• Carlo Biondi
Belial
You may say I'm a drummer
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  • País: Chile
 
¿Porqué lloro al verme sonreír? ¿Tan rara es la imagen de mi felicidad? ¿Tan ajena me es? Aquellos tiempos me son tan dolorosamente cercanos, que deseo con mi alma no lo fueran. Deseo que sean una fe antigua, desaparecida, extinta como por un meteorito. Tan cierta pero tan lejana, que ya no duele la certeza de su ausencia, como un hecho tan solo contado… Aquellos tiempos me son tan dolorosamente lejanos, que imploro una nueva ronda en su eternidad. Un repaso de la energía por el mismo punto que me otorgó una esperanza, un motivo, una vida eterna. Una luz por sobre mi oscuro ser… ¿Porqué sonrío en mis días? ¿Porqué si ya no hay fe? ¿Porqué me lo permito…? Siento mundana fascinación por cosas muy simples. Un gato, una frase, un sonido, un aprecio… Y me permito sonreír. Me regalo islas desiertas todos los días. Islas vacías, sin sentido. Islas vírgenes, ya abandonadas… ¿Porqué lucho cada día? ¿Porqué me levanto a pesar de no encontrar nada? ¿Porqué aún lo busco…? Esta búsqueda es cada vez más ardua. Cada isla hace más difícil llegar a la siguiente. Cada paso pesa más. “Mi camino de tres años… Me parece que son treinta.” ¿Y qué más puede un hombre hacer? La nostalgia no vence al ansia. El miedo jamás vencerá las ganas. Llegarán las próximas islas, con su profunda carga de un vacío abismal, y sin embargo seguiré a la siguiente. El temor jamás vencerá al deseo de verdad. Al deseo de encontrar, al final del camino, una isla llena. Explorada, habitada. Desposada. Porque sólo se muere una vez. Y yo ya he muerto un par. No siento que el final de este arduo camino esté cerca. No siento, a veces, que este camino tenga un final en lo absoluto. A veces siento que este camino, con cada sonrisa, con cada paso, comienza nuevamente, y a la vez termina. Un puerto despide al anterior y recibe al siguiente. La búsqueda de aquella foto, de aquel gral, es ardua y no terminará jamás. Quizá sea mejor que jamás termine. ¿Qué buscaría, entonces?, ¿o me conformaría con la sonrisa? Por desgracia, por fortuna, mi fe en el final de este viaje se quedó en mi observación de esa foto. Porque ese momento ya no me pertenece. No soy yo quien se encuentra ahí plasmado. No puedo ser yo. Qué ingenuo habría sido, de ser yo. Qué ajeno…  La pérdida de la fe es también la del miedo. Ya no queda nada que perder. Si alguna vez fue mía, ya no tengo esa sonrisa. Aún si la recupero, jamás será mía nuevamente, pues cualquier sentir que la haya provocado, ya no está. Ya sólo queda el ansia… El deseo por esa tierra jamás prometida. Ya no tengo miedo. No se puede vivir con miedo. Y yo ya he muerto un par de veces.
La Pérdida
Autor: Carlo Biondi  568 Lecturas
¿Cuando decir "te amo" comenzó a ser una costumbre?, y no es que no lo sienta, es solo que... Esto no puede seguir, no nos podemos seguir hiriendo, como un amigo dijo; "no debe sangrar más", y es cierto, tantos momentos lindos, preciosos, guardados en nuestros corazones, no se pueden quemar por simples cosas del momento.Nos amamos, lo sabemos, y nos damos cuenta que no es suficiente, y eso es lo que mas te duele, que no sea suficiente... Hay que dejarlo ir, por el bien de los dos, sé que es difícil, el corazón que me regalaste no se me olvidará nunca, y lo guardaré por siempre, tú y yo de la mano, algo tan hermoso no se olvida, princesa, créeme...Cuesta separarse, demasiado, y el principal motivo ¿sabes cual es?, que nos amamos, lógico, nos amamos más de que hemos amado nunca a alguien, y nos amamos mas que cualquiera que hemos conocido, y que podamos conocer... el segundo es el terrible. Sí, la costumbre. Todos los días juntos, misma calle, mismo metro, misma casa, misma cama...No quiero ser pesimista, disfrutamos de todo lo vivido, y muy bien, es sólo que, por no ser pesimistas en un futuro, tenemos que cuidar lo que tenemos ahora, y no arruinarlo, no más. Ha pasado agua debajo del puente, alguna muy sucia, cosas que no se olvidan, cosas que dan pena, algunas incluso rabia, y, si nada de eso es capaz de arruinarlo, no esperemos a que lo sea."El amor real, mi querida, es difícil de encontrar", y así también, es difícil de abandonar, pero por eso mismo, porque nos amamos, realmente, mas que nadie, debemos dejarlo ir... "Mira... Eres mas Preciosa para mi que cualquier otro. No importa cuantos años pasen, Quiero que sigas sonriendo. No me importa lo que me ocurra, pero rezo para que tu siempre, siempre, Seas Feliz..."
Dejémoslo ir...
Autor: Carlo Biondi  1659 Lecturas
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Quiero amarte...
Autor: Carlo Biondi  1624 Lecturas
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Sirena, hoy te vi nuevamente. Siempre en el mismo lugar, mientras corría tras de ti. Soberbia, como siempre, me iluminabas el camino mas jamás te me acercabas. Yo, con mi mirada, te deseaba... Mis pasos te eran indiferentes, tu siempre al frente con tus mareas. Más de una vez me cansé. Intenté desistir, pero has de saber que tus encantos no son cosa de este mundo. Son, realmente, extraterrestres. Y es por eso que seguí corriendo. Por tu misterio, por tu anhelo, por tu recuerdo, por mi lujuria. Quisiera ser capaz de ver qué hay en ti, qué pasa contigo. Pero tu luz, si bien no es más que el reflejo de una mayor, me encandila y sólo puedo ver lo que hay en mi, dentro de mi, lo que busco y jamás encuentro, lo que perdí hace ya largo tiempo... Las olas se mecen como ondas de luz, como alta marea que me traga sin esperanza. Intento zafarme sólo para poder volver a caer en ella... Ah, las olas... Te reflejan tan injustamente. Te engrandecen, te hacen pequeña, te hacen miles y la vez nada, eres en ellas, sólo un espejismo. Un espejismo tan seductor que me pierdo en el, y no sé dónde comienzas ni dónde termino. Tu luz y tus recuerdos me llenan de esperanza y ganas abrumadoras. Intentar olvidarte es inútil, me tienes hipnotizado. Por más que lo intente, tu luz omnipresente de alguna forma me encuentra. ¿Es necesario, sirena, ser tan cruel? ¿No te bastan mis recuerdos y mi juventud? ¿No te basta ser la luz de mis noches? Luciérnagas, curiosas, ven que eres mi consuelo esta noche. Aquella noche. Aquella tan oscura, ingrata y sorprendente noche. Embriagado de amor y deseo, esa noche sentí por fin tocarte. Esta noche curiosa, de luciérnagas en las olas. De pequeños espejos de tu luz. De aquella luz tan tuya como tu de mi... ¿Te habré imaginado? ¿Lo estaré haciendo ahora? Puedo ver el camino, por tu luz. Puedo encandilar mi corazón con ella, pero... ¿Dónde estás? Hace tiempo no te veo. Me pregunto si te he visto alguna vez...  Quizá sólo te soñé. Quizá sólo estoy soñando ahora, mirando tu reflejo en el mar, tu luz en mi. Tu imagen en el cielo. Quizá todos te imaginamos... Todos necesitamos algo de qué aferrarnos. Tu, mi Luna, eres eso. Eres recuerdo y eres luz. Eres ese bello espejismo que veo cada noche tuya, en el mar. Eres luciérnagas inundando las olas. Eres la marea que recorre mi sangre cada vez que te pienso, sirena. Espero, Luna, algún día nuevamente verte, sentirte, empaparme de tu escencia, tan fantasmal y cósmica, como gloriosa es tu luz y tus recuerdos... Por ahora no eres más que eso. Un recuerdo de un amor fugaz que ahora sólo puedo sentir cuando te miro... Tu, pequeña sirena, mi Luna, eres mi secreto. Uno tan íntimo como nuestra historia, como las olas de esta marea que recorre mi cuerpo y te reflejan, luciérnaga por luciérnaga, mientras moja mis recuerdos tu perfecta imagen, como un sueño del que ya desperté hace tanto, tanto tiempo... En esta playa de mi vida, te recuerdo, Luna mía...
Tsuki
Autor: Carlo Biondi  450 Lecturas
Éste es mi calvario Hago testimonio Todo ha de pasar Para recordar un día Las estaciones en las que caí Las tormentas que pasé Y las muertes que sobreviví   Aún me arrastro por este Camino sin salida No hay túnel ni luz Sólo la oscuridad más absoluta Hay destellos en la niebla De negro carmesí Mas se esfuman  como El aire que exhalan Mis suspiros   No hay túnel No hay paredes No hay cómo apoyar El peso de esta alma De este Corazón en Tinieblas Sólo una bóveda Una cárcel, un abismo Un vacio que lo abarca todo   Las estaciones siguen creándose Por más que intento Mantenerme en pie Mis piernas y mi alma y mi corazón Me traicionan Mi mente posee mis pasos Y destruye mis músculos con sus ondas Con su flujo Con su existir Con existir…   Mi voz ya casi desaparece Los gritos se ahogan En susurros abismales En puñaladas de quebranto En el desapego más ominoso No importará No hay quien escuche No tiene por qué haber No hubo…   Miedo Horror Oscuridad Vacía Abismo Ceguera Luz Suspiro Abandono Caída Fuerza Ahogo Desesperanza Miedo Miedo   Miedo   Lucha Lucha… Lucha.   Hay un suelo bajo mis pies. Todo comienza en algún lugar Aún la nada Aún si ese lugar Es Ninguno Aún Si soy nadie Aún si nada pasa Aún sin esperanza Aún sin camino Aún en la oscuridad Del sueño más profundo   Destellos Suspiros Miradas Anhelo Abandono Miedo   Lucha. Lucha. Lucha. Lucha. Camina… Destellos… Suspiros… Ansia… Paz.
