• gonza pedro miguel
gonza miguel
Paradójico mérito
Cuando nos inaugura la intuición,
nos hace lucidos y desgraciados.
PMG
Releyendo mis textos, recorriendo palmo a palmo mi letra me doy cuenta que hay frases, ideas que me sorprenden ¿Cómo están ahí? ¿En qué momento las imaginé? ¿Cómo llegaron a ser parte de mi letra? Entonces percibo que mi palabra vale por sí misma, está protegida de mi ignorancia de aquello que nunca se me ocurrirá, mi palabra tiene ese plus que la hace independiente de mi consejo, ella vive su propia existencia, y así siento dolorosamente esa ajena distancia… pero es mi letra, yo sé que es mi pluma y entonces me siento paternal e importante.
Antes no podía escribir con libertad, ahora me veo protegido contra mi propia impotencia, contra mi miedo o cobardía, me he dado cuenta que mis palabras valen por sí mismas. Es increíble la sensación de libertad que produce el efecto de hallar que mi pluma no depende absolutamente de mí, ella es por sí misma.
Por otro lado pienso, si esta letra no es absolutamente mía, en último rigor a la verdad, nada tengo que ver con ella, y esta es la idea que me mata, esa distancia, esa terrible ajenidad, esa sensación de saber que lo que escribo no es absolutamente mío, sin embargo están absurdo pensar que mi pluma y yo no somos uno.
En sacrificio a la verdad, no puedo dejar de unir mentalmente los dos conceptos, es mí pluma pero la siento ajena y distante.
La agradable ignorancia de pensar que la paternidad de mi letra era toda mía, pero ahí está la intuición con la clara revelación para hacerme desgraciado, para negarme la plena autoría de mi cosecha.
Reconozco mi letra, todavía insegura, próxima desmoronarse con la escasa convicción en lo que dice, pero también está la otra parte, esa pluma vigorosa, como un intruso exponente de lo ajeno, que a mí me deja este sabor amargo de una modesta felicidad.
Esta pluma me da un poco de admiración con su aire desafiante y agresivo, que sabe decir sin callarse sus presentimientos.
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  • País: Argentina
 
El verso caro a su dueño Desde hace un tiempo anda el viejo destino conmigo torcido y no sé hasta donde la desgracia pueda tirar conmigo. Venía con ganas de escribir y me encontré mal preparado para el alarde de mis versos, con tan poca tinta para tan largo cuento que ni  aún para corto no tenía.  Tal era la derrota, creyendo recibir copioso, me sucedió lo que al mendigo, que habiendo pedido pan le dieron piedra. Si al menos salieran algunos versos mal conjugados, el mal fuera menos ¿Cómo puede ser que algunas plumas revienten por las abundancias con el verso a cuatro manos tanto que  no dejan, ni cielo, ni palmo de tierra donde no escriban? Ahora entiendo bien la diferencia entre el arto y el hambriento, donde la rima falta, no hay verso que llegue, ni metáfora que sobre, ni tinta que dure, ni pluma que bien asista. En el verso herido o muerto va mi letra en medio. Ya pudiera en esta confusión sacar de la necesidad  enseñanza. ¿Por qué el verso no ha de ser libre? ¿No se dijo: donde hay amor hay hechizo?  Y si hay hechizo: ¿No hay magia? El verso ha de ser libre si ha de entregar la potencia  de sus loas al amor, si no irá forzado donde no lo lleve su libre voluntad. Ya quiero romper en alas, quebrar el aire, aunque con eso conozcan los bienes y los males de estas letras, la fuerza y la flaqueza de mi pluma, la gloria y la pena de este amor.
El elixir y el cántaro donde mora el verbo poético   Una tensión que no se verbaliza como angustia subraya la monotonía, algo del orden del humor mitiga la desdicha, de esa mirada que impide la autocompasión. El apogeo de un beso de ayer  arde aún sobre mis labios y no alcanza… le pierdo el rastro a esa caricia que solita rema el bote de mis afectos.  Pero no, quiero escribir y no puedo, esa pasión a la distancia que por el amor no basta y el tiempo me quiebran la espalda y una sombra de vulgaridad baña mis versos. Hay que aceptar la verdad para no caer en el verso fácil que bebe de la noche enferma. ¿De qué me sirve la riqueza de un verso  manchada con el sudor de la impotencia, si pone en peligro el alma del poeta? Aunque mis afectos vacilen, aunque parezca un aceptable augurio, aunque de verdad guarde su nombre como un antídoto contra la angustia, ese beso lo quiero y no lo quiero. Su regalo, Lo desecho y lo tiro y al rato lo junto de nuevo. Soy como ese poeta pobre de letras, solo con su hambre, consciente de su miseria, ocultándose del sol, embriagado por la vergüenza, limitado en el lenguaje que lloraba bajo la luna. Heme aquí escondido en escuro rincón en el fondo de este valle buscando comprender el confuso rumor de mis versos. Vago y perdido en el oscuro fondo de las letras atravesando el claustro todo sombrío y medroso. Flotando en el aire el vacio de una idea. En la tragedia oscurecida y embotada en el cansancio, alguna metáfora oscura partió arrastrándose como un verbo de mala  voluntad, castrada en sus bríos. ¿Qué me queda a la falta de convocatoria? Me confiscaron el verso, me quitaron la rima, me borraron la línea. El llanto se mescla con la risa y ablandamos con el vino a ese verso tan odioso, que antes era ajeno, ahora se acerca un poco. El vino embriaga al destino y le presta la audacia a mis versos, habrá que agradecer por la vida, por el triunfo y los laureles, que nos absuelven de la mala letra. Miro la luna, miro mis manos y gusto de contemplarlas al ver en  custodia el verso  frágil.  
Era la fiesta Este tiempo se quedó sin magia.  Vuelvo a reclamarme a como era, cuando ostentaba mi inocencia, con mis fieles amigos con esas alegrías sin escusas  cuando todo era demasiado sencillo, en ese tiempo era raro verse triste; todos los días parecían domingo.   El comezón, de los recuerdos con sus viejos adioses,  con estricta nostalgia recuerdo mi pueblo, no sé pero… el verde era distinto, su gente era otra, recuerdo cada una de sus calles de barro, corriendo por ahí, con mi vos de niño despojado de todo mal, con el anhelo desnudo y el llanto fácil, entonces era el tiempo sin agujas; la mañana y la tarde se fundían con las risas con tantas manos sucias y era en un  juego dejar que la vida transcurra con sus realidades invertidas Como aventura y enigma En un paredón de manchas  brotaban sombras de barcos, de monstros.  Piedra a piedra esa pared desataba el viento que hoy me arrastra. Después   de un día de aventura, de noche caía como piedra en el sueño. Me acuerdo a como era. Él no es este, el de ahora, ese Se paseaba hasta sentirse dueño, de acuerdo con sus órdenes. Decía, la mano que se convierte en puño: “Escribe sin borrones” y yo, sólo quería escaparme y en la savia del miedo, agachaba la cabeza y repetía “¡Si señor!” después, despacito decía: Viejo podrido. Ella era diferente. Ella siempre oculta en el aire y yo siempre puesto al alcance de sus ojos, la espía de mis noches y sus días. En su mano: La caricia que perdura en el amor sin defecto, con sus brazos grandes para todos los abrazos. Preciosa nostalgia de recordar las raíces de tu profunda ternura, pese a la distancia intratable que me ignora. Eran mías,  porque eran mías,  aún perduran tus manos de pura generosa. Ahora los domingos son odiosos y vuelvo a reclamarme a como era antes…          
Era la fiesta
Autor: gonza pedro miguel  132 Lecturas
¿Quién escruta la letra, quién tienta a un verso? ¿Quién siempre puede trepar por la escalera de los sueños? A mí hoy, se me  amontonan las prórrogas que repican en el silencio, exudan mi desesperanza, hasta volverme ciego, sordo y mudo. En el deseo irrefrenable de escribir robaría ese verso, pero no quiero que alguna letra mía venga mañana a reclamarme a cómo era, tampoco quiero la previsible metáfora, las asociaciones fáciles; quiero el verso iluminado. El pecho de piedra, la mano tiesa; ha enmudecido la pluma hasta el abismo atroz. La luna sin nostalgia, el manantial de tinta se seca, proclama la ruina y el ocaso del brazo y el poder de mi mano. A veces mi ser prójimo es insoportable a veces frágil, otras fuerte entre golpe y golpe hasta que la letra salga y el verso atienda a quién llama, a ese derecho al sueño entre el amor y lo cotidiano, entre lo uno y lo otro, entre ese péndulo que viene y va, entre un amor con historia. Yo que  bajé la luna y la dejé abajo entre lo que puedo y lo que quiero, en una imposible quietud, una  metáfora forma el cerco en torno a mi esperanza. Como me deprime bajarme de un sueño, saberme lejos de mi pluma, un pordiosero de las letras hasta que aparezca ese verso enajenado que ya empieza hacerse piedra, lejanísimo y borroso. Mi ser se empecina en echar las redes para atrapar una idea limpia, pasa una idea fugaz y rápidamente queda a la intemperie, fabulosa, irresistible, entrañable. Una idea que nace a la tinta sangre,  a la carne de papel, a  la gloria del lápiz, hacia una idea virgen que se enciende en el asombro. Cierro el puño y comienza el grito  del verbo que embruja, que arde, pero… a esta idea la acecha una muerte, la muerte de la indiferencia hueca, el pantano donde mueren estos y todos los argumentos turísticos.  Ya sé, si…  ya sé, es tan torpe pensar que existe el verso inmortal, ahora sé que todas mis palabras no nacen con un certificado de existencia. Para mí será una pena que después no existan, pero  estoy seguro seremos más que el horóscopo, quizás un poco menos que un crucigrama, quizás alcance diez o veinte lecturas y después el olvido. Así aprendo el rigor de los números, la pulcritud del tiempo del verso sin tutela. Estoy seguro un amigo me dirá: “Pedro no seas tan duro con tu letra” como un antídoto contra la angustia, pero no puedo tener esa mirada de autocompasión,  de complacencia,  yo siempre me veo limitado en el lenguaje, no quiero esa poesía bajo rótulos previsibles, el verso fácil, como diría mi maestra: Quiero alcanzar la síntesis poética.
