esta vida... Alguna vez me salvó tu llegada. Hoy sólo me salvará tu partida. Tu recuerdo se pierde en el atardecer y en la noche. Este cielo ya no es nuestro, aunque siempre lo será. Espero te encuentres. Espero hacer lo mismo. La lucha es ardua, sabes, y no termina nunca...Ya casi no queda tiempo. Sólo encárgate de ser feliz, ¿está bien? Yo haré lo mismo. Sabes que me cuesta, pero nada es imposible. Soy prueba de ello. Lo que viene será difícil, pero estaré bien. No mires hacia atrás, nada bueno viene de ello. Sólo vete. Gracias por todo. Cuídate.Adiós.
さようなら
Autor: Carlo Biondi  412 Lecturas
Un dragón de fuego salió por mi ventana. Al perderse en el atardecer, incendió el cielo y sus nubes, y su brisa, y su recuerdo. En su huida, el sol pronto le acompañó, y juntos abandonaron esta tierra marchita, desecha, abandonada. Nos dejaron atrás, a nuestra suerte, para nunca más volver. Y ya no hubo noche ni tarde, ni amanecer ni crepúsculo. En ese mar de oscuridad y soledad, sin espacio ni tiempo, apareció de pronto una estrella. Una solitaria, tímida y lejana estrella. Compañía más absoluta para aquel abismo del ser. Con su pálido brillo iluminaba exiguamente nuestros rostros, mas era todo lo que necesitábamos para, al menos, poder reconocernos. Aparentemente, la soledad era solo nuestra, pues al poco tiempo una nueva estrella se unió a la anterior, y ya pudimos distinguir cielo de tierra. El espacio volvió, y nuestros pasos fueron cada vez más largos. Con el tenue brillo de esta segunda estrella pudimos, nuevamente, tocarnos. En nuestras nuevas aventuras, recorrimos muchos lugares. Logramos, al fin, encontrar otra estrella en el largo camino. El sutil brillo de ella nos guió de vuelta, y y en el afán de conectar al resto con nuestra búsqueda, recreamos el habla, y descubrimos la imaginación. Mi ventana, alguna vez tan llena, alguna vez tan vacía, hoy era al fin de nuevo adornada por la deliciosa luz de la compañía. Al despertar, una nueva estrella tenía a todos preocupados. El tiempo y su codicia se hacían evidentes. Inquietos, se miraban, tocaban y hablaban también de formas nuevas. Reflejos en los ojos que jamás imaginé, o que nunva ví, me traín recuerdos de días más claros. De días frios. De días encerrados. Algo nació en sus ojos aquel día. Algo murió en los míos. Saturado se encontró un día el propio cielo, que nos hizo ver, vernos, un día. Y ellos, así mismo, saturaban al resto con sus palabras, con sus hechos, con sus tactos, y sus ideas. Las estrellas perdieron su brillo tímido, sagaz, enigmático. Pálido, pero bondadoso. El brillo era ahora enceguecedor, y no daba espacio para conocer, pero reconocer, nada y a nadie.  Sólo siluetas pasaban por mi ventana, ya sin ojos ni mentes brillantes. La conciencia fue día, y un nuevo sol abrazó todo. Con el tiempo, ¡ah, maldito tiempo!, el espacio fue muerto, y muertos nos vimos todos. Y aquel fuego que perdí, o que arrojé al atardecer, me fue devuelto. Me fue nacido. Despertaba entre destellos, de vez en cuando, y podía apreciar lo oscuro que era en realidad todo. Todos. Quizá yo mismo no era más que una sombra, producto de una luz encandilante. La sombra de un espacio reflejada en el tiempo, en estos tiempos. En su tiempo. Que nunca fue mío. Llegado el momento, cuando al fin volvió el crepúsculo a estas desechas, marchitas, abandonadas tierras, logré encontrar, entre humo y cenizas, el espacio para salir yo mismo por aquella ventana. Sin dudar me arrojé al atardecer y, con el recuerdo vívido, prendí fuego al horizonte. E imaginé que aquel espacio, dentro de aquel sol que tímidamente se esconde, me devolvía al fin, a mi tiempo.
Crepúsculo
Autor: Carlo Biondi  406 Lecturas
Tres habíamos sentados a la mesa, uno a cada lado. Vestían ropajes, uniformes, ceremoniales. Trajes largos, negros, y cuellos blancos. Pantalones negros, y unos zapatos negros, muy bien lustrados, aunque probablemente de sangre. Lo extraño es, que vestían así todo el tiempo. Era una mesa redonda, de vidrio. El tiempo y el espacio se veían a través de ella, mas sólo sus patas y el suelo estaban allí. “Comprendo mi pecado, lo acepto y lo vivo”, dijo una mujer al acercarse. Su cabello era largo, al igual que sus ropas, como salidos de otro tiempo. Ella no siempre vistió así, fue el tiempo el que, atrapándola en su marea, la uniformó. Comprendí al instante, que aquel pecado no era más que el “primero”, el original, el génesis. Miré a mi alrededor, y me di cuenta de que mis acompañantes estaban conformes, satisfechos, felices tal vez, de escuchar sus palabras, como si las hubiesen esperado mucho, o tal vez necesitasen. Al tiempo sentí un espanto, un rechazo, en mi interior. De mi estómago llegó a mi boca. “¿Considera usted justo, padre, con toda su sabiduría, y conscientemente, que esta mujer deba pagar por aquel pecado? ¿Aquel pecado que ella no cometió, pero que la ha perseguido desde el momento en que se perpetró, sin tener ella la más ínfima señal de vida aún? Yo creo que es una atrocidad seguir atribuyéndole a la mujer aquel pecado, si es que es tal, aún es esta época.” Por supuesto, no tuve respuesta. La sabiduría de aquel padre era el silencio, cómplice y asfixiante. Luego la mujer volvió, esta vez con un caldero en sus manos. En el caldero, piedras calientes. Las vertió sobre nuestras manos. El agua se escurría por ellas, mas no mojaba. Y las piedras, aunque hervidas y desprendiendo vapor, no quemaban. Entendí que era su rito. Su forma de vivir con el destino, con el círculo que la perseguía. El tiempo pasó por ella, y su cordura la condenó a seguir su corriente. Nunca comprendí si ese era realmente su destino, o simplemente el que le habían dicho era suyo. Espero que el tiempo, en otra de sus rondas, de la oportunidad de averiguarlo, o burlarlo. No supe qué pasó con ella. Para el tiempo en que pude pensar en lo sucedido, estaba despierto.
