Nueva novela
Publicado en Mar 23, 2020
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Escribir una novela conlleva mucho tiempo y dedicación. Por eso quería vuestro feedback sobre un nuevo proyecto que tengo en mente y por eso adelanto los dos primeros capítulos y el inicio del tercero para ver que os parece. ¡Muchas gracias!
 
 

                                              I Veo el vacío de la vida
Y prefiero el abrazo de la muerte
Por cada suspiro que doy cien sueños conocen su suerte
Y miro
Con el corazón pacato, la verdad
De que la dicha que me vio nacer apareció exánime en una noche en vela
Menguando en ella.
No me lucro de mi lucha
Y no lucho sino rindo
Me rindo a los brazos de la muerte
Y juro a mi sangre, que podría haber sido,
Que hoy me veréis fenecer en el lecho con las tripas henchidas
O una llaga en el pecho
Es una advertencia, tomadla por literatura vacía,
Hoy de todos modos se dará mi sentencia.
 
-¿Qué te parece?
-Uff no, no, qué lúgubre
 
Bueno, de eso se trataba, pero ¿qué otra reacción podía esperar de ella? No se por qué no he desistido ya de enseñarle cualquier cosa que necesite dos neuronas bien comunicadas para analizarse. Supongo que, por otra parte, es una llamada de socorro como cualquier otra, pero parece que no le importase un carajo. A veces tengo la intención de suicidarme solo como protesta contra su indiferencia, pero nunca lo hago, y no es que me falten razones para ello.
 
-Deberías escribir cosas más alegres.
-Ya, ya. Y ser mas feliz, ser amable con las monjas y vestir mejor y todo eso. Ya me lo sé, gracias.
-No me trates así. -Musitó de una forma un tanto infantilona
-Perdón. -Cedí, alargando la o con impaciencia, solo quería acabar esta conversación tan infructuosa.
 
