NANOOK Y LA OSA MAYOR
Publicado en Aug 14, 2021
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AUTORA: VALENTINA LEONI
NANOOK Y LA OSA MAYOR
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
                                             
 
 
                                                           A los niños de mi orfanato, buena suerte…
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
                      
                Todos los que tienen éxito, deben haber soñado con algo…  (Maricopa)         
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
NANOOK Y LA OSA MAYOR
 
Galopaba veloz, como casi todas las noches, cuando cogía el caballo de mi padre, el más rápido y fuerte de la tribu. Lo sacaba mientras dormían, y por el momento nadie se había dado cuenta. Siempre lo hacía, porque me encantaban las solitarias noches, cuando podía contemplar las estrellas, a la vez que el viento me susurraba canciones de guerra, porque para nosotros la lucha era parte de la vida, si es que poseías algo valioso, aunque solo fuera tierra. Iba a subir la colina, cuando la vi por primera vez: La mujer del búfalo blanco, me miraba sonriendo, con su bastón elevado hacia el cielo. Me impresionó la imagen, pues era una leyenda más de mi pueblo, y nunca pensé que la reconocería en la cima de una ladera. Creí que quizás fuese un espejismo por el esfuerzo de montar a pelo, pero me lo tomé como una buena señal,  porque  tenía el don de traer paz junto a la naturaleza, así que estaba seguro que nada me sucedería, si permanecía cerca. Escuché algo, y cuando volví a mirar, no había nada, desapareció. Quizás los nervios me estaban jugando una mala pasada, pronto sería el Pow-Wow (encuentro de tribus) y sabía que desde ese momento algo en mí cambiaría, porque el brujo nos leería los mandamientos, y dejaríamos de ser niños, para empezar a pelear por lo que fuera nuestro, lo que siempre ocurre, porque el mundo está lleno de hombres siniestros.
Entré en la tienda (Tipi) despacio, era muy sigiloso, aunque mi nombres significase Oso. Mi abuela abrió los párpados, pero no dijo nada, solo sonrió, y se dio la vuelta. Creo que lo sabía, porque tenía como un sexto sentido, pero me dejaba hacer, porque comprendía que ningún buen jefe se hacía creciendo entre  mujeres. Quería ser como mi padre, un gran jefe indio de la tribu Chiricahua de los Apaches. En la vida siempre hay tribus con las que convives, aunque fueses blanco o de otra raza, porque según donde vivas las costumbres son diferentes, y la relación entre las personas más, lo que era normal para muchos, para otros quizás fueses una barbaridad, hasta en la forma de hablar, aunque utilizasen el mismo idioma, así que estaba deseando que fuese el Pow-Wow para poder descubrir quizás un mundo nuevo. Era un chico curioso, y mi abuela decía que eso era bueno, aunque a veces también podía ser peligroso. Se llamaba Aiyana (Eterna flor), quien hacía de madre, la mía murió cuando nací, pero no me faltaba cariño, y siempre me hablaban de ella, por lo que tenía un bonito recuerdo, aunque realmente no existiera. No la echaba de menos, pero me hubiera gustado conocerla. La vida no siempre es perfecta para un niño, pero no por ello tiene que marcar su destino, “es tu actitud ante ella, lo que te hará tener un buen o mal futuro”, me lo repetía mi padre, cuando a veces me daba lecciones de vida, porque era su misión, enseñarme a vivir, o por lo menos mostrarme las maravillas y los peligros que esconde el día a día. Se pueden aprender solo, y quizás fuese la mejor lección, pero el que avisa, no es un traidor. Mi padre se llamaba Gerónimo, y tenía gran voz de mando, siendo su gran secreto cabalgar siempre al lado, no delante, por lo menos es lo que me repetía, y le funcionaba, porque lo respetaban y obedecían, sin tener que utilizar la fuerza ni la ira.  “No vayas detrás de mí, tal vez no sepa liderar. No vayas delante, tal vez no quiera seguirte. Ven a mi lado para poder caminar juntos”. Y ese era su mensaje, para un futuro Jefe Indio.
Amaneció temprano, y escuché el sonido con el que mi abuela me decía que el desayuno de frutas estaba listo. Hacía chocar dos útiles de metal, que producían una especie de música que parecía decir tin-tin, era la señal para levantarme. En la tribu había más niños, pero de mi edad pocos, mi mejor amigo era el hijo del brujo, se llamaba Koda, que significaba” los aliados”. Sus padres se lo pusieron porque querían que se encargara de negociar la Paz, en caso de conflictos. Era muy inteligente, y poco a poco estaba aprendiendo todos los rituales necesarios para mantener a salvo a nuestra tribu, no solo de los hombres, si no de los peligros de la Naturaleza. Quizás él fuese el más listo, pero yo era el más rápido y fuerte, que para la vida es más útil, que cantar canciones mirando al Sol, porque lo que no se ve, se duda de que tenga poderes, o eso me decía mi padre, cuando los veía danzar alrededor del fuego. Los hombres habían salido a cazar, aún a Koda y a mí no nos dejaban, seríamos los siguientes en unirnos al grupo. Teníamos muchas ganas de apresar un búfalo, y hacernos nuestras primeras ropas con él, incluso vaciar la cabeza para jugar con ella en los rituales, que para mi padre no eran muy importantes, porque él se caracterizaba por ser un hombre práctico, pero para las tribus eran esenciales, ya se sabe lo que pasa con las tradiciones, deben pasar muchas lunas para que se pierdan, si es que el hombre las mantiene,  por eso al jefe y al brujo, no había quienes les tosiera, porque si alcanzas un puesto en la vida, siempre habrá rebeldes, pero la mayoría de las personas te respetan. Después de tomarnos nuestras frutas, las mujeres se fueron al río a lavar, mientras koda y yo nos marchamos a pasear, teníamos nuestro pequeño arco, además del machete, sabíamos utilizarlos casi a la vez que aprendimos a andar, es lo que pasa por ser niño, pronto te quieren dar responsabilidades, mientras que a las niñas la dejan jugar. Cogimos mi caballo, uno zaino, que a pesar de no ser tan veloz como el de mi padre, tenía una gran hermosura, por lo que cuando nació, mi abuela me lo regaló. Fuimos lejos, no teníamos claro si sabríamos volver, pero nos arriesgamos, la juventud te hace valiente e imprudente, mi padre decía que se pasaría con los años. A veces nos gustaba observar a los lobos, porque a nuestra tribu se nos conocía por tener poderes sobre ellos, como si fuéramos sus jefes, y queríamos comprobarlo, pero aún no habíamos visto ninguna señal que lo dijese. Ellos tenían al jefe de la manada, quien nos miraba desafiante desde la distancia, sin asustarse, más bien alertado ante cualquier movimiento, que lo pudiese tomar como el comienzo de una pelea, porque tenían siempre ánimo para ello. Queríamos conocer su forma de vida, y en la madurez valernos de su fuerza para la caza, o para las guerras con las pieles pálidas. Cada vez estábamos más a la defensiva, porque según contaban los humos de las hogueras, querían poseer nuestras tierras, así que pronto nos uniríamos a luchar, por conservar nuestro trozo de planeta. Ese día no ocurrió nada especial, aunque nos dimos cuenta como sigilosamente se acercaban, sin parecerlo, como si jugasen a un, dos, tres pollito inglés. Le dije a koda que deberíamos marcharnos, más que nada porque me parecía que mi caballo tenía sed. Nos montamos, y fuimos al río, por supuesto bebió sin parar. Koda decidió darse un baño, mientras yo observaba el agua cristalina con sus peces de colores, entonces apareció otra vez reflejada en el agua:“ la mujer del búfalo blanco”; con su bastón elevado hacia el cielo, como diciendo algo que no podía comprender, porque no había nubes, ni nada que lo empañase, lo miré y cuando volví a dirigir mis ojos al agua, ya no estaba. Me dio mucha pena, porque quería compartirlo con koda, pero no me dio tiempo, quería saber qué era lo que me quería decir, y quizás mi mente no era tan abierta a otros poderes, como para saber interpretarlo,“ porque todo en la tierra tiene un propósito”, y ella quería mostrármelo