Calvario
Autor: Carlo Biondi  565 Lecturas
En aquel lugar, nadie me tomaba en cuenta. Por más que insistiera, la atención era lo que más se negaba. Había una abundancia de todo, mas ese todo hacía que las cosas desaparecieran en frente de sus caras. Todos, sin importar cuándo, cómo, dónde y porqué, estaban demasiado ocupados consigo mismos. Y nadie prestaba atención. Nadie prestaba nada. Decidí acercarme al maestro. Un hombre muy alto, muy delgado, muy despeinado, muy barbudo, muy inteligente, muy talentoso, muy alegre, apasionado, demandante, determinante, amante. El hombre era, bajo todo aspecto, un extremo. El maestro daba una cátedra como nunca ví, ni antes, ni después. Su cara era de una concentración indescriptible, sus movimientos, apasionados. Cuando hablaba, su voz era dulce como la música que tocaba en su piano, pero tan varonil como la del hombre más viril que vi en mi vida. Su pelo se movía con el movimiento, constante, de su cuerpo. Sus manos eran batutas. Sus dedos, pinceles. La escena era victoriana. En medio de la habitación, justo en frente de la cama, había un gran piano de cola, sobre una alfombra de colores y diseños exóticos. Al lado un lienzo, blanco aún, sobre su atril. Un poco más allá, detrás del piano, un libro en blanco, sobre un escritorio, con su correspondiente pluma y tinta. Más allá de las vallas instaladas al rededor del maestro y sus instrumentos, había un chico, con un pergamino en la mano. En éste, escritas palabras aparentemente aleatorias que, a medida que se le decían, el maestro las transformaba en melodías en su piano, en escritos en su libro, en pinturas en su lienzo. Siempre el maestro parecía reconocer, recordar, revivir lo que el chico decía. Y luego, a veces por solo unos cuantos segundos, se abalnzaba sobre su piano a tocar las melodías más hermosas que escuché. Luego de eso hablaba. Hablaba con una pasión hipnotizante, con una convicción sobrecogedora. Con una verdad innegable. Y luego se arrojaba al libro. Y en el libro se entregaba por completo. Muchas veces hablaba mientras escribía. Otras, escribía mientras hablaba. Sus tópicos eran la vida misma. De eso era esta cátedra. Ningún tema era irrelevante. Y todos pasaban, de alguna u otra forma, por sus instrumentos. A través de sus intrumentos, hacia nosostros. Y nosotros entendíamos. Veíamos, escuchábamos, leíamos. Porque estábamos despiertos, porque queríamos ver. Porque queríamos aprender ese arte de la vida, que es el más difícil, el más lejano, el más inalcanzable y el más importante. Y a través del arte de vida del maestro, aprendimos. Su entrega, su pasión, su muerte en sus instrumentos, en sus enseñanzas, el resucitar de su voz y manos y mente y espíritu a través de este arte, le hizo eterno. Eterno en nuestros propios discípulos, en nuestro propio ser. Gracias a dicha cátedra yo, al fin, aprendí a hablar. Y ya nunca más fui ignorado.  
La cátedra
Autor: Carlo Biondi  391 Lecturas
Vienen clamando por mi cabeza, por mis huesos y entrañas. Cánticos se escuchan a lo lejos. Déspotas y falsos, claman por mi vida y mi derecho. Me niegan la salud y la felicidad. Me extirpan, cual cáncer, del flujo transitorio y normal del existir mundano. Los escucho respirar en mi nuca, mis oídos, mis poros, mis pensamientos. En mi corazón se abren paso a punta de machetes y horarios. A punta de trueques y oraciones. En mi cabeza explotan bombas de ruido, y serpientes entran por mis ojos, llegando a lo más profundo de mi boca, saliendo como alaridos despavoridos, como aullidos sin sentido, sin comienzo y sin fin, para ellos. Intento arrancar, pero me cierran el paso. No hay salida aparente. Por más que piense y observe, todo indica que de esto no hay escapatoria. Que su caza ha sido exitosa y mi vida, una pérdida. Por mis dedos corren las letras que, al fin, encontraron la voluntad para salir de mis manos. Por mis mejillas corre el silencio, que se había extraviado hace tanto en un pasillo de mi mente, buscando una boca que jamás encontró. Sin perder tiempo, alcanzan la punta de mis dedos y, poco a poco, arrancan átomo por átomo la materia de mi cuerpo. Mientras mis manos y mis pies son devorados por el eco de una idea, siento temor, arrepentimiento y, al final, paz. Luego todo habrá terminado, y el descanso que yo mismo buscaba me habrá encontrado huyendo de el. Las horas se comen mis manos. Las distancias mis pies. Mi torso es devorado por la indiferencia y la codicia engulle mi cabeza de un solo trago. La lucha está perdida, mas intento liberarme y sangro, grito y desespero. Lloro y maldigo, y quiebro el espacio en la búsqueda de una salida. Me quiebro a mi mismo en la búsqueda de un escape, pero al final comprendo que es imposible. Que no debe ser posible. Que esta muerte es mi vida. Que esta tortura es mi testimonio, que este fin es el principio. Mi corazón, acelerado, late al terminar la masacre. Es todo cuanto queda. Es todo cuanto dejaron. Mi corazón y mi lucha. Y mi espíritu inquebrantable, lleno de ansia y de verdad. La más absoluta belleza que siempre busqué. El final del camino son sólo las sobras de la cacería. El nacimiento integral de otro ser, de otro mundo, de otro tiempo y otro espacio. La victoria suprema sobre la materia. Perdí mis manos, mis pies. Mi torso es solo un sabor, mi mente sólo un aroma. Despojado de todo, mi corazón se come a si mismo para no dejar rastro. Para desaparecer de este mundo, y comenzar su camino. El fin de la lucha y el principio de la victoria. Empapados en mi memoria, mis cazadores testifican mi derrota. Vociferan mi lucha y me dan vida en sus relatos. Exhalan mi corazón con cada anécdota. Me entregan al resto cual discípulos, y escriben morbosos evangelios sobre mi caída. Con cada desprecio construyen mi leyenda, con cada mirada me dan a luz. Y con cada suspiro, me dan vida eterna.
La caza (Victoria)
Autor: Carlo Biondi  489 Lecturas
La suave brisa del verano ayuda a estirar el mantel. La comida está lista y a punto de servirse. Siempre se sirve a punto y, por ende, hay que ser raudo en la tarea. Es preciso que todo esté listo pronto, o se corre el riesgo de que se enfríe, y como ella siempre dice; “No se puede comer frio”. En otro lugar, no tan lejano, se inicia la cuenta regresiva. Trabajos exhaustivos se hacen para tener todo en orden, en línea, antes de la puesta en marcha. Todos esperaban este día con ansias, y apresurados corren por pasillos y puentes de servicio, para que la activación ocurra cuando debe ser. “No podemos permitir el menor retraso”, él siempre decía. Los niños, conscientes del banquete que les espera, colaboran con todo lo que pueden. Alistan los platos, llevan el servicio a la mesa, estiran las puntas del mantel. Lenta y rigurosamente, ella va sirviendo la comida. Una a una va entregando las preparaciones más exquisitas y detalladas que jamás había elaborado. No había detalle dejado al azar. El amor y dedicación eran evidentes en cada plato puesto en la mesa. Y, antes de sentarse, observaron por un momento el espectáculo, casi de ensueño, que estaban a punto de degustar. Mientras, desde la más alta torre de control, él seguía gritando órdenes mientras corría de un lado a otro. Sus subordinados, herramienta en mano, afinaban los últimos detalles, las últimas conexiones, tomaban los últimos puestos. La cuenta regresiva seguía su curso, cada vez más cerca de su inmisericorde final. De a poco, la acción en las plantas y bóvedas se detenía. Todos habían ya hecho su trabajo. Uno a uno, se iban librando los sellos, y la incertidumbre crecía. Cada segundo parecía eterno, y la tensión crecía mientras todos observaban la escena surreal que se les presentaba ante sus ojos. Nunca habían probado bocado tan delicioso. El asombro y el placer les hacía creer que soñaban despiertos. Viajaban a través de los sabores con suavidad y gracia. El cálido aire de verano soplaba en su piel como la comida en su paladar, como la sangre por sus cuerpos. Y habiendo terminado, satisfechos ya en todos sus sentidos, no quedó más que descansar, que recostarse y observar el cielo claro de tan glorioso día, de tan hermosa vida. Y así, en paz, durmieron. Al finalizar la cuenta regresiva, y liberado el último sello, la bestia se levantó y rugió. La fuerza de aquel grito sacudió el alma de todos los presentes. No era lo que esperaban, pero estaba dentro de lo presupuestado. Los indicadores tampoco excedían lo normal, mas en él se reflejaba la sospecha. La incertidumbre y el temor invadían su cuerpo. Estaba todo en sus manos y, si alguien podía manejar la situación, era él. Para eso estaba ahí. Corrió por escaleras y pasillos, puentes de servicio, hasta llegar a una gran consola. Con cada peldaño los gráficos se alejaban un poco más de lo normal. Con cada paso, se alejaba un poco más de su control, y si no hacía algo pronto, todo estaría perdido.  Sin pensar, oprimió el botón. Una gran explosión sacudió a todos y la bestia gritó de forma salvaje. Al darse vuelta, sus ojos se encontraron y, por un segundo, vio la salida. Un temblor sacudió la casa y, asustada, salió a observar qué ocurría. El rojo cielo del atardecer la recibió con una brisa helada y salvaje. El aroma le anunciaba el acontecer de algo. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y la incertidumbre se transformó en certeza. Todo pareció ocurrir lentamente. Él sabía que todo dependía de cómo manejara la situación. Los gritos parecieron alertar, conmover incluso, a la bestia. Las emociones le invadían y, con cada alarido, una nueva se manifestaba. Sintió que la tenía en sus manos, que pronto se calmaría y volvería a su control. Pero algo, un destello en la vista sincera y salvaje de aquel monstruo, de aquella inocente víctima, le hizo dudar. Le hizo pensar en esa familia que, no muy lejos, cenaba al alero de un grato día, común, de verano. El amor y el temor quebraron su confianza, su fortaleza, su orgullo, y le invadió el miedo. Miedo que no pasó desapercibido. Aquella debilidad fue el detonante. Sin mediar un momento, todo lo presente fue destruido, consumido, por aquel demonio creado por los hombres. La bestia, manifestación alada de todo lo espantoso, absorbió toda existencia a su alrededor, y rápidamente su impacto se expandió. Él mismo se sorprendió cuando, enfrentado a su extinción, su corazón fue invadido por la esperanza. Y con un esbozo de sonrisa, su presencia fue asimilada. La fuerte brisa de aquel día de verano, le anunció que aquel rojo atardecer era el último. Acongojada, mas no sorprendida, abrazó a los niños con ternura y paz, consciente. En el horizonte, alas se desplegaron. El atardecer fue aclarado. Las nubes, despejadas. El cielo desaparecido. La tierra, evaporada. Y su existencia, en un destello de pasión, unificada.