De Venus la mejor de sus hijas. Titubeaban las puertas de su pecho al continuo empuje de mis quejas,  con muchas y suaves palabras, con amorosas y ardientes súplicas, con prolongados ruegos, con la opresión de los suspiros. Hasta que  en su seno propicio mis manos quedaron agradecidas. En el presente  recibido el mejor de mis anhelos,  convidado de sus ojos, sus miradas eran mías.         ¿Quién podrá contar dignamente los amores de aquellos ojos y ajustar la penitencia de mi llanto a tanta pena herida? El oráculo de Febo declara y la voluntad de los dioses designan: “Huye de este despiadado pecho, huye de estos avaros ojos” ¿Por qué la arrojas de mis brazos?  ¿Por qué la ocultas de mis ojos? ¿Por qué me quitas el mar de mis bonanzas? Primero, quieto de terror quédeme yerto en mi espanto,  de solo pensar en abandonar la hospitalidad de su pecho y dar al viento mis pies; después,  el furor de los rencores de Marte que arrastro,  entró por en mis venas. ¡Tanta ira en este noble pecho!  Que arde como la antigua Troya o la soberbia Roma por causa de Apolo y su mirada fría;  expelido soy,  él una vez más como el viento revolvió los mares de sonoras tempestades en amores de pechos tales. De los dioses el infortunio, que no en ella y no en mí sus ásperos riscos,  el duro escollo. ¿A quién pediré por ella? Si los dioses me niegan el sol   de su mirada, entre las oscuras sombras, ora  dudoso entre la esperanza, ora imagino la desastrosa suerte dos veces  más negra que el Tártaro, ora sólo  espero el destino irse. El vaticinio de los dioses y el  frio invierno clavaron sus aquilones que en  mí porfía baten los afanes del amor. Ya es acabado el día, ya es llegado el ocaso, ya se cierra el cielo y en los dones de Baco pierdo mi alegría.
El vaticinio
Autor: gonza pedro miguel  236 Lecturas
Pollerita corta taquitos altos Desmesurado énfasis en el lenguaje aleve de tu cuerpo, con esa sonrisa para muchos otros, ofrenda abierta a muchos ojos. Para vos, la primera vez, no habrá sido cómodo  convertir tus manos en increíble bondad, No habrá sido fácil a tu cuerpo sereno y frágil convertirlo en incandescente conflagración Seguro aun hoy, tus labios discuten cuando callan las armas que has llevado a la guerra,  sin que ni para que, de esas caricias ajenas.  En esa esquina, como un eco irremediable, en esta noche oscura ella se mescla y se iguala con la luna. Como hoy, como ayer solo existe en el anhelo de ese cuerpo desnudo. Aunque hay un cielo y hay un horizonte, Sin culpar al destino, sin creer en la esperanza se gana el pan con el sudor de su suerte.
Velando el sueño eterno Es tiempo de desandar la cuesta para descansar a la vera en el camino. Llegará el silencio y se llevará mi pluma Aquí estoy con la piel gastada, preparándome para besar el ancho suelo. Al seno más allá del suelo, Al verde prado como hermoso manto,           a paso lento voy entrando; Sueño para que en este viaje me acompañe la imagen pura de tu paisaje Y el perfume dulce de tu flor salvaje.  
Título de la obra: Luciano y Elena Personajes Luciano Elena Don Pedro, padre de Elena Facundo, amigo de Luciano   La primera  escena pasa en una calle de España, en sala se representa la calle, el frente de la casa en una esquina, con rejas y un jardín. Un joven con su guitarra al hombro mira hacia el interior de la casona, luego se le acerca un amigo y juntos miran también hacia el interior de la casona. Prologo En una tranquila villa de España donde se da inicio a esta increíble historia de amor incondicional, que va más allá de la historia y el tiempo. La crónica  relata el amor entre un juglar y la hija de un señor muy principal de esta villa de España.                 I acto                    Al ver que Elena se acerca hacia la reja  el amigo se retira         Luciano y Elena hablando en la esquina de su casa, la dama de compañía de Elena la espera alejada  de ellos, alerta por si viene el padre de Elena, el diálogo se realiza reja de por medio.   Luciano –Elena,  concédeme un minuto de tu tiempo. Elena –No puedo (Mientras mira para todos lados) que prisa tengo, mi padre mira con ojo atento, si presurosa no vuelvo  vendrá aquí a buscarme, ¡Dios me libre y me guarde de la furia de su enojo! Luciano -¿Por qué habría  de enojarse si en nada le he ofendido? Que el amor no es                                                            afrenta sino respetuosa cortesía. Elena –¿De qué amor  hablas? Luciano Quiero que sepas que, son tus ojos, tu pelo, tu voz, las flores de mi deseo. Elena -¿Cómo me quieres? (Se acerca Luciano como para tomarle la mano) Luciano -Con amor puro y casto. Elena –Si es puro y casto no te acerques tanto que las malas lenguas miran, para que                           luego  no digan “esa es una mujer perdida” ¿Que haré con mi honra herida si es  arrasada mi fama? Mi vecina, la que siempre mira, si le doy escusa no habrá traición que no invente, mentira que no desparrame y honor que no manche. (Elena se aparta) Luciano -Si me acerco es sólo para mirarte. Elena –Mira mejor  que no quiero perder mi honra. Luciano –¿Por qué la perderías? Elena –Si  murmurada quedo en público o en secreto y aborrecida de mis padres con razón o sin ella. ¿No perderé mi honor? Además  mi madre siempre dice,  si mi nombre está en la calle no habrá: un marido digno  que yo halle. Luciano -¡Desprecias mi amor por excesivo temor! (Despectivo) Elena -Que no es desprecio ni agravio, si no temor sabio. Luciano –¿Cuándo realices un mandado para tu madre te puedo acompañar? (Suplicante) Elena –Ya te dije Luciano que no, y no  es por mí, sino por mi madre y mi padre que no quieren mi nombre en boca de muchos hombres. Luciano -Regálame tu pañuelo en señal de que soy tu dueño. Elena -Si edad tuviera no sólo mi pañuelo te daría, sino también mi corazón tendrías. Luciano –Elena, ya no eres una niña. Elena –Dirá mi  padre  cuando será el tiempo oportuno. Luciano –Si eres persona adulta el tiempo lo fija uno. Elena –No te acerques tanto Luciano  (Ella con temor) que la vecina mira, ella lo que no  lo alcanza con los ojos lo inventa con la lengua. Luciano - ¡Que si uno mira o que el otro habla! (él enojado) no permitas que tu honor en temor viva. Elena -Por un amor en calma doy mi alma y no   quiero comentarios ajenos que manchen la nobleza de mi nombre, que no   solo mía, sino también la de mi casa. Luciano -Por darme tu amor no perderás tu honor, mira que te adoro más que a la plata o al oro.            Ella mira a su dama de compañía que le hace señas. Elena –Debo irme Luciano, mi madre me espera.            En ese momento Elena se va.           Momento después aparece su amigo, siguen hablando en la misma esquina.   Facundo ¿Cómo te fue  con Elena? (Su amigo le pone la mano en el hombro) Luciano -Por sus ojos doy mi vida por su amor mi alma. (Con vos triste y con gesto vencido) En mi mente solo tengo de su hermosura  su figura. Son sus ojos el cielo por donde camino, es su cuerpo el espacio por donde  en mis sueños vuelo, en mis noches de desvelo. Facundo – Un amor así, no tiene calma. (Se sientan en el cordón de la vereda) Luciano -Aunque trato y trato,  olvidarla no puedo ni siquiera un rato Facundo –Habla con su padre, quizás sea, este  un amor consentido. Luciano -Hablaré  con su padre. Facundo –Ya encontrarás lugar   oportuno, ofrece el tiempo, días, meses, años para el     momento seguro. Luciano -Ella tiene encarcelados mis ojos y prisioneros mis sentidos ¡Que ciego y perdido, como un loco sin razón vaga mi corazón! Facundo – Tu  voluntad es como una roca, si lo tienes decidido,  seguro estoy alcanzarás tu cometido. Luciano –De eso no tengo dudas.              El amigo se da cuenta que viene Elena y se retira del lugar            Elena pasa nuevamente  y Luciano la detiene, hablan, un poco a la distancia se queda la dama de compañía.   Elena (Luciano se acerca hasta casi tocarla)- Te ruego, te suplico que no te acerques tanto. (Lo dice molesta) Luciano - A pesar de tus enojos vayas donde vayas te seguirán mis ojos. Elena -¡Aléjate Luciano! Que mi padre mira.  No des causa justa a sus enojos, escucha bien  lo que te digo es mejor que tengas a mi  padre como amigo. (Tono amenazante) Luciano –Elena dame tu mano en señal de que es este un amor correspondido. (Le extiende la mano mientras se acerca) Elena -No te acerques demasiado, ni me tomes de la mano, si mi padre nos ve ¿Cómo miraré sus ojos? ¿Con qué fuerzas detendré su enojo? (Retrocede mientras se acerca Luciano) Luciano –Si te enojas y  te  vas, me dejas en el alma una queja. Elena –Debo hacer lo que mi padre dice, los hijos por respeto y no por la ley viven sujetos. Luciano -¿Cómo puedo hacer para sepultar tus enojos y así, esos claros ojos me miren con aprecio. Elena –Cuando sea el tiempo justo. Luciano -¿Cuándo será ese día premiado, en el que encuentre la paz este corazón enamorado? Elena –No es una ciencia entender que estoy obligada por la obediencia a respetar lo que mis padres dictan. .Debo irme Luciano, pero  antes  quiero preguntarte, vi que hablabas con la hija de Don Francisco Ramírez, ¿también la pretendes a ella? Luciano -Espinas son los celos en un corazón que duda, ten tu alma segura que mi amor es claro como el agua pura. Elena –Yo no hablé de duda sólo preguntaba. Luciano –Para que te quedes tranquila, llamaré a su hermano que es mi amigo y veras que ella no tiene nada conmigo.           