-          Koda te tengo que comentar algo
-          Dime
-          He visto en dos ocasiones a la mujer del búfalo blanco
-          No me lo creo
-          De verdad
-          ¿Dónde?
-          Ahora en el agua y esta noche, cuando salí a cabalgar
-          Eres muy afortunado, ¿Lo sabes?, pocas personas la logran ver en su vida
-          Lo sé, pero me da la sensación de que me quiere decir algo, pero no logro interpretarlo
-          ¿Qué es lo que hace?
-          Eleva su bastón, ¿no significará que me voy a morir e irme al cielo con mi madre?
-          No, significa que es la enviada de Manitu( el Gran espíritu), y que te protege desde el cielo
-          ¿Seguro?
-          Seguro, siempre que un ser mágico se dirige al cielo, es para dejar claro su relación con Manitu, pero por si acaso vive con pasión cada momento, la vida es un regalo, y hay que saber valorarla para poder disfrutar hasta de un simple bocado
-          Lo sé, mi abuela me lo dice, porque no valoro que se pase media mañana pelándome la fruta. Dice que en la vida hay penas, pero siempre hay una alegría que la compensará,  todas las abuelas dicen lo mismo.
-          Bueno, no te obsesiones con el mensaje, si de verdad te quiere decir algo diferente, seguro que hará para que la comprendas, sino simplemente te ha marcado como alguien especial, supongo como el siguiente Jefe Indio de nuestra tribu, quizás tengas más parte espiritual que tu padre, quien solo cree en la tierra que pisa, y en la carne que come (nos reímos los dos, y montamos en mi caballo para llegar antes de que se repartieran los platos).
Esa tarde no fue diferente, estuvimos todos juntos, el Brujo cuando anocheció nos contó más leyendas, y nos asustó mucho con la de Jichi, una serpiente enorme que aparece en los ríos cuando no se respeta el agua que fluye por su cauce, más bien si no respetas la naturaleza, provocando la huida de los peces y la sequía en donde te alimentas. Nos puso ejemplos de lo que pasó en otras tribus, de cómo fueron aniquilados, sin que los pieles pálidas fuesen a capturarlos, porque había que temer al hombre, pero también a la fuerza de la Naturaleza y a todos los seres que la protegen, porque por cada mala acción hay una consecuencia, bien con tu hermano o con la madre tierra. Mi padre se enfadaba cuando nos veía a todos muertos de miedo, ya que utilizaba el fuego y sus poderes para crear ambiente al entretenimiento. Mi abuela se fue a la tienda, y mi padre a la suya,  por lo que todos debíamos ir a dormir, porque la luna avisaba de que el día se había acabado, y con ello vino el descanso.
Esperé un buen rato, quería que todos tuvieran la respiración profunda para poder marcharme, y ver si la mujer del búfalo blanco me hablaba más claro, quizás no la volviese a ver, pero había que intentarlo, las cosas se intentan, si no te quedas anclado. Salí sigilosamente, y fuera no había nadie, así que cogí de nuevo el caballo de mi padre, y cabalgué hacia la misma colina que el día anterior. Me senté, porque sabía que no aparecería rápido, al cabo del tiempo me tumbé, con la intención de no quedarme dormido, y creo que no lo hice, porque podría asegurar que vi unas luces parpadeantes, más fuerte que las estrellas, que hacían un círculo. Duró un buen rato, y cuando me incorporé para asegurarme de lo que estaba viendo, se marchó más rápido que una estrella fugaz, se perdió en el cielo. No sabía lo que me estaba pasando, si las historias del Brujo me estaban despertando la imaginación, y ya veía cosas sin sentido, porque sabía que existía la mujer del búfalo blanco, pero nadie me había contado nada sobre ese tipo de estrellas en el cielo, que parecía un plato que volaba, con luces por los bordes, y más veloz que el viento. Me quedé quieto, más bien paralizado por lo que había visto, porque koda no me iba a creer tantas historias  fantásticas, y no tenía  a nadie de confianza para eso. Mi padre no creía en nada, y mi abuela era mayor para contarle aventuras fantásticas, quizás se preocupara. Entonces me acordé de la señal que me hizo la mujer del búfalo blanco, quizás me señalaba ese cielo porque quería que admirase una maravilla del mundo, no solo las cataratas que había cerca de mi tribu, y al acordarme de ella tuve un presentimiento. Ese precipicio con agua era hermoso, pero a la vez peligroso, y poco práctico, ya que separaba a mi tribu de una especie de oasis lleno de frutos y sombras donde cobijarse, porque había que hacer un viaje de siete lunas por otro lugar, para poder llegar a él, mientras que si no existiesen esas aguas, estaríamos a un paso, pudiendo tener mejor alimento, y más fácil un lugar de asiento. Empezó a amanecer, y estaba agotado, creo que mi abuela se iba a enfadar, no le gustaba que lo hiciera todas las noches, no quería que se convirtiera en una costumbre, si no que siguiera siendo algo esporádico, porque cuando abusas de algo, siempre hay un mal resultado. Me marché rápido, sin darle explicación a lo visto, pero desando que me pasase de nuevo algo, para ver si mi inteligencia ataba los cabos. Llegué cuando el sol ya estaba fuera, y mi abuela despierta. Me miró y quise leer que si lo volvía a hacer, se lo diría a mi padre, y empecé a rezar a Manitu, para que eso no pasase, porque se acabarían los misterios, teniendo la vida que todos quieren para ellos, pero yo era joven, quería más que cazar, quería descubrir a los seres fantásticos, y a los secretos que me mostraba el cielo, porque no había nada más maravilloso, que la magia me eligiera para que ellos fueran descubiertos. Me tumbé en la tienda, y cuando estaba totalmente dormido, al poco tiempo, mi abuela hizo sonar la melodía “tin-tin”, para que me levantara, creo que lo hizo adrede, para que no descansara, y estuviera agotado, además sin haber acabado de tomar la fruta, nos mandó a pescar, creo que también lo hizo para castigarme, porque sabía que después de la historia del Jichi, me daría un poco de miedo adentrarme en las aguas del río, sin saber bien que podría morder el anzuelo, pero cogí mi cesta y el hilo, para ver llegar con alguna buena presa, sabiendo que mi abuela seguiría enfadada, mientras yo creciera con la imaginación despierta.