Carapulcra
Autor: Carlo Biondi  403 Lecturas
“Los perros tienen solo un defecto, ellos creen en los hombres”.   Despertó con un poco de frio, como siempre. Estirándose un poco, sintió su pierna entre las propias, y se relajó. Se volteó hacia su lado, le acarició la larga cabellera, un poco grasosa, y se enderezó. Comúnmente le daba profunda pereza levantarse. Este era un día muy, muy común. Al pararse, le dio un poco de trabajo darse cuenta que Thor no estaba. Generalmente amanecía o a sus pies, o en su cabeza, pero esta mañana no apareció junto a él. Seguramente, pensó, fue a buscar un poco de comida. No era raro encontrar a esas horas restos. Tomó su cuaderno, antiguo, gastado, descompaginado, y lo revisó. Aún faltaban algunos sitios por visitar, y era un buen día para hacer esos trámites. Con delicadeza la despertó, diciéndole que tenía que marchar, pero que estuviera tranquila, volvería pronto. Sabía que eso era probablemente mentira. Quizá ella también lo sabía. Quizá preferían engañarse, creer sus mentiras, vivir la falsedad y transformarla en verdad, una que escapa totalmente a la realidad real. Partió así con su mochila al hombro, muchos lápices y hojas en un blanco prístino dentro de ella. En eso se acerca Thor. Sin duda tenía muchas ganas de acompañarlo en su viaje. Siempre se encontraba comida, camaradas, ruedas y un sinfín de cosas fascinantes cada vez que iba con él. Pero no pudo, pues esta vez le correspondía cuidarla en su ausencia. No era bueno que se quedara sola. No así, no ahí. Y con pesar y lealtad tremenda, Thor se devolvió por donde vino. Comenzó en el bandejón mirando hacia la gran casa, mientras se preguntaba por qué no había ido allí antes. Por más que lo pensaba no tenía sentido. ¿Un lugar tan importante, sin una atención primordial? No le dio más vueltas, y cantó sobre el papel… Este monumento siempre le causó gran intriga. Ansia, incluso. Siempre se preguntaba al pasar por fuera qué ocurriría allí dentro. Semejante casa sin que nadie la habite realmente. Le causaba casi nostalgia… Al terminar, decidió acercarse a la gran torre. Una torre importante en el inconsciente colectivo de aquellos transeúntes, transportados siempre como por la misma energía, al mismo ritmo, como si viniera de ésta. Esta vez cantó desde arriba de un árbol, donde no le vieran, en lo posible. Lo hizo rápido, sabía que podrían sacarlo de ahí en cualquier momento, y si bien las hojas le tapaban gran parte de la vista, la había visto tantas veces que sus ojos solo eran una proyección de una imagen mental, mucho más hermosa y valiosa. Al terminar se bajó cuidadosa y sigilosamente, pues no quería ser descubierto. No aún. Decidió adentrarse en las calles. Había visto, no hace mucho tiempo, no muy lejos, unas casas maravillosas, como sacadas de otro tiempo, de otro lugar, y merecían ser descubiertas. Si a través de su canto podía ayudar en esa tarea, tanto mejor. Estas casas eran su telón y sus butacas propias, y el sitio perfecto para cantarlas era entre ellas. Mientras lo hacía pensaba en sus fachadas, blancas como la nieve. Pensaba en su pecado. En que podría estar del otro lado, viviéndolas, y no ahí donde estaba, mirándolas. Cantándolas… Pensó incluso en que podría haber sido casa. Ventana, puerta, árbol, cielo, nube, aire… Quizá su peor error había sido ser persona. Quizá había algo peor. Su andar le llevó a una calle antiquísima. Rodeada de casas hechas específicamente para no contener personas. Esto le escandalizaba. Se dijo que, por lo mismo, estas calles no merecían ser cantadas. O quizá él no merecía cantarlas. Pasó.   Luego de mucho caminar, varias limosnas y algunas comidas, prefirió volver. Se hacía tarde y no quería que ella estuviera tanto tiempo sola, aún si después de encontrarse lo siguiera estando. Quería estar con ella. Quería que ella estuviera con él. Quería entregarle lo que merecía, necesitaba. Lo que él necesitaba. Quizá algún día ella despertaría, daría las gracias y devolvería la mano. Esa esperanza era el mejor alimento que había probado. Al llegar allí estaban ella, Thor, y el cartel. Saludó a ambos con cariño, le entregó comida a cada uno, y esparció sus cantos por el suelo. Por la reacción de quienes se dignaban a mirarlos, había sido un buen día. No todos eran así. Cantó también en ese momento, pero ya no sobre casas ajenas, sino sobre la suya propia. Sobre imágenes mentales de compañía y desolación. Sobre perros, seres inocentes y estúpidos. Sobre él mismo y su error más grande, un error que no quería obligar a Thor a cometer. Un error que le había significado su realidad. Un error de inocencia y estupidez. Un error que no podía evitar. Un defecto, al final. Al llegar la fría noche, se recostó en la fría calle, con ella igualmente fría, con Thor siempre a sus pies, en su cabeza, leal como siempre, inocentes todos, bajo aquel cartel que rezaba: “Los perros tienen solo un defecto, ellos creen en los hombres”.
