El Shock o La casa misteriosa por Cornelia Păun Heinzel
Publicado en Aug 02, 2020
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El  Shock      o      La casa misteriosa por Cornelia Păun Heinzel
 
 
            Un silbido largo, descorazonador como un suspiro desesperado, penetra profundamente las almas de aquellos que se encuentran en las alas del bulevar del centro de Bucarest. Cada parte del cuerpo se estremece. Escalofríos atraviesan sucesivamente cada pulgada de la columna vertebral. Si estabas feliz, tranquilo, pensativo, todo fue destruido en un segundo... Sin embargo, es común para los residentes muy cerca de la principal arteria de la ciudad. A quince minutos, aproximadamente, te envuelve una tal explosión de sonidos. Un coche de bomberos, una ambulancia o un coche de policía... La intensidad del sonido hace vibrar cada parte del cuerpo humano. ¿Tal vez debido a la increíble conexión entre los sonidos dolorosos, agudos, que se te adentran instantáneamente o del gemido que te hace temblar, prediciendo algo malo?
              Los sonidos son más intensos por la noche. Durante la noche, rara vez, pasa algún coche. Pero, seguramente, unos coches con pitido horripilante, te despegarán repentinamente del dulce reino de los sueños, para meterte en las pesadillas reales.
Un tono de llamada del teléfono móvil pareció extremadamente armonioso, aunque iba a ser el comienzo de una aterradora historia.
—Carmen, ¿eres tú? —me preguntó la persona del móvil.
—Sí —le respondí de inmediato.
—Soy Isabela. He encontrado una casa para comprar. En realidad, un apartamento —matizó la mujer.
—¿No se tratará de alguna estafa? —le pregunté yo desconfiada - sería un milagro que todo fuese correcto. Me dijo un notario que, en los últimos años, no ha visto una venta legal. Los estafadores más pobres quieren cobrar solo el anticipo y permanecer en la casa. Te dicen, sin vergüenza, que no tienen a donde ir, es decir, no quieren venderte nada. Por el contrario, la mafia inmobiliaria toma tu dinero al completo y no te da nada. Y no se dispone de ningún recurso para recuperarlo.
—Espero que todo esté bien. Tú ¿dónde estás? —me preguntó Isabela.
—En la universidad —le dije. Acabo de salir de clase.
—Coge la línea 16 y ya te diré yo, dónde tienes que bajarte. Mi marido tiene muchas clases con los estudiantes durante este semestre y no puede venir ahora. Pero yo quiero ver hoy mismo la casa. Por favor, ven conmigo.
—Vale —acepté sin decir nada más.
Y no lo he lamentado en absoluto. La ruta del tranvía es un espacio donde se entretejen, de modo extraño, las historias de los últimos dos siglos, petrificadas, confusamente, en un collage misterioso.
El recorrido del tranvía 16 es un viaje en esquife por Aqueronte y el conductor también hacía las veces de guía. El camino te ofrece las experiencias más inéditas.
Apenas viajas cien metros, cuando ya entras en otro mundo, como si fuera un Valle del Lamento intemporal. Un reino gris, como un lienzo pintado en tonos grises, creación de un artista deprimido.
Desde una acera vestida en tonos oscuros al gris azulado del cielo se vislumbran edificios construidos a comienzos del siglo, en mal estado, sin ventanas, con paredes desnudas que revelan, sin pudor, el ladrillo carmesí que parece haber atravesado la niebla del tiempo, restos de los muros. Destruidos... como después de un cataclismo o de algún ataque armado. Parecen imágenes de Beirut durante la guerra. Entre ellos, algunas construcciones nuevas: gigantes de vidrio, de azul intenso, puro, y metal plateado, que albergan unos dos bancos y la sede de una corporación. Aparece incluso el esqueleto aterrador de un edificio nuevo. Pero la sensación es similar a la vista de un esqueleto humano. Y, de un lugar a otro, terrenos cubiertos de malezas altas, filiformes... entre ellas, aparece delicadamente, alguna espiral ascendente de hojas alternantes, cortadas en formas interesantes, que se simplifican solo reduciéndose, cada vez más, hacia el ápice de la planta, donde terminan por convertirse en los sépalos del cáliz, dispuestos en un círculo. Es la vuelta de su inicio y, al mismo tiempo, un nuevo comienzo, el de la flor mágica. Porque cualquier flor te deja revelar, si la estudias con atención, su milagro. Incluso si es una simple maleza.
