El pequeo terrible
Publicado en May 18, 2016
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David leía recostado en la cama cuando vio a Betzabé hacerle señas desde su ventana. Ambos salieron al balcón; él ya ataviado con piyama de rayas y ella, metida en un corto vestido negro con zapatillas altísimas y maquillada igual que una muñeca de porcelana.
—¿cómo me veo? —le preguntó.
—Te ves muy guapa
—gracias. Voy aquí en frente, Fausto me invitó. La verdad siempre me ha dado curiosidad de saber cómo son esas fiestas ¿tú no has ido?
—no. Nunca me he llevado con él y eso que lo conozco desde niño ¿tú mamá no se molesta que salgas cuando no está?
—Ni se va a enterar, además voy a la casa de enfrente.
—cómo eres su única hija.
—me sé cuidar, no te preocupes. Corre por tu máquina y tómame una foto.
David sacó la cámara y le hizo una pequeña sesión. El muchacho se había obsesionado con la cámara, las fotos y con la chica. Como un ritual frenético disparó flashes mientras ella giraba en distintas poses. Al terminar se desearon buena noche y Betzabé se fue para la casa de Fausto. Él la vio a travesar el portón con su entallado vestido, era la silueta perfecta, el pelo cayendo sobre los hombros, las piernas largas, el escote que resaltaba el pecho, todo en ella era perfecta.
Ya en la computadora descargó las fotografías que le hizo, empezó a retocarlas y preparó una carpeta selecta para entregársela mañana. La joven lucía guapísima, igual a una Diana de hierro con velo negro y zapatillas turquesa. Se quedó dormido y se levantó a las tres de la mañana como de costumbre, sediento y ansioso. Hacia más calor que lo habitual, pero el silencio de la calle volvía serena la noche. Salió al balcón para fotografiar y volteó hacia la casa de Fausto que halló quieta. No hubo ninguna fiesta o tal vez terminó muy temprano, todo parecía estar igual que unas horas antes. No había ningún coche afuera, ni ruidos de algún tipo. Parecía que aquella fiesta organizada por su vecino solo tenía de invitada a Betzabé. El joven fotógrafo conocía la mecánica de Fausto, llevaba años observándola. Siempre que traía mujeres guapas era para una velada en pareja, días despúes las hacía sus novias y semanas más tarde había una chica nueva en la entrada. El muchacho no evitó sentir celos, e intriga, aunque sabía que entre él y Betzabé no existiría una relación más allá que de conocidos, no le gustaba la posibilidad de que su vecino bien posicionado le arrebatara la chica así de fácil. Tomó una foto a la fachada y se detuvo un instante para escuchar un sonido que delatara el desarrollo de la supuesta reunión.
Mientras aquello ocurría, Betzabé con la quinta copa de champán en mano estaba sentada al borde de la cama de Fausto. Su velada había consistido en una cena, una plática aburrida sobre los gustos e intereses de cada quien e innumerables anécdotas de los viajes del chico por todo el mundo. A la joven le gustaban las fiestas escandalosas, el ambiente turbio y el delirio que se creaba; la música, el humo, los perfumes, el sabor de los licores y el sudor exquisito de los cuerpos bailando. Fausto estaba poniendo canciones de orquesta en su intento de seducción mientras ella se mojaba los labios con la efervescencia del trago.
—desde que llegaste a vivir me has gustado. Pero nunca me haces caso.
—¿yo? Tú siempre andas con una diferente cada semana  y cuando no, estás con tus amigos y con una cara de mamón terrible.
—oye tranquila, así me dicen.
—¿Cómo?
—el pequeño terrible.
—¿por qué, qué hiciste para ganarte el título?
 —nada, me lo pusieron y ya.
—pues sí que lo pareces.
— dicen. Entonces qué chula ¿hoy sí me vas hacer caso?
—ya estoy aquí.
—¿te gusto?
—para hoy, sí.
 —que bárbara eh ¿empezamos?
—primero tienes que adivinar de qué color son mis uñas.
—¿blancas?
Tocan la puerta.
—¿qué estabas solo?
 Fausto abrió la puerta y entraron dos jóvenes similares a él, altos y fornidos.
—¿qué pasó? —preguntó Betzabé.
—se desesperaron.
—nos dijiste una hora terrible, no valió la apuesta—dijo uno de ellos.
—qué pasó ¿de qué me perdí?
—nada chula. Seguimos en lo nuestro, solo que se agregaron Ramsés y Carlos.
—¿se agregaron a qué?
La esfinge se levantó del colchón. En ese momento sintió como la cabeza se mareó y la vista se nubló por un instante. Sabía que no había bebido lo suficiente para emborracharse, la sensación era distinta. Sintió su cuerpo pesado. Empezó a tener más calor que del que hacía, dejó la copa a un lado y fue rumbo a la puerta donde Fausto se interpuso.
—vamos a relajarnos. Nos podemos divertir los cuatro Betza, cuál es el pedo.
—pues cojan entre ustedes, cuál es el pedo. Yo ya me voy.
—espérate. Estás muy tomada.
—quítate Fausto.
Betzabé lo apartó, pero el joven le soltó una cachetada. Su noción del tiempo dio vueltas, la chica sintió una migraña similar a la cruda, sintió como Fausto la agarraba del pelo para levantarla, la tomó por las axilas y la cargó hasta la cama.
El cielo estaba estrellado, David miró el balcón de su vecina y se sentó en el suelo. Dejó la cámara a un lado y empezó a masajearse la entrepierna, metió su mano debajo del pantalón. Mientras sacudía su brazo solo pensaba en Betzabé, en su candidez y rebeldía, su manera de expresar las cosas, su vulgaridad, la sonrisa. Para él, aquella joven esfinge era una mujer etérea e irreverente, hermosa y con un asombro inocente como algunas  mujeres de los libros que leía. No escuchó la música del estéreo resonar en las paredes, mientras Betzabé veía la cara  lasciva de Fausto succionar de la botella con la mano aprontándose el bulto en el pantalón. Por más que lo intentó no consiguió zafarse de los brazos de aquellos jóvenes. La chica sentía el calor de Ramsés, la colonia de Carlos, le asqueaba su propio aroma y el sudor en la cabeza. Ya no soportaba el peso de las zapatillas. Vio a Fausto empujar a su amigo y montarse encima de la cama.
David respiraba exaltado, las estrellas seguían inmóviles. El chico se incorporó e hizo otra fotografía del paisaje, del silencio, la paz. Estaba explorando el flash nuevamente cuando vio a Betzabé salir de la casa del vecino, caminaba lento, se apartaba el pelo de la cara.
—¿tan tarde? —gritó David. Ella no respondió. El joven vio como el semblante de la chica se arrugaba, temblaba.
—¿Betza estás bien?
Al no oír respuesta David bajó corriendo y la detuvo antes de entrar. Vio su maquillaje desecho en la cara sudada. Tenía una marca en entre la mejilla y el ojo, el vestido mal acomodado.
 —¿qué te hizo ese cabrón?