Con gesto de la mano pide a su amigo que se acerquen.   Luciano –Amigo di la verdad en todo lo que te consulto ¿Sabes si tengo algún interés amoroso y oculto  con tu hermana? Si es así dilo y no calles. Facundo –Perdón amigo (levantando las manos en señal de no querer entrometerse) pero debo seguir el consejo sabio “no te metas en peleas de  enamorados, ellos se irán abrazados y vos quedaras mal pagado”               Le hace señas la dama de compañía,  avisando que viene su padre Elena –Me voy que mi padre viene (ella apurada y preocupada) que encontrarme aquí  no me conviene.   Se marcha Elena Luciano y sus amigos siguen  en la misma  una esquina, después de unos  momentos Elena pasa y  se produce una serie de silbidos y piropos.   Luciano –Amigos estamos aquí  todos atentos, con las miradas alertas lo que a la pasión despierta.   Recita el Coro -Ella camina con elegante porte.  Va un piropo y un silbido, que  ella  amorosa mezcla,  entre  sonrisas y  enojos,  que  con esos dulces ojos,  a todos con su mirada calla.   Facundo –Querido  Luciano (apoyado en su hombro y mirando a Elena cuando pasa) yo también estoy embelesado en  sus perfecciones de ver todos estos dones, de sin igual primores que despiertan toda clase de sensaciones. Luciano -No puedo dejar de admirar, que ni el ancho y profundo mar,  ni el cielo con su belleza, ni con su hermosura las flores puedan  alcanzar tantos lores  como su  beldad soberana, que todo aquel que los ve, los desea y ama. Facundo –Estoy en un todo  de acuerdo con vos. (El amigo asiente con la cabeza) Luciano – Tengo un solo deseo.  Mirarme  quiero  en esos cándidos ojos. Facundo  -¿Por qué no lo haces? Luciano -Por su mirada esquiva, que  desdeñoso me deja, con colérica queja. Que ni el diluvio del llanto por los mares que lloro puede ablandar los rigores de su mirada fugitiva. Ella no se apiada de mi ser que  llora, clama y gime rodeado por mil cadenas, que son las penas que abrazo. Como  las brasas en el fuego  ardo en esta condena. La extraño de nuevo, lo intento  y la  olvido y al rato la  invento de nuevo. Vive su nombre en mis labios enredados con mi llanto y mis suspiros. ¿Hasta cuándo amigo? Seguiré con mi paso errante y mi corazón perdido. Facundo -Que no te engañen ficciones. ¿Este amor  es correspondido? Porque dura cosa es mirar y no ser mirado, querer y no ser querido. Luciano –Amigo, dime ¿Cómo puedo alcanzar ese amor peregrino? Porque vaya donde vaya la seguirán mis ojos. Facundo -Si crees en el azar,  no crees en el destino  pero si crees en el destino  entonces hay un camino, donde  podrás alcanzar lo que la suerte te niega y no te quiere dar. ¿Dónde está puesta tu fe amigo? Luciano -¡Creo firmemente en el destino! Facundo -Entonces este camino sigue: Sin tregua persigue, lo que tu corazón ama, que el derecho se gana por mérito propio y no por un favor o regalo gratuito que el azar fortuito no te quiso dar.     II acto Luciano va a pedir la mano de Elena. Luciano y Elena se parados por las rejas del frente de la casa de Elena. Ella del lado del jardín, juega con unas rosas. Él con semblante angustiado                                       Luciano -Vivo de ilusiones y suspiros Elena – Y yo vivo con un  padre de celoso ceño, Que me torturaría si mirarte quiero. Luciano  - No temas por tu destino, Descansa tranquila sobre mi  pecho sereno, que te será de eterna compañía, que si lo sabes cuidar lo tendrás hasta el fin de tus días. Elena  - El duende de la alegría,  te crea ficciones, puras invenciones, entiende que mi padre, nunca consentirá estas pasiones. Luciano -¿Qué crimen  atroz? ¿Qué pecado  feroz? he cometido para no mirarte, si lo único que quiero es adorarte. (Tomado de la reja en actitud suplicante)   Don Pedro,  entra el padre de Elena. Es más alto que Luciano de buen porte, algo molesto por el cuadro que encuentra.   Don Pedro -¿Elena que haces aquí en el jardín cerca de la reja? ¿Y usted joven que necesita? Luciano- Don Pedro vine a pedir la mano de Elena. Don Pedro - Le diré sin censura, si usted fuera doctor o abogado tendría su amor bien ganado. Luciano –Si bien mis estudios no son muchos, escuela tengo. Don Pedro –A  licenciado no llega  y de bachiller no pasa, pues no tiene ni oficio ni ciencia. (Negando con su cabeza) ¡Sin talento, sin ingenio sin  estudio! ¿Qué puede hacer? No tienes renta, peso, ni hacienda. Luciano – Don Pedro no tengo titulo de grado, pero tengo oficio santo. (Angustiado) Don Pedro –Mas que oficio tiene poca escuela y mucha calle. (Despectivo) Luciano -No tengo ponderado linaje, pero… Don Pedro -Como su padre dijo: usted no tiene calidades. (Señalando el piso y señalándolo a él) Luciano – Si, soy hijo de la pobreza y entenado de la riqueza pero la suerte  sonríe      al varón justo y trabajador. (Se golpea el pecho) Don Pedro – ¿Por qué no entiende? De entrada le dije, como no es hombre preparado por esto  no tiene el bien       ganado. Luciano –Soy hombre justo ¿Eso no tiene valor? Don Pedro -¿Por qué  insiste? Ya le dije que no es posible. Luciano –Señor, Elena es el cielo por donde camino y no tengo otro destino que conseguir su amor.  Don Pedro –Joven Luciano, no tienes culpa alguna si prisionero y víctima eres de tus pasiones, estos te crean ilusiones que te impulsan, como el viento a  las velas  a buscar un lugar donde descargar la fuerza, la energía y el portento de tu juventud.        Luciano algo molesto  lo muestra  con ademanes y gestos Luciano - Señor no creo ser  víctima de las pasiones, más pienso que por  ser de humilde condición, tan aborrecido y negado por la diosa del buen hado,  que no acepta este corazón enamorado. Don Pedro (Levantando la voz) -No te permitiré tomar las mieses de su mocedad antes de tiempo. Desgraciado del mal agüero, te presentas aquí  acicalado, de pura ovación, dando voces de entusiasmo, con estrepitosa alegría y como no acepto tus locuras, te molestas con arrogante  soberbia  y arremetes con arrogada osadía. Luciano (Enojado) –Quien ama y es amado es un ser iluminado y yo de Elena estoy enamorado. Si hay voluntad hay un camino. Don Pedro, con su bendición no habrán piedras en el camino, iremos juntos en la misma dirección. Don Pedro –Vienes aquí  con engañosa trova y con amor fingido, impulsado por tus deseo y pasiones, que cuando vea colmados tus antojos te  irás en un abrir y cerrar de ojos. Luciano (Suplicante) –Don Pedro, he venido de manera franca y abierta y es usted un duro juez de cerrados ojos, que ha fijado sentencia con airado enojo.  Me aleja de su presencia y me arroja a las profundidades de los abismos, sin haber cometido, pecado alguno. Don Pedro (Molesto) –A pesar de su enojo, no cederé a su antojo. Se le nota en la mirada se le ve en los ojos que está ardiendo en deseos con esa mirada de fuego, por ese viene así guiado por sus deseos tiranos y te presentas aquí a pedir su mano. Luciano (Mira al cielo) -¿Quién será mi abogado? (levanta las manos al cielo ¿Quién defenderá mi causa? Pongo a Dios por testigo, que mi amor es puro, así como aquí lo digo. Don Pedro (Desdeñoso) –Pura propaganda, algo oscuro y dudoso que no tiene presagio de buen futuro. Luciano (Molesto y algo enojado) –Sus puertas me cierra como si fuera un necio, ¿Qué hice para tan alto desprecio? Don Pedro -¿Por qué te ofende mi contienda?  El producto de tu queja, que como loco te deja es porque no entiendes, (enojado) ¡es mi hija, ¡es mi techo!,  ¡es mi derecho! Elena –( Elena que hasta ese momento permanecía callada) No discutas a mi padre que en nada te ha ofendido, ya  te he dicho que es este un amor no correspondido. ¿No tienes respeto por sus venerables años?    Al escuchar esto el padre se retira   Luciano -Tu padre  premia y castiga con fuerza y sin razón,  te ofrece por dinero y me niega por amor.  