Tiempos de Vela
Publicado en Jan 22, 2019
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TIEMPOS DE VELA
Capítulo I
Recuerdo que, siendo un niño, me criaba bajo el cuidado de mi abuela materna a quien quise mucho y vi siempre como mi madre, por allá en la década de los ochentas; vivíamos en el pueblo, era éste un mundo completamente aislado, olvidado, arcaico en muchos aspectos, misterioso y en ocasiones tenebroso donde no había siquiera electricidad por lo que el ambiente se tornaba tranquilo, carente de todo ruido de aparato eléctrico alguno,( a menos que fuera de batería) y las noches oscuras, muy oscuras; la única iluminación provenía de las velas, lámparas a gas y mechones una especie de lámpara rudimentaria construida artesanalmente con latas vacías, cascarones de batería y un trapo o media que hacía las veces de mecha y en cuyo interior se vertía el combustible.
La vida en el pueblo por aquel entonces era dura, austera y plagada de necesidades; la gente sobrevivía realizando oficios de todo tipo, entre ellos: la pesca, la agricultura y la ganadería, al menos aquellas personas que poseían tierras y animales. La rutinaria faena de los días terminaba al comenzar a declinar el sol y moría la tarde, dando paso así a la quietud de las noches   cargadas de mosquitos y tenebrosa oscuridad; era costumbre sentarse por las noches en las terrazas o frentes de las casas para conversar, referir cuentos, decir un chiste, anécdota y reír o simplemente contemplar el bello firmamento impregnado de estrellas y la luna llena que irradiaba su luz plateada sobre el pueblo en tinieblas.
Se sentía, en el ambiente de las calles, una perturbadora tranquilidad interrumpida solo por el ladrido de los perros o el correteo de algún niño que a esas horas jugaba con los demás. La densa oscuridad impedía distinguir a las personas cercanas o lejanas y se podían reconocer solo por su voz al hablar; algunos pasaban inadvertidos caminando entre tinieblas como espíritus en medio de la nada, su única guía era una linterna de mano y aquellos que no disponían de una, debían desde luego, movilizarse a oscuras a través de las polvorientas calles del pueblo, tan ásperas como impredecibles por aquello de las alimañas o bichos peligrosos que se podían encontrar aguardando en el camino a esas horas.
En la lejanía solo se escuchaban las carcajadas y, vagamente una que otra palabra o frase de lo que hablaban las personas, se vislumbraba también el tabaco encendido de algún viejo del pueblo que entre humaradas y golpes de muzengue alejaba a los mosquitos mientras conversaba; eran aquellos tiempos de vela donde la gente aprendió a vivir como el invidente por las noches soportando, además de mosquitos los agonizantes calores que en determinadas épocas del año hacían, no obstante las noches se tornaban frías cuando se aproximaba la época del invierno y llegaban las incesantes lluvias que más que lluvias parecían diluvios, pues llovía a cantaros y la humedad imperante en el ambiente duplicaba o triplicaba la presencia de los molestos mosquitos y de sapos que desde los charcos y lagunas conformaban, con su “croar-croar” un coro eterno y resonante característico de  esas heladas y húmedas noches de invierno en el pueblo.
No solo la oscuridad, las plagas, los calores y las lluvias eran elementos comunes de la vida pueblerina por aquel entonces, también era cosa muy común oír hablar de brujas, espantos, apariciones o espectros en el camino y todo tipo de sucesos paranormales que a cualquier persona normal atemorizarían; lo cierto es que, si existía la brujería y había existido desde siempre oculta y acechante en un mundo en tinieblas. Bajo el negro manto de la noche se cobijaba toda posibilidad de maldad y hechicería en aquella comarca habitada por seres de distintos rasgos y temperamentos los cuales, convivían de manera pacífica (en apariencia) teniendo como común denominador el pertenecer al pueblo y el natural instinto de subsistir cada día bregando por salir en lo posible adelante.
Frente al pueblo pasa inmenso y majestuoso el rio, testigo silente de la vida que se ha desarrollado día tras día, año tras año, generación tras generación en sus riberas y cuyas aguas arenosas y profundas han albergado el sustento de dichas generaciones; en esa época no era diferente, pues el Magdalena representaba para entonces la única fuente tangible y segura de ingresos a la que tenían acceso todos los habitantes de la región. El rio no solo constituía un medio de comunicación y subsistencia, también era parte de su diario acontecer, de su historia y se mezclaba con la oscuridad de la noche simulando a un gran vacío en el horizonte como si no estuviese ahí o como si se tratara de un gigante dormido cuya fría espiración agitaba las hojas de los árboles y cada vello de la piel que la sentía; en invierno el gigante parecía despertar y desafiante le arrebataba territorio al pueblo adentrándose en éste cómo se adentraba la noche al morir el sol; en verano en cambio, reinaba la sequía en estancos y ciénagas adyacentes pero nunca se secaba la vena hídrica, pilar de la vida y subsistencia del lugar.