Me doy cuenta de que, el tranvía me ofrece una oportunidad, que no tendría como un simple peatón, que pasa a través de esta ruta. Como un eterno buscador de la belleza, puedo admirar, entre montones de escombros y paredes, la delicadeza del detalle de encaje, que se encuentra por encima de las arcadas elípticas. Quedo encantada del misterio de las estatuas frías de mármol blanco, que dominan con superioridad las frágiles paredes de los edificios, haciendo abstracción del resto del paisaje. Como simple peatón, creo, sin embargo, que no admiraría demasiado tranquila la espada de piedra —preparada para la batalla— del valiente soldado romano que está de guardia encima de la entrada de un edificio, delante de mí, izado de paredes que resisten milagrosamente, ya que podrían volar por encima de mí en cualquier momento. Me estremecería la maravillosa cabeza de la inmortal Venus, suspendida en una arcada de un balcón, porque, en cualquier momento, podría arrojarme, como simple mortal, a otras esferas del misterioso reino de las sombras grises... ¿Más extraños, acaso, que el camino que atravieso? Como si estuviera en un túnel del tiempo, en el que yo había sido proyectado, instantáneamente, en el Bucarest del comienzo de siglo, siendo consciente, sin embargo, del presente. Pienso que para los apasionados de sensaciones fuertes del Occidente sería algo inédito. Pero para nosotros, que encontramos permanentemente este tipo de cosas, tal experimento parece muy común, insignificante.
Un pequeño parque surge ante nuestros ojos de improviso, y, en medio, un fuego con llamas de color rojizo-naranja, guardado por extrañas figuras, un Jean Valjean [1] de nuestros tiempos, de estos lugares y algunos personajes miserables, andrajosos, con rostros marcados por un odio diabólico, como si hubiesen salido de las novelas de Dickens... con los que nunca desearías encontrarte cara a cara.
Extremadamente, pocas casas han sido restauradas. Aquellas que han sido transformadas en refugio por algún partido, alguna asociación... Las construcciones tomadas por empresas son las más impactantes, por la combinación totalmente inapropiada de la mezcla de arte modern, con elementos de arquitectura antigua.
 
 
 
 
 
 
1El personaje principal de la novela "Los miserables" del escritor francés Víctor Hugo. (N.del T.)
 
Mis ojos vuelan entusiasmados hacia la arquitectura fascinante del edificio del frente, intentando disfrutar de cada detalle... Mi mirada busca con avidez, ansiosa, este abismo del paraíso de las intersecciones entre las delicadas arcadas elípticas, con las maravillosas vías parabólicas de las frágiles columnas hiperbólicas, sobre las cuales dominan, de un lugar a otro, esferas perfectas. Mi iris se convierte en el origen del sistema de referencia, contra el cual se puede calcular cualquier radio o longitud de arco, cualquier superficie. El instante se convierte en el origen del sistema de referencia temporal, el momento en que le das la vuelta al reloj de arena, y las partículas finas y doradas comienzan a arrastrarse tímidamente. En este mundo del infinito, no permaneces demasiado... Te despierta a la realidad el anuncio seco, glacial, montado en la pared frontal: «Tienda social». A la izquierda, domina un pequeño castillo pintado de verde primaveral, que te deleita. El radio de la mirada busca de nuevo, con sed, cada detalle de los maravillosos capiteles mármol. El espectáculo se desvanece rápidamente. Porque la mirada cae sobre la panoplia rígida, fijada sobre la fachada de la construcción, a la derecha, a dos metros del suelo «Tienda. Armas y  Municiones».
Examiné sorprendida a los viajeros del tranvía, sincronizados perfectamente con el reino gris de fuera, con su ropa, con sus pensamientos... Todos miran al vacío. Flotan todos en el inmenso océano de los pensamientos personales, de los problemas cotidianos, como si todo lo que está a su alrededor, fuese algo ordinario, algo normal... El exterior no les importa desde hace tiempo...
Entre paredes demolidas, en un comienzo de calle, tipo arco parabólico deformado, figuras miserables, andrajosas, con rostros oscuros... Piensas sin a querer en Dante, viajando por uno de los círculos del Infierno. Uno que aún no ha descubierto. Un Infierno terrenal.