Para infructuosa mi existencia. Pero, ¡bienvenidos a ella, claro!, si es que a alguien pudiera interesarle… Siempre se comienzan las presentaciones con el nombre, porque, por supuesto, encierra tanto significado y tantas experiencias vitales en él que, ¿cómo no iba a ser lo primerísimo que debas mencionar de una persona?, además de si es guapo o feo y alto o bajo, por supuesto, o que si es hijo de tal u otro vecino de no sé quién. En fin, me parece que mi nombre es, al menos por ahora, de todo punto irrelevante, lo importante es que estoy harta de mi vida, harta de mi entorno, de mis compañeros, de mis padres y, sobre todo, harta de la maldita preu. ¿Me gusta aprender? Si. ¿Me gusta aprender Doctrina Social Católica y otras 8 asignaturas estandarizadas y por las que permea el nacionalismo español? No. ¿Tiene sentido? Si no lo tiene, probablemente seas vecino mío. Vivo en una aburrida zona rural, dónde los habitantes son a cada cual más planos e incultos. No pasa nada interesante, excepto que de vez en cuando una vaca vaya a parir y el ternerito se quede atascado o algo por el estilo, en esos casos viene el veterinario, un hombre de ciudad. No lo conozco mucho, pero siempre me lo imagino leyendo a Dostoievsky o yendo a una exposición de Rembrandt. Probablemente no sea ni remotamente tan interesante como lo pinto, pero fantaseo sobre él de esta forma solo para creerme que aquí también puede haber gente interesante. Mas de una vez me he figurado hablándole, pero nunca que he atrevido por miedo a que mi entelequia personal caiga por su propio peso. Durante años, mi único acceso al mundo de la cultura ha sido la escuela. ¡Imaginaos mi regocijo al saber que iba a poder estudiar literatura, matemáticas, física y un montón de cosas interesantes más! Durante mis años de infancia contemplé la escuela como un templo sagrado, un lugar de amparo hacia mis inquietudes y hacia mi misma, un refugio de la vida mundana. Con esta actitud, como cabría esperar, mis notas y mi comportamiento fueron siempre ejemplares. Poco a poco y con el estudio individual, las clases se me empezaron a quedar pequeñas y el adoctrinamiento continuo empezó a chirriar, así que fui perdiendo el interés en el colegio y empecé a construir un muro entre yo y el mundo, aislándome de mis compañeros, de las monjas y de todo lo que no fuera la lectura y el estudio propio. Así pues, me convertí en una autodidacta y poco a poco aprendí a odiar al mundo entero y a mi vida y a fantasear con suicidarme o con matar a mis padres, o ambas cosas al mismo tiempo. He matado animales pequeños, por diversión o, mas bien, en pos del descubrimiento de emociones largo tiempo enterradas, pero nunca antes había pensado en matar a un humano. Ahora si. Puede que sea una psicópata, aunque no se si lo haría realmente.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
II Sábado por la mañana. Es tarde, finas hebras de luz penetran por entre las persianas. Mi corazón empieza a palpitar acelerado. ‘Hoy es el día’, pienso. Hoy he vuelto a soñar con ello y al fin no hay clase; soy libre de ejecutar mis ensoñaciones. Siento la sangre correr dentro de mis oídos, la puedo escuchar con claridad. Al mismo, tiempo la carne de mis muñecas empieza a subir y bajar rítmicamente con mis pulsaciones, como si hubiera un pequeño resorte que se disparará con cada contracción de mi corazón. Es una sensación molesta, como si alguien presionase con fuerza en un punto de pequeña superficie de mi carne. Con lentitud me desperezo, pero en mis movimientos hay un semblante espasmódico, como si todo mi cuerpo resonase con cada sístole cardiaca. Intento recomponerme, pero hasta me han comenzado a temblar las manos. Cierro los ojos y respiro hondamente, cuento hasta diez y me levanto sin pensarlo demasiado. Paso a paso recorro mi habitación en diagonal, sintiendo la madera rechinar bajo mis pies descalzos. Con cada pequeño sonido me da un ataque de nervios, no podría soportar que nadie me viese ahora. Con éxito paso al lado de la cómoda, la librería y el escritorio y, al fin, alcanzo el pomo de la puerta. Con mucho cuidado giro lentamente la manilla para no producir ningún ruido, todo porque no quiero despertar a mis hermanos pequeños. Lo mas seguro es que mis padres ya estén despiertos, pero deben de estar trabajando en el campo, así que no son ellos los que me preocupan. Subrepticiamente me escurro por el pequeño hueco que he abierto entre la puerta y su marco y empiezo a bajar las escaleras de puntillas. De reojo miro hacia la derecha y veo que la cocina está vacía, con un abundante desayuno para mi y para mis hermanos ya servido sobre la mesa: hay tostas con mermelada casera, fruta, leche y huevos, pero yo no tengo apetito ahora mismo como para complacerme en ello. Me dirijo hacia la puerta principal, la abro con el mismo cuidado de antes y veo que el patio está vacío y, lo más importante, que los animales están solos. Así se ven confirmadas las sospechas de que mis padres ya están trabajando en el campo. Nuestra casa está rodeada por los confinamientos para los animales. Entrando por el portal exterior se llega a un patio a cuya izquierda hay unas pequeñas y escasas escaleras que llevan hasta el corral de las gallinas, por allí, siguiendo recto un pequeño camino de grava, se llega hasta el huerto, que está igualmente rodeado por el muro del recinto. Allí es donde se encontraban mis padres. Yendo en la dirección contraria, es decir, a la derecha del portalón de entrada, hay cuatro pequeñas cuadras, una para los cerdos, otra para el burro, una para las ovejas y, finalmente, una para los patos. Ahí es a donde me dirijo. La puerta de la cuadra está cerrada por un rudimentario pestillo de apertura horizontal, son fáciles de abrir, pero muy ruidosos los dichosos. De repente me doy cuenta de que no me he cambiado de ropa, sigo llevando el pijama. Una escueta camiseta interior vieja me resalta los pezones rígidos por el frío y unos desgastados pantalones de tela completan mi vestuario. Han sido los nervios, han invadido mis pensamientos de tal forma que hasta un acto rutinario como vestirme ha pasado a segundo plano y, ahora, el mal ya está hecho y no pienso deshacerlo, de todos modos mi intención es que nadie me vea. Voy deslizando el pestillo mientras la vergüenza de ir casi desnuda me ruboriza. A pequeños tirones consigo que el pestillo se vaya abriendo a trompicones y abro la puerta bruscamente. Mi impaciencia hace que la puerta retumbe contra la pared y me contraigo de nerviosismo al ritmo del golpe. Excitada me hecho hacia atrás y miro hacia mi izquierda, muy queda y afinando el oído. No parece que me hayan escuchado, así que algo mas cautelosa me acerco a los patos. Me quedo mirándolos con ansia, una expresión golosa que roza la psicosis se pinta en mi rostro y así pasa paulatinamente el tiempo, hasta que mi mirada de zorro hambriento cambia bruscamente a una de niño embobado. ¡La caja! Claro, ¿Cómo pensaba sino llevarme al pato? Rezongando con impaciencia cierro la puerta dejando el seguro abierto y me dispongo a rehacer el camino hasta mi habitación. Desde fuera mi casa tiene un aspecto bastante cochambroso. Se trata de una antigua casa de ladrillo pintada por completo de blanco, rectangular, con el lado mas largo en horizontal mirándola desde el portal. Tiene dos pisos, el de abajo está reservado exclusivamente para la cocina, que hace las veces de sala de estar. En el lado derecho del piso inferior hay unas escaleras de madera en L que llevan hasta el cuarto de mis dos hermanos pequeños, el mío y el de mis padres, además del baño común. Las puertas son todas iguales, de madera y sin ningún tipo de decoración, resaltando solo los picaportes esféricos pintados de blanco. Llego a mi cuarto sin problemas, parece que mis hermanos aún no se han despertado. Alcanzo el armario, que se encuentra justo en frente de mi cama y al lado de mi modesto escritorio. Allí he tenido escondida la caja de cartón en la que mis padres trajeron a las dos nuevas gallinas que compraron hace una semana. Tuve la suerte de que me encargasen a mi tirarla. Armada con mi caja me dirijo de nuevo hacia el recinto de los patos. Estoy bajando las escaleras cuando, de repente…
 
