LA TITA MARIA TERESA
Publicado en Feb 19, 2020
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LA TITA MARIA TERESA
 
 
Toda su vida había sido al servicio de los demás; de pequeña ayudando en los quehaceres con sus cinco hermanos y una madre que solo se miraba el ombligo; de joven cuidando a los hermanos que todavía no habían volado del nido y añadiendo a los hijos de sus hermanos; y ya de mayor a su madre hasta que la muerte se la llevó. Y   ahora a sus 60 años se despierta cada mañana sin rutina, y sin nadie cerca. No le pesan los años, toda su vida ha sido activa y sabe la edad porque lo indica las matemáticas; se mira al espejo y lo que ve es la mujer que siempre ha mirado al espejo para peinar a alguno de los niños pero con arrugas ahora. Su gran familia, sus hermanos, sus sobrinos ,todos los que han pasado por sus manos y sus mimos ya no la necesitan. Abre la puerta de su casa y no hay ruido, entra en las habitaciones y el silencio la persigue aunque ella lo intenta despistar con el ruido de la televisión. Al principio la llamaban unos y otros pero ya el móvil no suena e incluso el ruido de las notificaciones calla; todos han volado y han creado a su estilo su propia familia. Ella no tiene cabida en esas nuevas estructuras, ni siquiera se ha hecho con una despedida, ha sido tal dejadez que ni ella misma lo ha sentido, es cada día que va descubriendo un nuevo sentimiento de dolor , poco a poco como las muerte que acude al enfermo en cama
Estaba mirando la mecedora en la que acurrucaba a alguno y con sus nanas lo llevaba al sueño cuando la rabia a una velocidad vertiginosa subió y la hizo tambalear a la misma vez que le dio una energía que le hizo gritar y dar un puñetazo en la mesa. Demasiado tiempo entrando el dolor poco a poco. Y con otro grito se giró buscando como canalizar tanta rabia y dolor; abrió el armario y buscó una pequeña maleta sin estrenar, regalo de algún cumpleaños; y sin ella misma creérselo se dijo en voz alta e imperativa:
-Lo vas a hacer, esta vez lo vas a hacer,lo que tenías que haber hecho en su momento. Vas a hacer esta maleta y te vas a ir a un sitio, da igual, te vas a ir ahora mismo a la estación del tren y te vas a ir al primer sitio que salga pero bien lejos. ¡Vas a salir!.Tu no vas a esperar la muerte, todavía no ha terminado la película. ¡Tú te vas!. Toda la vida cuidando a todos ..., tanta responsabilidad..., era tu obligación...para eso estabas...¡Haz la maleta! ¡Te vas! Aunque sea lo último que hagas en tu vida, a ver mundo, a hacer turismo y todos los pequeños placeres que se te han negado lo vas a hacer ahora. ¡Ahora mismo!
Y se presentó en la estación de tren vestida con unos vaqueros, camiseta blanca y unas zapatillas de deporte que lo mismo pasaba por una quinceañera por su delgadez  sino fuera por las marcas del paso del tiempo en su cara. No tenía curvas, muy seca y solo le destacaba unos ojos verdes gatunos marca de la casa genética de su padre. Siempre se había preguntado donde estaría la valentía, la bravura que caracterizaba su apellido y ahí estaba sin un ápice de duda, ni de miedo, y con tan claro su objetivo que reconoció de lo que hablaban sobre su apellido.
Entró en el vagón destino a la capital de España, Madrid, solo ocho horas de viaje pero le daba exactamente igual, para eso estaba el vagón bar y el pasillo para dar paseos.
Su asiento estaba en un grupo de cuatro, dos frente a dos. A su lado no se llegó a sentar nadie pero frente a ella estaba una monja de mediana edad con el habito clásico de color negro y a su lado un hombre corpulento con gesto rudo que al saludar comprobó que era extranjero.
La situación era un poco tensa ante la presencia de la monja  pero fue la propia monja la que empezó y dio conversación. Se presentó como Sor Candelaria, iba a Madrid a reunirse con su congregación después de visitar a su familia, había muerto una hermana suya. Recibió el pésame de ambos e inmediatamente empezó a preguntar al extranjero corpulento. Su nombre era Gabriel, rumano, viudo y sin hijos que iba a Madrid a montar con su hermano una empresa de transporte de camiones. Era parco y seco en palabras, a la misma vez que educado, contestaba a todo lo que se preguntaba e intentaba terminar esbozando una sonrisa. No preguntaba ni añadía comentarios e intentaba despegarse de la conversación mas no tardo en tener curiosidad y cada vez su postura era de estar atento y un poco más cercano. María Teresa expresó que toda su vida se la había pasado siendo hermana, hija y tita de toda su familia y parecía ser que se habían caducado todos sus títulos con lo que había decidido ir a ver mundo, que ya era hora.
La monja arqueó las cejas y se bajó las gafas para verla mejor mientras el rumano abrió los ojos e inmediatamente fue muy expresivo denotando entendimiento. Sor Candelaria le llegó a preguntar si estaba enfadada con el mundo y que debía entender que todos estábamos en la tierra para cumplir una misión y que debía estar muy orgullosa de haber sido una buena hija, una buena hermana y una buena tía que claramente esa había sido su misión ...
La respuesta vino cargada con toda ironía y una mirada penetrante de los ojos de gata
_Sí, al final he sido la Tita María Teresa para todos; sí, muy orgullosa de ser la tita María Teresa...
La monja no supo como continuar , no sabía donde pisar y sabía que estaba entre arenas movedizas así que optó por contar anécdotas de su congregación y volvió al ataque al cabo de un rato sobre Gabriel. Iba preguntando hasta que consiguió un mapa orientativo de su vida, hijo mayor de cuatro hermanos todos varones, criado en la religión católica y con novia desde los dieciocho años, se casó a los treinta después de emigrar a España y ahorrando todo lo que podía hasta que pudo traer a toda la familia a vivir con él. Su código era la familia unida y vivir con los valores que le dieron de pequeño, trabajó siempre muy duro para tener toda la familia junta. Después de diez años casado y sin traer descendencia su mujer pasó por una fiebres que en pocos días falleció. Fue muy duro y ya a sus 45 años seguía sin querer casarse otra vez. Y ahora emprendía un nuevo reto con su hermano y dos cuñados con una empresa de camiones.
 