Elena –No hables así de mi padre. (Ofendida y con ademan de sentencia) Luciano –Cara te será tu obediencia,  mira que el matrimonio forzado luego es amor humillado. (Sentencioso) Elena –Más cara me será la desobediencia, por otro lado un matrimonio consensuado  puede ser también bien aventurado, de la amistad natural nace naturalmente el amor. Luciano -Si con ruegos no te ablando, ni  con las lágrimas de mi llanto tal vez con un verso  logre mejor encanto. Elena -Me persuades elocuente, pero es de hija decente hacer lo que su padre dice. Luciano -Vine a rogarte si tu amor  puedes ofrecerme. Si tus ojos y tu boca me desdeñan y  me imponen esta condena que deba vagar con pena, que  me castiguen la lluvia, el viento y el frío y que me cubran los oscuros días  y me tapen las densas noches donde, siempre llore y donde nuca calle, con mi paso errante y mi corazón perdido. Elena (Lo mira con amor y una mano se acerca a su mejilla) –Hablaré con mi padre, para que cambie de opinión, pero considera que también yo estoy condenada a vivir en solitaria austeridad. Luciano (Exclamación de júbilo) -¡Dios existe, escuchó mi clamor, miró mi dolor, y se apiadó de mí! ¡Oh! Dulce Elena si tú hablas con tu padre tengo una luz de  esperanza. Elena ­–No puedo hablar ahora con mi padre, tengo que esperar un tiempo, vete ahora y yo te haré saber cuando puedes volver para hablar con él. Luciano –Lo que pasa Elena es que no tengo otro deseo, ni otro pensamiento anima mi ser, que lo que con tu mirada avivas para que solo tú, en mi mente vivas. Elena  –No insistas Luciano, que no puedo ceder ni a tus ruegos ni a tus elogios, que si mi padre se entera: muerta soy. Luciano -Dueña, señora y reina de este corazón abnegado de tus  ojos y tus labios negado, quítame el juicio  de tu grave condena que me tienes prohibido que tu belleza adore. ¡Oh! Doncella mía, Escucha mis clamores, que con  estas humanas voces y  sin retóricos dones, implora de tus amores. (Arrodillándose y suplicante) Elena – Entiende Luciano que mi padre considera que me falta edad para merecer de tus amores. Luciano –Mira Elena  que mi amor es más alto que elevado cielo, más claro que cristalino rio, más puro que el amor santo. Que prisionero soy de  la belleza  de tus luceros ojos que  arrastran todas mis pasiones y encadenan  toda mi voluntad. Que la esperanza y la alegría no están perdidas si tan sólo tú me das, un beso de despedida. Elena –Vete ya Luciano que mi padre viene y ¡por Dios que está en los cielos! que encontrarte aquí, no te conviene. Luciano -¿Qué puedo hacer para que tu mano me des? Elena –¡Vete Luciano! (Llora Elena) Luciano –¿Por qué lloras? Es triste mirar tus ojos llenos de  lagrimas pero más triste pensar que no me amas.   Sale Luciano triste y compungido   III Acto Está Luciano  caminando  por una senda  solitaria.   Luciano - Perdida la ilusión… ahora me invade la desesperanza. Vivo descubriendo que muero, de la luz negado del sol aborrecido del silencio deseado. No se definir el amor después de navegar por estas turbias   aguas y de fuertes viento, todo  termina en algún lugar de mi vida con una lágrima escondida y la vista perdida. ¿Cómo responder a la medida de tal agravio, que por no tener un  peso, ni hacienda, ni fama,  ni nombre, ni título de grado fui arrogado  de su lado? Si fuera banquero avaro o viejo adinerado hubiera conseguido amoroso trato. Facundo -Si ella prefiere sangre ilustre que brille con el oro antes que varón justo, que reciba lo que es justo.   Se van  Luciano y  su amigo con su guitarra al hombro Recita el Coro –Va  por la vida soñando,   con su guitarra al hombro y su amigo al lado inventando historias de amor. Hoy están en este pueblo, comen, duermen en cualquier lugar. Busca una plaza, tiende su manta y sin mirar a nadie, despreocupado desparrama melancólicas canciones de amor. Curiosos se juntan. Escuchan atentos, él no los mira, sigue derramando su bucólico canto. No hay sombrero. Las monedas caen como grandes gotas de lluvia, algunas ruedan fuera de la manta.           Cae la tarde. Despierta la noche.          Debajo de una arbolada desaparecen entre la hierba.   Debajo de un árbol Luciano y su amigo dialogan   Facundo –Entiendo que Elena está sujeta al respeto de su padre, lo que las pasiones arrastran la prudencia frena, por lo tanto no cederá a tus ruegos ni  a tus súplicas. Luciano –Le diré a Elena que  “Sólo el amor nos permite escapar y transformar la esclavitud en libertad” Si nos escapamos seremos libres para amarnos en libertad. Facundo –Ten cuidado con lo que deseas, que si eso haces, su padre lo tomará como un  grave vituperio  ¿Cuál será el precio de tan alto desprecio? Mira  que eso es una  grave ofensa, tan grave que no tiene defensa. Luciano – Como un loco sin razón que no tiene corazón,  imagino todos estos tantos  males por ver cumplido el deseo de mi pasión. ¡Es su pelo al viento, es su risa suelta y abierta, es la cadencia de su sin igual figura que   tanto exceden en estirpe y  en nobleza, que cautivan por su delicadeza, y enamoran por su belleza, la causa de mi locura. ¡Encareció su amor su augusta belleza, trastornó mis sentidos, multiplicó mis desvaríos, me ahogó en profundos suspiros! Facundo –Serénate y sosiega  las bravías de tus pasiones ciegas, que tus malos pensamiento serán la causa de tus desgracias. (Con actitud de calmar a su amigo) Luciano –Que puedo hacer amigo, llevo en mis labios enredado su nombre y en mi pensamiento atravesada su  figura. Facundo –No sé qué decir, no conozco los conciertos del amor. Luciano -Quererla no fue tanto, olvidarla fue imposible, por las mañanas la pienso, por las tardes la lloro, por las noches la sueño. Cuando su padre me dijo que nuestro amor no era posible, se encendieron mis furores, se agrandaron mis enojos, que por ella vivo y quiero, me desgarro y muero, y por mis celos mato. Facundo –Querido amigo no quiero que cometas una locura; embriagado por las penas de tus desdichas Luciano –Cuando pienso en su nombre, una lágrima furtiva corre fugitiva, entonces como loca desesperada deambula por mi pecho   una pena herida que se agranda con el silencio y crece más con las sombras. Facundo -Por tanto amor, por  tantos anhelos, que por ella te  desvelas, cuando  vea como  has  vivido, cuando sienta como  has sufrido, cuando se dé cuenta como le  has hurtado a la muerte esas dichas sepultadas, entonces reconocerá la grandeza de tu valor que al sol eclipsa, cuando eso suceda,  cederá a tus ruegos.  Luciano –Por tu mano amiga  en el día estrecho,  por el consejo debido, cuando estaba confundido y perdido de toda esperanza, cuando la oscuridad cubría  todos mis sueños y anhelos; gracias amigo por todo el bien que me has hecho.   Se funden en un prolongado abrazo   Facundo –Recuerda que Elena te ha pedido tiempo para que sea posible este amor controvertido. Luciano –Tienes mi palabra que respetaré el deseo de Elena, pongo por deuda mi promesa y aunque por ello cargo sobre mi pecho pesares y males tan ancho como todos los mares, seré fiel  esclavo de lo que digo. Busco en estos caminos,  encontrar el olvido. En defensa de nuestro amor he ido para volver vencido. Odiado por la diosa del buen Hado.  Del cielo azul de sus ojos: negado, de sus padres: aborrecido, mi esperanza rindo a mi ilusión perdida. Como tesoro me queda, la compañía de un amigo y una guitarra roída. y como oficio; trovador. Que ella vea en  este trovador, que cuando canta llora, quizás vea en mi canto las penas de mi llanto que nunca olvido.    Coro: Por esta estrecha senda, camina  una pena herida  obligados por la obediencia de cumplir esta penitencia, arrojados es a la vera del camino,  con estos; sus despojos, por culpa de esos hechiceros ojos. (Recita Luciano) ¿Dónde está la verdad? ¿Podrá salir el sol en mi desgracia? ¿Mi amor y mi pasión qué son? ¿Quién atenderá mi causa? Para  mí,  ahora  todo es una nada en el olvido. Coro: Con  profundo pesar, va rodando una lágrima por estos perdidos      caminos. Como el  señor y rey de la desilusión y la tristeza, le siguen como desconsolado séquito: la sombra de una pena herida,  dos suspiros y el  recuerdo de un aroma de un beso soñado que vuela con el viento.   Acto IV Vuelve Luciano un tiempo después de un tiempo y se encuentra con su amigo, es ya un hombre mayor, con arrugas, su pelo algo canos, con ropas gastadas Facundo -¡Luciano, amigo! ¡Qué bueno es tu regreso! Luciano –Mozo me fui, viejo volví. (Risas) Facundo -¿Qué noticias traes amigo? Luciano - Anduve por otros caminos y vi en  ellos otros claros ojos donde encontré esos primeros besos, que nunca serán como esos, los que una vez soñé y que tantas noches añoré. Facundo – Quiero que sepas que Ella  ya no cautiva por su belleza, mudó el tiempo su figura, le quitaron perfección, y de su gracia y gallardía sólo quedan, el claro azul celeste de sus ojos y su voz. Luciano – Amigo ella puede ser igual a mil otras, pero yo la hice única en mi ser… Fue raro y maravilloso ese fugaz momento en que me di cuenta que su belleza era mi tesoro y su mirada mi consuelo. Tal vez ya no tenga en este suelo  ese tesoro pero me queda su consuelo. Facundo –Su belleza a muerto y el crudo invierno de los años desgajó cada hoja, y cada pétalo de flor, es mejor que guardes en tu memoria el divino  retrato de su ser. Luciano –Querido amigo hoy la vi de lejos en el mercado de tantos entre tanas la reconocí, es cierto que se fue, y es mentira que no está, sigue intacta su presencia, ¡fue  tan alto  el precio de su ausencia! ¡y valió tan poco mi morir! que agonicé por la congoja  '¿Qué remedia mi partida? el silencio de su belleza ausente  me declara lo que ella no me pudo decir: Que nuestras almas siguen  unidas con admirable trabazón, que  no tienen extremos distantes por la unión del amor. ¡Es cierto que se fue, es mentira que no está! Sigue intacta su presencia como el día que me fui. Facundo –Nunca estuve enamorado y  no te puedo entender, pero dicen que la locura de un amor  solo lo entiende un loco  apasionado. Luciano -¿Dónde está ahora? (Mira para todos lados Ella es la que mi ser adora y por el delito de ser joven fui arrogado  lejos de su lado. Facundo –Le dije que tú la querías ver y me dijo que vendría para hablar  con vos. Ya es tarde y está oscureciendo. Luciano –                           ¡Otra vez muere la tarde sin Ella!, Y crecen los fantasmas de las sombras que   me invaden con su ausencia y  con el frio de su olvido afilan  la daga de los celos que  clavan en mi pecho.  