La chica cerró la puerta. David insistió, fue inútil. Volteó  a casa de Fausto y empezó a caminar. No pensó nada, ni que eran casi las cinco de la mañana o lo que iba hacer cuando su vecino saliera, apenas el junior abría cuando David descubrió todo en sus ojos: el iris rojo, el intenso olor a mota, el delgado hilo de sudor escurriendo por la sien. No lo dudó ni un minuto y golpeó a Fausto con la cámara. Los flashes y pedazos del aparato se desbarataron durante los escasos segundos que aturdió al pequeño terrible y quebró su nariz. El acto duró poco puesto que salieron los dos amigos y lo derribaron enseguida. La primera patada fue a la cara y las siguientes rotaron por todos lados.
—¡a ver si así aprendes puto, a no meterte donde no te llaman! ¡Qué pretendías pinche maricón ¿hacerla de héroe? te salió mal mi rey, viniste a que te cargara la verga!
La vista se nubló. La sangre le inyectó los ojos. Las embestidas de los zapatos eran rápidas. El cuerpo le ardía, las punzadas estaban en cada poro, los huesos vibraban. Nunca antes había estado en una pelea, nunca había sentido lo que era estar indefenso y desecho, no pensó si en algún momento eso iba a terminar, ni lo que pasaría despúes. David estaba por perder el aire cuando oyó una puerta abrirse y un par de tacones andando.
—cálmate reina, regrésate a la casa y no estés con pendejadas—gritó Fausto.
David oyó un disparo y vio a su despreciable vecino doblarse por las rodillas mientras los testículos le explotaban. La pasta de sangre le manchó toda la pelvis mientras los ojos en la cara pálida se salían de sus orbitas. Otros disparos más y los golpes se acabaron. La calle se llenó de gritos. Carlos y Ramsés en el suelo empezaron a chillar.
—cállate cabrón o te vuelo los huevos como a este puto—advirtió la esfinge.
 Las luces de las casas empezaron a encenderse.
—por eso todos mis amigos son gays, cabrón, no quiero estas tonterías.
David se arrastró por el suelo y vio a los otros chicos retorciéndose como gusanos, se lamentaban. El cuerpo de Fausto se convulsionaba por la boca y las tripas de sus gónadas yacían desembreadas en el suelo. El pequeño fotógrafo escuchó la dulce voz de Betzabé decirle que se calmara, que la policía ya venía, que todo estaría bien.
 