Al llegar al río, lo primero que hicimos fue bañarnos, nos gustaba el agua, y sabíamos nadar desde muy temprano, así que no nos asustaban las corrientes. Al cabo de un buen rato, nos pusimos a la faena, mientras el sol y la brisa nos doraban nuestra piel canela. Koda se alejó de mí, para que no nos peleásemos por los mismos peces. Me gustaba pescar, me relajaba, lo elegí como hobby, ya que mi padre siempre decía que no había que fiarse de los hombres que no tienen aficiones, porque la pereza lleva al agujero del temido vicio entre los hombres. Al cabo de unos veinte minutos noté como algo me rozaba las piernas, pensé que sería cualquier pez, pero se repitió rápidamente, y esta vez lo noté como mucho más grande, miré, y ahí estaba el Jichi, o por lo menos es lo que me pareció, porque era como una culebra de agua, quien más que nadar, parecía que reptaba entre mis pies, mientras yo gritaba por temor a que me mordiese. Koda vino rápido, y mientras saltaba hacia la orilla, le expliqué lo que había visto
-          Vamos Nanook, sería un pez más grande de lo normal, ¿Por qué iba a venir el Jichi, si nos portamos bien con la naturaleza?
-          No lo sé, pero no era un pez
-          Creo que con lo de la mujer del búfalo blanco he tenido bastante, te había creído, pero ahora me parece que tienes la imaginación muy activa, y seguramente estás viendo cosas, que realmente no son lo que a ti te parece
-          Te digo que lo he visto
-          Déjalo, al final vas a creer una barbaridad, que no te vendrá bien para la imagen en la tribu. No digas más tonterías, sigue pescando, olvida esas cosas, ni mi padre te apoyará, porque una cosa es ver un ser mágico, y otra descubrir a todos los que se conoce. No se lo creerá nadie,¿ lo sabes?
-          Lo sé, intentaré estar menos receptivo ante la magia, porque creo que al final me va a jugar una mala pasada.
Llenamos la cesta de peces, y nos fuimos contentos. Se me olvidó lo del Jichi, pensé que sería cualquier especie que no conocía. Mientras íbamos por el camino, vimos como en lo alto de la montaña había una hoguera, identificando al lado la corona de plumas de mi padre. Nos quedamos mirando para intentar leer lo que decían con el humo y la manta. Estaban avisando que con la siguiente nueva luna marcharíamos al lugar del Pow-Wow. Nos pusimos a saltar, estábamos muy emocionados con el encuentro, no sé porque pensábamos que algo sucedería allí, pues a la vuelta ya nos uniríamos con el grupo de hombres, y era algo muy importante para nosotros. Cuando eres niño quieres ser adulto, y cuando lo eres, echas de menos la infancia, cosas de la vida, o eso me decía mi padre:” la vida me ha enseñado que pocas veces el hombre está contento con lo que tiene, hasta que ve pronto su final, entonces entiende que lo mejor que posee es su presente, el que debe trabajar para disfrutar, porque el pasado es solo eso, y el futuro nadie lo sabrá”. A mí me había quedado claro, pero no quitaba que de vez en cuando protestara por carencias, por ser huérfano, por muchas cosas, pero también sabía que  nadie es perfecto ni tiene una vida perfecta. Llegamos pronto a las tiendas, y comentamos a las mujeres lo que habíamos visto con el fuego, todas se sonrieron, lo sabían desde hacía tiempo, pero no querían decirnos nada, para que controlásemos los nervios, los que ya estaban a flor de piel, haciéndome olvidar la magia que había descubierto. Los hombres llegaron al poco rato, y nos felicitaron por la pesca, había para todos, lo hicimos así, no paramos hasta tener la cantidad suficiente, por lo que se demostraba que seríamos buenos cazadores, aunque mi padre siempre me advertía de la diferencia entre cazar y pescar: en la pesca la calma es la mejor compañera, mientras que en la caza la rabia es lo que provoca tener una buena presa. Lo tendría en cuenta, mientras afilaba mi cuchillo, esperando que llegase la hora para demostrar que me había convertido en un hombre, mientras crecía con mi abuela.