La última cena
Autor: Carlo Biondi  581 Lecturas
Hice llover para poder dormir. Para poder soñar cambié el aire por mar, e inundé desde mi cama lo último que podía ver. Hice apagar el Sol y su potencia, irresistible, me cansó un tiempo. Ni cuenta me di cuando al fín su gloria dejó de alcanzarme y darme vida. Hice llover en la Luna para nublar su lado oscuro, que me fue siempre más claro. Hice que las gotas ardieran lentamente en mis oidos como una sinfonía, carcomiendo si podían los recuerdos de esos días soleados, de ese ensueño que impide dormir. Hice llover para poder descansar. En el caos sólo la destrucción puede traer paz. Pensé en entregarme tranquilo a las aguas, dejarlas limpiar mi cuerpo y espíritu. Pensé en abrirles las puertas de mi interior, y pedirles ayuda para sacar la basura. Qué es peor; el fuego o el agua, el amor o el odio, la paz, el caos, la paz durante el caos, no lo sé. Sé que quise des-ahogarme, por un intento casi muy bien logrado de entrega total al destino, y no fue sino el último empuje. El fondo sólo era eso y, como era de esperarse, nada más hayé ahí. Nada más busqué; no quise irme de manos llenas. Como por experiencia supe que ese fondo no era el fin, y que la destrucción no es más que el comienzo. Hice llover para poder volver. De donde siempre quise arrancar una vez me vi muy lejos. El pánico de la luz penetrando mis pieles, del aire invadiendo mis sentidos hizo que pensara muchas veces cada paso que di. Y antes de cansarme de caminar, me cansé de pensar. Cansancio es quizá forma liviana de exponerlo; hice llover para poder descansar. Después de poder volver a pensar, un momento pasó eterno y en blanco, y como desde ese blanco, un sentir, un pensar invadió y no pude dar cuartel; la lluvia comenzaba a sonar. Hice llover para poder morir. Cuando las primeras gotas comenzaron a caer, una como un beso de la vida cayó en mi mejilla y yo, sonrojado, ni la mirada le pude devolver. Extasiado por tal avalancha de amor, me presté enteramente a caer en los juegos nuevos que se veían en camino. Y uno a uno los fui superando, desgarrándome éstos lenta y pacientemente. Aún la lluvia no terminaba de comenzar cuando yo ya, herido de muerte, me disponía peligrosamente a jugar por última vez. La victoria en estos juegos evidentemente era aparente, y cada premio me arrancó un sueño. Como con esencia pero sin sustancia quedé al fin, moribundo. La agonía parecía eterna y ningún ímpetu pude percibir. ¿Será posible caminar bajo la lluvia? ¿Será posible superar ese frío insufrible? ¿Será posible brotar una y otra vez, como ensayando la vida y el tiempo, de lluvia en lluvia, hasta que ésta cese? Creí haber provado una vida sin lluvia, pero de ella huí también moribundo y desganado. Mas lo que cansa es pensar, no caminar. Seco, parado como estaba; medio muerto, medio ahogado, medio despedazado, hice llover para poder morir y, si mis recuerdos me eran fieles, renacer. No recuerdo cuántas veces habré dado las mismas vueltas. No recuerdo qué de todo aquello fue real, qué me inventé y qué me creí. No recuerdo inmensamente el sentir de esos días de lluvias voluntarias. No recuerdo la razón de mi vacío, y sin duda me es un misterio cuánto y cómo he dejado atrás. Por alguna razón siento su peso mas no su dolor, y esa fortaleza es un regalo tan divino como aquello a lo que me impulsa enfrentar. Las lluvias, desde ese primer sol, han ido y venido. Algunas más crueles, otras más piadosas, arrancan pedazos del cadaver que fui dejando, y por ello les agradezco. De muy sutil forma ellas me dicen "de nada". Ahora el Sol me es ineludible. Aún si no lo quiero, su calor me hace caminar y rara vez determe a pensar; ¿en qué podría pensar de todas formas? No es como que tenga algo que recordar... Y cuando la lluvia ocasionalmente cae, es claro por mi disfrute que es de alguien más. Y con ese alguien, al final de su ciclo, comparto su destino.
Hice llover
Autor: Carlo Biondi  218 Lecturas
Despertó en su cuarto, aterrado. Había tenido nuevamente aquel sueño, aquella pesadilla tan terrible. Aquella en la que se sentía tan feliz. Aquel sueño que hacía que despertar fuera la pesadilla. Y eso era lo terrible de aquel sueño; despertarse.
Sueños...
Autor: Carlo Biondi  370 Lecturas
En unas pocas horas te veré... no te veo desde el viernes, lo cual para nosotros es demasiado tiempo... Me gustó bastante el día, si bien (para variar) peleamos, luego me encanto, el compartir contigo esas instancias, no sé, la cosa es que me dejó conforme el día, y con ánimo de verte un día después, y poder probar otra vez el pavo que tu haces, el pavo más exquisito que puedo llegar a comer (y no solo por el sabor...).Recuerdo el martes, cuando te dije que no podíamos seguir juntos... en realidad era fácil decirtelo, sabía que eso jamás pasaría, que no terminaríamos, no así, no por eso... pero yo sabía que era necesario, que debía hacerlo, hacer lo que, a pesar de todo, nunca hice, por cobarde... tú muchas veces has tomado eso a mal, el que no pueda hacerlo sólo por cobarde, pero no debieras... te amo, te amo como a nadie (si, "cómo" a nadie, tu lo sabes), te amo como dificilmente amaré a alguien, no puedo vivir sin tí, y eso no es solo un cliché, ambos lo sabemos, lo aprendimos a golpes (golpes emocionales por supuesto...), eres mi todo, sin ti realmente no existe nada, te lo especifiqué en las notas que te escribí, y supongo lo entiendes... Ese martes realmente quería saber qué se siente dejar ir a la persona amada, saber si sería capaz de aguantar tal tormento (que ya lo tuve que aguantar una vez), obviamente no podría, ni siquiera soy capaz de dar el paso... ¿cobardía o amor?, supongo te preguntas eso... una lleva a la otra, y tu te has dado cuenta...No... sería imposible estar sin tí... ya me es imposible estar sin ti en el día... tantas iluciones nos hicimos, y mira... quizá ese impacto me llevo a decirte todo lo que te dije ese día, y no me arrepiento... te vez tan hermosa cuando lloras... y me inspiras tal amor, que no importa si estamos discutiendo, ni porqué, te abrazo inmediatamente y calmo tu llanto... aunque algunas veces te calmas tan rápido que me molesta un poco no poder seguir viendote llorar, ademas a ti es fácil calmarte el llanto, te ofresco un helado y se ilumina tu cara... que es aún mas hermosa de esa forma...Te he visto de tantas formas... emocionada, entretenida, cariñoja, traviesa, juguetona, avergonzada... enamorada... y en cada una te vez hermosa... no te imaginas lo hermosa que eres, nadie lo hace, excepto yo, que soy el único que te ha visto de toda forma posible... el único que ha visto tu belleza, tu maravillosa y envolvente belleza... Te amo... como jamás pensé hacerlo (y ya me había enamorado antes), te amo con todo mi ser, literalmente... Siempre he pensado que si dos personas realmente se aman, no existe razón para no estar juntos, así que dejémonos de tonterias, y tan solo, estemos juntos...
Quiérete, estás mal. Despierta, vístete. Ordénate, quiérete. Arréglate para el trabajo, adelgaza, píntate, depílate. Ten éxito, quiérete. Acéptalo, agradece, bendice. Detente, apártate, estás  mal, quiérete. No vales nada, no eres nadie. Te equivocas, quiérete.Te odian. Te odias. Estás gorda. Estás bien. Mentirosa, egoísta, egocéntrica, hermosa, irritante. Córtate el pelo, olvídalo, siéntete bien. Trabaja, ordena tu pieza, fea, horrible. Sonríe. Quédate tranquila, relájate, no fracases. No te rindas, no eres buena.No vales la pena, no te quiero, me odias, odias a todos. Quiérete. No estorbes, deja eso ahí, déjalo todo por mi. Ríndete, entrega todo, sécate, quiérete siempre.Eres fea, eres floja, eres tonta, eres gorda, eres flaca, eres alta, eres negra. Eres chica, pálida. Eres mentirosa, demasiado honesta. Demasiado sensible, demasiado loca. Eres irresistible, irresponsable.Eres desgraciada, desdichada, depresiva, infeliz. Eres negativa. Eres tonta. Eres tonta. Eres tonta. Eres cobarde, inútil. Eres hermosa, preciosa, inigualable, quiérete, eres mala.Y lo peor de todo, es que no te quieres.
Quiérete
Autor: Carlo Biondi  512 Lecturas
Hoy, mientras caminaba distraídamente, te vi. En un instante mágico, nuestras miradas se cruzaron, y sin lugar a dudas, me enamoré. Me enamoré de un amor único, exclusivo y excluyente. Un amor que solo tu mirada podía provocar. Un amor desafiante, provocador, violento y desatado. Nos pude ver abrazados, esperando el amanecer en la cama de un motel. En mi propia cama, agotados después de una tarde poseída por la pasión y libido acumulados por años de preparación para nuestro encuentro. En tu cama, reviviendo con gusto el viento de una tarde de verano. Nuestros cuerpos agotados después de la entrega, de la batalla por el placer, por el amor y la posesión. Nos pude ver cómo el deseo mismo nos transmutaba, nos quemaba y diluía. Nos pude ver, Elella. Nos vi paseando por el parque, riéndonos de estupideces que a veces ni nosotros mismos entendíamos. Te tomaba de la mano con amor y protección, con la más absoluta entrega. Te abrazaba y podía sentir tu olor, tu maravilloso aroma que me recordaba el mismo vientre de mi madre, los brazos de mi padre. Que me recordaba la eternidad.  Me vi, acomodándome en tu pecho, tocándolo con suavidad y pasión desenfrenados. Con ternura y una locura inmensa. Me vi drogado por tu existir tan próximo a mí. Me vi afortunado y bendecido por aquel momento, por la maravilla de sentirte tan mía como yo mismo. Vi a tus padres conocerme, encantados por la fortuna que era el habernos encontrado en esta ronda. Los vi orgullosos, felices y pretenciosos. Me vi pretencioso y orgulloso y feliz. Me vi a tu lado, con la frente en alto, develando aquel misterio por fin, aquella tan ardua búsqueda. Aquella pasión que, sin duda alguna y al fin, tenía nombre. Nos vi sentados en la mesa. Escuché las preguntas de rutina, y las que de seguro no lo eran en absoluto. Me reí a carcajadas con las bromas de tu padre, disfrute la cocina de tu madre como si fuese de la mía propia. Les conté cosas que, planeaba jamás contarles, y tranquilo vi que su reacción no era la esperada. Vi cómo, lentamente, me acogían en su familia, y se hacían parte de nosotros. Te vi conversando con mi madre, como si fueran las mejores amigas. Las vi abrazarse y despedirse para, sin duda, volver a verse nuevamente otro día, otra semana. Vi a mi padre, lejano y cálido como siempre, mirarte de pies a cabeza, escudriñarte, cerciorarse de que eras la indicada. Te vi aceptar tal juicio con una bondad única, conociendo el historial por el cual él reaccionaba. Los vi abrazarse al fin, y a mi emocionado ante la escena. A esa altura ya sabías lo importante de aquel gesto, de aquel momento. No pude evitar vernos burlándonos de los gustos del otro. Te escuché burlarte de mis gustos musicales. Me vi burlarme de tus películas favoritas. Nos vi fascinados observando las bibliotecas propias y ajenas. Pude verte, claramente emocionada con mis escritos. Mientras te contaba uno de mis cuentos, te dormías tranquilamente una noche de primavera, muy entrada la madrugada. Preocupada por mi ánimo, te vi. Buscando la forma de hacerme sentir mejor. Me vi enojado contigo por no entenderme. Me vi entenderte, y agradecerte por todo, absolutamente todo lo que hacías por mí. En ese preciso momento, me vi arrodillado pidiéndote matrimonio, tan sólo con mi mano y mi amor. Mi entrega absoluta. Me besaste y abrazaste, y no necesitamos nada más que miradas. Luego pude ver a nuestros hijos jugar en el patio, como si la vida se fuera en ese juego, como si no hubiese mañana. Te vi tranquila, observándolos. Me vi feliz, observándote. Nos vi en los eventos más importantes de nuestros hijos. Nos vi en sus nacimientos, vidas, muertes y renacimientos. Nos vi siempre presentes, para todo, para todos. Nos vi intentar desfallecer, y levantarnos nuevamente gracias al otro, a través de toda una vida. A través de todas las vidas que nos rodeaban. Finalmente nos vi viejos, ancianos, desgastados pero conformes. Tranquilos con la vida que tuvimos. Tranquilos con las vidas que cambiamos, creamos y dejamos. Te vi irte, en paz y con una sonrisa, agradecida de mí. Me vi agradecerte por la vida que me entregaste. Me vi completo. Me vi conforme, satisfecho, tranquilo. Me vi feliz. Me escuché, muy claramente, decirte "hasta pronto".   En un instante fui capaz de ver todo esto, tan claramente como vi tu mirada cruzándose con la mía. Un eterno instante. Uno como cualquier otro. Un encuentro fugaz. Hoy me enamoré. Mas, como siempre ocurre, di un paso más, nuestras miradas se desconectaron, y volvimos a nuestra vida usual. Y nunca más te volví a ver.