Es muy tarde y como otras tantas veces Cayó la noche y me cubrió con su manto del olvido y otra vez  los fantasmas de los celos                                                        me hablaron al oído                                          ¿Dónde habrá ido ese corazón perdido?... Facundo –Luciano, amigo, alguien viene.    Entra  Elena con demostrada alegría, ya no tiene esos aires de juventud, viene sola sin su dama de compañía.   Luciano - Señora y reina de toda hermosura un solo segundo de tu mirada basta para callar a los fantasmas de las sombras que me invaden con tu ausencia y crecen con las sombras de tu olvido. Elena –Para que no estés como esos  deseos perdidos te guardé   en el arcón de los recuerdos como un tesoro siempre presente y así nunca  lamentaría tú ausencia.  Luciano -¿Qué poderosa magia me cubrió con tu hechizo? Porque  a mi corazón cautivo hizo, que  al mirarte mis ojos tienen deseos de amarte. Elena –Señor mío,  guardián de   este corazón entrelazado y amarrado, por vos he  rogado y suplicado, días y noches, meses y años  al Altísimo Dios piadoso  por este, tu  corazón hermoso,  para que guíe  tus pasos perdidos y regresen  los tiempos idos, aquellos donde me decías que a mi sola  me querías. Luciano -¡Oh! Señora y reina mía, desde la primera vez que te vi, mi corazón quedó prendado de  tu augusta belleza, desde entonces tuya es la soberanía sobre mi pecho y  por esto  caigo rendido a tus  pies. Elena -Conozco la  fuerza y el  poder de uno de tus besos certeros, que son como grilletes de aceros, seguro hospedaje y resguardo de mis labios que para vos guardo. Luciano – Fue  tan corta nuestra   despedida, y tan largo el silencio de mi destierro, que  miedo tengo de mirar atrás, pero con vos a mi lado, no temo mirar de frente, ni al tiempo que está por llegar, ¡Que se vengan los días oscuros que estoy seguro que los vamos a pasar! Elena –Aunque mi padre es un padre celoso, pondrá fin a su enojo y podremos hablar con él. No hagas comentarios, guarda el secreto y espera a que yo le hable primero. Luciano –Con escondido y disimulado secreto y con puertas de acero quedó  sellada mi boca. Sólo te pido Elena, cierra tu compromiso  con  un beso. (Se dan un beso) Elena -¿Cuándo nos vemos? Luciano - Aquí recuerdo tu nombre, aquí te extraño de nuevo aquí siempre aquí...te espero.   Aparece  Don Pedro viene con Elena   Don Pedro –No es mucho lo que tengo que decir, bien sabes que no estoy de acuerdo que con él acabes… pero es tu decisión. Elena –Padre sabe usted,  es público y no es secreto. Soy  ayuda y bastón  de mi madre y  en  mi casa: espejo de honra y respeto y mi lecho estrado de castidad,  nunca le  contradije en nada, y que vivo sujeta a su palabra, y que le debo servida obediencia no es novedad. Don Pedro -En el matrimonio los  tiempos duros son reiterados, mesclados con viento fresco y días claros, pero las verdaderas tempestades, se crean en el  mar  de los celos, embravecidos con olas de gritos e insultos, enfurecidos con violentos viento huracanados, entremezclando golpes con atropellos y maltratos enceguecidos; si  por mucho tiempo corren estos  temporales,  del matrimonio seguro el naufragio es.  Navegar con fuertes vientos crea  la sensación de que todo se acelera reina el caos y la ceguera.  Lo más inteligente es esperar que amaine el temporal. La triste verdad es que en esos momentos pocos tienen ese control. El amor es fuego, puro furor,  es ira y enojo mesclado con perdón y llanto, alegrías enredadas con optimismo y depresión. Luciano –Gracias Don Pedro por  el sabio consejo. Don Pedro -Luciano cuida a mi hija y no la ofendas,   mira que si lo haces, eso no tienes alegato ni defensa, yo estaré presto con la mirada atenta, mira que un padre enojado es como un caldero encendido. No me busque, no me irrites, no me enojes porque entonces sabrás lo que es un padre enceguecido.      Acto V Luciano y Elena esperan para pasar al altar, ella adornó su pelo con flores con amoroso atractivo, se cubre con un vestido blanco, él algo nervioso se mueve erráticamente.   Elena -Te paso mi mano y en ella te doy mi alma. Luciano –Elena por ver cumplido este, nuestro amor,  no puedo decir lo que pienso, no puedo pensar lo que digo, porque oscuras y cerradas  son las palabras olvidadas, palabras aisladas y silenciadas son las palabras enamoradas. Elena –Luciano, no me digas que el temor al “sí“ te paraliza, ¿Por qué  se ha perdido tu brillo y tu color? Acaso   ¿Se devaluaron las riquezas de tus sentidos? Luciano –No me paraliza el temor, sino las dichas y las alegrías contenidas. Elena -Yo sé que tu amor no es don pequeño y quiero que tú seas mi dueño. Elena –Luciano, es este el bien soñado, por nosotros anhelado y por la fuerza de este amor, cumplido. Luciano –Si crees ciegamente en mí, seré la voluntad en acto  de nuestros sueños. Elena –No tengo dudas de tu amor que es de valor acreditado y purificado en los mares de mi llanto. Luciano –Lo que tienen de bueno los sueños, es la posibilidad de cumplirlos, defenderlos es la posibilidad de realizar nuestra vida de acuerdo con nuestros sueños. Un poeta amigo una vez  me dijo: Si crees en el azar No crees en el destino Pero si crees en el destino Entonces hay un camino Donde podrás alcanzar Lo que la suerte te niega Y no te  quiere dar Sin tregua persigue Lo que tu corazón ama Que el derecho se gana No por un regalo gratuito Que el azar fortuito No te quiere dar Elena –Mi señor, de nuestro amor no será la quimera del azar fortuito la responsable; de tantos entre tantos este amor será único, inolvidable y trascendente. Luciano –Con arreglo a lo que es justo, debo decir que, será lo que lo que nosotros queramos que sea y de esto dependerá  nuestro amor. Elena –Mi querido Luciano, descansa mi pecho sereno al saber que  los furores de  tu libertad y mi  independencia  fueron cautivos de nuestro amor. Luciano –Si miras mis defectos nuestro amor no irá muy lejos. Elena –Yo sé que eres correcto, fiel, amoroso,  cortés y con eso me basta. Luciano –Gracias mi dulce Elena, tuyo son mis ojos, tuyos mis deseos, tuyos son mis caminos   donde en vos muero. Elena –No quiero por delante aplausos y por atrás me digas fea. Luciano –Si  tus ojos y tus manos los expandes con caricias y los abonas con incontables  besos, cosecharas  con amor los merecidos  aplausos. Elena –Tu mirada de amor borró en mí los errores de mi ser, por eso así me ves Luciano –Amor confiésame, Tú y Yo Elena –Solo tuyo, solo mía    En ese momento entra corriendo el monaguillo dando voces para que se preparen, da comienzo la ceremonia.  Suena de fondo la marcha nupcial. La pareja se presenta delante del sacerdote. El sacerdote parado frente al púlpito, da inicio a la ceremonia. Sacerdote –Querido hermanos… fin  
Luciano y Elena
Autor: gonza pedro miguel  253 Lecturas
La palabra es la ciencia del hombre Esto se empezó hace mucho y hace tiempo, al comienzo de las edades, siempre como un nuevo comienzo. De los dioses, la razón era regalada al hombre, y así comenzaba una amistad entre hombre, la razón y la palabra. El hombre, ya en su mayorazgo conociendo en su razón vino a descubrir su deseo y el camino por donde cada uno marchaba, al principio tomó la palabra indecisa sobre su pertenencia, y se abrazó vivo a ella, hasta encontrar el buen gobierno y trato. Fue el amor el que le ayudó a descubrir la palabra poética y  lo mucho que le quedaba por andar, lo que en sus penas no encontraba consuelo, sintiéndose vano y miserable. En  La naturaleza del amor que lo sufre  encontró al buen juez, al oyente instruido y al brazo acomodado para tomar la pluma.   La alquimia de la palabra pretende englobarlo todo y trascenderlo, la dimensión del verso es la dimensión de lo posible, la palabra hace vivir la historia.  Y el relato, en la medida que cuenta crea la realidad. Lo oscuro y menos entendido se hace claro y trasparente, el verso todo lo confiesa; esto es el estatuto del verbo poético. Como en el regalo, un día y de milagro se dejó ver en el silencio del asombro  su naturaleza  pura  y simple, sólo para darme cuenta cómo en mi propia ignorancia se conoce y se sabe, no digo ya para conocer los misterios del universo, que por cierto también se puede, si no como un gran socorro para entender mi propio ser.  Así empezó, el principio es más de la mitad del todo: Como cosa ociosa y por demás, como algo que quería decir y no podía.   Viendo el propósito de las palabras que antes en mí, ni nacían ni morían, como ideas que quedarán inútil en esta vida, en esta idea de permanecer y perdurar;  rogaba a la musa que me inspira: un sustento para mis versos. Hoy como ayer o como siempre fue, el verbo profético, el verso mágico, la palabra poética;  en primeros y tímidos conatos de independencia, hasta alcanzar una constancia esperanzada en  una epígrafe, que hoy se despliega  venturosa como el viento en el oficio de mi pluma.  