Una niña juguetona atrae en su huir un perro feroz, como un Cerbero. Su ladrido atrae una manada de perros callejeros de las cercanías. Las bestias, descontroladas, la rodean y saltan hacia la niña, mostrando sus dientes brillantes. La envuelven con sus zarpas nerviosas. Y entonces, a la vuelta de la esquina, un hombre tira hacia ellos con un palo. Grita y los aleja...
Enfrente de esta escena domina piadosamente una iglesia. Y la misma extraña comunión entre lo nuevo de la distinguida cúpula, recientemente renovada, de la entrada lateral recién pintada y la antigüedad de los muros, que dan al bulevar, pelados desordenadamente, perforados violentamente por la tubería moderna de la calefacción, recientemente instalada, y en la que aparece un cartel con la especificación «Monumento Histórico».
El pensamiento me evoca nostálgico los pobres ancianos, que viven en las antiguas casas, las que están aún enteras, en las que se encuentran —probablemente— libros de valor y objetos de arte inestimables, así como elementos arquitectónicos que les decoran al exterior; al temor, que viven estas personas diariamente, impotentes ante los peligros. Porque el grupo de Jean Valjean del pequeño parque parecía dispuesto a realizar grandes hazañas. Planificaba acciones de largo alcance...
Hemos llegado a la zona, en la que se sitúa la casa en venta, media hora antes. Pensamos en ese momento, que teníamos que buscar la casa, según los indicios que nos había dado el agente inmobiliario: la antigüedad del edificio, el tipo de construcción, el aspecto, suponiendo que la información, que nos había facilitado respondiese a la realidad...
Dos viviendas enormes correspondían a la descripción. Las estudiamos, pero desde lejos. Especialmente una de ellas, en la que una persona, que estaba asomada a la ventana del ático, nos perseguía con la mirada, tras una cortina de encajes, densa y amarillenta por el tiempo. No logramos verle bien el rostro. Hemos supuesto que se trataba de una persona mayor.
Isabela estaba pensativa. Sus pensamientos volaban involuntariamente al día anterior. Cómo deseaba que todo fuese real. Poder comprar el apartamento. Pensó ansiosa en todo lo que había sucedido.
 Paúl la esperaba a la puerta del hospital. Vio a Isabela saliendo precipitadamente y la encontró, con la voz emocionada por la noticia.
—Espera, hay algo que te quiero decir. Es una noticia excelente. He encontrado una casa para comprar.
Isabela no dijo nada y lo miró sin decir nada, como ausente.
—Isabela, ¿tú me escuchas? He encontrado una casa —repitió Paúl.
Como despertada de un sueño, Isabela contestó finalmente:
—¿Casa? ¿Has encontrado una casa? ¿Nos podemos permitir comprarla? —preguntó ella.
—Sí. Tiene un buen precio —dijo con alegría Pedro.
—¿Y dónde está situada? —preguntó Isabela.
—Aquí, cerca, a pocas cuadras. Hablé con el agente inmobiliario y dijo que el lunes podríamos ir a visitarla. Solo sé el nombre de la calle.
—Vamos a verla ahora —dijo Isabela impaciente—. Seguro que sabremos cuál es.
—Bueno —aceptó Paúl—. Vamos ahora, si quieres.
Caminaron algunas calles, cruzaron el bulevar y entraron en un callejón.
—Mira, una casa muy antigua. ¿Será esta? ¿No es demasiado grande? En la planta baja y en el primer piso no vive nadie. Pero fíjate en el ático, ¿una vieja nos está mirando? —dijo Paúl.
Miraron los dos con curiosidad hacia la ventana, estudiando, al mismo tiempo, con atención el edificio.
En la planta baja, las ventanas de PVC, recientemente montadas, contrastaban fuertemente con el resto del edificio. La planta baja había sido pintada recientemente, pero los pisos estaban a yeso visto, en un estado fuerte de degradación. Si te fijabas en el ático, no necesitarías mucha imaginación para verlo destrozado por cualquier movimiento producido en las inmediaciones. Simplemente, daba miedo. Tenías la sensación de que, en un momento, se te iba a caer encima. 
 
La vieja huyó asustada de la ventana.
—Vamos a ver otras casas también. Quizás podamos adivinar cuál es la nuestra. Es posible que no sea esta —dijo Isabela.
Después de atravesar el callejón, la vieja casa se acercaba aún más a la descripción y presentación del agente inmobiliario.
—Ya nos enteraremos el lunes cuál es —dijo Paúl—. Tengamos un poquito de paciencia.
—Vale —aceptó Isabela también.   