Usual life
Autor: Carlo Biondi  513 Lecturas
Te miro a través de un muro invisible. Muro que separa mi sueño, de tu realidad. Que separa tu sueño, del mío. Que construyó el tiempo y el espacio. Muro que no consigo derribar.   El miedo de la gente son ladrillos irrompibles. Los golpeo y acaricio, mas no ceden en su fortaleza. Son más fuertes que el dolor. Más fuertes que la pasión. Más fuertes que el amor.     La vida pasa entre nosotros. La puedo ver levantarse, y caer. Puedo ver mis sueños proyectados en este muro. Puedo ver tu mirada, que no me cruza. Puedo ver tu dolor, impotente.   El odio y el rencor hicieron este muro. El temor de lo improbable.  De lo incierto, de lo hermoso. De lo que la vida pudo ser. De lo que no te atreviste a apostar.     Mi sueño no te encontrará. No mientras se alimente este muro. De pena, dolor, temor. De rabia, rencor, indolencia. Ni todo el amor que te tengo y tuve, ni las promesas rotas ni los deseos más internos podrán sanar el destino roto que es éste muro. Muro que alimento al soñar despierto con tu realidad al otro lado. Muro que nos impusieron las circunstancias y el desprecio por la vida, y por la muerte. Muro que se cae a pedazos, de vez en cuando. Pero que cada vez que ocurre, llegan guardianes con tu cara a reponer esos ladrillos que la memoria y el anhelo derribaron. Muro que, al fin, deseo para nos. Deseo para mí. Deseo para que, de alguna vez por todas, la vida nos deje tranquilos y podamos tener sueños sobre sueños, vida y muerte humana. Que es lo que nos queda, pues la vida toda, en su materia y esencia pura, nos es nada más que el propio muro.
Muro
Autor: Carlo Biondi  452 Lecturas
Si el hombre más hombre  No es el que tiene muchas mujeres Si no el que tiene bien a una Y no se le escapa por nadie Entonces he sido el hombre más hombre Para todas mis mujeres
Hombre
Autor: Carlo Biondi  385 Lecturas
Cuando paso por ahí Nos puedo ver sentados en la banca No sé dónde estará tu corazón, pero el mio aún sigue ahí Buscándote. Te persigue por el parque intentando aferrarse a ti Aún si no te encuentra Tu te fuiste hace mucho tiempo...Hay oasis en todas partes espejismos dolorosos hirientes, malignos. me hacen sangrar nuevamente como si la herida estubiese recién hecha. Por encontrarte sería capaz de vender mi inocencia contaminar mi pureza... quemarme completamente solo por tener una vez más tu atención tu cuidado, tu dolor... Si pudiera escoger nuevamente, Viviría tal cual hasta que te conocí desde ahí mordería todas tus manzanas perdería cualquier paraiso para ganar el tuyo... Cualquier pecado sería poco si de eso depende tenerte porque no existe alguno peor Que ser quien no mereces y perderte... Como pecador mi alma vive en pena y deambula por mi cuerpo Aunque aún no pueda encontrarla quizá te la llevaste también. Mi búsqueda continua, y por la ciudad no dejo de verte. en cada esquina, a cada paso. Llego a odiarte, por la maldita conciencia de saber que no he de encontrarte, que me abandonaste a mi suerte, a mi desdicha e infortunio. que ya no existo y desaparecí. Quizá siga tus pasos y me abandone igualmente cuando el dolor sea más grande que el don máximo cuando la indiferencia pueda más que el deseo cuando te encuentre en mi o cuando me pierda dentro. Cuando no quiera odiarte más Cuando mi amor se extinga... Por ahora seguiré caminando Sin tocarte... Sintiendo en cada fibra de mi cuerpo el calor abrazador del amor y del deseo, del dolor más profundo, de la felicidad más abrumadora, de la necesidad implacable. Y desde aquí te agradezco Por darme la vida Por que el único motivo para mantenerla Es que podré volver a verte. Algún día...
Verte desde aquí
Autor: Carlo Biondi  328 Lecturas
Golondrina miaCantaste cuando nadie lo hacíaLlegaste en el momentoEn que mi ventana era vacía.Un cúmulo de indiferenciasDe sordera y desidia.LlegasteRompiendo espejosRompiendo esquemasRompiendo vidasRompiéndote...Tu mirada siempreSiempre hacia alláHacia el horizonteHacia lo efímeroLo importanteLa vida...Me pides con miradaQue cure tus alasRotas de tanta libertad.Me lloras una jaulaY yo te la dibujo.Lloras con La belleza Jamás presente en tu vuelo.Lloras conEl cuidadoJamás presente en tus ojos.LlorasCon el miedoPropio de alas rotasQue no se atreven a volar ya más.Pero haz de saber, lindaPalomitaQue tus alas vanVan sin másTe trajeron hasta acáRompiendo esquemasY espejos, y alas,Y te llevarán haciaEl sol mismo.El horizonte que EscuchasteEn tus sueños más profundos,Más enfermosY delirantes.Más sinceros...Gorrión tuyo, Entrégate a este caosA esta, mi jaulaQue no es más que tuyaMás que el reflejoQue te devuelvo.En estre maravillosoY doloroso truequeSana tus alasRemenda mi espejoCae más bajoVuela más altoAzótame más duroLímpiame de miCúranosSentémonos en esa rocaLlévanos al solAl reflejo interiorAl resplandor de ese sueñoQue alguna vez nos conectóY sumérgeteY encuéntranosY cantemosY volemos hacia el solY cantemos...
Palomita
Autor: Carlo Biondi  327 Lecturas
El cielo se está desmoronando. Y por más que intento sostenerlo, mis lagrimas no son suficientes. A cada paso que doy, su peso aumenta sobre mis hombros, y ya no sé cuánto más pueda aguantar... Intento distraerme, pensar en otras cosas, escuchar alguna melodía dentro de mi mente, inventar alguna realidad, soñar algún sueño... Pero cada vez que abro los ojos, te veo. El cielo lo envuelve todo. Cada rincón del espacio está invadido por él. Es innegable, indestructible. Y no deja de caer. La añoranza se apodera de mí, y me impide ver el camino. Me empapa la vista. Cada paso hace temblar aún más el cielo. Tengo miedo del siguiente, siento que equivocarse puede ser mortal. Y es que este peso no se aminora, y sigue creciendo. ¿Qué demonio habrá sido capaz de provocarle esto a este cielo? Un cielo tan maravilloso antes de la catástrofe. Un cielo tan placentero, tan cálido, tan tierno... En él tenía todo. Parecía tan perfecto. ¿Quién haría tal fechoría? ¿Habrán sido mis hombros los que no pudieron cargar más su peso? ¿Seré yo quien lo destruyó? Me hubiese gustado haber aprendido a engañarme. Conocí a gente con tanto talento en ello en el camino. Podría creerme los mundos que invento, los sueños que vivo, las melodías que canto. Sería tanto más fácil llevar el peso, tanto más fácil evitar que este cielo caiga. Quizá hasta podría repararlo, o podría incluso hacérmelo creer... El cansancio ya es grande. Quiero gritarle a este cielo que pare de caer, al menos en mis hombros. Pero no quiero rendirme. Quiero llevar este peso a cuestas así muera caminado. Es lo que merezco, y lo que merece. Si logro superarlo, podría hacer cualquier cosa. O quizá... Pero no. Hay que seguir. La masacre es extrema. No recuerdo ya cuánto cielo he pisado en mi camino. Los pedazos sobrecogen. Y la lluvia no deja de caer. Me pregunto cuánto más podré aguantar. Pero siempre que uno se ha herido, se puede herir un poco más... ¿Cómo sería un mundo sin cielo? ¿Qué sería de mi mundo? ¿Por dónde caminaría? ¿Con quién? ¿Hacia dónde? No, es muy loca la idea de desaparecer. De destruir todo. De dejarlo todo atrás, de abandonar. De... volver a empezar. Pero, ¿qué puede ser peor que este dolor?, ¿qué puede ser peor que la destrucción de todo lo conocido, de todo lo amado, frente a tus ojos?, ¿qué catástrofe puede compararse a la que estoy viendo ahora? El cielo cae. Mis hombros se rompen. El amor se rindió... Lo que sostenía este cielo ya no existe, y es por eso que se desmorona. Porque nunca fueron mis hombros... Lo dejaré caer. El siguiente paso será el último que dé con él a cuestas. Caerá y se destruirá completamente. Y cuando se disipe el polvo... Volveré a caminar.
Cae el cielo
Autor: Carlo Biondi  420 Lecturas
Sin nombreSin personalidadEl tiempo, relativoInvención del demiurgoAbrazado por golemsTortura existenciasAplasta verdadesUna verdad mayor que estaQue cualquieraQue no tiene nombreNi personalidadQue no existe Una existencia efímeraUna rosa marchitaUna tierra en llamasUn paraisoLa puerta, la escaleraLa tiranía del tiempoEspacio corrompidoExistencia mundanaInmundaInútilPerdida Pasajeros del tiempo Sin destino aparenteNada se encuentra al final de ese tunelEl camino es otroMe han dichoO mostrado O susurrado en el oídoO poseído en el ser¿Qué es cierto?¿Dónde estás?¿Porqué...? Los sueños muestranUn tiempo inmisericordeUn tiempo exactoPrecisoNecesarioUn tiempo robado de otro tiempoUn existir ya vividoVívidoUna pared de realidad  Al final del sueño estáLa realidad que (no) he vivido¿He vivido?Al principio del sueñoSe encuentra el tiempoY la muerte lo abraza y se lo llevaY solo el ser quedaY este, en su (no) existirSe hace eterno
Eterno
Autor: Carlo Biondi  429 Lecturas
Los atardeceres eran cada vez más profundos, más intensos, más rojos... Eran cada vez más constantes, también. Y en cada uno de ellos, tu recuerdo se perdía un poco. Escapaba, quizá, de la oscuridad de la noche, una tanto más intensa que los mismos atardeceres. Una noche profundamente mía.A veces, al amanecer, tu imagen jugueteaba con mi cuerpo, con mis manos, mi pecho, mi mente, mis lágrimas... Nunca supe bien qué sentir, no sabía qué era ésto que ocurría. El no tener algo más que tu recuerdo era algo nuevo para mi. Y doloroso. Muy doloroso. El tiempo, sin embargo, me enseñó a llevarlo a cuestas. De vez en cuando, me crucificaba en él y me hundía en mi propio infierno, del cual no siempre resucitaba. La vida, y la muerte, me llevaron por muchos caminos. Estoy seguro, de alguna extraña pero natural y conciente forma, que lo sabes. Fuiste testigo de ello como hoy de estas líneas. Testigo de las caidas y la pena autocomplaciente, de cada una de las notas que mis manos dictaban en ésta, que seguía siendo nuestra historia. Y sabes bien que no estuve solo, aún si así lo creí. A toda esa gente le agradezco por cargar mi cruz, una que era sólo mía, y por la cual pasó mucha gente. Algunos incluso se quedaron...¿Dónde estamos ahora, preciosa? En éste momento, tu sabes... Se acerca el atardecer. Lo he esperado por mucho tiempo. Éste en particular, lo esperé con ansias, más que cualquier otro. He pensado en tí, verás. Te he estado viendo en mis memorias, y fuera de ellas. Y creo que fue lo correcto, ¿sabes? No para mi, sin duda, no así, al menos... Pero hiciste lo que tenías que hacer, y te respeto por ello. Ya no te odio. Ya no... Te admiro, aún si nunca lo dije. Aún si no lo puedes creer. Y sé, y sé también que sabes, que aquello que nacío en uno de esos atardeceres, no morirá jamás.Veo muchos colores en el cielo. Al comienzo eran grises, sombríos, helados. Pero pronto fueron cambiando, en ambos lados del horizonte. Ha sido un atardecer lento, como nunca lo fue antes. Es un atardecer nuevo, con aire de amanecer. Con aire cálido, reconfortante. Un aire tranquilo, apasible. Delicado, como nosotros. Como tú. Y como yo. No temas, nada malo viene. No es la calma antes de la tormenta. La tormenta ya pasó...Curioso, me parece, cómo el tiempo jugó conmigo, de forma tan particular como cruel. Y no fue capaz de enseñarme hasta hoy. Tu sabes, nunca fui un gran alumno, tampoco. He visto todo, y está bien. Estás bien. Estoy bien. Recuerdo tus ojos, y no te imaginas lo que deseo arrancarlos de mi mente y ponerlos enfrente mío. Tener por una última vez aquel lujo, aquella tan hermosa vista, aquella aventura, que son tus ojos. Pero ellos se fueron en un lejano atardecer de verano. Un rojo y profundo e intenso atardecer, como el de hoy.Quiero que sepas que estuviste siempre en mi. Que aquel poema, que escribí tantos años antes de nacer, mi corazón aún lo recita. Que sí, es eterno. Y sé, sin importar lo que ocurra, que es igual en ti. Pero este atardecer, que tiene tu rostro impregnado en su brisa, me pide a gritos dejarte ir. Dejarme vivir... Ya no quiero éste cáliz. Su amargura me consumió mucho tiempo, y cada amanecer era un azote en mi alma. Quiero al fin, dejar vacía esa cruz que me persigue a donde vaya, donde mire, a quien mire. Y sé que es lo correcto. El aire, con tu voz, me lo dice. Me lo susurra gentilmente mientras repaso tu historia, tus vidas, tus memorias. Los colores en el cielo, en mi alma, me abrazan mientras lo hago. Sólo deseo que encuentres tu destino. Y yo el mío. Fue un gusto saber de tí en esta vida... Alguna vez me salvó tu llegada. Hoy sólo me salvará tu partida. Tu recuerdo se pierde en el atardecer y en la noche. Este cielo ya no es nuestro, aunque siempre lo será. Espero te encuentres. Espero hacer lo mismo. La lucha es ardua, sabes, y no termina nunca...Ya casi no queda tiempo. Sólo encárgate de ser feliz, ¿está bien? Yo haré lo mismo. Sabes que me cuesta, pero nada es imposible. Soy prueba de ello. Lo que viene será difícil, pero estaré bien. No mires hacia atrás, nada bueno viene de ello. Sólo vete. Gracias por todo. Cuídate.Adiós.