En aquel lugar, nadie me tomaba en cuenta. Por más que insistiera, la atención era lo que más se negaba. Había una abundancia de todo, mas ese todo hacía que las cosas desaparecieran en frente de sus caras. Todos, sin importar cuándo, cómo, dónde y porqué, estaban demasiado ocupados consigo mismos. Y nadie prestaba atención. Nadie prestaba nada. Decidí acercarme al maestro. Un hombre muy alto, muy delgado, muy despeinado, muy barbudo, muy inteligente, muy talentoso, muy alegre, apasionado, demandante, determinante, amante. El hombre era, bajo todo aspecto, un extremo. El maestro daba una cátedra como nunca ví, ni antes, ni después. Su cara era de una concentración indescriptible, sus movimientos, apasionados. Cuando hablaba, su voz era dulce como la música que tocaba en su piano, pero tan varonil como la del hombre más viril que vi en mi vida. Su pelo se movía con el movimiento, constante, de su cuerpo. Sus manos eran batutas. Sus dedos, pinceles. La escena era victoriana. En medio de la habitación, justo en frente de la cama, había un gran piano de cola, sobre una alfombra de colores y diseños exóticos. Al lado un lienzo, blanco aún, sobre su atril. Un poco más allá, detrás del piano, un libro en blanco, sobre un escritorio, con su correspondiente pluma y tinta. Más allá de las vallas instaladas al rededor del maestro y sus instrumentos, había un chico, con un pergamino en la mano. En éste, escritas palabras aparentemente aleatorias que, a medida que se le decían, el maestro las transformaba en melodías en su piano, en escritos en su libro, en pinturas en su lienzo. Siempre el maestro parecía reconocer, recordar, revivir lo que el chico decía. Y luego, a veces por solo unos cuantos segundos, se abalnzaba sobre su piano a tocar las melodías más hermosas que escuché. Luego de eso hablaba. Hablaba con una pasión hipnotizante, con una convicción sobrecogedora. Con una verdad innegable. Y luego se arrojaba al libro. Y en el libro se entregaba por completo. Muchas veces hablaba mientras escribía. Otras, escribía mientras hablaba. Sus tópicos eran la vida misma. De eso era esta cátedra. Ningún tema era irrelevante. Y todos pasaban, de alguna u otra forma, por sus instrumentos. A través de sus intrumentos, hacia nosostros. Y nosotros entendíamos. Veíamos, escuchábamos, leíamos. Porque estábamos despiertos, porque queríamos ver. Porque queríamos aprender ese arte de la vida, que es el más difícil, el más lejano, el más inalcanzable y el más importante. Y a través del arte de vida del maestro, aprendimos. Su entrega, su pasión, su muerte en sus instrumentos, en sus enseñanzas, el resucitar de su voz y manos y mente y espíritu a través de este arte, le hizo eterno. Eterno en nuestros propios discípulos, en nuestro propio ser. Gracias a dicha cátedra yo, al fin, aprendí a hablar. Y ya nunca más fui ignorado.  
La cátedra
Autor: Carlo Biondi  391 Lecturas
Si gusta, pase Le tenimos de todo Cunas de paja y de oro Algunas cómodas, otras No tanto Tenés tres vías de acceso Le recomiendo la entremedia Las otras dan saltos Se pasan para allá y para acá Suben y bajan A Dios y al pulento Dependiendo el momento.   Si gusta, juegue A ser Poeta Político, Proeza Padre, Proactivo Prostituto, Puto Lo que quiera, le tinimos.   Si gusta, entre Unos conchasumadre Le adornarán el camino Le ayudarán a caminar A avanzar por el pedrerío Uno que otro, eso si Le tirará de esas mismas piedras Y lo botará al precipicio Pero no se preocupe Esos mismos después Le salvarán de su caer Para cagarle después Otra vez, y tantas más.   Pase, pase Están haciendo el llamado Saque número y continúe Necesitan un nuevo despabilado Un nuevo amigo que Secar en su legado Búsquese un trabajo Haga algo, hombre No ponga cara de pájaro.   Pase, por favor pase Cuidado dónde pisa Cuidado con quién habla Cuidado por qué lucha Cuidado cómo avanza Será donde le toque nomás Si tiene suerte Dará poco y recibirá más Tiene que ser fuerte Aguantar de todo Si aguanta poco Puede ser exiliado Si aguanta mucho Puede morir en la rueda O llegar a La Moneda Si es tonto Le pueden dar una embajada Si no, si anda con antojo Puede ser viejo y morir rojo O subir y bajar, pudrirse por dentro Mirar a Dios y al pulento A los ojos, bien atento Bien profundo, bien sincero Bien hipócrita y usurero Puede dárselas de marinero Calmar aguas o inundar campos enteros Pero una sola cosa le aseguro Sea lo que quiera Lo que se le cante y plazca Pero ahí, mueren los primeros   Pase, si quiere, pase Ahora, le diré algo Si prefiere Mejor pase…
Free pass
Autor: Carlo Biondi  391 Lecturas
Desde la tristeza inexplicable Nace una soledad contradictoria. No es más que mi vida en ese círculo, En ese mundo perforado.   Me rodean otras vidas, apresadas por el plástico. Muerte y sangre y salvajes egoísmos, Mas sólo belleza alrededor mío.   Un bosque eterno Sembrado constantemente Pero nunca regado, de eso no hay tiempo.   Florezco en este mundo, en este bosque plástico, Gracias a la sangre y a la muerte y a la desidia colectiva. Un pantano de oasis aún virgen, por desgracia. Un círculo perforado es ventana del panorama Un desliz en la pendiente constante de ese mundo.