A la mañana siguiente hubo una gran sorpresa, recogieron todo, y nos marchábamos para el Pow-Wow, otra vez no habían dicho nada para que durmiésemos, lo comprendía, la excitación hubiera hecho que no descansáramos bien. Monté en mi caballo, cada uno en el suyo, menos los niños pequeños que iban con su madre. Lo extraño es que llevábamos muchas armas para ser un encuentro de paz, lo comenté, y mi padre me dijo que no sabíamos lo que nos encontraríamos por el camino:” más vale ser precavido”. Se puso al lado de todos, y empezamos a cabalgar, aún estaba amaneciendo, miré al horizonte, y ahí estaba ella: la mujer del búfalo blanco, sonriendo, y volviendo a señalar el cielo con su bastón. Observé a todos, por si alguno se había dado cuenta, no me atrevía a decir nada, podría ser que solo yo tuviera la capacidad de verla. Las personas especiales pueden sentir cosas que otras no, y por ello hay que tener cuidado, para que no lo tomen por chalado, así que sería mi secreto, quizás me quería decir algo, quizás me quería avisar de algún peligro, no lo tenía claro, y para no asustarme creería que Manitu estaba de mi lado, y me estaba protegiendo de algo. El camino era un poco duro, mucho sol, piedras, pero estábamos todos juntos, y las penas en compañía pesan menos. Anochecía cuando vimos el humo de una hoguera, mi padre la señaló, entonces me miró y dijo: “Observa este día, tu eres quien lo construye”. Esta vez sí supe qué era lo que me quería decir. Mi vida iba a cambiar, y yo sería el único responsable de lo que sucediera, así que debía actuar con cuidado, intentar tropezar con muy pocas obstáculos. Lo miré y asentí, me sentía fuerte, preparado, tenía ganas, y es lo mejor que se debe tener cuando quieres comenzar algo. Subimos la montaña, expectante e intrigado por saber lo que pasaría cuando nos encontrásemos con otras tribus, como nos recibirían, como nos tratarían, qué descubriría. Al pisar la tierra de los aliados, el mayor de los jefes indios nos estaba esperando, un centinela nos había visto, por el polvo que levantaban los caballos. Nos saludaron, nos dieron agua, y nos mezclamos con todos lo que allí estaban: de piel tostada, con pelo azabache, con plumas en la cabeza, pero de distintas tierras: Apaches, Cheroqui, Cheyenne…
Todo fue mejor de lo que había podido imaginar, había muchos niños y niñas de mi edad, a quienes la vida les iba a cambiar. Me llamó la atención una niña, llevaba el pelo corto, cuando en nuestra comunidad el pelo largo es símbolo de feminidad y belleza, si está bien tratado. Nos miramos y agachó la cabeza, como sintiendo vergüenza por algo. Era muy guapa, aunque no luciera una melena larga, le sonreí, pero no se dio cuenta de que la seguía mirando, creo que fue la primera vez que me atrajo una niña, quizás las de mi tribu estaban muy vistas, y había crecido con ellas. Al cabo de un rato, mi abuela me llamó, debí prepararme para la ceremonia, me había confeccionado una corona de plumas sin que yo lo hubiera visto, y quería que estuviera aseado para el momento tan esperado. Empezaron los tambores a sonar, subían de volumen en cada minuto, estaban avisando que debíamos ir donde estaban los jefes indios reunidos. Mi abuela me soltó la mano, se la fui a coger, pero me miró y me dijo que no, que debía llegar solo. Lo comprendía, pero necesitaba su arropo, y ella lo comprendió, por lo que me acarició la cabeza, guiñándome un ojo. Cuando llegamos estaban todos los jefes juntos, fumando la pipa de la paz, mientras los brujos estaban animando la hoguera con sus canciones y bailes, a la que más tarde nos reuniríamos. Ahora mismo estaban concentrados porque la danza era la del Sol, pidiendo salud para todos los jefes. Nos sentamos alrededor de la hoguera. Los niños de mi edad primero, luego los demás hijos con sus madres, y los hombres detrás de los jefes indios. El brujo más anciano se dirigió a la niña del pelo corto que estaba separada de la madre, para que se sentase a su lado, era su hija, por eso  lo hizo regañándola. Obedeció de mala gana. A mí me seguía llamando la atención por su belleza tan sofisticada.
Los brujos seguían cantando y bailando hasta que el padre de la niña, que parecía el jefe de ellos, los silenció. Entonces el Gran Jefe Indio dijo un breve discurso sobre la Paz entre los pueblos, y dio paso a la ceremonia en la que nos leerían los mandamientos, para convertirnos en hombres, dejando la infancia a un lado. El jefe de los brujos, empezó a echar algo al fuego, y este crecía, nos hizo levantar, bailó la danza de la lluvia, que era prosperidad, y cuando terminó, se quedó quieto, mientras todos lo mirábamos. Advirtió que una vez que leyera los mandamientos indios, nos rociaría con las cenizas del fuego, pasaríamos a ser hombres, y tendríamos las mismas responsabilidades que ellos. Nos preguntó si lo comprendíamos, contestando todos  a la vez que sí. Comenzó a leer los mandamientos:
1-      La Tierra es nuestra madre. Cuida de ella
2-      Honra todas tus relaciones
3-      Abre tu corazón y tu alma al Gran Espíritu
4-      Toda la vida es Sagrada. Trata con respeto a todos los seres
5-      Toma de la tierra lo que es necesario y nada más
6-      Haz lo que se debe hacer para el bien de todos
7-      Agradece constantemente al Gran Espíritu por cada nuevo día
8-      Habla la verdad, pero sólo sobre lo bueno en los otros
9-      Sigue los ritmos de la naturaleza. Levántate y retírate con el sol
10-   Disfruta del viaje de la vida, pero no dejes huellas
Una vez que terminó, dijo una breve oración mirando a la Luna, levantando sus armas, y después hubo un gran silencio. Empezaron de nuevo los tambores, mientras todos nos miramos sin saber muy bien lo que debíamos hacer, hasta que la madre de la chica del pelo corto empujó a su hija, y empezó a danzar alrededor del fuego, todas las demás mujeres se unieron, luego las niñas, los hombres y luego nosotros, los niños convertidos en hombres,  sin tener muy claro nuestro papel en ese ritual tan sencillo, pero con fuertes sentimientos.