さようなら
Autor: Carlo Biondi  412 Lecturas
Nuevamente el cielo en llamas, me recuerda el destino que añoro. Una Tierra ya hecha, ya fija, construida por sí misma, las leyendas de su historia, y el Mito. El Mito siempre presente. En mi corazón, en mis ojos, en mi boca, en mi búsqueda. Mi añoranza, mi melancolía. No existe a mi alrededor guía. O eso dicen. La verdad es que la guía nació conmigo. Y también morirá conmigo. La he visto desde que abrí los ojos, me ha visto desde que se enredó en mi columna y me dio forma. Lenta y poderosamente creciendo en mi sin percatarme. Aquel Mito que nos hace uno, sin querer. Aquel Mito que hace arder la sangre, que la justifica, que la liga con el pasado y el futuro. Mas no con el presente. En esta realidad sin guía, en esta “casa miserable”, todo es relativo y ni el tiempo es ya tiempo, y el espacio nunca fue espacio. Dicen las buenas lenguas que el Mito murió con su gente, que cielo y tierra pasarán, que la verdad está en todos y que uno no es ninguno, y todos también. En ésta, mi realidad, mi espacio y tiempo, he tenido que buscar sin descanso aquella luz que nos guía, aquel portador del saber y una verdad tan cierta como el Mito. Como el alma. Pues siento en mi ser un pequeño sabio intentando conversar en las escaleras del templo, con sabios mucho más sabios, y niños mucho más niños. Despierta en mi aquella vieja alma que deambula buscando su otra alma. Y a veces se duerme, o se cansa, o se transforma, y llega aquel niño que sólo juega y disfruta, que sólo busca el placer y la satisfacción. Pero en esta tierra sin guía, nada es momentáneo. Ni los templos ni las caras, ni los seres ni los placeres. Todo siempre parece venir desde otro mundo. Uno real. Uno sin esa maldita cubierta que me tapó los ojos por tantos caminos. Explosiones cósmicas me invaden de vez en cuando. Siento que el estómago saldrá por su boca y engullirá mi corazón para devolverlo a donde pertenece. ¿A dónde pertenece? El Mito, tan femeninamente, me susurra desde su Tierra una respuesta que poco logro oír. Hay demasiado ruido en este mundo de ocupaciones. Banales, mundanas, torpes, incompletas e inverosímiles ocupaciones. A veces logro escuchar, como entre medio de sus cascos, el viento polar que zumba por los valles. Lágrimas se desprenden de mí, me agotan y me queman con su viaje, con su canto de añoranza por aquella voz que hace tanto, tanto no escucho. Y luego se pierde, fuerte y clara, como esperando que la busque, que no me rinda. Que haga de esa llama que tengo dentro, un incendio que queme toda mi alma, que sea mi alma, y me lleve a donde pertenezco.  A la tierra del mito y la verdad. A lo más profundo de mi ser. La pertenencia nunca ha sido un sentido en mi. Siempre buscando lo que no me pertenece. Lo que no tengo, pero que tuve. Lo que tendré al final del viaje, cuando la leyenda muera y el mito, al fin, comience. La leyenda tan exigua que ya todos parecieron olvidar. El mito que los une a todos, sin saberlo. Y mi viaje, la más pura verdad.
Andes
Autor: Carlo Biondi  362 Lecturas
                                                                                                                                                                                                                                   
Despecho
Autor: Carlo Biondi  305 Lecturas
Una extraña misión se me encomendó. Sin comprender los alcances de ella, mas decidido a llevarla a cabo, partí. Cuando perdí de vista el punto de partida fue cuando pude, al fin, decir que mi viaje comenzaba. El viaje fue extenso y complejo, las dificultades mayores con el tiempo y la distancia. Varias veces me pareció imposible llegar a destino, y vi mi vida pasar como si jamás hubiese nacido. Al acercarme al punto de encuentro, las tormentas me botaron varias veces, y las olas me poseían y me negaban el avance. Tarde me di cuenta que ya había llegado.Y aquello fue evidente cuando, por fin, llegué. El océano se extendía por todo lo visto, y mis pertenencias se perdían en el horizonte sin dejarme la mínima esperanza. De pronto, una calma me sorprendió regalándome de golpe la luz del sol. Fue difícil asimilarla, pues no la recordaba. No así…Se me dijo que el momento llegaría con las primeras gotas, pero que no esperase el fin luego. Se me dijo que aquella sería la más espantosa ytemible, valiosa, de mis misiones. No supe qué esperar, hasta que escuché unos gemidos muy a lo lejos. En ese instante, ese familiar gemido me paralizó y vulneró. Sabiendo que debía moverme, que debía bajar, desesperado intenté moverme, y otro gemido, aún más fuerte, me lo impidió nuevamente.Ese gemido era espantosamente familiar… Era el grito del alma cuando se desprende del cuerpo. Cuando la sangre cae de golpe al suelo, huyendo de todo cuanto le enfría. El grito de los ojos al romperse el corazón, al quebrarse el sostén que lo mantiene vivo. El grito de lo imperecedero al volverse mortal…Al cabo de varios gemidos, logré por fin acostumbrarme a ellos y su abrumante peso, como ojos que se acostumbran a las sombras. No pasó inadvertida su cercanía, y no pasé yo inadvertido para aquel monstruo capaz de sacar el alma y quemar los sentidos con tan sólo un gemido. Y a ese monstruo, esa criatura víctima y victimario de todo este océano que nos rodea, es a quien tenía por misión cazar.Un sentimiento de pesar, de amargura, de dolor y rencor cargaba el ambiente de una bruma invisible pero notable, como el calor en el asfalto. Los gemidos eran cada vez más cercanos, y más terroríficos. Lentamente comencé a sentir lástima por ese desdichado monstruo, lo que eventualmente me llevó a la empatía.Al sentir el más cercano de los gemidos hasta ese momento, comencé a sumergirme. Desde un principio sentí la presión de ese mar oscuro y doloroso. Y mientras más me hundía, más conectado a esos temibles, terribles sentimientos estaba. Mis recuerdos se volvieron líquidos igualmente, e inundaron mi conciencia de aquello que fuertemente había oprimido, clavado a las paredes de un cuarto que jamás volví a abrir…En ese océano inmenso y pesado, las lágrimas apenas se notaban. Apenas bastaban… Sin darme cuenta, un gemido se escapó de mi boca consumida por el dolor, y con horror me pareció escuchar en él a ese monstruo, que era mi presa…Desesperado, intenté volver a la superficie, pero cada intento me hundía más. Y cada vez que me hundía, era más profundo el dolor y el quebranto, el recuerdo de tantos dolores ahogados en un mar de indiferencia, de victimización y complacencia. Cada imagen dolía como nueva, cada palabra encontraba un abrumador eco en éste solitario mar de lágrimas.Creí comprender que ese, y no otro, era mi destino, y lo fue todo el tiempo. Y en esa comprensión, me entregué. Ya sin luchar, lentamente me hundí en el espanto, en la oscuridad de un mar sin fin, sin esperanza, fracasando mi misión…Un gemido me hizo salir del letargo. Uno que, comprendí en el acto, no era mío, sino ajeno, extraño. Extraño incluso a aquel monstruo al cual debía cazar. Era un gemido, de todas formas, cercano. Abrí los ojos y, acongojado, vi a ese monstruo enfrentándome.Era un dolor poco visto antes, en sus ojos. Una pena que aparenta ser eterna. Un espanto que paraliza con la sola idea, una frialdad propia de unos ojos una vez cálidos… Y un rostro. Un rostro, que era el mío.Acerqué mi mano a su mejilla, y mientras la acariciaba, ambos lloramos. En silencio, nos conectamos, nos comprendimos, nos acompañamos. Me contó de sus propias aventuras, de cómo llegó allí o, más bien, de cómo creó aquel lugar. Me contó que, de pronto y sin darse cuenta, comenzó a hundirse en un mar que aparentaba no tener origen. Que sólo buscaba una salida, pero cada vez que lo hacía, el mar crecía. Tarde, dijo, se percató del tamaño del mar que había crecido, creado, a su alrededor. Me contó sobre cómo, progresivamente, fue sumergiendo en éste a quienes tenía cerca y que, por miedo a ser devorados, se alejaron. Honesto, me dijo que en realidad no los juzgaba, y que aquel rencor que terminó por consumirlo, no era hacia ellos, sino hacia él.Intenté consolarlo, y él a mí. En un arranque de sinceridad, le conté mi misión. Sorprendido con mi sinceridad, me la agradeció, y me pidió por favor que le dejara quedarse ahí. Confundido yo, pregunté por qué. Y la respuesta fue tan noble como satisfactoria. Una voluntad digna de ser respetada.Los últimos momentos que compartí con aquel monstruo no fueron menos íntimos, mas sólo nuestros ojos conversaron. Y lentamente pude sentir cómo el mar se transformaba a nuestro rededor, aún sin cambiar totalmente. Ello era tarea de él. Y la mía, otra no muy distinta. Al despedirnos, su promesa fue la mía, y emprendimos el mismo viaje, en direcciones muy distintas.Fue difícil, al llegar, poder explicar el desarrollo y los alcances de mi misión. Se me hizo difícil explicar que, en realidad, no había sido un fracaso y que, por el contrario, había sido el mayor de mis éxitos. Y no gracias a mí, sino al monstruo, y esas palabras que nos perdonaron a ambos la vida. Esas palabras que me dieron la más importante, la única real, de las misiones que tendría jamás.“Déjame arreglarlo…”