El cómputo diario de mi saldo Tus ojos en deuda me están por cobrar. Yo me pregunto ¿Preciso tanto tus ojos? Yo me digo que sí, tengo derecho a mirarme en tus ojos; eran mi secreta defensa contra mis celos. Fuera mejor a mis labios no nombrarla y a mis ojos no saberla, de camino  lejos  se va de mí, y no acierta con sus pasos en mi destino. Si mis retóricos versos no te persuaden habré de consolarme con sólo pensarte. Tu recuerdo se me instala en cada uno de mis gestos, tu sabor me quedó prendido en los labios y dejan libre el viaje de mis nostalgias En mis dos mitades, la parte que me quedó de la otra que me llevaste, me quedo como un ser dispar, contradictorio; uno eligió el olvido, el otro te sabe de memoria y perdió su vocación a la alegría por ese apego que otorga la costumbre a tu figura.  Mí olvido te sabe de memoria con mis manos huérfanas sobre el silencio del duelo, truncadas de esperanzas Por esto salgo desesperadamente en busca de una bocanada de aire libre con sabor a horizonte.
Serás su pobre dueño Me dijo mi abuelo –Hoye mi niño, escucha el lastre de mis consejos  pá que a tus años jóvenes no les falta peso: Ten cuidado con esa mujer hermosa que sin Dios en los labios y con el diablo en el pecho te hará conocer la demasía de su ser, que su ocupación es ir y venir a la caza. En su oficio te hará correr y  trabajar pá cumplir con la ley de su capricho y después de cansado habrá de tenerte atado a estaca, andando a cadena, y así  resignado en sus manos; habrás  de encontrar la suma miseria. Si no me escuchas… te acordarás de mí  cuando con el estómago apurado comas;   tarde, poco y frío. Mi niño, te lo digo pá que me sigas y viéndome trepar pongas el pie por donde me viste subir. Yo, dudando le dije. Abuelo,  con mucha librería en los dichos defiendes tu verdad,  ella es un ángel y el azul celeste sus ojos  prueban que del cielo viene. De niña fue hermosa, como fruta temprana, tres veces más mirada que hablada, esa tardanza era mi esperanza, que las palabra unas veces atropellan frente a una fresca rosa. Mi abuelo que no estaba de acuerdo, por eso me dijo - Vendiéndote caro te digo: Dulces halagos de lenguas vanas son esos mi niño.  Por otro lado espero no seas celoso, o no dormirás bien estando siempre al acecho, deseando saber el paradero de ella. Mujer hermosa es y muchos buitres hay, espero no te cause dolor lo que debiera darte placer. Ya cuando se iba a modo de despedida me dijo: Mi niño, para que no te falte aliento para la huida, el consejo vale, si con el daño se aprende. La sequía de mi imaginación: La poca prudencia y la mucha vanidad no me dejaron ver el ungüento de sus consejos. Sus abundancias reventaron mis ojos, a tropel, cayendo copioso sobre mi alma hasta no quedar ni palmo de carne, ni sangre  que no me explotara por el pecho; tanto que lo de adentro me quedaba todo afuera y peor aun con no poco acuerdo con mi razón que pierde su camino, entre suspiros que arrancan el alma, hasta dejarme  naturalmente ciego. Abuelo tenías razón, cuánta verdad había en tus palabras. Su perfume, sus ojos, la audacia de sus miradas compraron  mi razón.
Como por desgracia suele ocurrir en amores de aceite y agua. En nada me quedo cierto y en todo me dejó dudoso, aquí le endilgo de contrabando una reseña de malos ratos o una parrafada de malos trancos. Los míos  fueron siempre nobles, hasta que desperté, entonces vi en cuanto se dejaba ver la piel fingida, el amor gastado, en esta desventura hallé para suerte de mi desgracia, mil horas de amargura, entonces procuré olvidar lo que no pude amar, tomando como instrumento la memoria de lo que no tenía remedio. A la hora de la despedida, a mí me faltaron palabras, a ella le sobró ironía y con una actitud tranquila y pausada de los viajeros expertos, sin decir adiós se marchó. Y así me marche yo, arrastrando la nostalgia, la iba acomodando como mejor la pudiese llevar y se me hiciese más ligera carga, no me bastó el ánimo para olvidar aquel tiempo de los instintos, con aquellos besos de fábulas.  Todo iba bien,  no fue hasta que asumimos nuestra conciencia de náufragos, entonces aparecieron esos rencores perdidos por donde nunca los habíamos buscados, fue así como quedamos separados más allá de la magia y el hechizo   
Entre luces verdades y sombra                                                                        Yo, fortuita cosa, con mi pobre y tosco ingenio,  de pocas luces heredadas, escaso de letras en el virtuoso efecto. Pero por la gracia o la fortuna que me visitó oportuno, de un árbol de libros me hice dueño. Su brote extraje de la biblioteca de Alejandría, con sus raíces rescatadas en el río del mágico Leteo, en sus hojas anida la sabia  tinta y el dulce fruto que poetas ilustres bebieron y que multiplicaron así los versos a su antojo. De raíces atrapadas y enredadas  en la historia, el tiempo y la memoria; convertidos esos ecos en  actos,  en palabras,  se despliegan hoy ante mí, venturosos como el viento. Es así como  puedo ver que,  por la morosidad de mi escaso ingenio algunas  ideas callan   su gesto fecundo.   Por eso, ruego, imploro al Guardián de la palabra viva,  que mis ideas no sean para el olvido, que no huyan de la memoria en procesión hacia la nada, como la letra sin sentido, como esos versos muertos que no dicen nada. Ideas amontonadas en masa incoherente que fluyen sin cesar, sin rumbo ni destino, en incesante vaivén. Versos al aire, ellos corren ligero con el tiempo, con la vida y con la muerte;  inútilmente, vacíos de contenidos, como  glosas inconclusas, de palabras que no cuestan nada. Engañados por la esperanza de metáforas felices, vagan hacia una futura forma póstuma.   Líbrame, Señor, de tan funesto camino, que no sea ese el destino de mis ideas, que no mueran en el intento como esos versos que no saben, y no dicen nada.   Divino guardián de la palabra viva, si tu simiente no fecunda mis ideas: El tiempo que devora la memoria y  destruye toda inconsistencia cegará toda reminiscencia, lo cubrirá con el polvo ciego como cubre las erráticas ideas. Sobre la letra muerta pasó el ayer, sucederá el mañana. Miren  como corren presurosos los segundos, los minutos, las horas. Vean que no vive el tiempo en la memoria de versos caídos.  Inexorable corren sus influjos. Observen como la letra escrita se sujetas a sus prisiones, si fueron buenos sus sueños de metáfora renacerá eternamente, y por el Dios de la letra viva será devuelta a la memoria y quedará estampada en la historia,  pero si no alcanzaron la altura y la dignidad,  las palabras quedarán atrapadas en los brazos del olvido.    Señor, guía mi discurso por  la senda de la palabra viva, que de la más ruda materia pueda brotar la letra más bella; para que, luego, cuando mire atrás, las encuentre eternizadas, atrapadas y enredadas,  en la historia, el tiempo y la memoria.   Ilumina estos pobres y flacos pensamientos, que bajo el amparo de tus alas y tu consejo, me atrevo a mostrar, a todos los corregidores,  a  los que son y los que serán los sensores: Tribunales de la calle a jueces y fiscales, las virtudes  y los dones de esta pluma.