El agente inmobiliario nos llamó y apareció inmediatamente en su coche, en el punto de encuentro. Nos fuimos juntos a casa. Frente a la casa, nos esperaba una mujer, que debía de tener más de cincuenta años, corpulenta, con la piel de oliva y el pelo largo, liso, de color negro-azul. La acompañaba un joven regordete, con características que marcaban, de manera evidente, retraso intelectual.
La mujer se presentó, muy segura de sí misma, como dentista de un pueblo cercano a Bucarest, donde decía, que también vivía con su hijo. De esta manera, las dudas aparecidas en nuestros pensamientos, al ver la cara oscura, se nos despejaron un poco.
—Tenemos una casa en construcción —dijo la mujer—. Y este es mi hijo. También ha finalizado la carrera de Medicina. La ha cursado en una universidad privada. Durante su época de estudiante, le compré el apartamento de esta casa, que ahora quiero venderlo.
Entramos en el patio. El exterior del edificio se veía bastante bien, para su paso a través de las nieblas del tiempo.
—Hubiera sido mejor si se hubiese localizado frente a la calle —exclamó Isabela.
En el patio, trozos de acera rotos y basura expandida del interior del cubo. Subimos todos, uno tras otro, por una escalera estrecha, en espiral, hasta el primer piso de la casa. Una puerta de PVC, recién instalada, nos apareció frente a los ojos. El agente inmobiliario la abrió.
El apartamento era relativamente pequeño, en comparación con los espacios a que estábamos acostumbrados y en que habíamos vivido hasta entonces. Pero estaban en las casas de los padres. El interior viejo se había remozado con ventanas de PVC, azulejos nuevos e instalaciones sanitarias modernas. El precio era aceptable.
—El apartamento lo desea la vecina de arriba. Pero nosotros, no hemos querido vendérselo. No hablen con ella. Está un poco loca —nos dijo la dama oscura.
— Y con el notario, ¿cómo hacemos? —preguntó Isabela.
— Pueden elegirlo ustedes. Nosotros tenemos nuestros notarios. Y abogados, y relaciones... Podemos encargarles a ellos los papeles... si así lo quieren, por supuesto.
—No, no. Mejor elegimos nosotros el notario —dijo Isabela, pensando que así estarían más seguros de la equidad de la transacción, que iban a realizar. Muchos conocidos le habían contado, que habían tenido innumerables problemas con los notarios. Aun una amiga notario le había contado situaciones de otros notaries, que autenticaban documentos falsos.
A la salida, aquella señora rubicunda les ofreció generosamente un CD con música popular.
—Este es el CD, con mis canciones. Soy una apasionada de la música folclórica. Salí también en la televisión —nos dijo sonriendo la mujer.    
Tres días después, Isabela me llama otra vez.
—Hola. Mañana me compro la casa. Ya he entregado la señal y he firmado el precontrato —me dijo ella apresuradamente.
—¿Va todo bien? —le pregunté yo—. Cuidado, el peligro de ser estafado es muy grande.
—Sí, he visto yo también en la television, algunos casos de fraude.
—¿Has tenido cuidado con el notario? —le pregunté.
—Somos nosotros los que hemos encontrado a la señora notario —me contestó.
—Un compañero de universidad me contó cómo él, junto con un amigo, montaron una empresa inmobiliaria inmediatamente después de la revolución y les han quitado las casas a todos los que se habían dirigido a ellos. La gente había confiado en ellos y les había dado los papeles, para vender sus propiedades. Ni siquiera se imaginaba, que podría ser estafada. Solo en películas había visto semejante cosa —le conté a Isabela.
—Y ahora, supongo que tu compañero es muy rico —me dijo Isabela.
—De ningún modo. Su amigo huyó con todo el dinero, que habían ganado y mi compañero, se quedó con las deudas —le aclaré yo inmediatamente.
Paúl e Isabela habían vuelto para visitar la casa. El día siguiente, tenían que firmar los documentos de compra-venta.
—Isabela, tenemos que hablar con los vecinos también, y ver cuál es la situación. Con la única vecina que hemos visto, no se puede hablar; además, los propietarios nos aconsejaron no hablar con ella. Vamos a ver lo que hay de las otras personas, ya que, cada vez que hemos pasado por aquí, no hemos visto a nadie, excepto a la extraña vecina que vive arriba. ¿No te parece extraño? —dijo Paúl.