Mar
Autor: Carlo Biondi  355 Lecturas
Una oleada de furia alienada golpea ferozmente las costas, alienantes gritos se desprenden de sus ondas y penetran las lejanas montañas, creyéndose testigos de su propio cuento. Indolente e incomprensiva, la playa amortigua el odio que ignora y lo deja a merced de argumentos invisibles. Las gentes se dejan mecer siguiendo corrientes pretéritas, inoculadas desde los cielos por influencia de astros de gran masa y atemporales; perpetuas corrientes de motores inmóviles; inocentes culpables de la marea furiosa. La misericordia se pierde en el atardecer mientras la Tierra, en su eterno tránsito, le exige al Sol envolverle en su calor. La inevitable negativa enciende en llamas el mar y los campos, y los más fértiles bosques quedan atrapados entre el frío de las sombras y el calor que sólo entrega el auto desprecio. Sus habitantes se esconden despavoridos en las rendijas que el espíritu permite aparecer al abandonar la superficie. ¿Y dónde fue el espíritu? Oculto, temeroso, puro, científico, espectador, satélite, agujero negro. El fuego de las ondas marinas sepulta la fecundidad de las brisas, una fecundidad que, si alguna vez dio vida, hoy tan sólo entrega recuerdos, recuerdos que toman forma en la densa materia de las llamas que azotan las costas. Aquella oleada enajenada, aquel odio imparcial que se consume a sí mismo, define la superficie; le entrega sus maneras. Le entrega el derrotero que le lleva de la mano por senderos espinosos, pedregosos, sanguinolentos pasos que se pisan a sí mismos una y otra vez. Aquel camino envuelto en llamas, aquel callejón sin salida, mas no desprovisto de esperanza. Es que ni el odio es muerte; muy por el contrario. Y en ese fulgor de la profecía auto cumplida, de ese desastre del fin del mundo, comienza con y para y por el fuego la vida misma en sí pretérita, indiferente e indolente a la maldición de los astros. Ese fuego que es guerra y que, cansado de atacar bosques y montañas, destruye las estrellas mismas y todo aquello que le observó arder. Ardiendo entonces, ardiendo ahora, ardiendo bajo el mar y en la cima de las montañas, el poder del odio da a luz el amor a la ceniza. Ceniza húmeda como testimonio de vida. Vida que se piensa inútil y que del pensar se sirve para crear. ¿Y dónde está el espíritu? Ciego, inmóvil, certero, eterno, caótico, increado. Dando formas a las llamas, se crea primero una jaula, luego una cruz, luego un infierno, luego un valle, un desierto, una montaña, un bosque. Finalmente un útero itinerante que, inseminado por cenizas, da rondas por las costas devorando el fuego de sus mares. Acariciando el odio marino, moldea almas y las encausa; aprende de éstas y éstas de aquel. La superficie lentamente se calma y se entrega, se domestica a sí misma y se comprende y, al fin, se piensa. Se observa. Se acaricia. Se levanta y levanta sus propios derroteros, libres ya de la impureza, de la inmundicia. Desdeña antepasados que, por arqueológicos, de olvidarlos serán nuevamente su condena. Y comienza una nueva historia desde la nada y hacia el todo; de vuelta al espíritu. ¿Y qué es el espíritu? Aquello que queda luego de la purga. Aquello que sobrevive a la masacre. Ese inmortal pensamiento que se conoce a sí mismo. El motor inmóvil que parió a la voluntad. Aquel que incineró todo lo que, por tanto, le dio forma. Aquel que quemó su propia forma para darse a sí mismo. Aquellas ruinas que dejó el más recalcitrante odio. El templo que permaneció erguido mientras el pecado le devoraba las entrañas; mientras él mismo era pecado. El que nunca fue a ninguna parte. El que siempre estuvo en todos lados. Aquello mismo que, desprendiéndose de la complejidad de lo que no es, simplemente es.
Espíritu
Autor: Carlo Biondi  118 Lecturas
-No te sientas mal, es solo que ya no te ama.-Ojala fuera solo eso...Realmente no sabía qué hacer para conseguir que no le siguiera mirando de esa forma, no era odio, no era enfado, era... asco, y eso era lo que más le afectaba.Pero sabía que eso tenía que terminar, por su bien debía hacerlo, así que decidió acabarlo en ese momento; bajó, le siguió, y le detuvo en medio del pasillo:-Tenemos que hablar...-Sinceramente, no me interesa lo que tengas que decirme.- dijo cortante.-Es que necesito que entiendas---Lo único que necesito entender es que no te necesito, no me necesitas---¡Es que si lo hago!-No se notó la otra noche.-Lo sé, y te pido disculpas---¿Tu realmente crees que eso sirve ahora?-Em... Supongo---¡No! No sirve, lo que está hecho, hecho está, y nada lo cambiará, ni tu sentimiento de "culpa", ni mi sentimiento de... arrepentimiento...-No estaba bien, tienes que entenderlo...-Eso no le importa ni a mi cuerpo ni a mi salud mental.- diciendo esto se volteó, pero de nuevo le detuvo la mano de él. Estaba comenzando a verse como aquella vez...-Eso lo sé, y por algo te pido disculpas---¡Eso no me sirve de nada! ¿Acaso no entiendes como me siento? -había comenzado a llorar.-¡Claro que si! Creeme---¡No! Y pensar que yo... ¡Arg! - jaló su brazo y fué corriendo al baño, en esos momentos deseó más que nunca ser una mujer, pero tuvo que ir directo al baño de los hombres, graso error.Le vió alejarse, dejandolo solo, cosa que le molestaba sobremanera, y a pesar de que sabía que debia controlarse y no cometer el mismo error dos veces, no pudo, esa actitud le causaba dos sentimientos muy fuertes...Los alumnos ya estaban en sus aulas, los inspectores ya habían revisado los baños, y pronto los cerrarían... con ambos dentro. A pesar de que no quería pensar todo esto, no podía evitarlo, le asqueaba, pero a la vez le gustaba...Media hora despues, había cometido el mismo error.
Error...
Autor: Carlo Biondi  1458 Lecturas
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Es curioso el volver a amar. Es fascinante, emocionante y muy regocijante, pero sin duda, curioso. El aprender a vivir con la otra persona, vivir con sus defectos y sus virtudes, pros y contras, es difícil, más aún, a medida que avanza la vida, se tiene más camino recorrido, más cosas que aceptar, menos en las que seder...Sé que te ha costado el pasar por todo esto, el aceptar muchas cosas, cosas particularmente inaceptables, en muchos casos, pero cosas, al fin y al cabo, que me hacen ser quien soy.Es por esto, entre otras cosas, que valoro tanto lo nuestro, lo que hemos construido hasta ahora, que no ha sido nada fácil. Es más, cada dificultad por la que hemos pasado, cada converzación, cada choque de ideas, nos ha fortalecido, y acercado, mas.A veces pienso en ti... En tus tantas virdudes, y tantos defectos. En tu capacidad para entregar cariño, protección, y seguridad. En tu pureza e inocencia, que no hace más que iluminar más aún mi vida, cual estrella de Belén...Es más, a veces hasta agradezco tus defectos, que me hacen valorar aún más tus virtudes, y te hacen ser la persona íntegra que eres. Y esto me hace más feliz aún, el estar conciente de tus defectos, y quererte más aún sabiendolos, y viviendolos... Inclusive, llego al punto de amarlos, porque sin ellos, no serías tu, serías cualquier otra, pero no tu... mi flor, la cual veo cada vez que observo el cielo, preguntándome en qué estrella estarás esta noche... Inclusive dentro de tu imperfección, querida, eres perfecta.  Cada día me sorprende algo nuevo, alguna sonrisa, algún gesto, alguna frase, algún pensamiento... Cada día, sin darte cuenta, has construido algo, y lo sigues haciendo, en mi... Es por esto, entre muchas cosas, que sólo puedo darte las gracias... Por ser tu, tan hermosa, en cada sentido de la palabra, como eres... Eres capaz de aceptar y seder en muchas cosas, capaz de hacer sentir tan bién como pocas veces me sentí, hacerme el ser más afortunado y feliz, de tener a tal persona a mi lado, dándome no te imaginas cuánto... Reálmente le haces justicia a tu nombre... eres capaz, más que nadie, de entregar... Paz...
Paz...