La ceremonia fue muy especial, comimos, bebimos, bailamos, e incluso fumé de la Pipa de la paz, la verdad que me mareé bastante, aunque disimularía hasta la hora de irse a la tienda. Habían preparados varias muy grandes, donde se dormía según edad. Nosotros dormiríamos con mi abuela, para que pusiese algo de orden. Cuando estaba todo más o menos calmado, el Gran Jefe Indio dijo que había que irse a descansar, por lo que todo el mundo obedeció, sin rechistar. Mi gran sorpresa fue cuando la niña, quien se llamaba Wakanda (la de poder mágico interno), se introdujo en la misma tienda. Me puse nervioso, aunque ella no me dirigía la mirada, no sé si por vergüenza. Una vez todos acoplados entró mi abuela, a quien le habían dejado un hueco al final de la tienda, entonces pensé que era el mejor sitio, por si quería salir, no se daría cuenta. Había alfombras en el suelo, cada uno dormiría sobre una, y lo más bonito es que en el centro de la tienda había un atrapa sueños, mi abuela me había contado la historia, por lo que me pareció un detalle precioso. Una vez dentro, muchos se extrañaron del objeto, mi abuela me miro y dijo” Nonook sabe la historia, quizás quiera contárosla para que cojáis un bonito sueño”. Mi corazón se puso a mil por hora, pero vi la cara de Wakanda, totalmente deseando que lo hiciera, y no dudé de que debía empezar a hablar en público, si quería ser un buen Jefe Indio. Hay que aprovechar las oportunidades que te de la vida, para demostrar tus dotes, sea de mando o de otra cosa, por lo que suspiré y empecé con el relato:
“Los famosos atrapasueños se originaron en las tribus nativas norteamericanas de Ojibwa. Su propósito era alejar y atrapar las pesadillas de los miembros más jóvenes de la comunidad, que después eran eliminadas con el primer rayo de luz del día. Este curioso artilugio estaba hecho a base de hebras vegetales de color rojo y una estructura circular de madera que protegía toda la disposición. Esta última simula la rueda de la vida. Mientras que la malla que le acompaña representa no solo los sueños, sino también los pasos que damos en nuestro día a día. Y en el centro de la red un pequeño hueco vacío, conocido como ‘El Gran Misterio’.
Su apariencia recuerda mucho a la tela de una araña y las plumas que cuelgan hacia abajo simbolizan los sueños que no recordamos tras despertar. Para que el proceso sea mucho más efectivo, este cazador debe estar colocado sobre la cama del sujeto.
Una de las historias relacionadas con esta creencia está protagonizada por una extraña mujer araña, llamada Asibikaashi. Esta tenía la responsabilidad de cuidar a los niños y a la gente de la Tierra, a través de una delicada trama que tejía sobre sus lechos. Sin embargo, el número de pupilos fue tan elevado que tuvo que pensar en otra alternativa. A partir de ese momento, las mujeres de cada familia fueron guiadas para elaborar esta red mágica que protegía a sus vástagos de las influencias negativas del mundo”.
Suspiré y grité “eso es todo”. Los demás niños aplaudieron, aunque yo no estaba muy contento. Había contado la historia de una forma muy fría, pero es como suelen ser los hombres, la mayoría no tenemos la cualidad de contar historias que lleguen al corazón, quizás los brujos, pero pocos más. Mi abuela asintió, y en voz baja dijo: “para ser la primera vez, ha estado muy bien”. La luna daba una luz muy tenue, y nos echamos a dormir, mientras Wakanda me miraba y sonreía. Al cabo de un buen rato, vi como salía de la tienda, no entendía como tenía el valor para desobedecer, ya que nos habían avisado de que no debíamos movernos del sitio, hasta que el Sol saliese, pero la seguí, me estaba esperando en la puerta
-          Sabía que vendrías
-          Pues ha sido un impulso, no debemos movernos de aquí
-          Ya, pero hace una noche tan bonita, y quería contarte otra historia
-          Bueno, dime
-          No, tenemos que ir arriba de la colina
-          No debo
-          ¿Por qué?
-          Voy a ser el jefe de mi tribu, y no me puedo permitir cometer irresponsabilidades, si quiero que me respeten, debo ser un hombre cauto y responsable, si no en vez de ser el que manda, me pueden tomar como el loquillo de la tribu
-          Aún eres niño
-          Desde hoy soy hombre
-          Lo dudo, no puedes tener hijos, así que eres niño
-          Para mi tribu ya comencé a ser hombre, aunque no pueda ser padre
-          Vamos a la colina, te gustará mi historia, sé quién eres, y te reconfortará conocerla. ¡ven!
-          Estaba bien, pero no lo haré más, un error se puede olvidar, más te señalarán
Y nos dirigimos a la colina, cogidos de la mano, ella me la agarró, parecía una chica decidida, y aunque no era lo recomendado para una mujer india, a mí me gustaba.
-          ¡Túmbate!
-          ¿Así?
-          Sí, ¿ves bien el cielo?
-          Claro, hoy está muy despejado
-          En mi tribu hay una historia sobre la Osa Mayor
-          ¿Qué es la Osa mayor?
-          ¿Ves esas siete estrellas que forman un carro?
-          Sí, es verdad brillan más que las demás
-          Pues es la Constelación de la Osa Mayor
-          No lo sabía, lo tendré en cuenta, ya que mi nombre significa oso. Lo extraño es que tenga forma de carro, y no de osa
-          Te cuento. En mi tribu se dice que es la madre de todos los niños que crecen con carencias afectivas. Se ven solo esas siete estrellas, pero hay muchas más, una por cada madre ausente, y tiene esa forma de carro, porque dentro guarda los espíritus de todos los niños huérfanos, que cuida y alimenta para que en la tierra  no noten la ausencia de sus madres, y sientan su cariño desde el cielo.
-          Soy huérfano
-          Por eso quería contártela, es una leyenda muy antigua, pero pocos la conocen
-          Me gusta, pensaré en mi madre cuando la vea
-          Seguro que se da cuenta
-          Creo que sí, aunque no lo creas, a veces la siento muy cerca
Nos miramos y luego dirigimos los ojos hacia las estrellas, mientras yo le acariciaba el pelo, aunque no llevase una trenza
-          ¿Te puedo hacer una pregunta?
-          Claro, aunque sé cual
-          ¿Por qué llevas el pelo corto?
-          Es como castigo, mi madre me lo corta cada vez que me porto mal, para que aprenda la lección, y no se me olvide
-          ¡Qué barbaridad!
-          Lo sé, mi padre se enfada cuando lo hace, porque ella dice que soy muy rebelde, pero él dice que solo soy muy libre
-          Lo siento
-          No te preocupes estoy acostumbrada, llevo desde los cinco años más o menos así, no sé cuándo lograré tener mi propia trenza
-          Me parece una crueldad
-          Bueno en el mundo hay personas buenas y malas, muchas son madres, y actúan según su condición
-          Seguro que pronto lo dejará de hacer
-          Cuando me marche, no creo que antes, pero no me desanimo porque sé que la vida no es como empieza si no como acaba.
