Intensa pasin (1)
Publicado en Jun 30, 2020
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Cualquiera que me conociera sabría que no aguantaría muchos más mensajes a través de la dichosa plataforma. No soy de mensajes escritos, aviso en el móvil o doble tick azul; sinceramente, prefiero una mirada sincera, una sonrisa espontánea y manos que se buscan... Odio el invento del demonio que me tiene siempre localizada, no soporto los pitidos de mensajes que interrumpen cualquier conversación interesante, ni las llamadas sin ver a la otra persona... ¿quién podría preferir eso a una cita, reunión o llámalo como quieras? Soy de mirar a los ojos y jugar con mi tono de voz, de sonrisas cómplices y planes improvisados… pero tuve que adaptarme a la nueva situación que había en mi vida y ser camaleónica; camaleónica sin cambiar el color de piel… En mis casi 30, aún me costaba creer que mi edad iba a empezar por tres en los próximos días, había vivido momentos con demasiadas emociones fuertes y no me quejaba por ello, las emociones extremas me gustaban y las tenía asimiladas como una parte más de mi día a día. Por mi trabajo veo lo corta que es la vida, millones de cosas por decir, besos por dar, viajes que hacer, bromas por las que reir… y siento que me tengo que comer la vida a cada minuto, a cada segundo… disfrutando los pequeños placeres de la vida. Continuará... Pero lo que estaba viviendo ahora, y lo que me quedaba por vivir, no se aproximaba a lo anterior y no me hacía la idea, o no me la quería hacer. Tenía miedo, o mejor dicho, expectación. Sí, sentía expectación por ver cómo era vivir sin el caparazón que me había construido con las lágrimas que había derramado y con las piedras que me habían tirado. La expectación daba pie a las ganas, a las inmensas ganas que sentía porque aquellos dedos que ahora me enviaba mensajes me pudieran acariciar, que cada poro de mi piel se erizara, que mi espalda se arqueara y morderme el labio, signo indudable de que estaba perdiendo el control. Para ser sinceros... el control lo había perdido un 15 de mayo. Una madrugada que cambiaría mi vida, una sinceridad absoluta, una valentía admirable, un echar sin querer echar, un vete pero quédate, una fiebre sin delirio... un equipo gestándose. Era él quien estaba al otro lado de la pantalla, era él quien había tocado algo dentro de mí, era él. Cambiando chico por hombre de su vida, Sevilla por la Almería lejana, banco por camiones de besos, García por Perez, soledad por dos jugadores más... era él quien había besado mi alma sin siquiera besarme la piel a más de 350 km. Él, Darío se había tirado a aquella piscina con una sola gota de agua: los nervios le hacían vivir menos y no podía desaparecer de mi vida así como así, lo presentía. Yo me merecía una explicación, la explicación de todo lo que había pasado en esos veinte días... El doble de Darío se había encargado de aquello más complicado, como hacen los especialistas de cine... había iniciado una conversación, había conseguido mi cuenta de Skype, había aguantado los nervios del trabajo, había escuchado mi genio de herencia italiana y, sobre todo, me estaba quitando el caparazón que hacía años que ya formaba parte de mi anatomía. Lo que Darío no sabía es que yo también había hecho mi trabajo, sin darse cuenta me había convertido en algo más de su día a día, mi voz era la magia de su sonrisa y a mí no me podía hacer más feliz. Volviendo a aquella madrugada de mayo... él se descubrió tal cual era: sin mentiras y sin excusas haciendo que me viniera a la memoria una historia de hace 43 años (apunta primera coincidencia) que estaba dispuesta a repetir: cambiando protagonistas, quitando dolor, modificando ciudades... pero con la misma trama: el amor, ese amor que nace de dentro y se mete hasta el alma, el que convierte a la otra persona en parte de tu presente y tu futuro, por el que arriesgas la estabilidad y te vas a la aventura... el que te hace vivir cada día como si fuera el último sabiendo que el día siguiente, al despertar, seguiríamos ahí y, entre ronroneos, besos, caricias, abrazos… empezaría el día. Darío y yo nos habíamos visto antes de aquel 15 de mayo, obviando las fotos con barba y sin barba o con mascarilla y sin mascarilla… Nos habíamos visto antes, mucho antes, cuando la vida de ambos estaba guiada por la monotonía que impidió que nuestras miradas se cruzaran y los corazones a latir, más allá del hecho de mantenernos con vida. Un cole en un pueblo perdido, finales de la Copa del Rey en la ciudad del sol y hasta un campamento de música se alinearon para que ambos compartieran tiempo y espacio, pero los dos estábamos demasiados ocupados en no disfrutar de la vida. Con total seguridad habíamos comprobado la realidad: la sonrisa de la chica de verde, la euforia del andaluz, la locura de la médica... La vida seguía, y nosotros también. Los trabajos nos ocupaban demasiado tiempo, se nos acumulaban las ilusiones olvidadas, nos perdíamos los mejores momentos, las ganas de reir porqué sí habían desaparecido, se nos extinguió la forma alegre de ver la vida, solo dormíamos y nos olvidamos de soñar… Cada uno en una punta del sur, nos habíamos convertido en dos completos desconocidos para nosotros mismos, personas que no nos reconocíamos ante el espejo, ¿dónde habían quedado esas dos personas con ganas de comerse el mundo cada mañana, de disfrutar la vida en el día a día? No puedo decir que no crea en el destino o en las casualidades, pero realmente no han formado parte de mi vida, siempre había una explicación lógica, y digo había porque a partir de ese momento los caprichos del destino se iban a suceder uno tras otro. A día de hoy, puedo asegurar que fue el destino quien se empeñó en cruzar nuestras vidas, Cupido quien nos lanzó la flecha, quien sabe ni dónde ni cuándo… Siempre había tenido una frase por bandera en mi vida “si puedes soñarlo, puedes lograrlo” que me había acompañado durante los estudios de medicina y algunas carreras que hice. Entre risas y bromas se la decía al que se estaba convirtiendo en alguien asiduo en mi día a día… -Darío, cuidado con lo que sueñas… Me resultaba gracioso decírselo porque tenía total seguridad que ambos soñábamos exactamente lo mismo: nos esperábamos, lo habíamos hecho siempre… aunque nuestras vidas hubieran tomado diferentes derroteros… Amigos y familiares eran los que se encargaban de tacharnos de exigentes, estrictos, puntillosos y hasta severos. Cuando lo que realmente queríamos era arrancarnos las dudas, las exigencias… recordar el sabor de los besos con ojos cerrados, los paseos dados de la mano, las películas interrumpidas por el fragor de la batalla del piel contra piel, las camas de cristal para reventar, las habitaciones de hoteles en llamas, los aviones del morbo, los gemidos cohibidos… Saborear el verbo amar, echar de menos hasta el dolor, convertir el remoloneo en tema de estado, las duchas compartidas y las nuevas mariposas en el estómago. En todos esos días, habíamos conseguido rozarnos el alma con cada palabra y estábamos dispuestos a hacerlo con cada gesto y con cada mirada cuando apenas nos separaba medio centímetro de distancia.
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Foto del autor Marta
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Descripción

Palabras Clave: Amor pareja corazn encuentro pasin

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



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