Entraron por la puerta principal, en la parte que da hacia la calle. Subieron las escaleras hasta el primer piso y apareció una puerta de metal recién instalada. Una puerta idéntica a la del apartamento, que les había presentado el agente inmobiliario. Trozos de películas azules, que la envolvía para el transporte, aún se observaban sobre la superficie de la puerta, tal como en la otra. Golpearon a la puerta, llamaron, pero nadie les contestó. Llamaron otra vez, golpearon a la puerta. Y otra vez, ningún resultado. Paúl e Isabela estaban verdaderamente sorprendidos, de que no respondiese alguien con algo. Ni siquiera sus propias opiniones, tal como siempre procedían.
Quizá porque deseaban tanto una casa propia... Y hasta ahora, solo habían encontrado estafadores. La madre de Paúl había intentado comprarle un estudio en Bucarest, cuando él era estudiante. Y había fracasado. Siempre había tropezado con personas privadas o con agencias,  que solo querían estafarla. «¿Me pregunto cómo logran algunos comprarse realmente una casa o un apartamento?», pensaba Paúl. «Probablemente, te la tienen que vender personas conocidas o conocer personas serias que trabajen en las agencias inmobiliarias». En realidad, algunos han conseguido hacer transacciones. Pero cuántos son aquellos que han sido engañados. Un compañero más viejo, de la Universidad, le dijo que una excompañera, casada con un empleado de una televisión, había sido engañada y ya no podía solucionar nada. Incluso su vecina, directora de un colegio, había sido estafada. Había comprado un apartamento en un complejo residencial y había pagado una gran cantidad de dinero. Cuando vio que no existía ninguna posibilidad de mudarse al apartamento, quiso resolver el problema judicialmente. Pero todos los trámites resultaron ser inútiles, porque el contrato estaba redactado de tal manera por los abogados de la empresa, que vendía la propiedad, que, según las cláusulas de los documentos, la inmobiliaria no estaba obligada a devolver nada, aunque hubiese cobrado el dinero por el apartamento.
Paúl e Isabela habían dejado de pensar en que, algún día, se podrían comprar su propio apartamento. Fue aquí cuando se les presentó la oportunidad de una transacción exitosa. Paúl buscó nuevamente anuncios inmobiliarios, obligado por la situación existente en la residencia donde vivían, y donde había empezado la renovación completa. Los asistentes y los lectores universitarios jóvenes, de la provincia, estaban alojados en las mismas residencias con los estudiantes. Estaban contentos, ya que pagaban menos de lo que tendrían, que gastar en los alquileres normales, y además, tenían la posibilidad de sentirse aún estudiantes. Ahora, sin embargo, tenían que encontrar urgentemente un lugar donde mudarse. Desde la aparición de la crisis financiera, todas las residencias de estudiantes de las universidades e institutos habían recibido enormes fondos para la renovación. Y todas, por supuesto, habían sido cerradas. «Así que esta oportunidad», pensó Paúl, «aparecía en el momento adecuado». Isabela y Paúl bajaron y se dirigieron al segundo cuerpo, donde se encontraba su apartamento.
—Vamos a observar los edificios vecinos —dijo Paúl, y salieron a la calle.
Vieron la escuela de la vecindad del inmueble y ambos se dirigieron hacia la entrada.
—¿Lo intentamos aquí? —preguntó Paúl.
En la puerta había dos mujeres de mediana edad.
—Si no es mucha molestia, ¿conocen ustedes la situación del inmueble vecino? —preguntó educadamente Isabela—. Queremos comprar un apartamento en la parte trasera del edificio. Hemos pagado ya el anticipo, dijo Isabela alegremente, sin poder ocultar su alegría.
—Yo trabajo desde hace muchos años en esta escuela —le dijo una de las mujeres—. La propiedad estuvo en disputa y fue ganada en los tribunales por un anciano que, al parecer, era su anterior propietario. La inquilina abrió proceso también, pero se sabe que perdió. El viejo tenía dos hijas. La primera chica ocupó la parte delantera de la casa. La otra no sé qué ha hecho. Lo que sí sé, es que todo este asunto hay algo irregular, pues el anciano vive y ellas lo declararon muerto, con la finalidad de registrar los documentos a sus nombres. En realidad, sobre un apartamento de la casa, creo que el de la parte trasera, existe usufructo. Al viejo lo han ingresado en una residencia de ancianos cerca de Bucarest.