Flores.
Autor: Carlo Biondi  390 Lecturas
Si el hombre más hombre  No es el que tiene muchas mujeres Si no el que tiene bien a una Y no se le escapa por nadie Entonces he sido el hombre más hombre Para todas mis mujeres
Hombre
Autor: Carlo Biondi  385 Lecturas
The Rays are highI can clearly seeThe doomed soulThat they have leftThe Sun is dyingThe moon took overMy broken bodyMy sinner mindA shapeless pastIs all I hadNo right to beNo life is freeThey are coming this wayThey're taking overThey're eating my fleshThey won't spare me this one'Cause I can't be meStory must be gonePeople must be killedMemories must be stolenAnd a sinless sparkMust be extintThe RaysHigh as they areThe SunDead as it isThe flood of light comes running lowWiping it all outMy tears were dried by the SunLong before it's lifeLong after the endAnd way before You killed meA prisioner of my lifeAnd all its surroundingsAnd the truth isI'm already dead
Not You
Autor: Carlo Biondi  381 Lecturas
Mirror MirrorWhat are you looking at?What are you looking for?What are you waiting for...What have you becomeYou have changed so muchYou are not what you used to beYou are breaking me apart...Mirror MirrorWhat's wrong with youI see no lightNo willNo soulYou are bleeding from your cracksMade by the time and the livingPieces of you fall to the groundFall from the skyFall from my heartFall to my feetBreaking my mindMirro MirrorYou are raining over meI can't understandThe image you give meThat reflexion seems so strangeSo foreingYou have to be lyingThat... can't be meMirror MirrorWhy do you do this to me?What did I do to you?What did I do...To meMirror MirrorTime has come and goWith the flow I did that tooAnd nothing remains the sameMy voice, my thoughts, my feelingsMy eyes are not the sameMy face full of scarsMy body broken and scaredMy soul lost long agoMy mind hidden for so longAll of this trembling beingTries so hard to reach your heartMirro MirrorGive me a signTell me a secretSay my nameFor I can't recall...Mirror MirrorIf you do soI will give you everythingI'm doneI give upI'm yours if you're mineI am mine...I amMeMirror MirrorPlease hang onDon't break just yetAnd please don't let me downYou can do betterI can live for youI will live for meAnd I swear to godWith all my heart that you can't seeWith all my tremblingScared beingWith all the love I've never had With my naked bodyAnd my rainy eyesI will put your pieces togetherI will clean your woundsI will look at youAnd I will love you
Mirror, Mirror
Autor: Carlo Biondi  381 Lecturas
Al principio todo estaba bien. Me dije que no habría nigún problema, y que era pasajero. Llegué hasta a creerlo, al menos un tiempo. De a poco me fuí dando cuenta que no sería posible. A veces un dolor, a veces un recuerdo. Otras, una visita. Supongo que ellos, al igual que yo, sabían que no podría olvidarlo. Claramente ellos se esforzaban, más que yo, en recordarlo.Y cómo poder olvidarlo. Poco a poco, lo sentía. Sentía sus brazos extendiéndose a través de mi. Me provocaba una repulsión tremenda. Lo sentía comerme, a veces muy lentamente, otras, con una velocidad desgarradora. Luché muchas veces por detener su avance. Llegué a creer incluso, que lo había logrado. Tan equivocado estaba... Lentamente me consumía, invadía mis entrañas, me secaba y envejecía. Un agujero negro, tragando luz sin vuelta atrás, y sin descanso.Recuerdo haber sido llevado hasta la locura, y me imaginé amándolo. Temo haberlo hecho.Cierto día, después de luchar y rendirme muchas veces, simplemente le permití seguir. Estaba ya demasiado cansado, y sabía la derrota inmisericorde a la que llevaba aquella lucha.Le permití entrar y romperme, hacerme sangrar, clavarme y expandirse. Extender sus raíces hasta los confines de mi ser. Y me gustaría decir que no sentí su avance, pero lo sentí en todo momento. Incluso hoy me provoca escalofríos pensar en ello. Bastaba un movimiento, aún una mirada, para sentir su presencia, cada vez más grande y avasalladora.Se lo llevó todo, mi adultez, juventud e infancia. No me dejó más que la resignada vejez, el otoño más íntimo, con su lluvia de hojas secas desbordándose de mi. Al caminar, como mis propios sueño, podía sentirlas crujir. Como las polillas moribundas plagaban los pasillos, moribundos sueños plagaban mi mente. Y cada vez quedaba menos...En esos momentos deseé buscar una serpiente que me ayudase a volver a mi planeta. Pero mi planeta era éste y la serpiente me buscaba a mí, en mi interior.Los gritos eran cada vez más comunes, y los podía escuchar como viniendo de otro lado. A veces me costaba creer que era yo quien gritaba de forma tan horrorosa, con tan espantoso dolor, con tan poca esperanza. Jamás