Autor: Carlo Biondi  627 Lecturas
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Aún recuerdo la primera vez que estuve aquí. Se siente lejana, mas incierto es el tiempo. Un hogar de cristal, con habitaciones intrincadamente interconectadas, con mucho que ver y un apuro oprimente. Aquella vez sabíamos perfectamente que, en cualquier momento, la familia que habitaba tan fascinante hogar llegaría, sin saber de nuestra presencia, y no sería, por así decirlo, cómodo.Esta vez era mi propia familia la que me acompañaba, en la difícil tarea de usurpar este hogar nuevamente. No es que buscase algo, no pretendía adueñarme de nada. No pretendía, tampoco, enseñarle a mi familia algo que no conocieran ya. Era solo que aquel lugar me parecía tan profundamente natural e interesante, que no podía perder la oportunidad de revisitarlo.Pasillos curvos daban a habitaciones llenas de recuerdos, de caricias, de vida. Aparentaba habitar ahí un músico con una colección de guitarras de lo más estéticamente armoniosas, de pureza delicada, como aquellos objetos que, al simple contacto con la vista, inspiran amor y respeto. Me pareció incluso sentir la presencia de un maravilloso piano de cola, pero es sabido que en un contexto tal la memoria es frágil, y los sueños se olvidan pronto, de no contarse. Y nunca tuve a quién contárselo.Una habitación femenina y ordenada revelaba una existencia contrapuesta, una que lentamente se apagaba por los rigores de sueños sofocados por una realidad paralela. Una de números y letras ajenas a la humanidad natural de una tierra ocultada. Una lejana al resto de la familia y que la desentonaba y entristecía. El tiempo apremió y no me fue posible ver el destino de tan pobre, pero hermoso ser.Sin duda aquella era una familia grande. Grandes niños, grandes padres. Pude sentir en mis pulmones la esencia verdadera y hermosa de una pareja llena de esfuerzo, de amor por su sangre. Llegué incluso a preguntarme por qué no podía verlos, estando tan seguro de que ellos estaban aún allí.No tuve oportunidad de pronunciar palabra. El espectáculo era tan sobrecogedor, que ellas sólo estorbarían una situación de tal magnitud. Aún así, tranquilo estaba, pues guié a mi familia y sé que ellos vieron, con mis ojos, lo mismo que yo. Apresurado, dejé aquel hogar de cristal, consciente de que jamás volvería y que tantas preguntas quedaban sin respuesta, al menos de momento.Mirando hacia atrás, me parece correcto asumir que abandoné a mi familia allí. Nunca les extrañé, pero aquel sentimiento de soledad no me abandonó ni me engañó más. Sé también que fue su voluntad, y les comprendo y agradezco. Sin embargo…En mi camino por la ciudad, perdido me encontré en un comercio del más variado tipo. Cosas que jamás pensé que tendrían precio, las vi en cantidad y al por mayor. Lentamente fui comprendiendo cuál realidad me esperaba, sin saber de ella aún lo más mínimo. Fue el inicio del fin del ciclo.En la inercia de mi caminar, me vi avanzando por una escalera mecánica. Me es difícil especificar si subía o bajaba, en ese lugar ambas direcciones eran prácticamente lo mismo. Al llegar al otro extremo, alguien me abrazó delicada pero interesadamente. Lo pude sentir tan claramente, que dudo incluso que aquel sujeto intentase ocultarlo, y el contexto sólo lo evidenciaba aún más.Arropándome con una manta, mas sin aparentar frio, el extraño me guió, mientras me aconsejaba sobre cosas que jamás comprendí y que nunca quise comprender. La consciencia de mi posición fue lo único que me hizo guardar un humilde silencio. El saber que no sabría ni tendría cómo saber qué ocurría, dónde estaba y hacía dónde iba. Hacia dónde íbamos.Pacientemente se ganó mi atención, y le permití mostrarme el lugar. Siempre desconfiando, creyendo más en lo que no me decía, fue que pude hacerme una idea de qué era todo ello. Aún así, tengo la convicción de que jamás llegué a comprender qué ocurría, ni la magnitud de lo que escuchaba y veía. Todo pasaba tan rápido que, para cuando estaba dispuesto a decidir, ya todo estaba resuelto. Y así, le permití acompañarme un tiempo.Asumo que se cansó de mi evidente lejanía con él y distancia con sus palabras, pues de un momento a otro desapareció tanto él, como su manta y su voz. Nunca le extrañé. Pero sólo estuve nuevamente.Admirando el extraño paisaje, logré divisar una colina muy pronunciada, que se alzaba desde la calle y por encima de la ciudad. Pequeña, no permitía más de dos personas sobre su llamativa cima. Sobre ella, me extrañó divisar a una vieja amiga, que al tiempo se percató de mi presencia. Sonriendo al verme, me señaló una escalera de madera que caía desde donde estaba. En silencio y con la mente en blanco, subí por ella hasta llegar a la cima, y después de darnos un abrazo y una palabra de buena crianza, nos sentamos a admirar el paisaje conversando.Como siempre, no tuve mucho que decir, pero le permití entretenerse contándome su vida. A veces realmente interesado, a veces con un bostezo en los ojos, le escuché con atención y le contesté desde lo que sentía, lo único real que alguna vez tuve. No siempre pareció complacida con ellos, mas era el único lenguaje que conocía en aquel entonces.Cada vez se me fue haciendo más evidente la diferencia de caminos, al punto en que ninguno se dio cuenta en qué momento ya no estuvimos más. No recuerdo despedidas ni buenos deseos, sólo un ominoso y oscuro silencio, luego de un ruido tan profundo.Al encontrarme sólo en la colina, tonto me sentí al observar la ciudad a mis pies. Tontos, sordos los sentí a ellos, a quienes no podía siquiera ver. Las sombras se alargaban y mezclaban entre sí, en una danza obscena que, en el tiempo, se volvió una masa irreconocible. Y sin embargo, en ella encontré un espejo. Atemorizado, volví la mirada hacia el sol del crepúsculo, y aquella abrazadora soledad se escondió dentro de mi.Llamado por el Sol, descendí por la escalera hasta llegar a la calle. Al poner un pie en el asfalto, una canción lo envolvió todo. Era un canto invasor y deprimente, y aún cerrando mis oídos, podía escuchar la tortuosa melodía. Pronto comprendí que era el Sol quien me hablaba, y le rogué un momento de silencio para aprender su lengua, y poder responder a su llamado.De pronto, el canto del Sol fue reemplazado por voces. Las más altas voces que jamás escuché. Las menos interesantes, también. Absentas de contenido, sólo eran interferencia para mi. Sentí la necesidad de acallarlas, pero me vi sobrepasado por su peso. Definitivamente no era tan fuerte aún como creía serlo. Entonces fue que decidí continuar mi camino de otra forma.Y así fue que, cada vez más claramente, escuché aquel llamado en lo profundo del firmamento. Nunca he vuelto a ver el Sol, pero su presencia me es más cierta que nunca. La soledad, que alguna vez fue todo mi concepto de realidad, lentamente se vuelve un sueño dentro de un sueño. Y partículas y espíritu se mezclan como sombras al atardecer, buscando lo perdido y hallado tantas veces, lo que nunca sobra pues lo es todo.Aún recuerdo cómo comenzó todo. Aún le voy encontrando nuevos sentidos, y por cada respuesta hay una pregunta. Una aventura fascinante de la cual, al menos por ahora, no quiero despertar. Sé que aquellas voces que escuché tan huecas un día, tendrán la razón por convicción u omisión. Que cada estrella que sigue a la mía, es un guía entregando direcciones. Y sin importar a dónde me lleven, el camino es uno y nada podrá cambiarlo. Y al ver la Luna, me dejo llevar de vez en cuando por sus mareas, pues sé que ellas ocultan una tierra interior sin calles, ni colinas, ni escaleras. Una tierra hueca en la cual persiste toda la vida. Un hogar de cristal al cual poder, al fin, habitar.
Crystal home
Autor: Carlo Biondi  291 Lecturas
Darkness is a state. A way of life. Is not a choice. We are damned, condemned to it. And we embrace this fate's judgement with grace and pride. We are "the opposite", the contrast. "The light" is out there swallowing the whole world with its "wisdom" and power, but we are not part of it. Probably we'll never be. We are the rejected, the ones that light doesn't need, doesn't want. The consequences of a world going forward in its self destruction. The shadows that the all mighty light project on the floor. The ones that don't follow what is told by everyone. By the "enlighten". Yes, darkness is within us. We are the fallen, the losers on it all. But we are, also, us. We are truth. No light poison us, there's no past, nor future in us. We are just who we are, and we are all we have. The shadow casted in the dark side of things. We don't fear a thing because we have none at all. But we will persevere. We will become one. We will be many. We'll be the ones to give truth to this world, by light, shadows and the darkest of times. Because we are not here for just some time. Shadows are eternal, light is a circumstance. Because all light has a shadow, but the darkness doesn't need any light to be. Yes, we are darkness, we are the ones you shall not see, but you will feel us. Within and without. 'Cause not every heart gives light to the world, but every heart casts it's own shadow. We are proud of who we are, and will forever be. We are the dark.
We are the dark
Autor: Carlo Biondi  323 Lecturas
Alone in this room No hand to grab No mouth to kiss No soul to touch   Dark is all I feel inside Darkness is all I can see through my eyes   I can see The end is near Far from the truth I lay here waiting For the death to come   A hug from my very own arms Is all I get A voiceless scream Is all I left   As I walk through it all All I have is nothingness Nothingness is everything Every moment of existence Existence I did not want Material mind Material soul Material instance of existence Just a matter of life And death   Death of my soul Happened long ago   I long for you For your times For your days For your naked, fearless, pure soul. Your love.   Let me embrace myself In a lake of happiness Long gone and long Forgotten Long seen but never Forgiven   Not a noise A little sound or movement Is heard from here The palace of empty beauty Of empty souls Of empty beds, windows and moons A noon without you And a lifetime of longing Is all I hope From this life Entombed
alone
Autor: Carlo Biondi  362 Lecturas
Le grité a la murallaPero la muralla era sordaLloré y gritéSalté y supliquéMe arrastré hacia la murallaPero la muralla estaba ciega Amenacé a la murallaCon el mazo más grande que jamás encontré Con espinas en los bordesY una bomba en su puntaCon una cara de furiaY hambre de odioPero la muralla no sentía miedo  Le hablé de mis sentimientosMis esperanzas y miedosEl corazón fue exprimido por mis palabrasMi pecho fue destrozadoPor mis lágrimasPero la muralla no tenía corazón  Con el cuchillo más afiladoCorté mis venasLa sangre fue derramadaSobre toda la murallaPero la muralla no podía sentir  Acaricié la murallaCon todo el amor dentro míoLe dije cuánto la amaba Cómo yo daría todoSólo por obtener una miradaPero todo el amor del mundoNo pudo cambiar el corazón de piedra de la muralla  Consumido por la desesperaciónLa pena y el dolorDestruido por la apatíaLa frialdad más profunda que jamás enfrentéLe dí mi espalda a la murallaMe fui sin un adiósSin palabras, sin vozSin remordimiento, sin arrepentimiento Con el primer paso hacia mí mismoLa muralla se rompióY cayó
La muralla
Autor: Carlo Biondi  461 Lecturas
Un dragón de fuego salió por mi ventana. Al perderse en el atardecer, incendió el cielo y sus nubes, y su brisa, y su recuerdo. En su huida, el sol pronto le acompañó, y juntos abandonaron esta tierra marchita, desecha, abandonada. Nos dejaron atrás, a nuestra suerte, para nunca más volver. Y ya no hubo noche ni tarde, ni amanecer ni crepúsculo. En ese mar de oscuridad y soledad, sin espacio ni tiempo, apareció de pronto una estrella. Una solitaria, tímida y lejana estrella. Compañía más absoluta para aquel abismo del ser. Con su pálido brillo iluminaba exiguamente nuestros rostros, mas era todo lo que necesitábamos para, al menos, poder reconocernos. Aparentemente, la soledad era solo nuestra, pues al poco tiempo una nueva estrella se unió a la anterior, y ya pudimos distinguir cielo de tierra. El espacio volvió, y nuestros pasos fueron cada vez más largos. Con el tenue brillo de esta segunda estrella pudimos, nuevamente, tocarnos. En nuestras nuevas aventuras, recorrimos muchos lugares. Logramos, al fin, encontrar otra estrella en el largo camino. El sutil brillo de ella nos guió de vuelta, y y en el afán de conectar al resto con nuestra búsqueda, recreamos el habla, y descubrimos la imaginación. Mi ventana, alguna vez tan llena, alguna vez tan vacía, hoy era al fin de nuevo adornada por la deliciosa luz de la compañía. Al despertar, una nueva estrella tenía a todos preocupados. El tiempo y su codicia se hacían evidentes. Inquietos, se miraban, tocaban y hablaban también de formas nuevas. Reflejos en los ojos que jamás imaginé, o que nunva ví, me traín recuerdos de días más claros. De días frios. De días encerrados. Algo nació en sus ojos aquel día. Algo murió en los míos. Saturado se encontró un día el propio cielo, que nos hizo ver, vernos, un día. Y ellos, así mismo, saturaban al resto con sus palabras, con sus hechos, con sus tactos, y sus ideas. Las estrellas perdieron su brillo tímido, sagaz, enigmático. Pálido, pero bondadoso. El brillo era ahora enceguecedor, y no daba espacio para conocer, pero reconocer, nada y a nadie.  Sólo siluetas pasaban por mi ventana, ya sin ojos ni mentes brillantes. La conciencia fue día, y un nuevo sol abrazó todo. Con el tiempo, ¡ah, maldito tiempo!, el espacio fue muerto, y muertos nos vimos todos. Y aquel fuego que perdí, o que arrojé al atardecer, me fue devuelto. Me fue nacido. Despertaba entre destellos, de vez en cuando, y podía apreciar lo oscuro que era en realidad todo. Todos. Quizá yo mismo no era más que una sombra, producto de una luz encandilante. La sombra de un espacio reflejada en el tiempo, en estos tiempos. En su tiempo. Que nunca fue mío. Llegado el momento, cuando al fin volvió el crepúsculo a estas desechas, marchitas, abandonadas tierras, logré encontrar, entre humo y cenizas, el espacio para salir yo mismo por aquella ventana. Sin dudar me arrojé al atardecer y, con el recuerdo vívido, prendí fuego al horizonte. E imaginé que aquel espacio, dentro de aquel sol que tímidamente se esconde, me devolvía al fin, a mi tiempo.