Me gustaba esa niña, era diferente, quizás muchas personas no se acercasen por eso, pero no debe producir rechazo el que no es como tú, hay que conocer su corazón para saber si es distinto o solo tiene una imagen dispar a la que estás acostumbrado. Antes de juzgar a alguien, camina tres lunas con sus mocasines, eso me decía mi padre y eso haría con quien estuviera a mi lado. La miré, mientras cantaba una bella canción con su dulce voz, hasta que me dijo algo aún más importante
-          ¿Sabes que mi tribu está cerca de la tuya?
-          No
-          Si cruzas la cataratas, nosotros vivimos en esa especia de oasis en medio del desierto
-          Bueno está cerca si la cruzo, si no son muchas lunas para poder llegar hasta allí
-          Es verdad, me da pena no volverte a ver
-          Eso no ocurrirá ( y me besó en la mejilla, mientras una estrella caía del cielo)
Estaba amaneciendo cuando volvimos a la tienda. Koda y algunos niños se habían dado cuenta, pero mi abuela parecía dormir a pierna suelta, así que me quedé tranquilo, prometiéndome a mí mismo que jamás volvería a desobedecer una norma, porque si existe, es para que se cumpla, si no vivir en comunidad sería muy complicado. Cuando el sol ya daba fuerte, recogimos todo, comimos y bebimos, para comenzar el viaje de vuelta a casa. Los Jefes se despidieron con un rotundo “ Jau”. Me monté en mi caballo, la busqué y vi cómo me sonreía a lo lejos. Sabía que la volvería a ver, aunque tuviera que atravesar las cataratas a nado, pero ahora mi papel era crear una buena imagen en mi pueblo,  que me viesen como la persona indicada para ser su guía en el desierto.
Llegamos pronto, estábamos muy cansados, pero hicimos como los restantes hombres: ayudamos con todo, para que a la mañana siguiente cogiéramos la rutina, sin olvidar nada de lo que había pasado. Ese día sería muy importante, porque me uniría a la caza, y además era mi cumpleaños, cumplía trece, había pasado el tiempo muy rápido. Me levanté casi emocionado, sin tener muy claro qué era lo que iba a hacer, así que observaría a los demás, y copiaría su comportamiento, si es que mi padre no me daba alguna orden. Después de desayunar Koda me miró excitado, no era su cumpleaños, pero también era un día importante para él. Nos montamos en los caballos, y nos dirigimos a ver dónde estaban los bisontes. Justo cuando estábamos en lo algo de la colina, mi padre nos paró, y dijo:” mirad esta tierra sin olvidar una cosa. Nosotros no la heredamos de nuestros ancestros, solo la tomamos prestada de nuestros hijos”. No lo comprendí muy bien, pero sabía que con el paso de los años, sabría entender cada una de las palabras que él me decía, porque a veces se necesita tiempo para lograr aprender a vivir bien, sin rencores ni mentiras. Entonces la estampida de los búfalos nos interrumpió, y salimos corriendo tras ellos, nunca fui tan veloz, casi cojo a mi padre mientras su arco disparaba, pero me di cuenta que no los alcanzaba, así que saque mi astucia, rodeé la colina, donde pasarían, y con mi lanza cacé a mi primer búfalo, dándome pena matar sin haber habido saña, pero así es la vida en muchas ocasiones, o cazas o te cazan, por lo que mi ego salió a flote, porque fui yo quien en su primera salida había conseguido una buena presa, para alimentar a mi tribu. Koda me miró con un poco de envidia, pero estaba seguro que se le pasaría cuando él también cazase alguno, cuando no se es malo, los sentimientos negativos se pasan, el problema es cuando es oscura tu alma, entonces la ira se enciende cada vez con más rabia. Llegamos al asentamiento algo cansados porque cabalgamos mucho hasta dar con ellos, pero mi abuela se puso muy contenta al verme, no sé si porque no me había pasado nada, o porque traía arrastrando la comida de la semana. Ayudé a descuartizarlo, a sacarle las tripas, a vaciar la cabeza, que me quedaría como trofeo, y aunque en muchas ocasiones me daba asco, sabía que si cogía práctica, poco a poco me resultaría igual que arreglar mi caballo. Hubo una cena abundante, y todos me sonreían con cada bocado.
Esa noche no me escapé, solo le dije a mi abuela que deseaba ver las estrellas, quería hablar con mi madre, así que me iría a dormir un poco más tarde. No cogí el caballo de mi padre, sino el mío, y marché a la colina, para ver si la Osa Mayor me daba una señal de que mi mamá sabía lo que había ocurrido ese día. Llegué pronto, me tumbé y miré la constelación, no estaba rezando, le estaba contando todo lo sucedido, lo contento que estaba, incluso le hablé de Wakanda, y de repente las luces que vi días anteriores, volvieron a surgir, pero cada vez más cerca, parecía un platillo volador, con grandes dimensiones, no lo llegaba a comprender, no conocía que leyenda había detrás de ese misterio del cielo, pero se posó cerca de mí, sin hacer ningún ruido. No sabía si marcharme o quedarme, estaba un poco asustado. Entonces vi como una puerta se abría hacia arriba, y ahí estaba: un extraño ser parecido a nosotros salió, con unos andares peculiares, pensé que quizás sería Manitu, o su hijo, no llegaba a comprender lo que veía. Ese extraño hombre vino hacia mí, y lo pude ver mejor: tenía dos brazos y dos piernas, su aspecto era muy semejante al nuestro, pero con una piel algo verde, una cabeza aplanada, los ojos le ocupaban gran parte de la cara, sin nariz, y con una gran boca. Era muy extraño, pero se me quitó el miedo, aunque me entraron ganas de chillar cuando se acercaba a paso ligero.
-          Jau
-          Jau
-          Me llamo Martín, ¿tú eres Nanook?
-          Sí, ¿eres alguna criatura fantástica, que no conozco?
-          No, me llamo Martín porque mi tierra es Marte
-          ¿Una tribu que no conozco?
-          Si, puedes decirlo así
-          ¿Y ese platillo?
-          Puedes pensar que es mi caballo, mi tribu está en el cielo, y así nos movemos de un lado a otro
-          No me van a creer los de mi tribu, cuando lo cuente
-          No lo debes contar, solo vengo a observaros, a aprender de vuestras costumbres, para que nuestros científicos saquen conclusiones de ello
-          En mi tribu no apreciamos a los forasteros, tenemos muy mala experiencia con los pieles pálidas
-          Mi visita es corta, no queremos quedarnos, así casi mejor que no digas nada, solo me mantendré en la distancia, pero quiero ser tu amigo, para que puedas explicarme lo que no llegue a comprender
-          No sé, aún creo que duermo
-          No es un sueño, además mandé a la mujer del búfalo blanco para que te avisara
-          ¿Por eso la vi?