pensé que podría gritar así.Alguna vez quise convertirme en él. Quise, por un instante al menos, ser el que causaba dolor. Quería saber qué se sentía. Por supuesto, eran solo los sueños efermos de un moribundo, alucinando entre placer y dolor, entre vida y muerte. Entre una una vida cada vez más exigua y una muerte cada vez más poderosa.Cada día costaban más los pasos. Cada día pesaban más mis pies, mis manos, mi sangre.En las noches de Luna, sólo ella me consolaba. Entre tragos y sollozos, me dormía entre sus brazos, y soñaba. A veces lo más terrible eran los sueños.Un árbol crecía desmesuradamente, y apenas sus ramas alcanzaban el cielo, sus raíces penetraban lo profundo del infierno. No me es aún posible definir aquel dolor. Dudo incluso, que mis gemidos al despertar le hicieran justicia. No, aquel dolor no era de éste mundo. Eran los gritos desesperados de la muerte, clamando mi nombre y ofreciéndome sus brazos. Recuerdo, en más de una ocasión, haber respondido positivamente. Pero no era suficiente, la muerte quería antes vaciarme de todo deseo y esperanza de vida, y día a día hacía su camino en mí.Cerca del final, le rogué a mi madre un abrazo, a mi padre su voz, a mis hijos sus manos, a mi esposa un beso. Un beso con el que sentí todo lo que buscaba. "Una palabra tuya bastará para sanarle".Y la serpiente me encontró.Entre amor, rabia, dolor, placer indescriptibles, inhalé la que sería mi última bocanada de aire. Miré hacia todos lados; la habitación, el barrio, mi vida, el universo cegándome con su blancura. Lo ví absolutamente todo. Y luego, cerrando los ojos, exhalé mi vida fuera de este cuerpo maldito, desdichado, enfermo.Recordé mi vida entera, mi niñez, adolescencia y juventud, mi adultez, mis amores y pasiones, mis dolores más profundos. Me desprendí de todo el peso que ya no podía cargar. Que ya no necesitaba. Le puse la otra mejilla a mi historia y, con una sonrisa, renací.
David
Autor: Carlo Biondi  374 Lecturas
Eliana comenzaba a preparar la cena. Dejó todo listo para armar esos sándwich de vacuno que tanto le gustaban, y tanta fama le traían, pero volvió a su habitación para ir a buscar el queso, que siempre se le quedaba ahí después de alguna resaca. Al llegar a ella, inmediatamente se percató de algo extraño. Había un cierto olor, una cierta esencia de que algo no andaba bien en el ambiente. Lentamente, aquel olor cambiaba de gris, a un negro profundo y tenebroso. Como cuando algo recién ha comenzado a podrirse, pero aún no está muerto. Aún no es el fin. Con extrañeza también, observó en sus paredes cosas inusuales. Ciertas manchas, muy sutiles en su coloración, pero extensas en tamaño, aparecían en ellas, y se alargaban hasta cielo y suelo. De pronto creyó oír, como desde la profundidad de su mente, un atisbo de algo similar a un grito. Un grito ahogado, de espanto, de dolor y terror. Le costaba concentrarse en lo que ocurría a su alrededor, si su mente no la dejaba tranquila. Pronto descubrió que no sólo era su mente. Al hacerse más intensos los gritos, las manchas y la sensación de horror, se dio cuenta que todo aquello provenía de la cocina. Al principio dudó mucho, tenía un profundo temor de lo que vendría. De alguna forma comprendía qué estaba pasando, aún si el impacto repentino de aquella situación le impedía reaccionar de acuerdo a su pensar. Mientras se acercaba, más crecían sus ganas de salir corriendo. Ya sus ojos comenzaban a desorbitarse. Pero ya no podía detenerse , caminaba como empujada por otro cuerpo, hacia aquel destino que parecía fatal. Los gritos ya eran ensordecedores, le invadían la mente y las entrañas. Desesperada, miraba a su alrededor y veía cómo su casa ya no era su casa, si no un galpón oscuro y pestilente, donde extrañas personas con vestiduras plásticas, parecían emanar de sus manos  esos gritos. Les cubría un manto de muerte y perversión, y se veían cada vez más cerca. Al fin, atinó a gritar. Al principio le costó controlar su garganta,  pero después de unos intentos pudo al fin gritar. O eso pensó, en un principio. Lo que comenzó como grito, lentamente fue transformándose en un mugir lastimoso y horrible. Sin entender qué había pasado, pero con profunda sospecha de lo que vendría, se encontró al fin con aquel salvaje extraño, ese verdugo creador de muerte, y sintió con un dolor que jamás conoció, cómo su vida lentamente se apagaba. Una vorágine de pánico, dolor y muerte fue su última imagen de aquel tan horrible mundo. Cuando llegó a la cocina, queso en mano,  y después de cortar un apetitoso filete, mientras armaba su sándwich, un sentimiento de empatía le invadió por un pequeño instante. Al morderlo, todo sentimiento había desaparecido.