El pueblo junto con el rio y la verde vegetación de la zona conformaban ese mundo remoto y olvidado en donde empecé a conocer la vida, criándome bajo el buen ejemplo de mis abuelos y en la más evidente humildad; mi abuela, una señora joven de poco más de cincuenta años, estatura promedia, cabellos largos y mirada serena era conocida en el pueblo como una mujer alegre, conversadora y familiar a quien no le gustaba el licor a pesar de lo alegre que era; de carácter sincero y espontanea personalidad tenía cierto protagonismo social en el pueblo debido a su espíritu cooperativo y promotor en algunas actividades o eventos locales. Se llamaba Petra María Navarrete Santos y aunque no era oriunda del pueblo había vivido allí desde que se casó con mi abuelo: Juan Jacinto Del Castillo Gómez, de sesenta años; un hombre del campo, encorvado ya por los años y el trabajo duro, muy temperamental y entregado de lleno a sus labores diarias: el monte y la pesca, actividades de las cuales dependía el sustento del hogar, hogar que ambos habían construido con tesón y sacrificio y donde habían criado a sus once hijos, dos de los cuales perecieron ahogados en el rio.
De los hijos de mis abuelos, es decir mis tíos, los mayores estaban casados mientras que los menores se criaban aun con ellos en el cotidiano quehacer de la casa y las luchas, quebrantos y vicisitudes de la vida, presta siempre a sorprendernos. Pedro José y María Milagros, dos de mis “tíos-hermanos” peleaban a menudo por tonterías provocando el enojo de mi abuela quien los observaba y reprendía de lejos con enérgica voz ----¡Aja! y cuál es el pleito de ustedes dos, que es lo que pasa?---- gritaba desde la cocina ----Pedro no me quiere dar mi vaso---- respondió llorando Milagros ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­----Embuste!, este es mi vaso mamá---- replico Pedro ----Dale su vaso a la niña---- exigió mi abuela, en ese momento se escuchó un grito que venía desde la puerta ----Petra ya llegue, manda a los niños a la orilla, rápido!---- era mi abuelo quien acababa de llegar del monte y traía en su canoa los frutos de lo que cultivaba en sus parcelas.
Tan pronto como el abuelo dio el aviso salíamos presurosamente con dirección al rio, entusiasmados por los manjares que nos esperaban en la orilla y ahí, en una pequeña y liviana barca de madera, junto con sus herramientas de trabajo, sus botas y demás objetos yacía un arrume amarillo y verde compuesto por mangos, tubérculos, plátanos y cuanto fruto comestible proveniente de las entrañas de la tierra podía traer consigo el laborioso y noble viejito ----¡Ay apá!, esos mangos si están bonitos y esa auyama se ve grande---- decía con una gran sonrisa en la cara Milagros al tiempo que agarraba a toda prisa los frutos que podía para ponerlos en tierra y de allí llevarlos hasta la casa, lo mismo hacíamos Pedro y yo. La tarde apenas comenzaba con el radiante sol del mediodía que con su luz fulgurante y su calor abrasador obligaba a todo mundo a recogerse en sus casas, así transcurrieron las horas hasta caer la noche donde nuevamente la oscuridad sería la protagonista.
Ya en la noche, Pedro José, taciturno y con la mirada distante contemplaba como embelesado la llama flameante de una vela cuyo resplandor iluminaba el comedor de la casa y parte de la sala, mientras tanto Milagros se sentaba en el regazo de “Mama Petra” como le decíamos cariñosamente a mi abuela mientras ésta le untaba aceite en los cabellos para peinárselos ----Tienes ese pelo bien enredado---- decía, mi abuelo sentado en la terraza y descamisado, tosía y agitaba su brazo para sacudirse los mosquitos ----¡Uffa…! rezongaba ----Esta noche hace calor, se siente un fogaje, como que va a llover---- afirmaba sin dejar de mover el brazo hacia un lado y otro con su muzengue ----Es posible--- le respondió mi abuela. Transcurría lentamente la noche, el pueblo inmerso en las tinieblas con algunas pocas luces de velas y lámparas al interior de las casas inspiraba cierta sensación de tristeza y pavor a la vez; las luciérnagas titilantes en la oscuridad hacían presagiar lo que mi abuelo anteriormente había pronosticado: ¡iba a llover!  y tal fue así que no tardó mucho en caer las primeras gotas de agua sobre el pueblo, urgido de lluvias, pues, aunque no era época de verano sino entre estaciones se sentía el clima algo caluroso.
 
 
 
 Continuará.
 
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Foto del autor Freddy Ochoa Castrillo
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Descripción

Relato de ficcin basado en la realidad

Palabras Clave: vela oscuridad pueblo

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



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