-          Claro, nosotros dominamos casi todo, hasta la magia
-          No lo comprendo muy bien
-          Solo tienes que ser mi amigo, no hablar de mí, y dejar que haga lo que necesite, sin dañar a ninguno de tus compañeros, solo observaré, es mi misión, no tienes que preocuparte por nada
-          En mi tribu lo que no se comprende, se teme, y ante el temor, se mata
-          Si no me ven, no pasará nada. Solo te pido que de vez en cuando aparezcas por aquí, para poder preguntarte alguna duda, al ver vuestra forma de vida. Todo el mundo necesita a un amigo, cuando visita un lugar diferente al suyo
No dije nada, pero Martín se giró, levantó la mano, y el platillo desapareció como por arte de magia. Estaba asustado, pero a la vez tan impresionado, que no pude salir huyendo, solo esperaba que a la mañana siguiente, todo hubiera sido un bonito y extraño sueño. Me levanté pensando que cuando me alejase del lugar todo habría pasado, pero no, me siguió hasta las tiendas, preguntándome cosas, que yo respondía sin tener claro si hacía bien o mal, pero me agradó la conversación, realmente actuaba como un amigo más. Cuando ya se veían las tiendas le dije que no debía aproximarse más, pero que esperase un segundo ahí, porque quería traerle una cosa como ofrenda de bienvenida. Por un momento dudé si llamar a mi padre o al brujo, pero había sido tan cortés, que pensé que le daría una oportunidad, si veía algo extraño en nuestra tribu, entonces lo diría sin dudarlo. Cogí la cabeza del búfalo, y se la llevé, porque se me ocurrió que quizás si la llevaba puesta, le podrían confundir con cualquier espíritu sagrado, y le respetarían, en vez de clavarle las flechas sin descanso. Le pareció bien. Dudé si le daría mucho calor, pero dijo que esas cosas ellos no la sienten, por lo que no me preocupase, pero si me pedía, que si hubiera la mala suerte de que lo descubriesen, que actuase como si fuese la primera vez que lo viese. Lo entendí, y creo que así me podría ahorrar muchos problemas, así que no dudé en aceptar la oferta. Se puso la cabeza, y la verdad que parecía cualquier criatura mágica que el brujo temía por sus poderes, así que esperaba que todo fuese bien, y que el temor lo protegiese. Era mi nuevo amigo, no le deseaba nada malo, por lo menos hasta que demostrase que no era conveniente. Me metí en la tienda, mientras lo veía alejarse, la verdad no pude dormir, había vivido tantas emociones en tan pocos días, quizás debía sospechar que el cambio a ser hombre no iba a ser tan fácil, muchas sorpresas me encontraría, y no solo la de que un posible animal embrujado.
A la mañana siguiente todo estaba normal, ese día no íbamos a cazar, teníamos comida para días, pero si iríamos a ver vigilar, los pieles pálidas se acercaban cada vez más. Otros indios decían que con ellos se vivían mejor en los refugios, con más comodidades, pero que habían perdido todas nuestras costumbres, por lo que no tenían muy claro si eran buenos o malos, y ante la duda, mejor mantenerlos a raya. Subimos a diferentes colinas, yo con miedo, vaya que en vez de que lo descubriesen a ellos, vieran a Martín paseando por el desierto como si nada. Así que intentaba ser el primero en ojear la distancia, por si me encontraba algo que lo descubriese, distraería las miradas. El día pasó tranquilo, solo galopamos, por lo que se nos abrió mucho el apetito. Llegamos a la tribu pronto, pero nos estaban esperando con la comida lista para el primer bocado. Comimos, bailamos, e incluso fumamos, dispuestos para ir a dormir, con la satisfacción de que todo estaba a salvo.
No fui a ver a Martín en días, para no levantar sospechas, y cuando llegue a mi colina, estaba sentado, mirando las estrellas.
-          ¿Cómo te fueron los días?
-          Muy productivos, he observado a las mujeres de lejos, y a vosotros cuando cazáis y pescáis, todo un invento.
-          ¿tienes hambre?
-          Nosotros no comemos, como te dije no sentimos frío, ni calor, ni hambre, solo logramos sentir el AMOR, lo más importante en la vida, y con ello: la añoranza de mis seres queridos y de la patria. Tienes una tierra linda, y unas costumbres sencillas según vuestras necesidades, y eso es lo correcto, porque no es más feliz quien más tiene, sino el que menos necesita,  pero la verdad querría volver a casa, echo de menos mi planeta, toda su gente, en especial a mis hermanos gemelos Fobos y Deimos, por eso me he puesto en la colina de mi llegada, para que sepan que quiero irme, que ya está todo hecho.
Me dio un poco de pena, porque a veces el deber es duro, y traicionero, pero nada en la vida es para siempre, hasta lo malo pasa, y te deja salir del agujero. Así que le pedí que tuviera un poco de paciencia, seguro que tendría noticias de que la misión en la Tierra, ya estaba resuelta. Asintió, y se quedó sentado, sin hacerme ninguna pregunta, porque según él, lo tenía todo claro. Marché a dormir, contento porque sabría que todo se olvidaría más pronto de lo esperado. Esa misma noche mientras dormía lo sentí cerca, y salí de la tienda a hurtadillas.
-          Me marcho, vienen a por mí más tarde. La mujer del Búfalo Blanco me lo ha dicho, pero no quería irme sin despedirme
-          Es muy peligroso, te pueden ver, y no sé cómo reaccionarán. ¡Corre!
Pero ya lo habían visto los centinelas, quienes chillaron un ser malvado de los pieles pálidas nos acecha. No sabía qué hacer, y mientras lo cogían, poniéndole el cuchillo en el cuello, chillé:” es el hijo de Manitu”. Funcionó, todos se quedaron quietos, pero no lo soltaron. Mi padre se levantó, y lo llevaron a la tienda del Brujo, mientras mi padre me cogía del cuello, para que hablara delante de él, repetí lo mismo pero añadiendo que había venido a salvarnos de los pieles pálidas. Todos lo miraban extrañados, creo que no se dieron cuenta que la cabeza era la de mi búfalo. El brujo salió de su tienda y mi padre le preguntó si eso podía ser, a lo que él contestó que no conocía todas las leyendas, pero si realmente era un ser mágico, lo único que le salvaría de no ser asesinado, era demostrando sus poderes, y quizás fuese necesario clavarle un hacha, para ver si se salvaba. Mi padre no le creía, ya comenté que no creía en nada, pero él se levantó, y dijo que ya había hecho magia. Le preguntaron que donde, y dijo en las cataratas.