Sintonía
Autor: Carlo Biondi  373 Lecturas
Despertó en su cuarto, aterrado. Había tenido nuevamente aquel sueño, aquella pesadilla tan terrible. Aquella en la que se sentía tan feliz. Aquel sueño que hacía que despertar fuera la pesadilla. Y eso era lo terrible de aquel sueño; despertarse.
Sueños...
Autor: Carlo Biondi  370 Lecturas
In the deepest reaches Of my broken soul No light can be Reflected on you   The source of all light Went away with the flow, With the tides of time   The heart of mine is But a memory of what I felt In times of yore… Nothing can be said No one is there To listen To see To feel The sacred power of This light you bring Is useless here. Go away, please Go Don’t be me Never become what can’t be heard What is not seen What no longer feels.   Light is a shadow of my past Light went away with the sigh Of our last kiss. My soul no longer lives in this eyes. By the time your lips closed Hope collapsed on itself And this mourning began.   Darkness in my heart Swallows all light you can bring Don’t expect this to be your home ‘Cause it isn’t even mine   Take your shining heart Your pristine eyes Your brave heart To the home it can reclaim Far away from here The tides are savage And the shadows of the past Merciless…   Don’t let me make a me Out of you Run while you can Before all lights go out. Leave this forsaken place Someday I’ll do it to…
Blackhole
Autor: Carlo Biondi  365 Lecturas
Alone in this room No hand to grab No mouth to kiss No soul to touch   Dark is all I feel inside Darkness is all I can see through my eyes   I can see The end is near Far from the truth I lay here waiting For the death to come   A hug from my very own arms Is all I get A voiceless scream Is all I left   As I walk through it all All I have is nothingness Nothingness is everything Every moment of existence Existence I did not want Material mind Material soul Material instance of existence Just a matter of life And death   Death of my soul Happened long ago   I long for you For your times For your days For your naked, fearless, pure soul. Your love.   Let me embrace myself In a lake of happiness Long gone and long Forgotten Long seen but never Forgiven   Not a noise A little sound or movement Is heard from here The palace of empty beauty Of empty souls Of empty beds, windows and moons A noon without you And a lifetime of longing Is all I hope From this life Entombed
alone
Autor: Carlo Biondi  362 Lecturas
Nuevamente el cielo en llamas, me recuerda el destino que añoro. Una Tierra ya hecha, ya fija, construida por sí misma, las leyendas de su historia, y el Mito. El Mito siempre presente. En mi corazón, en mis ojos, en mi boca, en mi búsqueda. Mi añoranza, mi melancolía. No existe a mi alrededor guía. O eso dicen. La verdad es que la guía nació conmigo. Y también morirá conmigo. La he visto desde que abrí los ojos, me ha visto desde que se enredó en mi columna y me dio forma. Lenta y poderosamente creciendo en mi sin percatarme. Aquel Mito que nos hace uno, sin querer. Aquel Mito que hace arder la sangre, que la justifica, que la liga con el pasado y el futuro. Mas no con el presente. En esta realidad sin guía, en esta “casa miserable”, todo es relativo y ni el tiempo es ya tiempo, y el espacio nunca fue espacio. Dicen las buenas lenguas que el Mito murió con su gente, que cielo y tierra pasarán, que la verdad está en todos y que uno no es ninguno, y todos también. En ésta, mi realidad, mi espacio y tiempo, he tenido que buscar sin descanso aquella luz que nos guía, aquel portador del saber y una verdad tan cierta como el Mito. Como el alma. Pues siento en mi ser un pequeño sabio intentando conversar en las escaleras del templo, con sabios mucho más sabios, y niños mucho más niños. Despierta en mi aquella vieja alma que deambula buscando su otra alma. Y a veces se duerme, o se cansa, o se transforma, y llega aquel niño que sólo juega y disfruta, que sólo busca el placer y la satisfacción. Pero en esta tierra sin guía, nada es momentáneo. Ni los templos ni las caras, ni los seres ni los placeres. Todo siempre parece venir desde otro mundo. Uno real. Uno sin esa maldita cubierta que me tapó los ojos por tantos caminos. Explosiones cósmicas me invaden de vez en cuando. Siento que el estómago saldrá por su boca y engullirá mi corazón para devolverlo a donde pertenece. ¿A dónde pertenece? El Mito, tan femeninamente, me susurra desde su Tierra una respuesta que poco logro oír. Hay demasiado ruido en este mundo de ocupaciones. Banales, mundanas, torpes, incompletas e inverosímiles ocupaciones. A veces logro escuchar, como entre medio de sus cascos, el viento polar que zumba por los valles. Lágrimas se desprenden de mí, me agotan y me queman con su viaje, con su canto de añoranza por aquella voz que hace tanto, tanto no escucho. Y luego se pierde, fuerte y clara, como esperando que la busque, que no me rinda. Que haga de esa llama que tengo dentro, un incendio que queme toda mi alma, que sea mi alma, y me lleve a donde pertenezco.  A la tierra del mito y la verdad. A lo más profundo de mi ser. La pertenencia nunca ha sido un sentido en mi. Siempre buscando lo que no me pertenece. Lo que no tengo, pero que tuve. Lo que tendré al final del viaje, cuando la leyenda muera y el mito, al fin, comience. La leyenda tan exigua que ya todos parecieron olvidar. El mito que los une a todos, sin saberlo. Y mi viaje, la más pura verdad.