A medio trayecto cuando ya habían transcurrido más de cuatro horas Gabriel  y María Teresa se tomaron un café en el vagón bar, Sor Candelaria se había quedado dormida en su asiento y así sin las miles de preguntas investigadoras de ella tomaron café y un dulce pero sin presiones hablando de lo que se les pasaba en ese momento por la cabeza, se pasó el tiempo tan rápido que cuando volvieron a sus asientos quedaban solo veinticinco minutos para llegar. Los niños que habían en el vagón no paraban ya de corretear y gritar jugando porque no aguataban ya más tanto viaje.
Fue nada más llegar a la estación cuando detonó la bomba del atentado. Los cristales estallaron, todo se llenó de humo, los asientos volaron, la gente salió disparada golpeándose de tal forma que algunos murieron en el acto, el estruendo dejó sordos a los supervivientes durante un rato, y algunos al mirarse descubrieron hierros atravesados en sus cuerpos , otros ver a su familia muerta a su lado e incluso encima de ellos. Al principio desconcierto, luego miedo al descubrir la realidad y seguido de un pánico que hacía huir a los que podían moverse sin fijarse en los heridos más graves.
Sor Candelaria fue la primera en despertar y ayudar tanto a Gabriel como a María Teresa. Todos maltrechos pero bien. Haciéndose señales, no oían, fueron a por los niños, uno había muerto y otro desvanecido tenía una herida en la pierna que la sangre le salía a borbotones. No dudo María Teresa en quitarse y darle su sujetador a Gabriel que con las gomas de éste le hizo un torniquete. Se quedó entonces en el regazo de la monja mientras ellos dos fueron a por el último niño; se había quedado aplastado entre dos sillones y uno de los hierros le había atravesado el hombro. Estaba llorando y convulsionaba por el pánico, llevaba casi treinta minutos así desde la explosión. La única forma de acceder a él era una abertura muy pequeña entre los dos sillones que María Teresa se puso a reptar y a moldearse a los huecos hasta que llegó. Avisó a Gabriel que fuese en busca de ayuda que ya había llegado hasta el niño y se quedaba a consolarlo.
Así fue, Gabriel fue en busca de ayuda y ella se quedó acurrucándolo, besándolo e incluso le cantó una nana, ambos entrelazados y de fondo la canción...hasta que llegaron los bomberos y un médico.
Al salir le asaltaron miles de cámaras. Ella pequeña flaca; la camiseta blanca y sucia se ajustada a su cuerpo señalando sus pechos; la melena pegada a su cara ennegrecida que destacaba esos ojos verdes brillantes felinos fue la foto de portada que más vueltas dio entre los distintos medios de comunicación: LA HEROINA DEL TREN
Los micrófonos le asaltaron. Gabriel se puso a su lado como escudo de protección y rozó su mano que ella aprovechó para agarrarla con fuerza y así con las manos entrelazadas empezó a contestar a la primera pregunta de quién era ella y su nombre;
 
-Todos en mi familia me conocen por la Tita María Teresa; desde pequeña cuidé a mis hermanos y luego a los hijos de estos, así que me quedé con el nombre de la Tita María Teresa.
Curiosa la vida, desde pequeña me dediqué a cuidar, educar, proteger, alimentar a todos a costa de vivir mi propia vida...no jugué, no me enamoré, no formé mi propia familia, no conseguí un sueldo y ...nunca nadie lo reconoció ni agradeció...era invisible y ahora...durante unas horas he hecho lo que se debe hacer en caso de peligro, proteger, cuidar y soy una heroína para todos. Paradojas de la vida.
Las palabras no salieron ni con rabia ni con odio solo una descarga del peso llevado. Respiró hondo y el beneficio del aire entro en todo su cuerpo, se llenó de felicidad.
La voz en susurro y pegada a su oído de Gabriel preguntándole que quería hacer le hizo girarse con toda la sensualidad y picaresca que pudo para responder
 "Por favor sorpréndeme"
 
 
 
 
 
 
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Foto del autor Mar
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Descripción

Los sueos no deben olvidarse y siempre, siempre se debe intentar

Palabras Clave: tren ojos soltera

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Ficcin



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