Marchamos todos juntos hacia allí, y descubrimos su magia. Había hecho con las raíces de los árboles un puente que unía a mi tribu con la de Wakanda, con el oasis que tanto nos hacía falta, sobre todo por el agua. Entonces todos se arrodillaron frente a él, menos mi padre, que no acababa de creer en su magia, entonces montó en su caballo, y atravesó el puente dos veces, para ver si era seguro o solo fruto de la imaginación, porque algo había hecho para engañarnos y salir de nuestras casas. Todos estaban muy contentos, pero no lo soltaban. Mi padre mandó a dos centinelas que se quedasen guardando el puente, mientras nosotros le daríamos las gracias en el poblado. No me lo podía creer, se había salvado por ser inteligente, no por matar con más fuerza a quien le agarraba. No sabía qué decir, pero todos me felicitaron, porque si no lo hubiese degollado, nada más entrar en nuestras casas. Nos sentamos frente a la hoguera, las mujeres le hicieron collares de flores, mientras bailaban una danza. Martín seguía callado, pero miraba al cielo, creo que pensaba que llegaba la hora, y se quería marchar a su casa. No lo dudé, el Brujo estaba ocupado haciéndole preguntas, y le quité las hierbas que en secreto guardaba, Koda me lo había contado, y no dudé en utilizarlas. La eché en el fuego de una forma disimulada, mientras me tapaba la nariz y la boca con un trozo de cuero, que no sabía si funcionaría, pero había que intentarlo, no veía otra salida. Al cabo de los pocos minutos todos estaban dormidos, Martín no, imaginaba que no le haría efecto, ya que solo sentía la añoranza. Tenía claro que al día siguiente, cuando me preguntasen qué era lo que había ocurrido, diría que él utilizó su magia para marcharse, sin que nadie lo viéramos, porque debía seguir ocultando su guarida, si es que estaba cerca, para que no lo molestaran. Le cogí la mano, y corrimos hacía la colina. Me dio las gracias, porque no sabía salir de donde se había metido, sin dañar, así que esperaba volver, sin lastimar a esta tierra tan sagrada. Por el camino no hablamos, pero cuando llegamos, no había un platillo esperando, solo en el cielo se veía unas luces semejantes a la de las noches anteriores. Paramos de correr, nos miramos y ambos nos dimos dijimos adiós sin rencores ni saña, un bonito final para una historia un poco rara. Entonces escuché un sonido algo extraño, y me dijo: “quieren que me acompañes”, a lo que dije que no, porque era feliz con mi tribu, no quería dejarla. De repente vi como él levitaba, como flotando en el agua, a mí me pasó e igual, y como por arte de magia, la nave nos abducía, llevándome a Marte, cuando allí no creo que hubiese ni agua. No sabía qué hacer, estaba volando por los aires, cada vez más alto, mientras Martín me decía que no me preocupase, y empecé a llorar como un niño pequeño cuando llama a su madre. De repente vi como el carro de la Osa Mayor se transformaba en la figura de una mujer esbelta y guapa, con senos grandes, pelo rizado, y con las manos finas, no trabajadas. Esa mujer, quien supuse que era mi madre, me cogió del cielo, y me devolvió a donde pertenecía, diciéndome con un gesto que me amaba. Miré al cielo, vi como ella se transformaba otra vez en carro, y como Martín desaparecía junto a las otras luces, en el abismo. No daba crédito a lo que estaba viviendo, respiraba fuerte, pero a la vez seguro, porque no me había marchado, aún pisaba el desierto con todas sus trampas, y lo único que se me ocurrió es marchar al poblado antes de que todos se despertaran.
Llegué en buen momento, aún quedaba mucho para que amaneciera. Estaban todos drogados, y me tumbé cerca de mi abuela, como si ahí hubiese estado todo el tiempo, rezando a Manitu, para que me perdonara. Al cabo de una hora más o menos, empezaron a despertar, me dio un poco de pena mi abuela, porque estaba algo mareada por el humo de la fogata. Cuando todos estaban en pie, el Brujo dijo que había sido la magia de Manitu, y gritaron, no sabía si de miedo, de alegría o de rabia. Dieron por sentado que se había marchado, pero que había dejado una gran muestra de su poder con la creación del puente, que nos salvaría de la sequía, que tanto nos asustaba. Durante mucho tiempo siguieron algo impresionados, pero mi padre les pidió que se fueran a descansar, mañana habría tiempo para comentar. Me fui a la tienda con mi abuela, ayudándola, y le dije que esa noche estaría con ella, que no saldría fuera. Sabiendo que no podría dormir, estaba demasiado nervioso. Había descubierto seres de otros planetas, la mujer del búfalo blanco, y sobre todo había conocido a mi madre, aunque solo fuese una silueta, quien me salvó de una desgracia. Sentí muchas emociones, sin tener muy claro lo que había ocurrido, y por qué había sido yo el elegido para formar parte de esta historia tan mágica, pero sabía, por los consejos de mi padre, que todo pasaba por algo: mi pueblo había sido bendecido con un puente, que nos daría sombra, comida y agua, mi padre empezaría a tener algo de fe, y eso siempre ayuda cuando te faltan fuerzas en la batalla, además me sería fácil visitar a Wakanda, a quien pronto me la traería conmigo,  para que estuviera más guapa con su trenza larga. Nada más que por eso, había merecido la pena haber pasado miedo e incluso haber derramado alguna lágrima, aunque trajo una duda: ¿sería bueno o malo convivir con los pieles pálidas?. Mientras pensaba en todo, mi abuela me miraba, y antes de dormir para siempre, me dio los dos metales con lo que me llamaba por la mañana,  haciendo tin-tin. Me dijo que me quería, y que recordara una sola cosa en la vida: “mantén la esperanza en cada amanecer, porque la vida no siempre es maravillosa, pero puede seguir dando alegrías. Buena suerte hijo mío…”
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Foto del autor Sandra Mara Prez Blzquez
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Descripción

Cuento sobre un nio indio, y un marciano

Palabras Clave: Osa mayor

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Infantiles



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