Andes
Autor: Carlo Biondi  362 Lecturas
 En una de las ventanas exteriores, en el nivel más bajo de la nave, Laurean observaba el firmamento. Cuando era niña le parecía tan vasto, tan brillante, tan lejano. Tan eterno, inalcanzable. Hoy, habiendo llegado más lejos de lo que jamás soñó, le parecía tan aburrido, tenue, de un brillo pálido y desganado. Lejos quedó aquel recuerdo de un cielo estrellado. Ahora que ya lo había alcanzado, no se veían más que un par de solitarias estrellas.Un grito la distrajo de sus pensamientos. Eso, y el ruido anterior a este que, si bien percibió, no fue suficiente para arrancarla de lo profundo de su mente. Un estruendo, un grito y un empujón si lo fueron.Entre el caos,  logró concentrarse en las palabras del soldado; debía dirigirse al refugio militar primario, designado para personal de alto cargo. Éste se encontraba en las profundidades de la nave, muy dejos de aquel extremo punto en el que ella se encontraba. Sería un largo camino.Poco a poco comenzó a percatar la magnitud de lo que ocurría. Fuertes temblores le hacían tambalear mientras caminaba, y más de una vez se pudo sentir flotar por un momento, en ese espacio tan inhóspito, tan ajeno. Agradeció no usar esos tacos acordes a un cargo como el suyo. Incluso rangos menores, los usaban cotidianamente. Afortunadamente, pensó, ésta no era su nave, y no debía vestir su uniforme sino para asuntos oficiales. Como el día anterior.Mientras más se acercaba al refugio, más evidente se hacía todo. El ruido de las explosiones se sucedía de calor y, en ocasiones, cañerías explotaban liberando vapor a altas temperaturas. A pesar de lo grave que parecía la situación, Laurean estaba tranquila. Conocía bien a la tripulación. Y conocía muy bien a su capitán. Sabía cuán competentes eran,  y su largo historial de victorias. Ella misma era una de ellas, pensó…  Además, esta no era cualquier nave, sino una de las más importantes ciudadelas de la flota. La vida de miles, civiles y militares, estaban en manos de esa pequeña pero experimentada tripulación, ubicada en lo más alto de la nave, en la torreta de control mejor equipada que había visto en su vida. Pensó en el capitán, en cómo él también estaba muy bien equipado…Un nuevo temblor la distrajo, y esta vez la encontró en un ascensor, que se detuvo con el impacto. Por un momento pensó lo peor, pero al instante se puso nuevamente en marcha, dándole seguridad y sintiéndose tonta de tan solo haber dudado. “Cómo estarán los otros”, llegó a pensar sonriendo sarcásticamente.El refugio era un amplio salón de uso excepcional. Contaba con literas, comedores y baños, y también con una enfermería a la que periódicamente iban llegando heridos por la batalla. Camino al refugio, Laurean fue sobrepasada por unos heridos y pudo ver, claramente, que no eran de gravedad, cosa que la relajó aún más. Al llegar, sólo quiso sentarse y descansar.  Estuvo largo rato contemplado su situación, y su existencia. Se encontraba en una nave, una ciudad, un país, en la práctica, ajeno. Extrañaba los pasillos, salones, parques, estrellas de la suya propia. Se sentía desconectada de un caos que no era suyo. Sin duda algo de impotencia sentía, acostumbrada a estar al mando en cualquier eventualidad en su nave, en su vida.Los sucesivos temblores, y el ocasional herido, le hacían pensar en su propia fragilidad, y en ocasiones en que tuvo que superarla, o ignorarla, por defender a los suyos en situaciones similares. Hasta sintió cierto alivio de poder, por una vez, abrazar su propia fragilidad, y dejarse proteger. No cualquiera la protegía, además. Su vida estaba en manos de un muy bien equipado capitán.Una explosión que cualquiera anterior –y que cualquiera que había escuchado en su vida, en realidad- sacudió toda la nave, sacándola nuevamente de sus pensamientos. Llegó a pensar que pensar le traía mala suerte.Lentamente pudo armar en su mente la frase que acababa de escuchar. La escuchó muy claramente, a pesar del caos, pero había algo que no entendía. Que no creía. Que jamás se imaginó que escucharía. No comprendía cómo esas palabras podían estar en la misma frase. No, no podían encajar, no tenía sentido, no era real. Sin embargo, algo dentro suyo sabía que era cierto. Cayó a sus rodillas, y repasó una vez más aquella frase, con la mirada perdida en el vacío;“La torreta de control ha sido destruida”.