Paúl e Isabela pensaron de inmediato que se trataba de su apartamento.
—Sobre el nuestro se hizo usufructo —dijeron ellos a la vez.
—Dígame, por favor, ¿a ese propietario se le ha sido nacionalizada la casa? —preguntó, curiosa, Isabela.
—Oh, no —le contestó la mujer mayor—. El propietario fue un agente de Securitate[2] de cierta relevancia. Cuando los comunistas tomaron el poder, su nivel de estudios no pasaba de cuarto de Primaria. Era un sencillo carpintero. Pero el régimen necesitaba gente como él. El hombre les ayudó a localizar y sancionar a los “enemigos del proletariado”. Y como recompensa, fue nombrado, rápidamente, coronel. Por sus servicios, recibió esta casa, después de ser nacionalizada. No todo el mundo recibía una casa tan grande. Acerca de su verdadero propietario, nadie sabe nada, aunque es muy probable que haya muerto...
—¿Pero, tuvo hijos? ¿No reivindican ellos la casa? —preguntó Paúl.
—¡Eh...! Sobre ellos pesa una vieja historia. El propietario tenía un hijo al que quería mucho. Cuando estaba en la universidad, el joven se enamoró de una compañera de clase, la hija de un sacerdote, y quería casarse con ella. Los padres, sin embargo, se opusieron con vehemencia. Decían que tenía que elegir a una chica proletaria, si quería tener el futuro asegurado. De este modo, quizás, conseguían salvar la casa. Las hijas de obreros y campesinos estaban matriculadas en la Universidad de los Trabajadores de inmediato, incluso sin tener el título de Bachillerato. De nada le servía a la hija del sacerdote ser inteligente y estudiosa. Para gente como ella, existían muy pocas plazas en la facultad. Había diez aspirantes por plaza. Y, aunque finalizara la carrera, aun así lo hubiera llevado muy duro. El joven, por el contrario, no hizo el menor caso. Amaba demasiado a Alina. Se casaron sin esperar el consentimiento paterno. Y entonces, en la primera noche, después de notificarles a los padres, que había contraído matrimonio, sucedió algo terrible. Por la noche, mientras los jóvenes enamorados dormían, fueron asesinados a golpes de martillo. Desde entonces, la gente dice que la casa está embrujada. Se oyen siempre gritos horripilantes, desesperados en la noche...
—¡Qué tragedia!— exclamaron al unísono Paúl e Isabela—. Muchas gracias por las informaciones— dijeron, a la vez, los dos jóvenes.
 
 
Oficialmente El Departamento de Seguridad del Estado, la versión local de la NKVD soviético, fue la policía secreta que operó durante el régimen comunista en Rumanía. (N. del T.)
 
«¡Qué extraño!», pensó Paúl. «¿Por qué esa historia fue un shock para él? Tan chocante que parece haberlo sacado de una amnesia. ¿Por qué tiene la sensación de que lo que se le había contado, él lo conocía desde hacía tiempo? ¿Quizás porque a él también, le había sucedido lo mismo? Los padres se opusieron al matrimonio con Isabela. Querían como nuera a la hija de un agente de Securitate, vecino de la comunidad. Pero no era tan hermosa e inteligente como Isabela. Además, en esa época, antes de 1989, la hija del agente no había cursado más estudios. La mente no le ayudaba a aprender. Y tampoco tenía alguna posibilidad de ir a la escuela otra vez. Después de la revolución, sin embargo, el agente hizo los trámites necesarios, para que su hija siguiera los cursos nocturnos, incluso le consiguió un título de facultad, de una privada. Después, con dinero, su hija fue contratada de inmediato en la Fiscalía».
Paúl pensó también que tal vez, con las relaciones del hombre de la Securitate, no lo tendría tan mal ahora en la universidad. El actual jefe de departamento era nombrado de simple trabajador a profesor universitario, por los comunistas. Cuando él era estudiante, este era el peor profesor de toda la universidad. Tenía, en cambio, actividad intensa como soplón de la policía secreta, de la Seguridad comunista. Y, como consecuencia, ahora solo él había quedado entre los viejos. Los más cualificados, desde el punto de vista profesional, se habían ido a otros lugares mejores —o habían emigrado al extranjero o habían fallecido de viejos—. El jefe de departamento contrató, en la universidad, a su hija, su yerno, a sus dos hijos y a la esposa. El hijo mayor, Andréi, fue compañero de Paúl. Andréi era de los últimos a la Universidad, de cada curso. Apenas si aprobaba los exámenes en la convocatoria extraordinaria, pero como tenía como jefe a su propio padre, logró promocionarse rápidamente y sin esfuerzo al puesto de profesor...
