El condón perdido
Publicado en Apr 20, 2017
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Gustavo estaba pensando en lo que le dijo su esposa Mireya, respecto a que prefería matarlo antes que dejarlo acostar con otra. Este pensamiento rondaba la cabeza de Gustavo sin dejarlo  tranquilo en la cama, mientras Mireya se bañaba.
     Él la conocía, y por eso sabía que Mireya, no era capaz de matar ni una araña, menos de encajarle un cuchillo a un hombre, o arrancarle su dignidad de los calzones mientras dormía, no, sólo era una amenaza hueca, llena de miedo.
    Tenían años de casados, pero aún eran jóvenes, sin hijos, y con una fea casa “moderna” pintada de gris y azul rey, que aún estaban pagando.
     Regresando al tema; cuando Gustavo le preguntó a Mireya, no fue para medir el costo de una secreta intención, sino para visualizar el peligro que lo acechaba después de ya haber cometido el pecado.
     La situación era más complicada de lo que aparenta,  ya que hace poco más de un mes, habían comprado un paquete de condones “por si acaso”, el paquete tenía  seis preservativos; la noche de la compra, usaron uno, arrastrados por el compromiso del consumo, y eso fue todo, el resto esperaban una noche de borrachera o una de calentura incitada por las telenovelas del canal de las estrellas.
     Pero el muy pendejo de Gustavo, uso dos de estos condones para sostener relaciones con aquella mujer del trabajo; ya tenía semanas seduciéndola y no iba a dejarla ir sin hacerle nada.
     Susana era le encargada de los lácteos en la tienda de autoservicio donde trabajaba Gustavo; era una morena no muy alta, de ojos marrones como la pulpa de tamarindo, tenía un poco de bigote en las parte laterales de la boca, más o menos camuflados por su color de piel, y una nariz ancha y  empujada hacia arriba; pero eso sí,  siempre, sin importar el clima, el día, la ahora o su estado de salud, adornaba sus pies con unos tacones muy altos, y cuando pasaba, dejaba detrás de ella, ese perfume guarro llamado “Paris Hilton”, ­­–este dato es conocido porque varias veces, se le vio comprarlo en esta misma tienda– lo transcendental de Susana, era su fantástico trasero, que era, según los cargadores, cajeros, conserjes y hasta el mismo gerente, el mejor artículo de la tienda, y como los “caballeros” que laboraban allí, pasaban más tiempo viéndole las nalgas, que los defectos a Susana, por eso los traía embobados. Esperando una oferta.   
     Empezaron intercambiando miradas en los pasillos, y conjugando unas pocas palabras a la hora del almuerzo, entre estas conversaciones, sus números de celular. El resto de la trama romántica que duró, como ya se dijo, varias semanas, se suscitó, como todo amorío profano actual, es decir,  por medio de mensajes en  “Whats App”; el último mensaje, registrado en la bandeja de entrada de Gustavo fue a las once de la noche, y decía: “Si de verdad tienes valor, nos vemos antes del turno, en el refrigerador de los yogurts, lleva condones “
     Las ciudades de provincia suelen ser relativamente pequeñas, y se vería muy raro que llegará a comprar condones antes de ir al trabajo, o temía encontrarse con alguien en la farmacia y le vieran a esa hora y solo, haciendo esa compra tan reveladora, y que siempre agita los chismes más comunes que acechan a las personas casadas, ya que siempre, por una pésima costumbre sexual amañada en la sociedad, aparece la pregunta maliciosa de: “Si está casado, ¿para qué quiere condones?”.  
Pensó que podría tomar los condones del cajón de noche, y remplazarlos después, pidiéndole a un amigo que le comprara unos, a cambio claro está, de revelarle los detalles del amorío secreto con Susana. Pero aún no lo hacía, y esos condones ausentes lo delatarían tarde o temprano.
     Por eso no podía descansar, e intentaba ser lo más asexual posible, evitar el contacto visual, o poner en la televisión el programa de noticias deportivas. Pero otra cosa lo perturbó más, una extraña sensación de que la casa era diferente.
     La puerta del baño ya no rechinaba, la antena estaba bien sintonizada, el boiler encendido en piloto, la gotera del fregadero había dejado de caer, y el refrigerador ya no vibraba al iniciar el motor, todo esto quería decir sólo una cosa, un hombre había pasado por la casa esa tarde.
     Cuando Mireya salió del baño, Gustavo apretó los dientes, la próstata y las nalgas, cuando vio que su esposa se había depilado las piernas, y no sólo eso, sino que también traía la lencería ceremonial que procedía a todo coito marital.
     Pensó en ir al baño, bajarse los pantalones, y con el trasero desnudo descansado sobre la taza, pensar, pero el miedo de que Mireya se le adelantara a revisar el cajón, lo hundió en el colchón. Después de todo, lo que él intuía, podría ser sólo una conjetura estimulada por el sentimiento de culpa que traía sobre su conciencia, dicha sustancia debía estar en los intestinos, porque sentía un profundo vacío infernal en las tripas.
    Mireya envistió, sin dejarle mucho tiempo para pensar, no había duda, sus piernas no raspaban, la cosa iba enserio, Gustavo reaccionó rápido, apagó el televisor, y la luz: decidió  jugársela de esta manera, comenzó el trágico ritual perpetuado de toda pareja que se conoce.
Gustavo, abriéndose espacio a tacto entre la oscuridad, sacó del cajón un condón, y lo desenvolvió sobre su virilidad. Se vino, con esfuerzos de imaginación primero que su esposa, pero por dignidad y vergüenza, siguió  retorciéndose con el doloroso ataque, hasta que Mireya quedó satisfecha. Acto seguido retiró el objeto plástico, y lo lanzó dentro del bote de basura del cuarto.
     Gustavo despertó después que su esposa, era sábado, y ella se levantó temprano para limpiar la casa; la culpa y el miedo lo invitaron a revisar dentro del cajón, asomó sigilosamente su cara dentro del mueble, y contó.
–      Uno… – cerro con suavidad el cajón, pensó que aún estaba apendejado por el sueño, volvió a abrirlo, y contó de nuevo–…uno.
     Faltaba un condón, Gustavo se quedó mirando con los ojos pelones hacia el techo, sacando y reafirmando sus cuentas, entendiendo que no podría preguntarle a su esposa, sin delatarse solo. El bote de la basura ya no estaba, por eso se formuló varias preguntas: ¿habría usado dos condones con su esposa la noche anterior?, ¿había usado con su amate instantánea tres condones?, ¿el paquete desde el principio, sólo traía cinco preservativos?, no, nada de eso, las matemáticas sugieren que Mireya aquella tarde, había sido dueña, de dos penes.
 
 
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Foto del autor Cristian Ismael Martínez Nieto
Textos Publicados: 7
Miembro desde: Apr 20, 2017
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Descripción

Un condón perdido; es un cuento breve sobre una incógnita que ronda el lecho matrimonial de una pareja joven.

Palabras Clave: Sexo condón cuento cristian newman narración breve comedia.

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Humor



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