1.0
Autor: Carlo Biondi  357 Lecturas
Una extraña misión se me encomendó. Sin comprender los alcances de ella, mas decidido a llevarla a cabo, partí. Cuando perdí de vista el punto de partida fue cuando pude, al fin, decir que mi viaje comenzaba. El viaje fue extenso y complejo, las dificultades mayores con el tiempo y la distancia. Varias veces me pareció imposible llegar a destino, y vi mi vida pasar como si jamás hubiese nacido. Al acercarme al punto de encuentro, las tormentas me botaron varias veces, y las olas me poseían y me negaban el avance. Tarde me di cuenta que ya había llegado.Y aquello fue evidente cuando, por fin, llegué. El océano se extendía por todo lo visto, y mis pertenencias se perdían en el horizonte sin dejarme la mínima esperanza. De pronto, una calma me sorprendió regalándome de golpe la luz del sol. Fue difícil asimilarla, pues no la recordaba. No así…Se me dijo que el momento llegaría con las primeras gotas, pero que no esperase el fin luego. Se me dijo que aquella sería la más espantosa ytemible, valiosa, de mis misiones. No supe qué esperar, hasta que escuché unos gemidos muy a lo lejos. En ese instante, ese familiar gemido me paralizó y vulneró. Sabiendo que debía moverme, que debía bajar, desesperado intenté moverme, y otro gemido, aún más fuerte, me lo impidió nuevamente.Ese gemido era espantosamente familiar… Era el grito del alma cuando se desprende del cuerpo. Cuando la sangre cae de golpe al suelo, huyendo de todo cuanto le enfría. El grito de los ojos al romperse el corazón, al quebrarse el sostén que lo mantiene vivo. El grito de lo imperecedero al volverse mortal…Al cabo de varios gemidos, logré por fin acostumbrarme a ellos y su abrumante peso, como ojos que se acostumbran a las sombras. No pasó inadvertida su cercanía, y no pasé yo inadvertido para aquel monstruo capaz de sacar el alma y quemar los sentidos con tan sólo un gemido. Y a ese monstruo, esa criatura víctima y victimario de todo este océano que nos rodea, es a quien tenía por misión cazar.Un sentimiento de pesar, de amargura, de dolor y rencor cargaba el ambiente de una bruma invisible pero notable, como el calor en el asfalto. Los gemidos eran cada vez más cercanos, y más terroríficos. Lentamente comencé a sentir lástima por ese desdichado monstruo, lo que eventualmente me llevó a la empatía.Al sentir el más cercano de los gemidos hasta ese momento, comencé a sumergirme. Desde un principio sentí la presión de ese mar oscuro y doloroso. Y mientras más me hundía, más conectado a esos temibles, terribles sentimientos estaba. Mis recuerdos se volvieron líquidos igualmente, e inundaron mi conciencia de aquello que fuertemente había oprimido, clavado a las paredes de un cuarto que jamás volví a abrir…En ese océano inmenso y pesado, las lágrimas apenas se notaban. Apenas bastaban… Sin darme cuenta, un gemido se escapó de mi boca consumida por el dolor, y con horror me pareció escuchar en él a ese monstruo, que era mi presa…Desesperado, intenté volver a la superficie, pero cada intento me hundía más. Y cada vez que me hundía, era más profundo el dolor y el quebranto, el recuerdo de tantos dolores ahogados en un mar de indiferencia, de victimización y complacencia. Cada imagen dolía como nueva, cada palabra encontraba un abrumador eco en éste solitario mar de lágrimas.Creí comprender que ese, y no otro, era mi destino, y lo fue todo el tiempo. Y en esa comprensión, me entregué. Ya sin luchar, lentamente me hundí en el espanto, en la oscuridad de un mar sin fin, sin esperanza, fracasando mi misión…Un gemido me hizo salir del letargo. Uno que, comprendí en el acto, no era mío, sino ajeno, extraño. Extraño incluso a aquel monstruo al cual debía cazar. Era un gemido, de todas formas, cercano. Abrí los ojos y, acongojado, vi a ese monstruo enfrentándome.Era un dolor poco visto antes, en sus ojos. Una pena que aparenta ser eterna. Un espanto que paraliza con la sola idea, una frialdad propia de unos ojos una vez cálidos… Y un rostro. Un rostro, que era el mío.Acerqué mi mano a su mejilla, y mientras la acariciaba, ambos lloramos. En silencio, nos conectamos, nos comprendimos, nos acompañamos. Me contó de sus propias aventuras, de cómo llegó allí o, más bien, de cómo creó aquel lugar. Me contó que, de pronto y sin darse cuenta, comenzó a hundirse en un mar que aparentaba no tener origen. Que sólo buscaba una salida, pero cada vez que lo hacía, el mar crecía. Tarde, dijo, se percató del tamaño del mar que había crecido, creado, a su alrededor. Me contó sobre cómo, progresivamente, fue sumergiendo en éste a quienes tenía cerca y que, por miedo a ser devorados, se alejaron. Honesto, me dijo que en realidad no los juzgaba, y que aquel rencor que terminó por consumirlo, no era hacia ellos, sino hacia él.Intenté consolarlo, y él a mí. En un arranque de sinceridad, le conté mi misión. Sorprendido con mi sinceridad, me la agradeció, y me pidió por favor que le dejara quedarse ahí. Confundido yo, pregunté por qué. Y la respuesta fue tan noble como satisfactoria. Una voluntad digna de ser respetada.Los últimos momentos que compartí con aquel monstruo no fueron menos íntimos, mas sólo nuestros ojos conversaron. Y lentamente pude sentir cómo el mar se transformaba a nuestro rededor, aún sin cambiar totalmente. Ello era tarea de él. Y la mía, otra no muy distinta. Al despedirnos, su promesa fue la mía, y emprendimos el mismo viaje, en direcciones muy distintas.Fue difícil, al llegar, poder explicar el desarrollo y los alcances de mi misión. Se me hizo difícil explicar que, en realidad, no había sido un fracaso y que, por el contrario, había sido el mayor de mis éxitos. Y no gracias a mí, sino al monstruo, y esas palabras que nos perdonaron a ambos la vida. Esas palabras que me dieron la más importante, la única real, de las misiones que tendría jamás.“Déjame arreglarlo…”
Mar
Autor: Carlo Biondi  355 Lecturas
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