Ya sé, No todo es tan así, pero… La sangre se corrompe, los honores fallan, la pasión y la locura abundan. Donde vayas cosecharás puñaladas. Tiesos de pie y mano, nadie te tira una soga. Que todo es pudrirse y caer, que falta todo desde el cimiento, que enflaquece la virtud. No sabes por dónde vendrá el tiro, porque habló mal, o miró de más, porque pasó y no entró; cualquier escusa es  buena, para perder la vida en una esquina.
Ella  -La soledad antecede en tu mirada. Él    -Si tuviera tiempo sacaría el polvo seco a algunos sentimientos y con ganas me los        pondría. Ella  –No pongas esas frases tristes. El verso seco suena cruel. Él     -Es mejor esta soledad con sus áridos mutismo que un amor con sus sagrados    silencios. Ella  -Entiendo, entiendo el amor quedó estancado, pero un día va estar como el primer día. Él    -¿Cómo lo sabes? Ella -¿Te sientes solo amándome? ÉL  -Es cuando quedó mudo el amor. Ella  -¿El amor? ¿Dónde? ¿En el beso? Que complicado es el amor breve. ÉL  -Breve en tu risa, en tu mirada breve… A mí me gusta el amor largo y sencillo. Ella  -No te entiendo, ni me entiendo. ¡Cómo pude abrazar la locura y besar la ignorancia! Él   -Quizás no es hoy, no es mañana, pero tiene que llegar un día en que entiendas. Ella  -¿Cuál es tu problema? Él     -El problema es cuando el corazón comienza a recordar en vez de latir, añorando a como eras antes… nunca se acepta la ausencia de lo que se lleva en el corazón y si se lo acepta es para decir adiós. Me hubiera gustado que estuvieras más aquí, pero ya me habitué a tus ausencias. Ella   -No todo es tan así… Él      -Pedirle más tiempo al amor de tu vida y te diga: ¡No me presiones!  De tanto en tanto me expulsas de tu olvido y de a ratos te acuerdas y me das de lo que te queda. Ella  -Te prometo que ahora será diferente. Él     -No prometas cerca lo que estás lejos de cumplir. Ella  -Se aprende tarde pero se aprende. ÉL –No me gusta ese trueque, lo que quieres ya no será, ya no me queda tiempo. Ella  -No seas tonto, siempre podrás tener todo, como yo tengo lo tuyo, te enseñaran mis caricias a olvidarte de todo… Él  -Mi razón se bate entre quedarse y una honrosa retirada. Te juro lo intento y lo olvido y al rato me acuerdo de nuevo y  no, no me puedo olvidar. Me recuerdo: Yo y mis  intentos sin poderme llegar a tu boca, salvo al despeñadero de tu mirada que hacen del hambriento harto. Ella De mi buena voluntad, con que más y mejor en mi fe te prometo sabré cumplir tu deseo, esta vez será diferente… Él  -La cuña vale si es de buena madera. ¿Crees que con cuatro puntadas de hilo son poderosas para que no se descubran las hilachas? Una mirada y dos promesas enamoradas ¿serán suficientes? Con los años uno va perdiendo crédito que no hay verdad que dure cien años ni boca que lo sostenga. Ella – No te reconozco. ¿Qué antes endulzabas la lengua? Para que ahora largaras verdades más ajenas que propias ¿Perdiste el último prejuicio qué ahora te lanzas a maldecir? Yo me invento una ilusión…  pero tu alma de Pared templada abrumante le pone un freno a mi razón. Él -¿Por qué te ofende lo que digo? Como ahora ya no estoy en actitud de espera, librándome de esa incómoda sensación de dependencia emocional, marcada por esa irremediable distancia emocional tengo libertad para la queja, la duda, el rencor…pero bueno esto es así; cuando el amor se va, escondida es la calidad del espíritu humano. Hay que aceptar la verdad para no vivir la mentira.
Ya libre de mi carga Despedazado y roto, hecho un espantajo, publicándome por quien ya era, la prensa de mi desgracia dejaba ver: Esas penas que son, mi mal y mi castigo. Como pan de dolor masticaba mi queja, con cargas que no podían sufrir mis hombros. Como guardarlo me resultaba estéril Y como  llevarla me pesaba tanto Y empujarlo me costaba mucho, tanto me acobarde y las dejé, atrás en el camino.
Unas veces se gana… Volví al pasado huyendo, al tiempo de mis prosperidades; en la que ella, con anhelo se pedía, que con pasión se daba Y con ternura me recibía. Devorada con los ojos, deseada con el alma. Subiendo de escalón en escalón, hasta quedar en un altar, como la señora de mis sueños; después… después  vino el después,  el aquí, el ahora. Haciendo algún escrutinio: Con la vergüenza ganada y perdida la cuenta, veo con claro ojo que; todo lo que jugué y gané: Lo perdí.
Has negado de mis labios tus besos Te finges atractiva fecundidad          Y de mi sueño alucinado quedo. En vano sigo tus pasos, inútil  pierdo mi sudor en seguirte, al oído sordo  lanzo mis versos, al abismo de la ignorancia mis quejas. Té has renegado de mi pecho y mis abrazos y has negado de mis labios tus besos. Me sobran penas para cantar, lo mucho que te deseo.
Quiso cruel mi destino Que siempre quise su bien, que sólo su regalo deseaba, Ella ocupaba mi memoria. Desvelaban mis sentidos, la dulzura de sus razones. De ella era mi voluntad, que a mí nada me quedaba, y en todo le quedaba en deuda. Enlazado quedé con su mirada, con estrecho nudo. Pero en hora desgraciada y con todo el rigor del cielo, siendo el daño sólo mío y la pérdida tan de mi alma; un día me vi solo. Tan agachado quedé, que con la cabeza daba al suelo y con la mirada labraba la tierra Me hice amigo del suelo y al cielo ya nunca miro. Ya amigo del vino y del suelo; quiso cruel mi destino, olvidara su nombre con el vino.
Sin ira ni venganza Esas palabras, las que antes pregonabas con miradas y sonrisas, esas que eran dulces halagos, envolvieron  mi alma con paños de buenas pretensiones que luego deshicieron  tus avisos. A ella le di ricos vestidos, conformé deseos y gustos con puñados de monedas, ilustrando su nombre, magnificando su casa con glorioso nombre que luego contradice con otro amante  elegido,  maldito sea el otro que tiene más y por haber dado más donde yo falté, maldita la codicia, maldito el viento de su vanidad, que desplegó las velas de sus deseos, arrastrados por la violencia de su codicia, malditos esos malos humos, que cegaron las primicias de sus caricias, el triunfo de sus manos, su primer beso, el primer fruto de su amor primero, que luego fue mío, tan pregonado de sus labios y acreditado de sus ojos, así iba yo, y así  me llevaba ella, anclado en las ligaduras de sus brazos. Recibe mi gracia por el beneficio, vasija de vientre grande, hinche tu bolsillo y que crezca tu negocio.  Que  los trofeos de la victoria, la gloria de este amor pendenciero, sean de tus deseos muchos, la excesiva  pasión cárcel.
Nostalgia de pensar Tus ojos para otro Este relato se va haciendo y yo voy con él. Algunas veces las palabras me parecen inútiles, frágiles, carentes de sentidos, no bastan,  no alcanzan para decir todo el dolor de estas circunstancias  y mostrar  el desarraigo de tus ojos idos,  insobornables para mí.  Mi pecho adicto va comprobando la valides de sus añoranzas, te busco como una forma de crear  un antídoto contra la angustia, contra esa necesidad urgente de decir nosotros…solo  para volver desnudo a mi propio desconcierto, a esta melancolía propensa al pesimismo, que va así  avanzando por el lado malo sobre el recuerdo hostil a mi propia libertad.
De concierto su mirada y la mía Sólo con la mirada,  no hubo quien no entendiera o supiera como si para verdades más claras y puras se necesitaran testigos. Mucho me gustaban sus ojos, aunque más me tiraban sus labios. Hechizo que me hechiza me perdieron dulcemente.  Su cintura ayudó aunque sus labios fueron la causa de todo. A esas curvas no hay embrujo que no acompañen.  Esas increíbles curvas la causa de mi perdición, sus ojazos el arado con que siembra el fuego de su pasión, sus brazos la hoz que siega la siembra que me dejó. Si mis versos valen que corran y cuenten el áureo fuego que me besó: trofeo de mi victoria. Su entrepierna abierta riquísima mina descubierta donde yo pudiera encontrar los frutos de mi pasión , su vientre como caudaloso río que ni se cansa ni se agota,  como tormenta en el mar  que se levanta y crece tan a mi gusto y deleite.  Me llevó a media rienda y así anduve galopando con ella en mi cintura, su mirada y la mía fueron una, en  el pensamiento igual, sobre una manta de antojos  vimos el cielo abierto, hasta quedarnos seco en los márgenes del sosiego.  Por horas nos quisimos lo que en años no vivimos.