-¡Oye Carla! ¿A donde vas con esa caja?  
 
Es mi hermano pequeño, Jaime, de 8 años. Está junto a Jose de 6 años.
 
-Es para tirar. Tenéis el desayuno abajo. Yo iba a dejar esto fuera.
-Estás en pijama.
-Ah si, tengo que ir a cambiarme también. ¡Venga! Vosotros a desayunar.
 
Me dirijo de nuevo a mi cuarto, dejo la caja en su escondite y me cambio de ropa. Bajo las escaleras asegurándome de que no me vean mis hermanos desde la cocina y les grito:
 
-¡Voy a llevar la caja, enseguida vuelvo!
 
Hago el recorrido hacia el contenedor, que esta casi al lado de casa, solo hay que subir una pequeña pero empinada cuesta. Vuelvo a casa, voy al huerto a saludar a mis padres, desayuno y sigo el día. Y lo sigo, y lo sigo y no se acaba. Que si estudiar estupideces, que si darle de comer a los animales, que si mirar al vacío del techo. Ver una mosca revolotear, dar círculos, silbar en mi oído la oda a la monotonía, caminar por mi piel la ruta del tedio. Con los ojos secos de mirar fijamente, observo como se limpia, como se pone coqueta para luego hundirse en la mierda. ¡Que bonita metáfora sobre la gente común! La gente que no ha desistido de todo en la vida. Se preparan para la carrera y no hacen más que toparse con un muro. Son como moscas coquetas. Sumergida en estos pensamientos me imagino a mi madre a mi padre con una larga probóscide sepultada en el estiércol. Sonrío ligeramente ante el pensamiento. La mosca vuelve a levantar el vuelo. Ahora me imagino a todo el mundo volando, siendo libres. ¡Eso es! Es todo envidia, son todos libres menos yo, yo estoy atrapada en una vorágine de pensamientos, todos ellos negativos, todos ellos destructivos, letales. ¡Pobre pato! Pero en que estaba pensando. Realmente, ¿qué es lo que quería hacer? ¿Qué es lo que quiero hacer? ¡Quiero desaparecer, eso es lo que quiero! Nadie me comprende, estoy segura de ello, estoy sola en el mundo y siempre lo estaré. La mosca se ha posado en mi nariz y me mira con pena.
 
-¿Tu me comprendes, mosca coqueta?
 
Debe de ser eso, porque en todo el día, no volvió a alzar el vuelo y se quedó acompañándome en todas mis penurias. Hasta que despuntó la tarde y me di cuenta de que en realidad había muerto. Y el cuarto se me empezó a hacer pequeño. Me quedé quieta, sin mosca y sin espacio, se me acabó el aire y me sentí morir. Lentamente me empecé a quedar dormida.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
III Aquel día no soñé nada o, mas bien, se podría decir que soñé con mi vida, toda ella, de principio a fin. Un oscuro averno de nulidad y carencia. Se podría decir que nunca salí del útero materno y esa sería la mejor de las biografías. Así pues soñé con nada y con todo al mismo tiempo, con el universo vacío y frío, con la mundana existencia de todo ser que haya vivido, con el martirio del ser y del no ser, con la luz y la oscuridad. Todo ello al final es lo mismo: una gran e inexcrutable nada, como el huevo cósmico del mito chino. Todos venimos de la nada y acabamos en la nada. Si la inexistencia es nuestro destino, ¿para qué luchar contra la entropía divina?
 
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Foto del autor Alba Mguez Parente
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Descripción

Avance de una posible futura novela

Palabras Clave: Novela Avance

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



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