Paúl creía que su amigo Mihai se encontraba en una situación mejor, puesto que estaba en otro departamento. Y porque su jefe de departamento, no había contratado a su familia en la universidad. Pero Mijaíl le explicó, que no se encontraba mejor que él. El señor profesor, jefe del departamento, tenía otros puntos débiles. Había traído a sus amantes, a quienes promovió descaradamente en diversos cargos. A Mihai, por haber sido el mejor estudiante, ni siquiera lo soportaba. Paúl lo preguntó una vez, curiosamente, si los amantes estaban solos. Y se encontró algo sorprendente: todos estaban casados, tenían niños, así como el profesor... Todos fingían para que nadie sospechara nada. Y, sin embargo, muchos sabían la verdad...
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz melodiosa de Isabela.
—Qué es el usufructo? —le preguntó ella.
—Vamos a preguntarle a la señora notario, ya que nosotros la encontramos —dijo Paúl.
—Preguntémosle por teléfono —dijo Isabela.
—Pero, primero, hablemos con el agente inmobiliario. Luego, iremos al Ayuntamiento de sector para ver si está registrada la defunción del viejo.
Paúl cogió el teléfono móvil y marcó un número.
—Buenos días, somos la pareja con casa en venta. Nos hemos enterado de que el antiguo propietario vive todavía. Vamos al Ayuntamiento a comprobarlo.
—Sí, está vivo. Pero les aconsejo no ir tras la pista —les dijo con la voz amenazante el agente inmobiliario—. Si comprueban algo más, tendrán problemas con nosotros. Hablaremos mañana al notario, cuando nos encontremos. Y colgó nerviosamente el teléfono. Paúl no salía de su asombro.
—Hablemos con la señora notario también —le animó Isabela.
—Hola, señora, somos los que quieren comprar el apartamento de la casa, tenemos cita para mañana. Nos hemos enterado de que existe un usufructo, sobre la propiedad, lo que significa, que el primer propietario todavía vive, aunque fue declarado muerto por las hijas.
—Si existe usufructo, el contrato de compraventa no tiene ningún valor. Pero creo que el viejo está muerto. Y si no es así, si ellos tienen actas de defunción, ¿qué importa? La gente muy influyente tiene muchas posibilidades y sabe cómo arreglárselo todo.
—Quedamos mañana mismo, para poner fin al papeleo —les dijo la mujer, como si les ordenara—. No acepto que renuncien, bajo ninguna circunstancia. ¿Pero quién les dijo tal cosa?
—El agente inmobiliario en persona —respondió Isabela.
—Creo que, en este momento, la señora notario llama al agente inmobiliario y le dice que sabemos, que el viejo vive, y le ordena que mienta. Que no reconozca, que ese hombre vive todavía —dijo Paúl.
Paúl e Isabela volvieron al apartamento. Habían traído parte de sus cosas, ya que los propietarios les habían dicho, que se podían mudar a la casa. Habían pagado el anticipo. Y como estaban presionados, por el hecho de que en la residencia, habían empezado las reformas, no se quedaron mucho tiempo a pensar.
Paúl, esa noche, tuvo una idea loca...
—Vamos a pasar la noche aquí. Tenemos las tumbonas y otras cosas que hemos traído. Qué bueno que el hijo de la señora, nos dejara traerlas. Estoy un poco cansado después el día de hoy. He tenido un día difícil en la universidad. ¿Qué me dices? —propuso Paúl.
—Vale, si es lo que quieres... —aceptó Isabela—. Al menos, veremos lo que compramos. Pero, ¿estará en orden? Espere, vamos a ver lo que dice el contrato previo. ¿Cómo se llamaba la persona, a la que el viejo vendió por prima vez el apartamento? He aquí el nombre de su esposa, Madelene. No decía la señora de la escuela, que una de las hijas se llamaba Mady? Vendió el apartamento al yerno —dijo Isabela.
—A ver quién redactó el acto de compraventa. Seguramente estará muerto ya —dijo Paúl. Y abrió el portátil para averiguarlo.
—Sí, el notario ha muerto. ¿Y el siguiente acto? No habrá muerto, también el segundo notario, el que concluyó la venta entre el yerno y la señora morena —exclamó él exaltado.