Crepúsculo
Autor: Carlo Biondi  406 Lecturas
Un salvaje trueno hace crujir la habitación, que frágilmente amenaza con desmoronarse.  El estruendo simula ser eterno, y el temor de una catástrofe inunda el ambiente. Testigo inútil soy, de todo esto, y mis oídos reclaman un coraje que parecía olvidado. Me parece oír gritos de auxilio, en un lugar tan cercano como inalcanzable, y sólo atino a comprender lo que dicen. El temblor mueve los cimientos mismos de la casa, y no parece terminar pronto. Recuerdo con espanto aquellos temores de los cuales me protejo, en esta frágil habitación, debajo de cuales cimientos está todo sumergido. Pretendo, como siempre, estar tranquilo. Mas no lo hago un interés egoista; tengo muy claro que la estadía misma de todo cuanto vivo depende de ello. La fragilidad de esta habitación no es casual, ni producto del infame paso del tiempo destructor. Toco las paredes no para sostenerlas, sino para comprenderlas. Nada ocurre que no haya sido antes. Ellas mismas me tocan y me invaden, ellas mismas son las que gritan.Y logro al fin comprender su dolor, su miseria, su queja, su llanto. Su pesar no está en el techo que me cobija, no está en el tiempo, ni en la compleja distribución de su estructura. Si algo ha hecho aquello, es darles la vida que aún ahora las mantiene, aunque crujientes y débiles, en pie. Dolido por aquellos quejidos llenos de amargura y resentimiento, las intento calmar diciéndoles que todo pasará, que han resistido tormentas y temblores peores que éste, que su tesoro es gigante y no le pueden fallar. No me pueden fallar... Una suave brisa entra por la puerta, abierta a la fuerza de par en par. Sin despegarme de las pobres paredes, escucho atento lo que el viento dice, y caigo de rodillas. El viento, que lo ha visto, lo ha dicho, lo ha hecho todo, me revela aquél largo misterio que, encerrado en esta escuálida habitación, creí esperar o buscar por tanto tiempo. Vaciado de ansias y suspicacias, dejo ir los muros que me rodean y que tiemblan con la idea de un final inesperado, pues este misterio es sólo uno y más grande que cualquiera. Comprendo también que no hay estructura que logre aguantar su peso, y que su verdad es más poderosa que cualquier fuerza que pueda hacer por sostener lo que se sabe ya perdido... Todo aquello ocurrió en un instante, eterno pero efímero, de un tiempo y un espacio que, por más que me esfuerce, no logro ni lograré comprender. El trueno y su temblor se detienen, atiendo al silencio y escucho. Me cuesta salir del trance al cual el miedo me llevó, pero no tengo otra opción. Pues nunca fue el cielo o la tierra lo que me atacaba, sino sólo un par de gatos que corrían por mi techo.
Estampida
Autor: Carlo Biondi  271 Lecturas
Una casa en ruinas, mas no abandonada. Desolación. Perdido entre los escombros, entre las paredes mudas y ciegas, en lo profundo de la sombra del árbol más alto, se encuentra. El aire frío se cuela por las ventanas, que jamás habían estado tan cerradas. El espíritu, acalambrado, grita. Y el despertar es agrio y solitario. Involuntario. Sarcástico el pasado, observa de la escena. Lentamente, miles de músculos comienzan su partida. Inverosímiles, aún no comprenden nada. No comprenden el alcance de lo ahí ocurrido. No comprenden, por sobre todo, lo que hicieron. El viento cuenta historias que jamás ocurrieron. Que no tienen sentido, pero se explican a sí mismas. Una a una van cayendo, como moscas. Y la última agoniza, a la sombra de aquel bello árbol. Aquel árbol que fue la vida, que fue la historia, cuyo destino fue decidido en una noche. Una cálida y hambrienta noche de verano. Testigo cómplice de toda creación y destrucción, la luna iluminó aquel hermoso rostro destrozado. Y esa horrible expresión de muerte, se tornó en un placer casi culpable. Y ese rostro, consciente, pudo al fin llorar. Sutilmente se alejó el fuego, cansado de quemar un árbol caído. Dándole las gracias, un manojo de huesos pudo al fin respirar. Gracias por la compañía. Por ayudar a limpiar, a punta de dolor y de tragedia, toda la inmundicia que alguna vez los contuvo. A medida que la luz se hace tenue, el cuerpo toma forma en el tiempo y el espacio. A lo lejos se puede escuchar, claramente, cómo caen las paredes de lo que alguna vez fue una casa. Cada vez más cerca. Cada vez más lejos. Esos estilizados ojos, maravilla alguna vez, caen a pedazos sobre los escombros. Esos que vieron esa casa crecer, ese árbol refrescar, esas manos amar, esa luna llorar, ahora abren la tierra hasta el abismo más profundo.  Construyen una realidad que destruyen al segundo, temerosos de que alguien, por misericordia, los descubra. Caricias arrasan con la piel, que nunca había estado tan desnuda. Y con la mano en puño, ruegan importancia. Pero ya ni la piel, ni las manos, ni los ojos, ni los huesos ni los músculos, existen. Todo es un recuerdo de otra tierra, como el mismo árbol al fin lo confiesa. En una tarde de otoño, todo acaba. La sombra ya no está, la casa nunca estuvo. Las hojas lo cubren todo, y en pañales, increado, se levanta nuevamente. Ésta vez, para nunca más volver a caer. Para nunca más volver.
Renacer
Autor: Carlo Biondi  339 Lecturas
As God hides the sun from my view A shine makes all the noise I'll ever hear A light fires up in the depths of a shadow And a dark plate brings the remains of all that's known A heavenly field burns with desire After all the years buried and forgotten All is found, for the glory to come All is lost, for the misery above And all will fall when it comes the time As the sun hides from the eyes that see A torch lights up the darkest of skies And with it, the end And beginning Are one in the same The birth to another world
birth
Autor: Carlo Biondi  274 Lecturas
No sonrío cuando te recuerdoNi me sonrojo, ni me exitoNo siento un salto en mi alma, ese latir aristocráticoQue por alguien y en algún momentoEn algún lugar de mi memoriaLo sentí como el despertar de una flor que se abre al mundoNo son memorias las que vienen a mi menteDe ser posible, diría que queda en blancoQue cualquier recuerdo por bueno o por maloPor recuerdo se pierde y se olvidaY mi memoria, delicada, impertérrita se queda frente al rugido de tu vozMi cuerpo ya no ansíaNo tiembla ni se contrae, sino que se pierdeEntre la multitud de rostros que son el tuyoY resentido y cansadoSe olvida de lo que vivió, recuerda lo que viviráEse impulso, el despertar de la vistaSólo mis ojos, en un vano reflejoY capturados como por la melancolía de la amnesiaLloran al verte otra vez por mis memoriasLloran al volver a saberLloran al volver a sentirLloran al volver a verEso que jamás, por repeticiónDebió haber iniciadoSólo mis ojos te recuerdan, y lo hacen como debenCon todo el profundo dolor, y la pazDel olvido
Un
Autor: Carlo Biondi  294 Lecturas
En el seno del desprecio Son tus ojos los que secan Tus manos las que cierran Es tu boca la que, muerta En susurros se perdona Ominoso, el silencio Parte en dos aquella puerta Y mil y una vez Regurgita en la despensa Del amor y de la vida Lo que es y lo que fue Lo bendito y regalado Al pasar de los momentos Los misterios hacen eco Del vacío de un alma, que Perdida Lejana Familiar e incomprendida Bate alas, hace palmas Dibuja el coro del silencio Y se pierde en el tiempo Al cerrarme, ella Los párpados, al alba
Ominoso, el silencio
Autor: Carlo Biondi  234 Lecturas
Leyendo, pensando, recordando... Me doy cuenta de el valor que tienen muchas personas... del valor de las relaciones con esas ellas, de cómo ayudan a seguir adelante, a despertar cada día, a acostarse al final de este... Gente que, la mayoría de las veces, siquiera se da cuenta de lo que reálmente es para las demas personas, gente que se alimenta espiritualmente entre ellos, y hace a la larga, que surjan cosas maravillosas... Personas que han sido, son, y serán claves, en el desarrollo nuestro, creatividad, fortaleza, y a veces en cosas tan simples, como hacer que un día sea mejor que el anterior... Básicamente, me he dado real cuenta de el valor que ha tenido la amistad a lo largo de mis años... de que, de alguna u otra forma, el destino se las ha arreglado para jamás dejarme solo, incluso si no me he dado cuenta de ello, o hasta si los demas no lo han hecho... El "domesticar" a la gente es algo muy meritorio y que, sin embargo, la gran mayoría de la gente lo logra, y, por consecuencia supongo, no se le dá el valor que merece... el ser humano es así, ingrato, se dá cuenta del valor de las cosas cuando ya no las tienes, pero, queridos mios, para qué esperar ese momento, ¿no? Y que no se crea que pienso esto por el "día de el amor y la amistad", francamente, me importa un carajo, uno tiene toda la vida para valorar y agradecer las amistades y los amores, este es simplemente un día de hipócritas, que necesitan que un calendario les recuerde que aman a otros seres humanos... no, si yo estoy aquí, leyendo, pensando y recordando, es gracias a que a mi DS se le acabó la batería, y me dediqué a leer y recordar y valorar y querer, mientras se recarga...
Amistad
Autor: Carlo Biondi  596 Lecturas
+++
Desde la tristeza inexplicable Nace una soledad contradictoria. No es más que mi vida en ese círculo, En ese mundo perforado.   Me rodean otras vidas, apresadas por el plástico. Muerte y sangre y salvajes egoísmos, Mas sólo belleza alrededor mío.   Un bosque eterno Sembrado constantemente Pero nunca regado, de eso no hay tiempo.   Florezco en este mundo, en este bosque plástico, Gracias a la sangre y a la muerte y a la desidia colectiva. Un pantano de oasis aún virgen, por desgracia. Un círculo perforado es ventana del panorama Un desliz en la pendiente constante de ese mundo.
Flores.
Autor: Carlo Biondi  390 Lecturas
Todo el dolor desapareceA través de los ojos del gato. Lo miro, y a la vez me mira Y es como si dejase este mundo, Perdiéndome en él…   Un inconsciente me posee Y me libera de mi ser Soy él, y él, no sé No estoy en él, y él se va.   Su mirada me vacía Me limpia y me arranca Mientras los miro no soy nadie Y sus ojos son eternos…   Su pelaje es el fondo perfecto De la liberación absoluta Del Nirvana La oscuridad absoluta Pura, vaciada.   …Sus ojos me abandonan Ignorando mis súplicas. Soberbios, felinos.  Y vuelvo a los recuerdos, Los hechos, las palabras La inseguridad más absoluta El abandono, la humanidad.   Solo espero, ruego Que la próxima vez Que sus ojos me posean No dure tan solo un segundo…
Ojos del Gato.
Autor: Carlo Biondi  415 Lecturas
He perdido muchas melodías en los sueños Despierto y se esfuman Se desdoblan y me abandonan   Las llamo, y no vienen Las busco, mas no aparecen Las deseo, pero me ignoran   Duermo para poder vivirlas de nuevo Para cruzármelas en los sueños Para que esta vez no se me arranquen   Y si logro pintar alguna melodía No cometeré el error de olvidarla La tatuaré en mis ojos, vistiéndome   La haré realidad La viviré hasta la muerte Saborearé su fresco dulzor   Y si es necesario No despertaré más Porque prefiero cazar melodías en sueños Que realidades ensordecidas
Melodías
Autor: Carlo Biondi  513 Lecturas
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