Mía es la mirada Mía es la mirada, para ella las alabanzas, mientras  sufro la agresión que nacen de sus dones   Ella no tenía pena y a mí me la daba, porque mirarla y no tenerla era partirme el alma, ¡Oh! Extraña mujer divina, no más mía que de todos. Sin que, ni para que, sólo mirarla. Tus miradas de dulces  halagos, son los paños con los que me envolvieron, yo los pago de contado con precio de suspiros. Todo el tiempo me pasa por  el pensamiento que estos ojos hallados y elegidos sean sólo para mí.
Tu recuerdo me defiende, el silencio me condena Corazón muerto: ¡Que agonía de sueños en el silencio! Es agonizar irremediablemente en uno.        
Como espina en mi memoria Calzada en mi retina         lo que su figura llenaba                                     Dejabas vacíos mis ojos
Un amor que ya fue   Si te re-cabió, tranquila má,   que mis dardos no son para vos, yo  ya soy inmune a ese arrastre que tenes. Por tu fama a la pasión, y tu infamia al amor,  como mina regalada, desbordando tu desnudes así te alabas y te vendes, derrochando torrentes de perfume, buscando algún virtuoso efecto, alguna mirada de aprecio.   Yo los he visto… esas miradas que caen desnudándote, esas que viajan con el ritmo de una cumbia,  el humo de un cigarro y el aroma de un alcohol. ¿Por qué te sentís re-zarpada si los wachos te miran mal? Si  como amiga de las farras, vas de noche en noche, de mano en mano de boca en boca como una jarra loca.  Yo  de lo malo hice bueno y de lo poco mucho,  de dos hice uno y vos de dos ninguno. Yo ya me rescate,  de tus labios  engañosos, ya no soy coleccionable mi amor.
Atrás el remanso, delante la dura pena ¿Qué me queda? El saldo flaco de tus caricias y besos. Tus Miradas pobres, llena de numerosas cautelas, Atrás quedó tu mirada clara, que sabía amar como Dios manda y que ahora sabe odiar sin atenuantes como el diablo quiere.  
Apreciar así tus ojos es querer profundamente tu alma, cuando Tus ojos sin derroche, lleno de sobre entendidos me miran así… y me siguen poniendo la piel vulnerable.
Cicatrices en un papel en blanco Un poema romántico tiene siempre inevitablemente  algo de ridículo, pero tiene un atenuante: La poesía cura los dolores del alma.
Aquí estos versos que declamaron aquellos, los labios que me besaron esos, los brazos que me envolvieron estos, los pies que me acompañaron y en esta mirada: Tus ojos tribunales;  Azules, mágicos y fatales
Mi amor, mi enfermedad El amor es la enfermedad más contagiosa  que Dios creó para curar al hombre de su maldad. Se trasmite por contacto cercano con  mirada fuerte, si más cerca, por un abrazo y si más cerca aun, por un beso.
Encontré la que no buscaba Quiso mi buena fortuna, que amaneciese el día claro, sereno y favorable con presagio De buen futuro. Sin hallar lo que esperaba encontré la que no buscaba: Mi perfecto gusto, mi contento verdadero. Por los bienes recibidos De tu prodiga mano. Cumpliendo lo que me ofreces a mucho me tienes obligado.
De esos besos mentirosos Recoge y junta los frutos de este amor, que pesada ofensa ha sido. Que  aguados son  y desabridos tus besos, arto delgado, con esos besos caros. Me sobran penas para cantarle a tu nombre. Inoportuna, pesada y enfadosa. No quiero, la franqueza de tus ofensas, Ni el privilegio de tus caricias mentirosas Que por delante me des aplausos y por a tras me digas: feo  
Va por caminos, sendas y veredas, tan llena en la medida de todos y sus muchos dones, con tan hermosos y fuertes ojos, con tan buen gobierno de su cintura que daba de sí en cada paso; toda su feminidad. A más de no poderse sufrir, así con todo ese bagaje de amor   Ella sabe hacer de sus antojos leyes y Yo que la tenía a espacio de puntería Le hice tiro, mientras soñaba con dar el blanco donde miran sus ojos.
Esa mirada Miro que me mira esa mirada Y que al mirarme no me dice nada, pero si esos labios callan, esa mirada me cuenta todo. Ya me perdí dulcemente, saboreando el dulce picaresco de tu mirada galana. Ya se ignore o se entienda por mil vidas que viviera, no quisiera yo perder, el manjar de tu mirada. Si amado o amando yo muriera, Serian esas, las muertes que yo quisiera.  
Esa mirada
Autor: gonza pedro miguel  113 Lecturas
Ella es como el viento que viene, sopla y se va y yo, con mi orgullo a cuestas, lavando con el vino las manchas que me dejó su olvido. En su mirada: la que antes pudo y bastó. Tenía unos ojos y una risa en rima entre otras cosas que traía de regalo. Yo que quería gozar el privilegio de sus formas y la alabanza de sus manos, en mi confianza me sujeté a sus promesas vanas hasta que descubrí la dura corteza de sus mentiras. ¿Para cuál de los dos, después de todo, la soledad será legítima? si su figura es un paso obligado, el que mira sufre y el que toca goza.
Poder y disciplinaRitual festivo del capitalismoFavorece el analfabetismoCuerpo redituable y docilitado Cuerpo vigilado y reticuladoCuerpo irritable y deformadoEs lo negado y rechazadoCuerpo estéril y deprimido, Lo posible y lo prohibidoMuchedumbre de enajenadosComo eslabones entrelazadosPotenciando rapidez y eficacia Cuerpo trabajo, cuerpo ganancia
Rtrato de un amor que dulce espero amor que en esperando muero Si me pides amarte yo más puedo
Retrato
Autor: gonza pedro miguel  98 Lecturas
Al descubrir tu amor me arrojé sin miedo Y fiel a mi deseo, me arrebujas en tu pecho. A las caricias de tus manos me encomiendo Y de tus ojos el amparo pido. El santo sello de tu amor primero Y el justo celo de tu amor quiero. Los afectos de tu pecho ruego Y el dulce néctar de tus labios deseo Yo deudor insolvente De Tus labios Versado en amores Escudriña de mis labios los sabores Y mi boca poblada de besos Acaudalada en amores Te pregona eterna alabanza Y te tributa los afectos de mi pecho
Vine a rogarte si tu amor puedes ofrecerme. Si tus ojos y tu boca me desdeñan Y me imponen esta condena Que deba vagar con pena, que me castiguen la lluvia, el viento y el frio o que me cubran los oscuros días  y me tapen las densas noche, donde siempre llore y donde nuca calle con mi paso errante y mi corazón perdido. Dueña, señora y reina de este corazón abnegado de tus  ojos y tus labios negado. ¡Oh! Doncella mía, Escucha mis clamores. Quítame el juicio de Tu grave condena,  Que me tienes prohibido que tu belleza adore Que con estas humanas letras y sin retóricos dones Imploro de tus amores.

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Paradójico mérito
Cuando nos inaugura la intuición,
nos hace lucidos y desgraciados.
PMG
Releyendo mis textos, recorriendo palmo a palmo mi letra me doy cuenta que hay frases, ideas que me sorprenden ¿Cómo están ahí? ¿En qué momento las imaginé? ¿Cómo llegaron a ser parte de mi letra? Entonces percibo que mi palabra vale por sí misma, está protegida de mi ignorancia de aquello que nunca se me ocurrirá, mi palabra tiene ese plus que la hace independiente de mi consejo, ella vive su propia existencia, y así siento dolorosamente esa ajena distancia… pero es mi letra, yo sé que es mi pluma y entonces me siento paternal e importante.
Antes no podía escribir con libertad, ahora me veo protegido contra mi propia impotencia, contra mi miedo o cobardía, me he dado cuenta que mis palabras valen por sí mismas. Es increíble la sensación de libertad que produce el efecto de hallar que mi pluma no depende absolutamente de mí, ella es por sí misma.
Por otro lado pienso, si esta letra no es absolutamente mía, en último rigor a la verdad, nada tengo que ver con ella, y esta es la idea que me mata, esa distancia, esa terrible ajenidad, esa sensación de saber que lo que escribo no es absolutamente mío, sin embargo están absurdo pensar que mi pluma y yo no somos uno.
En sacrificio a la verdad, no puedo dejar de unir mentalmente los dos conceptos, es mí pluma pero la siento ajena y distante.
La agradable ignorancia de pensar que la paternidad de mi letra era toda mía, pero ahí está la intuición con la clara revelación para hacerme desgraciado, para negarme la plena autoría de mi cosecha.
Reconozco mi letra, todavía insegura, próxima desmoronarse con la escasa convicción en lo que dice, pero también está la otra parte, esa pluma vigorosa, como un intruso exponente de lo ajeno, que a mí me deja este sabor amargo de una modesta felicidad.
Esta pluma me da un poco de admiración con su aire desafiante y agresivo, que sabe decir sin callarse sus presentimientos.
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