Continuó buscando febrilmente en Internet.
—El segundo seguramente ha muerto también —le dijo Isabela—. Está muy claro. Los actos no están en orden.
—Isabela, el segundo también ha muerto. Era una mujer, en realidad —exclamó en voz alta Paúl.
—Otra vez hemos chocado con una estafa —dijo Isabela, decepcionada—. Mañana temprano recogemos las cosas de aquí y cancelamos la compra.   Llamaré ahora mismo al camionero, que nos ayudó a traer las cosas.
Se quedaron dormidos rápidamente, angustiados, después del día tan difícil que habían tenido. A la una de la noche fueron despertados, por unos gritos espeluznantes. Isabela empezó a temblar.
—Tranquila, estás conmigo —le dijo Paúl. Pero él también había sentido escalofríos por todo el cuerpo. Sus ojos buscaron rápidamente el martillo, que habían visto cuando visitaron por primera vez la casa, como si fuese una solución.
—¿Qué será? —preguntó en un susurro, asustada, Isabela.
—Tal vez vive alguna loca en el edificio de enfrente —la calmó Paúl.
Pero los gritos se escuchaban cada vez, con más fuerza, más espeluznantes. El cuento de fantasmas no se lo habían creído en absoluto, pero ahora...
—Tal vez vive alguien en el ático. Allí donde había una puerta de metal nueva, igual que la nuestra, e igual que todas de la casa —argumentó Paúl.
—Pero la horrible historia... —susurró Isabela temblando de miedo.
—¡Eh!, ¿pero tú crees en los cuentos de hadas? —trató de sonreír Paúl. Pero su sonrisa se vio forzada, limitada por el miedo.
...     ...     ...     ...     ...
Por la mañana, a las diez, suena el teléfono.
—Soy yo, María. Perdone, ¿sabes algo de Isabela? No la encuentro desde anoche, ni a ella, ni a Paúl. Estuve esta mañana en su casa y no me respondieron.  Ni siquiera contestan al teléfono. Ninguno de ellos —dijo preocupada la mujer.
María era la madre de Isabela, médico, como su hija.
—Tengo entendido que se quedaron a dormir en el apartamento de la casa, que querían comprar.
—Me llamó Isabela anoche.
—Vale, pero ¿por qué no contestan el teléfono ahora? —preguntó la mujer.
—No lo sé, sigue intentándolo. Lo intentaré yo también.
—¿Tienes un poco de tiempo? —me preguntó desesperada María
—Tengo clases con los estudiantes a los 11.
—Por favor, ven conmigo al apartamento.
—De acuerdo —acepté yo.
Una hora después estábamos en el callejón. La extraña casa me parecía un lugar imposible de definir geométricamente, en coordenadas x, y, y accesible solo mediante la introducción de un código secreto, que únicamente conocen algunos. Y las extrañas puertas metálicas, idénticas... Sin embargo, pronto apareció la fachada de la casa.
María me estaba esperando a la entrada. Entramos al pequeño patio y abrimos la puerta del cuerpo interior del edificio. Subimos la escalera helicoidal hasta el primer piso y apareció la puerta de metal, recién montada, sobre la cual aún permanecían colgados trozos transparentes de hojas azules. Dimos golpes en la puerta, llamamos y... silencio. Entonces, María colocó la mano en el pomo de la puerta y la puerta se abrió ligeramente. Un martillo bañado en un líquido rojo como la sangre estaba arrojado en el camino. En el sofá, Paúl e Isabela estaban sumergidos en el dulce sueño de la inmensidad. Sobre las sábanas blancas, parecía como si alguien hubiese arrojado pétalos de amapolas rojas como el fuego. Parecían pintados por alguien en un color intenso, como la púrpura, rojo como la sangre...
María se desmayó frente a mí. Cogí el teléfono y llamé.
Un siseo largo, desgarrador, como una endecha desesperada, penetró profundamente en nosotros, que estábamos en las alas del bulevar del centro de Bucarest. Cada partícula del cuerpo se estremeció y sentimos cómo los escalofríos pasaban sucesivamente por cada centímetro de la columna vertebral. Si era feliz, tranquilo, soñador, todo se hizo añicos en un segundo...
 
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Foto del autor Cornelia Paun Heinzel
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Palabras Clave: El Shock casa misteriosa bulevar centro Universidad coche feliz

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Ficcin



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