Habían pasado veinticuatro horas exactas desde que su día inició. Adolorido sostenía el filete sobre su cara. Hasta ese momento el joven se percató de que su cámara estaba destruida, la vieja obsesión de vacaciones se había esfumado. En el espejo vio su rostro hinchado, lucía perverso con el maquillaje fresco que Betzabé acaba de ponerle, las recientes heridas junto con las protuberancias lo asimilaban a un pequeño monstruo de Frankenstein. Observó la otra mesa donde estaba el arma con la que Betzabé le reventó los bajos a Fausto y sonrió por un instante. 
 
 






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Foto del autor Alizia Froyd
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Descripción

Saludos textaleros. Les comparto uno de mis ltimos relatos. Espero leerlos y les mando bendiciones.

Palabras Clave: relato cuento terrible jvenes amor abuso bullying cmara fotos belleza esfinge vicio cerveza drogas fiesta vecinos disparos

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Ficcin


Creditos: r

Derechos de Autor: Alizia Froyd


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Gbaracaldo

Alizia, la lectura me intrigo, me sorprendió y hasta me robo una sonrisa maliciosa, sin embargo siento que el final es inconcluso y me dejas con muchas intensiones y deseos de continuar enfrascado en el relato.

Saludos.
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May 21, 2016
 

Alizia Froyd

Saludos amigo. Gracias por tus comentarios. Pues, como todas las historias, en su conclusión siempre parece que se abrió otra puerta y sigue continuando. El relato es individual, ahí terminó, pero pertenece a otro universo en el que la historia (a través de otros cuentos que tengo) sigue existiendo. A mí me intriga saber el por qué de tu maliciosa sonrisa. Seguimos leyéndonos.
Abrazos y bendiciones
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May 24, 2016

Gustavo Adolfo Baracaldo Valero

La venganza que recreas dentro del relato me genera cierta simpatía y grado de satisfacción, de allí mi vulgar y maliciosa sonrisa "David oyó un disparo y vio a su despreciable vecino doblarse por las rodillas mientras los testículos le explotaban"


Saludos.
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May 24, 2016

Enrique Gonzlez Matas

Buena mezcla de elementos varios para que el relato sea duro, violento...
Me ha parecido, amiga Alicia, realista y crudo.
Te felicito con mi abrazo.
Responder
May 19, 2016
 

Alizia Froyd

Muchas gracias Enrique. Grato leer tu comentario.
Te mando un abrazo.
Responder
May 21, 2016

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