La cacería de Florencio Espiro (capítulo 01)
Publicado en Apr 16, 2009
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- I
El caso

En Barracas al Sur gobernaba Barceló. Así que no estaba para andar tentando a la suerte. La desgracia ya estaba echada. Fatal e irremediable. La muerte que (ahora) cargaba Florencio en su vaina no era poca cosa: había liquidado a Luciano Méndez: matón de confianza del senador Barceló... Hacía pocas horas. En la ribera. Un viejo entrevero de naipes.
En eso pensaba Florencio (ahora) en la huída. Ocultándose en los bordes de Avellaneda. Pensaba, también, corriendo, fugitivo, recordaba los presagios de la abuela Aurelia: esos últimos abanicados sueños viéndolo a Florencio con tres balas estampadas en el pecho: el augurio de la muerte; refrescaba las palabras de la vieja, "el nietito cagado a tiros, tirado en la calle, desangrado", la voz frágil de la abuela Aurelia hablándole en secreto, medio bruja. Y Florencio corría. Vadeando el arroyo.
El prófugo iba (rápido) buscando cobijo en lo del tío Rosendo. En los corrales de Piñero. Allí (favorito) pensaba Florencio su tío le daría el mejor de los caballos. El más bravo. Ya sabía Florencio que la única salida era escapar a Entre Ríos, a la casa del primo Julio y la tía Teresa. Allí encontraría escondite y comida. En Diamante, al otro lado del Paraná; barranca arriba. Conocía el camino. Sabía de la balsa y los contrabandistas. Allí iría.
Florencio corría huía escapaba, corría, chapaleando barro, saltando, entre los yuyales, corría, ladeando el arroyo. Y el congresista Barceló lo buscaba: más muerto que vivo: lo buscaba. Todos los matones del senador (todos) andaban tras el rastro del bandido. La milicada carpía alterada; el avispero bullía. Favorecedores y perejiles del caudillo pugnaban por acercar algún dato. Ese Florencio estaba muerto, pensaba Florencio. Imaginaba bien órdenes y bravatas, arengas del viejo Barceló. Imaginaba. Agitado. Y huyendo.
El flujo de los saladeros apestaba el arroyo, crispaba la nariz de Florencio. Qué corría y corría, y seguía corriendo. Mientras lejos las redadas oficiaban vértigo: en el centro de Avellaneda, en los arrabales, en el docke, en todos lados, en cada rincón, las razzias metían miedo. Empujones, armas largas, amenazas y gritos, simulacros de fusilamiento. Las huestes de Barceló clamaban sangre. Información. Algún dato. El posible paradero de Florencio Espiro.
Florencio (fugado) explicaba al tío Rosendo lo sucedido. Explicaba concreto la muerte del matón y el plan evasivo a la provincia de Entre Ríos. Suplicaba por el mejor caballo: un pingo tenaz, rudo, listo y ensillado, rogaba Florencio. El tío escuchaba, sin preguntas, sin consejos, lunático y seco, escuchaba atento a su sobrino. Y el sobrino contaba, acelerado, lamiendo las palabras; contaba y juraba la defensa propia, asumía el desastre, oteaba la cacería, los hombres de Barceló a pura venganza, sedientos. El pánico codeaba a Florencio. Y Florencio resistía, se apretaba en jirones de lucidez y templanza. Aguantaba sano juicio.
El Tito Rosendo, ligero, amanecido, alistaba en segundos un potro alazán de los que meten miedo, alto, fibroso, camorrero, relinchando en cascos gruesos, como lascivo. Y Florencio repasaba en su memoria el viejo camino que llevaba a Rosario; y el cruce de los bagayeros; y la balsa, y los contrabandistas; el río Paraná; la provincia de Entre Ríos, Diamante... el caserío costero donde (una vez) prendió el germen de los Espiro: el clan griego hecho de poetas y cuchilleros. Florencio repasaba en su cabeza cada piedra del camino, cada ciénaga, legua a legua, recordaba frescos lomadas y pajonales, alambres de púa, puentes malditos, perros, malandras, todo retumbaba en su cráneo. Todo. Como en la nada.
Ya estaba listo: montura gringa, caballo comido, y el atadito de la tía Anna: albóndigas, huevos cocidos, y pan del bueno. El tío Rosendo estiró compadre una caramañola llena de agua. Y a escondidas de su mujer guardó en el cinto del sobrino una botellita de alcohol fino. Miró al cielo, y dijo: "Viene tormenta". La tía Anna se persignó apurada y murmuró algo en italiano. Florencio levantó la vista, acomodó el sombrero; saludos a sus tíos repitiendo "gracias" varias veces. Ya partía.
El potro pedía traza, arrogante, joven. "No le afloje guacha, Cototo, este negro relame rebenque", advirtió marcial el tío Rosendo. Y la bestia salió, como un bramido, envuelto en la polvareda. Loco. "Ay, Santa Madona, ¡Santa Madonina!, finito il mondo, finito il mondo", se lamentaba la tía Anna viendo a su sobrino perderse en aquella desmesura animal, "brutto s´carto ss´cchifoso", recriminaba al marido, "porco f´esso di la putanna", remató, molesta, y echó una bendición siciliana; por la suerte de Florencio, por la lluvia mala que venía.  
El sol apenas asomaba el cogote, blanco, impávido. La tormenta se armaba contra el oeste. Eso era bueno, pensó Florencio. Eso era bueno porque olía a tormenta precoz, corta y helada. Olía, escuchaba el viento, sabía que había que soportar lo primero, la ráfaga, y después era galopar un rato bajo una lluvia mansa, marmota. Y después mucho mucho frió. Frío. Y a seguir galopando. Todo eso sabía Florencio cuando los refucilos iluminaron la llanura. Y el sonido de la furia. Los truenos. Filosos. Como gritos. Lluvia escarchada. Y un viento tremendo...
Valeroso, el potro latía excitado, frenético, corría corría corría como una locomotora, galope intenso en el viento la lluvia el estruendo, fanfarrón, chúcaro en la embestida. Florencio lanzaba rebenque y vitoreaba a su caballo, con palabras hondas de reconocimiento, "mierda carajo este pingo macho", gritaba el jinete, "méta, compañero, méta", gritaba, "esta tormenta sotreta no asusta a naide", y reía, Florencio, embelesado, como poseso el infierno, y saludaba a su caballo, agradecido, "déle, amigo, déle nomá y'iá llegamooo", y estallaba en locura y rebencazo, "méta, carajo", gruñía bajo el cielo tormentoso, "galope galope este pingo vergudo", gritaba, "¡corra!", y apretaba su melena contra el cuello nervioso del animal.
Y llovía y llovía. Mucho.
Demasiado.         
       
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Foto del autor Martin Fedele
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Descripción

Folletín en entregas. Historias de malandras y cuchilleros. Hombres de la ribera

Palabras Clave: Folletin Espiro Cacería

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



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